Editorial febrero 2016

  24 Febrero 2016

Por unos cuantos dólares más

carolLos premios alcanzados por un filme suponen un reconocimiento y una mayor facilidad, sobre todo si se trata de una película minoritaria, para lanzarla hacia la ruleta de la fortuna.

Fortuna que se puede dar de varias maneras: reconocimiento del valor de la película, conocimiento por parte de los espectadores, ingresos mayores en taquilla…

Los grandes festivales y también los medianos pero muy especializados —como el de Locarno— suelen dar el espaldarazo autoral al título premiado. Cuando no, sobre todo en los más afamados, el regusto por reafirmar la importancia de tal o cual director.

Antonioni, por ejemplo, se dio a conocer por el espectador medio, en gran parte allí, aunque terminaran detestándole, algo no estaba bien hacerlo públicamente. Y no digamos la visión, ante el reclamo publicitario de los premios, de algunos títulos orientales.

De todas maneras no siempre la concesión de un premio en un festival quiere decir que el filme elevado por el jurado a la categoría máxima de arte, lo sea en realidad. Como tampoco el no considerarlo en esa misma contienda significa que sea menor o indefendible.

Numerosos casos lo demuestran y lo ejemplarizamos con unos datos: Un hombre y una mujer, del hoy prácticamente desconocido Claude Lelouch, ganó en los años sesenta un primer premio en Cannes mientras que títulos de la categoría de Faraón de Kawalerovicz o Campanadas de medianoche de Welles eran ninguneados; en San Sebastían, a finales de los cincuenta, y en dos ediciones sucesivas, dos maravillosas obras de Hitch eran relegadas a una Concha de Plata: en el 58, una de las obras máximas de la historia del cine, Vértigo, era vencida por la insulsez de un filme polaco, que hoy nadie recuerda: Eva quiere dormir; de forma injusta, al año siguiente, Historia de una monja de Zinnemann desbancaría a la inolvidable Con la muerte en los talones.

Hoy sigue ocurriendo lo mismo. No siempre los mejores títulos obtienen en los certámenes el primer premio y, en algunos casos, ni siquiera están en la pedrea. 

Lo que ocurre en los festivales se traslada a los premios nacionales. Eso sí, con mucho menos impacto cara al futuro espectador. Se entiende que estos pugilatos nacionales venden más bien poco. Ni siquiera los galardones de cinematografías unidas de una parte del mundo tan nuestra como es la europea. Poco se publicitan los premios europeos de cine. Menos los Donatello (italianos), los Cesar (franceses) o los Bafta (ingleses), aunque estos últimos cuentan con una ventaja: son filmes de lengua inglesa lo que quiere decir que estarán presentes películas de grandes productoras.

Este año, es un caso claro, se le ha concedido a El renacido premios varios además de la mejor película en el que también se incluye el sorprendente, pero eficaz, a su protagonista masculino, Leonardo DiCaprio, por eso, quizá, de que ya le tocaba recibir premios a diestro y siniestro.

goya

De los premios cinematográficos anuales nacionales, pues de esos tratamos, el que, por lógica, entre notros más eco tiene, es el de los Goya. Para potenciar el cine de acá habrá una gran ceremonia retransmitida por el canal de televisión pública. Una ceremonia, como todas, larga y repetitiva con su corte de premiados y añadidos dando gracias a diestro y siniestro por lo conseguido.

Al día siguiente los cines, al acecho de los premios, repondrán, si ya la habían quitado, la película premiada. Es un reclamo, claro. ¿Cómo perderse el título señalado por los académicos del cine?

Se han dado casos, en la historia de los Goya, de resurrección de películas muertas en su estreno. Sin público alguno y que de pronto resurgen como el ave fénix. Fue el caso de Tesis la primera película de Amenábar. Mal distribuida, negada en su salida a salas, recibió un moderado éxito al volver a las salas después de su triunfo en los Goya. No sólo el filme, también el director sería promocionado (era su primera película) y le abría, además, el camino (de forma exagerada) hacia el futuro que le ha llevado, hoy, hasta el mismo Hollywood.

Este año en los premios Goya había poco que escoger. La cosecha 2015 de nuestro cine ha sido mediocre. El año pasado dominaba claramente la muy interesante La isla mínima. Cualquier comparación de la premiada actualmente con el filme de Alberto Rodríguez es imposible. La tan preciosista como inútil La novia se enfrentaba a la nadería de Truman. Preferible el premio a ésta que a aquella, en el fondo carentes ambas de profundidad y de grandeza fílmica. 

En el caso del premio a Darín se optó lo mismo que en los Bafta por elevar al santoral a un actor conocido. En este caso a un Darín haciendo nuevamente de Darín e ignorando a la que quizá era el mejor actor del actor del año, seguro el más sorprendente. Me refiero a Pedro Casablanc en B. Ahora bien, éste es un filme que ni se debe haber estrenado en muchos lugares, ni son muchos los que lo han visto.

De todas maneras estamos hablando de premios pequeños, de ceremonias insignificantes encerradas en el juego de algunos miles (muchos o pocos) de euros. Otra cosa es cuando esos miles, quizás millones, se elevan a cantidades astronómicas.

Con América y su cine hemos topado.

vertigo

Ya estamos en el dominio de mucho dinero más, de cantidades que supondrán al día siguiente de los premios un considerable valor en todas las partes del mundo. El Imperio contraataca o ataca. Hollywood habla y su academia dictamina… lo que más le conviene a la industria. Se trata de que el poder tenga más poder. Lo que se vende bien vendido es fácil de comprar.

Estamos en la ceremonia de los Oscar. El juego de los juegos. Todo el mundo pendiente de quienes serán los premiados. El carnaval en su máximo expresión. Televisión en todas partes, aunque de madrugada, dará cuenta del acontecimiento. Quien no haya asistido en directo a tal retransmisión no debe preocuparse. Al día siguiente radios, televisiones, periódicos digitales, redes sociales y YouTube darán cuenta del acontecimiento repitiéndolo una vez tras otra. Y ese día los cines de aquí, allá y más allá verán incrementan sus recaudaciones arrodillándose gente de todas las partes frente a los sabios dictámenes de los académicos hollywoodenses.

Toda la campaña publicitaria se ha orquestado convenientemente desde hace meses. Los carteles señalan la palabra Oscar por activa y por pasiva. No los ganados, si aquellos posibles. Seis, ocho, diez… como si las nominaciones, y digámoslo claramente los premios, fueron siempre el máximo ponente del arte fílmico.

Ejemplos múltiples, sólo que al revés: salvo Rebeca ninguna otra película de Hitchcock recibió el Oscar a la mejor película. Ni, claro, Hitch. Lamentable que el gran Hitch no obtuviese más que, cerca de su muerte, un Oscar honorífico por la totalidad de su magnífica obra. Peor es el caso de Orson Welles. Ninguna de sus películas recibió el galardón de la mejor película, ni al mejor director, ni al mejor actor. Como muestra…

Si echamos un vistazo a las películas nominadas este año, la primera sorpresa que encontramos se refiere a la no presencia de Carol, sin duda mucho mejor que cualquiera de las ocho nominadas. Un enorme filme que quizá molestaba a los académicos, y por eso la arrinconaron, escondiendo sus virtudes entre otros Oscar (actrices, fotografía…).

Ocurría igual que hace un par de años con La vida de Adele, a la que se le cerró el paso para competir por el Oscar a la mejor película extranjera. Ambos títulos aparecen unidos por un tema: una historia lésbica. No, eso, no se puede admitir, faltaría más, hasta dónde, deben primar el buen gusto (en una película, Carol, que emana gusto por todas partes) y la honorabilidad (desempolvando el viejo código Hays si es preciso).

oscar

De los ocho nominados uno, El puente de los espías, intenta hacer revivir, como Carol, un cine de ayer, pero en el caso de Spielberg su error es seguir manteniendo el esquema de entonces. Haynes en Carol, como hizo en Lejos del cielo o en (conformando su trilogía sobre los años cincuenta) su magnífica miniserie televisiva  (de unas cinco horas), Mildred Pierce, subvierte los códigos de aquel cine pero, insisto, rodando con la pátina de entonces. Crítica, enorme, analista de un periodo (los años cincuenta) la película de Haynes, a la que se ha tapado, es una de las mejores del pasado año cinematográfico, que en nuestro caso, por la fecha del estreno, será de las mejores del éste.

Las otras, las que están seleccionadas, resultan o filmes artesanales, engañosos, rimbombantes, pretenciosas o irrisorias en sus juegos. Iñárritu engreído está, como hace años ocurrió con Coppola, dispuesto a repetir premio. Ya engañó a los académicos dentro de una operación comercial, con la falsa, repetitiva y más ingenua que otra cosa, Birdman, engañosa desde, incluso, el falso juego de su único plano secuencia. Al igual que en aquella cosita de 21 gramos, ésta la ha condimentado con sus risibles y simplistas ideas espirituales impresas hasta en su título, El renacido. Para filmes de pioneros, y poder comparar, podíamos referirnos a Las aventuras de Jeremiah Johnson.

Las otras nominadas (y no citadas): Marte, un spot publicitario de dos horas y media simplemente correcto; La gran apuesta irregular; el curioso sobre el papel pero poco más experimento que es La habitación… todas carecen de la suficiente calidad y entidad tan siquiera para estar en el listado de las mejores. Nada, porque no conocemos, podemos decir de Brooklyn.

Si tuviera que escoger un título entre las ocho consideradas como las (falsamente) mejores películas del año norteamericanas me quedaría con Spotlight, un filme claro, honesto, sincero, bien contado y necesario.

Carol ya que no está en el grupo de las mejores, al menos se debería llevar el Oscar a sus dos maravillosas actrices, a la fotografía, al mejor guión adaptado, a la banda sonora, al vestuario, es decir en todos los apartados en los que está nominada.

Alguien dirá que me falta un filme nominado del que nada he dicho. La realidad es que no sé lo que pensar de un título que acapara premios por aquí y por allá. Al que la crítica le ha concedido además el premio a la mejor película del pasado año. Me refiero a la nueva vuelta a la historia del guerrero de la carretera. Un falso western que señala un premioso, y vulgar en gran parte, viaje de ida y vuelta. Sus pequeños logros, la originalidad de algunos propuestas, no enmienda su recorrido hacía ninguna parte. Si esta entrega de Mad Max es buena, la primera será una obra maestra.

A uno, dudando de su juicio, le gustaría preguntar a los renovadores de la crítica y del cine francés (y del mundial) creadores de la nouvelle vague. Y, en concreto, a uno de los grandes, a Jacques Rivette, pero él, como ha ocurrido con bastantes de sus compañeros, ya ha fallecido. Fue a finales de enero pasado. Rivette, realizador meticuloso, a veces minimalista en su concepción de la imagen y con un planteamiento personal del tempo fílmico, nos ha dado obras grandiosas en calidad y, algunas, en extensión.

Ahí queda su versión magnífica de La religiosa como ejemplo de traslación de una obra literaria al cine, entre otros muchos títulos rigurosos, entrañables. El sabor de la buena crítica, de un siempre joven y novedoso cine va desapareciendo con estos realizadores con dieron lecciones de cine.

Después del gran Resnais ha dicho adiós Rivette. Al menos, aún nos queda el más revolucionario de todos aquellos jóvenes airados: Jean Luc Godard, el realizador que, como bien sabemos, siempre va por delante del lenguaje (o el antilenguaje) de la imagen. Como en uno de sus últimos títulos, Adiós al lenguaje, hay que terminar con el lenguaje del cine, desde su propio lenguaje para ir más allá, en la creación de algo nuevo.

Eso que, en el hoy, señalan filmes como The assasin, Viaje a Sils Maria, Under the skin o la misma Carol.

Escribe Adolfo Bellido López

rivette