Editorial marzo 2016

  30 Marzo 2016

Disparates y (pequeñas) coherencias

spotlightCon las grandes ciudades casi desiertas debido al éxodo de los ciudadanos para disfrutar de unos días de playa, de montaña o, simplemente, turística por aquí o allá, transcurre la Semana Santa que nos remite, en el Comunidad Valenciana, a una semana posterior en blanco debido a las vacaciones (aquí es la semana de descanso) de Pascua. En este año unidas prácticamente a la semana fallera. Del ruido, pues, a la tranquilidad.

Ya quedan atrás, por fortuna, aquellas semanas santas donde cualquier motivo de diversión, excepto los bares, estaba cancelado por decreto. Nada de cines, ni de otro tipo de licencia con derecho a salirse del duelo marcado por los días de la Pasión. O a ver procesiones o a quedarse en casa o a recorrer un bar tras otro.

Un periodo —como ya he contado alguna otra vez— que al menos, para los críticos de cine, tenía el aliciente de poder asistir a los pases previos de los múltiples estrenos que se producían bien el Domingo de Resurrección o el sábado, según las autoridades o quien sea consideraran apropiado dar por terminado el duelo por la Pasión un día u otro. De ahí la propia confusión entre Sábado Santo o Sábado de Gloria…

Cuestión de tiempos y sobre todo de… intereses de cualquier tipo.

La cosa cambió con los años. Luego vino el permitir películas de tema religioso, a lo que se unía la televisión estatal, la única existente, programando una y otra vez de Quo Vadis a Ben-Hur pasando por Los diez mandamientos, sin olvidar El beso de Judas o títulos afines entre los que se podía incluir alguna película insólita rodada en… México o la sorprendente El evangelio según san Mateo de Pasolini.

El siguiente paso consistió en dar vía libre a cualquier título siempre que no fuera porno, para terminar permitiendo cualquier película como corresponde a un, lógico, estado aconfesional. Y que cada uno haga lo que crea conveniente: ir a ver procesiones, formar parte de las mismas vestido de nazareno, ir al cine o fugarse a donde sea.

El cine, pues, en estos días sigue su marcha con sus pros y sus contras. Eso sí, ahora sin que se amontonen en estas fechas los que se consideran como grandes estrenos.

Un mes, el de marzo, que comenzó con los rescoldos provocados por los comentarios de los recién concedidos Oscar. Se consumó el gran error de los (poco) sesudos académicos hollywoodenses: ignorar a la magnífica Carol de Haynes negándole los premios a las dos grandes actrices protagonistas o a las excepcionales fotografía, banda sonora o vestuario. E, incluso, al maravilloso guión adaptado de la obra de Patricia Highsmith.

Sin duda es una de las mejores películas realizadas en 2016. Los académicos ya le negaron estar entre las mejores (según su más que discutible criterio) para poder optar al Oscar a la mejor película. Un listado en el que sobraban demasiadas y faltaban otras, muy en especial Carol, sin duda condenada por ser capaz de tratar, como lo hace, una historia de lesbianismo. ¿Cómo admitir un filme que además termina bien sin que las dos maravillosas protagonistas sean condenadas por su amor?

carol-todd haynes

Tal error perseguirá, junto a otros desmanes anteriores, a la Academia de Hollywood y eso que, al menos, tuvieron la valentía de dar el Oscar a la mejor película a la que era, sin duda, la mejor de todas las que optaban al premio: la interesante, eficaz y necesaria Spotlight.

De los otros premios, excepto el Oscar al  mejor actor secundario (un excelente, y casi desconocido, Mark Rylance por su papel de espía ruso en la más que discutible El puente de los espías de Spielberg) o el concedido a la película extranjera (El hijo de Saúl) casi poco bueno hay que decir.

Y entre los grandes disparates se encuentran los Oscar concedidos a la más que vulgar El renacido de uno de los realizadores más sobrevalorados del cine actual (Nolan no estaría muy lejos de eso) como es Iñarritu. El Oscar a su dirección o el de interpretación a DiCaprio forman parte de teatro guiñolesco. Al fin y al cabo la ceremonia entera de los Oscar, lo es.

A lo largo del mes varios cines se apuntaron a la ceremonia de la confusión en distintas ciudades a la vera, quizá, que le propiciaba una distribuidora que se decidió, no se sabe muy bien la razón, a estrenar el mismo día dos maravillosos títulos de animación. Había un problema no eran títulos de la Disney, ni siquiera europeos sino dos filmes precisos, hermosos, delicados, importantes japoneses. Los dos, al parecer con los que cierran los estudios Ghibli, unos estudios que han dado seña de identidad a algunos de los más grandes títulos de animación de los últimos años. Sus creadores fueron el gran Miyazaki y el no menos importante Takahata, por cierto uno de los directores (tiene ahora 80 años) de este sorprendente dueto y el que, curiosamente, parece llevarse la peor parte por su excelente El cuento de la princesa Kaguya. La razón es muy simple: la película, mal estrenada en muy pocos cines, se proyecta casi de forma exclusiva a las ¡22 horas!

el-cuento-de-la-princesa-kaguya

Me refiero, claro, a lo que ocurre en la ciudad de Valencia. No sé si esa condena, ese disparate, se produce en todas las ciudades españolas, lo que condena el filme a ser ignorado, o prohibido, como se quiera, para los niños y niñas.

Prácticamente lo mismo, aunque se permite su pase en reducidas sesiones infantiles, le ocurre al segundo título (y de algo menor calidad que el de Takahata, lo cual no quiere decir que carezca de ella. La tiene y mucha): El recuerdo de Marnie de Yonebayashi, realizador de la interesante Arrietly y el mundo de los diminutos. Con la presencia, casi tapada, de ambos estrenos lo que debiera de ser un merecido homenaje y reconocimiento a, insistimos, uno de los de más importantes estudios de animación (los estudios Ghibli) parece convertirse en un funeral. Una lastima

Junto a estas películas japonesas memorables habrá, casi a final del mes, que  reseñar el estreno del último filme de Kore-Eda, Nuestra hermana pequeña, como siempre, en una especie de vuelta-recuerdo al cine del gran Ozu, sobre el mundo de la familia y, en concreto, sobre los niños y los jóvenes.

Discutibles y discutidas han sido entre otras La modista de la australiana Jocelyn Moorhouse, Remember del ayer gran esperanza del cine canadiense y hoy poco interesante Atom Egoyan, o la muy irregular La habitación de Lenny Abrahamson con una buena primera parte dando paso a una segunda fallida.

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Pero si hablamos no de filmes buenos, ni discutibles, sino de agradable sorpresas habrá que citar dos títulos casi de serie B, que resultan originales y muy estimulantes. Se trata además de los primeros largometrajes que realizan dos interesantes directores del cine norteamericano. Son Calle Cloverfield 10 de Dan Trachlenberg y Bone Tomahawk de S. Craig Zahler.

Calle Cloverfield 10 parece nacer como continuación de Cloverfield (Monstruoso), de hecho ambos cuentan con el mismo productor, J. J. Abrams, pero la relación entre ambos filmes es mínima, en caso de existir. Buenos créditos y banda sonora para una película inquietante centrada en tres únicos personajes. Una historia que nos puede hacer recordar, en parte, la cercana, y señalada, La habitación o la muy estimable Take Shelter de ese buen director que es Jeff Nichols (en mayo estrenará su último filme, Midnight Special), lástima que en sus diez últimos minutos opte por una resolución artificiosa y simplista.

El otro título, Bone Tomahawk, es un extraño y sugestivo western con pequeñas incursiones en el cine de terror y cuyas influencias son, como en el caso anterior, variadas. Sus huellas señalan a títulos señeros como La noche de los gigantes, La venganza de Ulzana o, la enorme, Centauros del desierto e incluso… Holocausto caníbal. Para no perdérselas.

Para final recordar el homenaje o ataque, como se quiera, al mundo del cine que supone Ave Cesar de los hermanos Coen. No es tan simple como parece esta película que, entre cosas, ya que estamos en fechas de Semana Santa o cercanas, puede ser vista como una singular parodia de la Pasión. Y es que estos hermanos resultan incorregibles y juguetones, cada una de sus obras parece dar un nuevo giro a una obra por momentos apasionante, a ratos irregular, incomprensible en algún caso, pero siempre curiosa y atrayente. Como el propio cine.

Escribe Adolfo Bellido López

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