Editorial julio 2016

  22 Julio 2016

…Y la vida continúa

editorial-brujaSí, a pesar de todo, la vida continúa. El mundo parece, a veces, desmoronarse, el de fuera, el de dentro, el de los otros, el nuestro pero es obstáculo para que la vida prosiga.

En esta España nuestra, como si la historia en el sentido que la veía Arnold J. Toynbee se repitiese, las elecciones generales, si no iguales, sí tienen un cierto parecido con las anteriores, esas que ha habido que repetir. Eso sí, ahora los malos (los soberanistas) parecen que ya no lo son y que el partido enfangado —y no el único, pero probablemente el que más— se apresta a hablar euskera y catalán en la intimidad o, si es preciso, en foros, debates o donde sea. Ya se sabe, estúpida, como decía el otro, eso es la política.

Un partido, como decimos, con decenas, y más, casos de corrupción, capaz de vender hielo a los propios esquimales, con disfraces pinochescos, que en las anteriores elecciones atacó a los (algo) malos (pero sin incipientes cuernos diablescos) del PSOE (anteayer marxistas reconvertidos en socialdemócratas) y a los malísimos (con claros cuernos demoníacos de origen —ni se sabe— iraní o venezolano) de Podemos (ayer marxistas convertidos a la socialdemocracia) y de IU por pensar podían pactar con los malos de Cataluña y el País Vasco.

La vida continua a pesar de los muertos por actos terroristas —o de cualquier otra índole— de Niza, de distintas ciudades europeas olvidando que por parejas circunstancias mueren tantos o más, y hasta diariamente, en aquellos países que al ser invadidos iban a ser más seguros, caso de Irak. O los (atentados) producidos en Turquía o las situaciones extrañas, nada claras, que allí han tenido lugar.

La vida sigue con su rodar de estaciones, de juergas, de olvido en un vaivén, otra vez repetitivo, no sólo enumerado desde el lado historicista por Toynbee, ya que también nos lo explica la lectura de algunas novelas —tal es el ciclo de los Episodios nacionales galdosianos—. Al menos en ese caso referido a historia de España desde aquella triste guerra (y que tanto retraso produjo), como todas ellas, contra el francés de comienzos del siglo XIX.

Sí, la vida continúa, como dejó claro Abbas Kiarostami, en el título de una de las películas de su trilogía, la de Koker, un pueblo de la provincia del norte de Irán donde el cineasta iraní rodó en 1987 ¿Dónde está la casa de mi amigo? Poco tiempo después de aquel rodaje toda la región fue devastada por un terremoto. Kiarostami decidió entonces volver al lugar para ver lo que había sido de las personas, y de los personajes de su película, que allí conoció. El título fue elocuente Y la vida continúa (1991). Tres años después volvió al mismo lugar para realizar algo, muy propio de su obra, jugar con el propio cine, plantear la unidad o disparidad entre la realidad y el cine. Su filme A través de los olivos era el falso rodaje de aquella, o aquellas, películas.

La vida continua en el mundo, y en Irán, con conexiones o sin conexiones iraquíes, a pesar de la muerte, triste, sentida, de Kiarostami a primeros de este verano. Nacido en 1940 en Teherán, estudió Bellas Artes en aquella Universidad, trabajando primero como diseñador y dirigiendo luego una sección de cine en el centro para el desarrollo Intelectual de Niños y jóvenes de Teherán. El primer filme que dirige es un cortometraje de tintes neorrealistas, El pan y la calle (1970), donde se deja sentir el planteamiento documental que impera en una gran parte de las películas que ha realizado.

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Renovador, innovador, buscador incansable de nuevas formas narrativas, Kiarostami, con quien Encadenados tiene una asignatura pendiente: dedicarle un Rashomon, es sin duda el gran director del cine iraní que servirá de referente a la obra de varios realizadores iraníes posteriores, como es el caso de Panahi. Sin duda en la mayoría de sus títulos encontramos la impronta del realizador de El sabor de las cerezas (1997, primer premio en el festival de Cannes).

Taxi Teherán (2015), lo último que nos ha llegado de este realizador represaliado, impedido a dejar su país, además de suponer todo un revulsivo contra el no poder hacer cine, lo que le lleva a rodar en un coche, conducido por el propio Panahi, un documento (ante la presencia de los diversos pasajeros que van tomando el taxi) sobre el hoy de la capital de Irán. Un documento que, además, es una especie de homenaje al maestro.

Y es que Kiarostami rodó en 2002 Ten, un viaje en coche a través de las calles de Teherán. En este caso el protagonista no es el conductor del coche, es una mujer divorciada a través de diez pequeñas historias. Curiosamente la actriz protagonista, Mania Akbari, realizaría 10+4 (2007), especie de continuación de la película de Kiarostami. De hecho ese más cuatro señala la continuación del 10 anterior. Incluso Mania vuelve a tomar el papel que tuvo en aquella película. Aparte de la dirección y la interpretación, fue la productora e intervino en la fotografía.

Kiarostami nos ha dejado pero su obra sigue en pie. Un cine importante y a veces desconcertante, minimalista y complejo. Capaz de experimentos que llevó al último extremo. Tal es el caso de Shirin (2008) realizado todo a base de primeros planos de mujeres que ven la proyección de una película. La cámara muestra sus reacciones frente a lo que ocurre en la pantalla. Importante también fue la exposición (entre otros lugares tuvo lugar en 2006 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) en la que se mostraba la correspondencia fílmica llevada a cabo entre Kiarostami y Víctor Erice.

Gran admirador de uno de los mejores directores japoneses, Yasuhiro Ozu (también en algún momento dejó claro su entusiasmo por el cine de Akira Kurosawa), le dedicó una película, Five dedicated to Ozu (2003). Curiosamente su último largometraje, que no ha llegado a España, lo realizó en Japón, Like someone in love (2012).

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En total, Abbas Kiarostami nos ha legado alrededor de cuarenta títulos, la mayoría no estrenados entre nosotros. El último que pudimos contemplar es el maravillosamente enigmático Copia certificada (2010), una historia de existencias repetitivas hasta hacer pensar que todo y todos somos unas copias sin destino o con destino.

Kiarostami ya no podrá realizar ninguna película, pero sí los directores de su país, que habrán aprendido sus lecciones y seguirán realizando obras que en sus imágenes nos lo recuerden.

La vida y el mundo siguen, como también nos recordaba Fernando Fernán Gómez en una película maldita, en su momento no se estrenó casi en ningún sitio, El mundo sigue (1963), bueno era maldita como maldita fue la mayor parte de su obra, incluida la esperpéntica y soberbia El extraño viaje (1964).

La primera citada se repuso en varias salas, como tratando de olvidar el falso estreno de más de cincuenta años atrás. Pues bien este verano también se ha repuesto con honores de estreno Bruja, más que bruja (1977), otro esperpento en forma de zarzuela. Un filme insólito, que también, el año en el que ha vuelto a las pantallas, aparece encadenada a una serie de trágicas casualidades como ha sido la muerte de la protagonista, Emma Cohen, prácticamente el mismo momento de su reposición, actriz que fue la compañera durante años del propio Fernán Gómez, un director que aquí, como casi siempre, intervino como actor además de director. Curiosamente unos meses antes de este mes de julio había muerto el otro actor principal de la película, Paco Algora.

Bruja, más que bruja nacida al comienzo de esta transición que no termina, como debiera, es un filme a reivindicar, a analizar su experimentación, por supuesto, de una forma distinta a la de Kiarostami, ya que Fernando Fernán Gómez expresaba a través de unas no demasiado cómodas imágenes en las que los géneros se interrelacionaban ante la perplejidad de unos espectadores demasiado acomodados.

Con directores como los citados, a pesar de su desaparición, el cine será un ejemplo para que otros realizadores realicen obras sorprendentes, ambiciosas, nuevas. Ni el cine, ni la vida, ni el mundo desaparecerán. Seguirán adelante.

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Como muestra dos películas de 2015, estrenadas hace unos días y dirigidas por mujeres. Films que hablan sobre ellas, sobre sus emociones, sensaciones, problemas, presencia en la vida. Se trata de Un amor de verano de Catherine Corsini —título francés de una realizadora con varias películas en su haber— y El viaje de Sangaile de Alanté Kavaile —de una cinematografía desconocida para nosotros, Lituania, es el segundo largometraje de su directora—.

Hay algunos puntos de contacto entre ambos títulos, el principal, sin duda, la historia lésbica que ambas presentan, pero desde ese punto de partida las propuestas son muy distintas y distantes. La militancia de la primera (quizá con mucho de autobiográfica), desarrollándose en Francia en unos años de lucha, el año 1970 con la presencia de la muy cercana revuelta de 1968, desde una historia de diferentes clases (con un epílogo sin demasiado sentido), da paso en las segunda a una historia sensible donde la juventud, y la naturaleza, todo en uno, parecen estallar hacia la búsqueda de una identidad.

Ahora bien a estas alturas del mes, y a la espera del último título de ese gran realizador que es Terence Davies, Sunset Song, sobre todo hay que señalar la gran sorpresa que supone (en otra historia con fondo lésbico, eso sí, aquí muy inquietante) el encuentro con la nueva obra (la tercera en solitario) del realizador Peter Strikland, The Duke of Burgundy (2014), cuya crítica aparece en la sección Sin perdón de nuestra revista, y que fue muy celebrado por su segunda película, Berberian Sound Studio (2012), prevista para estrenarse, si no lo ha hecho ya, en estos días.

Un filme que sorprendió en los varios festivales donde se proyectó (desde el BAFICI de Buenos Aires hasta el europeo de Sevilla, sin olvidar su presencia en Sitges y en Locarno). Un director nuevo que, al parecer, tiene cosas (novedosas) que decir. Ojalá sea así. Por cierto sobre Berberian Sound Studio hay un comentario de nuestro colaborador Francisco Nieto en el aparado Rashomon dedicado al cine dentro del cine, así como referencias en su paso por Sevilla, Sitges y BAFICI.

La presencia de estos tres títulos, y más, deja claro que también el cine sigue vivo, que su mundo sigue y seguirá a pesar de todos aquellos pájaros de mal agüero que proclaman la muerte, o al menos la mediocridad del cine actual. Algo que, estos y otros títulos, contradicen.

Los grandes maestros del cine pueden haber desaparecido pero otros maestros, otros grandes realizadores, tomarán su relevo. Y el cine seguirá caminando, continuando, sin fin, como la vida y el mundo.

Escribe Adolfo Bellido López

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