Editorial junio 2016

  27 Junio 2016

Ineptos, incompetentes, indeseables

alexandre-astrucVaya mes de junio que padecemos tan precipitado, tan futbolero y tan, por llamarlo de alguna manera, político.

Precipitado porque nos conduce a un verano que se supone muy caliente y que nos precipita hacia un tiempo quizá monótono en su vulgar repetición o quizá extraño por lo novedoso. Que sí, claro, que si España ganará o no la Eurocopa. Eso parece ser la noticia del mes y que nos perseguirá hasta la final del campeonato francés o hasta que eliminen a la roja, que tiene mucha pinta de ello; mientras el país donde se celebra la Eurocopa explota en huelgas, manifestaciones y malos modos entre las aficiones de varios países. Quizá algún director de cine francés se anime a hacer una película que hable sobre ello dentro de una relación, curioso trinomio socio-político-deportiva, aplicado en este caso a su país. O a cualquier otro muy (o menos) cercano.

Para proceder al toque definitivo en este mes de junio el panorama político también ha sido, y es, demasiado caliente. Por un lado el referéndum sobre si Inglaterra seguía, o no, aliada a la UE, por otro la repetición, de momento por segunda vez, de las elecciones en nuestro país. Ambas cosas tienen su punto de guasa, en el primer caso porque Inglaterra, a pesar de lo mucho que se ha dicho y se diga, no es más que un convidado, demasiado especial, ya que es pero no es. Vamos, lo es para lo que quiere, para lo que no pasa, mientras los países de la UE asienten y se lo permiten.

Mientras que en caso de las elecciones generales en nuestro país, unos hacen de Tancredo dispuestos a perpetuarse en el poder hasta, si es posible, la eternidad, sin importar se esté, o no, en funciones, otros intentan pactar contra natura, los de más allá parecen ser modelos y, en fin, otro más destruyen moscas a cañonazos ante los números, y la mayoría infundados, ataque que reciben.   

Ya sea referido al caso inglés, al español, o a cualquier otro que es o sea, los medios de comunicación se dedican a interferir los procesos conduciendo el estado de opinión de los votantes de acuerdo a sus grupos editoriales en manos de grandes trust económicos. Desde sus tribunas se dedican (como hicieron en el referéndum escocés) a manipular fabricando bulos o informaciones cocinadas para dirigir (obligar) a la población en su voto, ese querido, en definitiva, por los grandes poderes fácticos, el que precisan y desean para poder seguir al mando del cotarro.

Nada nuevo bajo el sol en un sinfín de intrigas y movimientos de aquí y de allá con coacciones, y muertes, si son precisas, para llevar el gallo al puchero. Falta un Costa Gavras o el Ken Loach de sus mejores momentos para hacer un filme sobre este tipo de procesos repletos de engaños, de mentiras asumidas, de intrigas y hasta de muertes en los que quizá podría bucear muy a gusto John Le Carré.

El cine, reducido este mes a la mínima expresión, también ha jugado sus cartas políticas, en unas salas que han cedido al chantaje, o lo que sea, derivado de los partidos de fútbol que nos invaden, cerrando sus puertas en algunos casos, manteniendo en cartel películas medianejas o suprimiendo de golpe y porrazo otras por el hecho de no llevar público. Mientras tanto, el festival Cinema Jove languidecía, sestaba un año más al sol de junio esperando la llegada de nuevos tiempos.

Todo ello muy triste, muy eficaz o muy bonito, depende de cada cual como se desprenderá del rápido repaso, o paseo, que daremos por el cine que hemos podido ver en este mes aquejado, en más o en menos, por la desidia de varios exhibidores; o por su falta de visión (incluso escasa valentía) o incapacidad profesional para gestionar las salas con una programación coherente respecto al objetivo de la empresa.  

Veamos…

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Algunas nuevas cinematografías están mostrando un aceptable nivel fílmico. Es el caso de Islandia, que nos sorprendió hace unos meses con la curiosa Rams, el valle de los corderos y que vuelve a hacerlo con Corazón gigante. Eso sí, no es lo mejor del año como proclaman algunos críticos que están descubriendo películas maravillosas semana sí y semana no. Mucho menos una gran película, pero sí es un filme digno sobre todo en su primera parte.

Hoy, ciertos críticos (y revistas de cine), se enardecen y proclaman maravillas de películas repetidas y repetitivas como el último premio de la crítica internacional… Sí, de cine, aunque parezca mentira. O descubren la sensibilidad del reciente filme francés Tres recuerdos de mi juventud, endeble título con estilo Truffaut, cuya mejor y peor virtud es ser una película francesa. Es decir, con un estilo y unos planteamientos típicamente franceses. Muy poco para un director, Arnaud Desplechin, al que se quiere, sin demasiados méritos (a pesar de Un cuento de navidad) a la categoría de uno de los grandes del actual cine francés.

Demasiado para sus méritos y dentro de una cinematografía que es hoy por hoy la que mejor cine ofrece en Europa, incluso a un nivel medio, caso en el que, por ejemplo, se movía la muy curiosa No es mi tipo, pero no esa versión ramplona de una especie de Ripley que era El hombre perfecto. El cine francés hoy tiene calidad pero no la que tuvo en el periodo clave de la nouvelle vague con los Resnais, Truffaut, Chabrol, Rivette, Rohmer y…, por supuesto con Godard, que sigue vivo y en activo dando lecciones de cómo construir un magnífico cine-idea logrando una perfecta conjunción en toda su obra siempre novedosa y joven.

La nouvelle vague queda lejos y los grandes personajes que la pusieron en pie desde el punto teórico y/o práctico van desapareciendo. El último que nos ha dicho adiós, casi sin que ningún medio lo señale, ha sido Alexandre Astruc, aquel director, con no demasiadas películas, que convirtió la cámara en protagonista con su enunciado de la cámara stylo: la cámara sería la pluma estilográfica con la que escribe el director. Para algunos uno de los padres del movimiento francés.

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El western, con sus variaciones, sigue dando que hablar. Y es que el western nunca muere ya que es mucho más que una narración desarrollada en una determinada época. Es un género con una determinada estructura, con una temática generalista y unos claros códigos. Lo que lleva, naturalmente, a que, en sí, puede ocurrir que no se pueda considerar un western a cualquier película que se desarrolla en la época de la conquista del oeste con sus muchas variantes de indios, vaqueros, revolución mexicana, guerra de secesión. En ese sentido, un filme como El seductor de Siegel, a pesar de desarrollarse durante la guerra de secesión, sería mucho menos western que La jungla humana, también de Siegel, cuya acción se desarrolla en el tiempo en el que se hizo (años 60 del siglo pasado).

Si Lejos de los hombres, un filme francés que transcurría en el inicio de la independencia argelina, es un notable western, no lo es menos el reciente Lobo, una muy estimable película jordana que asume todos los códigos genéricos. Una narración perfecta sobre la conversión de un niño en lobo ante los sucesos que acontecen a su alrededor. Enorme valoración del paisaje en un itinerario marcado por la evolución de un personaje dada de forma modélica.

Se trata de un filme, sorprendentemente, jordano que alumbra a Naji Abu Nowar, es su primer largometraje, un director (nacido en Inglaterra pero de ascendencia jordana) al que habrá que seguir en el futuro.

El segundo western del mes, menos interesante, procede de Austria. Se trata de El valle oscuro dirigido por un director con varias películas (sobre todo de televisión) en su haber, Andreas Prochaska, pero escasamente conocido.

Dos western también se han estrenado con curiosas connotaciones políticas: Capitán Kóblic, filme argentino, de Sebastian Borensztein y Mi hija, mi hermana (extraño título español que nada tiene que ver con el original y más adecuado Les Cowboys), película francesa de Thomas Bidegain.

Del director argentino conocemos otras películas no demasiado interesantes. Esta tampoco lo es a pesar de la gravedad con la que intenta acometer una historia de pasados culpables, en los que se implica toda una etapa negra de Argentina. Filme fallido que se queda en idea.

Más entonada es la película francesa que cuenta con una muy aceptable primera parte (con momentos muy logrados) pero que en la segunda se desequilibra y naufraga. Es curioso cómo el director (guionista entre otras de Un profeta o Perder la razón), en su primera película como realizador, trata de seguir el esquema de, esa sí, una obra maestra donde las haya: Centauros del desierto. Una búsqueda como allí de una mujer a través de los años. Como en el filme de Ford, Bidegain juega en el paso del tiempo con la elipsis. Su error es la dificultad de adecuar su mensaje, si trata de existir, a una gran ambigüedad donde los indios son sustituidos por árabes, y donde el tema del Islam (en sus diferentes vertientes) queda navegando un una nebulosa, sin profundidad ni rigor. Una lástima pero, claro, Centauros del desierto sigue siendo grande, muy grande.

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Y si los dos últimos títulos citados se entroncarían también en una vertiente política, en ella también nada otra seria de películas estrenadas este mes. Es el caso de Francofonia del director ruso Sokurov, Las mil y una noches del portugués Miguel Gomes y del documental español de Fernando León de Aranoa, Política, manual de instrucciones.

La película de los realizadores rusos y portugués parten de una misma idea: un realizador se enfrenta al rodaje de una película que no sabe cómo va a ser, y sobre la que se plantea la idoneidad de hacerla. La primera no llega a los noventa minutos de duración, la segunda supera las seis horas, lo que ha llevado a que sea troceada, para su exhibición comercial (en los pocos sitios que se estrene) en tres partes de 2 horas y algo cada una. La idea es que esas tres partes, para dar esa (eso sí, falsa) sensación de continuidad se estrenasen en tres semanas consecutivas. Regla que, por ejemplo, en Valencia no se ha cumplido.

Sokurov mezcla documental y ficción, imágenes rodadass para el filme (y convenientemente envejecidas y utilizando diferentes tipos de pantalla), sobre, o para un proyecto, financiado por el museo del Louvre. No hay que olvidar que el realizador realizó un memorable y curioso título sobre el (la historia de) Museo Hermitage, todo un reto ya que se rodó en un único plano secuencia.

La postura con la que acomete, o reflexiona, sobre el museo parisino, su historia y los acontecimientos ocurridos durante la segunda guerra mundial, es muy distinta a la empleada en El arca rusa. Desde el ensayo hasta las imágenes del ayer y la reconstrucción ficcional de las conversaciones entre el director del museo y el encargado por Berlín de perseverar las obras de arte en Europa durante el dominio nazi, Francofonia se despliega con mordaz ironía sobre el trato distinto dado a Europa y Rusia después de la guerra, deficitario a su país a pesar de haber tenido un gran peso en la lucha contra el ejército nazi. Un conglomerado donde historia y arte se funden para lograr un interesante y controvertido, al mismo tiempo, filme.

La película de Miguel Gomes es también, si se quiere, un ensayo orquestado por un realizador que huye de su equipo al no saber si debe rodar un documental sobre las abejas o sobre las huelgas de los estibadores en un puerto portugués. Su huida, frente al dilema, le lleva a ser condenado por el equipo de rodaje, que ve peligrado su trabajo, ante lo cual, Miguel Gomes (por cierto realizador de la sorprendente Tabu; ojo la película portuguesa de 2012, no la de Murnau de 1931), como moderna Sherezade, decide, para evitar la muerte, contar diversas historias.

Una historias que tendrán como centro la triste realidad de un país donde la pobreza se ha instalado debido a los recortes, impuestos e imposiciones ordenadas por la troika. En cada historia, desde la didáctica, el humor irónico o el claramente burdo, va desgranando una feroz crítica sobre el mundo que ha tocado vivir al país vecino (y nos toca vivir a nosotros). No hay paz para los obreros, ni para la gente del pueblo gobernado y aplastado por unas leyes nada o poco justas al servicio del capital. Filme importante e inquietante en su trasfondo claramente político y abierto al compromiso.

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Por su parte, y para final, queda el documental notable de León de Aranoa (mejor como documentalista que como realizador de ficción, al menos más directo y claro desde una línea de mirada sin implicarse en lo que ve, pero, eso sí, orquesta), Política: Manual de instrucciones.

Se trata de contar el nacimiento de un partido político novedoso e inquieto, sobre el que se ha ordenado todo tipo de persecuciones, de noticias tan extravagantes como increíbles. Se trata de Podemos, nacido del movimiento 15-M y convertido en partido político por medio de un grupo de profesores de Universidad.

La película, sin voz en off conductora, nos lleva de un lado a otro, asistimos a la preparación del congreso fundacional, a los problemas, vacilaciones. Conocemos su organización, su notable forma novedosa de comunicación. Comprobamos que Errejón es un crack.

Buen documental cuyo estreno también ha sido curioso al menos en Valencia. Durante la primera semana, en dos sesiones, se proyectó en un cine sin aparecer en la cartelera de los periódicos. Sólo se podía saber dónde y horas de proyección en la web de la sala donde se proyectaba. La segunda semana, aparte de pasar a otro cine (en una única sesión) y posteriores ya se anunciaba (en dos pases) en la primera sala. Incluso, dentro de una información poco rigurosa, se indicaba en un periódico local, tres días después de su estreno, que el filme sólo lo habían visto 3.000 personas, lo que no se decía si ese número se refería a Valencia, a la Comunidad o a toda España. Una forma más de demagogia.

Cine, el de junio, de muchos tipos. Con la política y el futbol (arropados por el western) como protagonistas. Ahora nos encaminamos, con el estreno del último Pixar (sin duda será un exitazo), Buscando a Dory, segunda parte, claro, de Buscando a Nemo. Al comienzo de julio terminará la Eurocopa y ya sabremos el resultado electoral. Una segunda votación para buscar un gobierno que esperamos sea nuevo, deseable, competente, honrado. Que la ineptitud, la incompetencia (la historia de la escuchas, e indecentes proposiciones, del Ministro del interior en su propio despacho donde es grabado es propia de una historia, pero sin gracia, de Mortadelo y Filemon) y la corrupción desaparezcan, por y para siempre, de la (triste) Historia de nuestro país. Malo es ser corruptos, pero peor es ser corruptos, ineptos e incompetentes.

Feliz verano y buen cine.

Por cierto el título de este editorial es un homenaje al título del filme de Ettore Scola, Brutos, socios y malos. Otra interpretación, no es más que pura coincidencia.

Escribe Adolfo Bellido López

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