Editorial enero 2016

  26 Enero 2016

Un nuevo año

ettore-scola-2El 1 de enero es la fecha que nos indica entramos en un nuevo año. Una simple fecha, un cambio de calendario. Sin mayor transcendencia. El tiempo, y esa es la única realidad, continúa. Sin paros, ni rupturas. Una fecha tan arbitraría como otra cualquiera. Un calendario, por supuesto, también arbitrario entre otros varios que existieron y que, en algunos casos, aún cohabitan en nuestro ajetreado y dispar (también, muchas veces, disparato) mundo.

Se trata, por esa imposición anual, de pasar revista al año cinematográfico que despedimos. Se deciden en todos los medios (dedicados o no al cine) los mejores filmes que han sido estrenados en el año acabado. Muchos países organizan también sus galardones para premiar las que críticos, académicos de cine y quienes quieran hacerlo, cuáles han sido los mejores filmes producidos/realizados durante el año. Luego, con el tiempo (como ocurre en los festivales y muestras fílmicas), resultarán erróneas, equivocadas en más de un caso.

Por lo que respecta a los críticos hay cuestiones muy discutibles a la hora de emitir el juicio de lo mejor estrenado en el año. Razones varias lo muestran aunque la principal se centra en lo que cada votante ha visto o dejado de ver durante el año. Para que una votación sea, al menos, lo más justa posible, dentro de la falta de objetividad que todas ellas tienen, sería preciso que todos los que emiten votos hayan visto todo el cine estrenado durante el año, o al menos aquel sobre el que decidan realizar la votación.

Un ejemplo lo encuentran en nuestra revista. Una parte de los integrantes califican semanalmente los últimos estrenos, que han visto bien en la semana de estreno o más tarde. Los votantes no son ni la mitad de los colaboradores pero si son una muestra clara que representa al grupo. Podemos buscar el número total de calificaciones que aparecen, para los diferentes filmes, en lista. Ninguno de los títulos ha sido visto por todos los que integran el cuadro. Y en algunos casos, incluso, el número de notas es muy pequeño, indicativo de lo poco que se ha visto. No importan las razones de ese hecho.

Por supuesto influye su no estreno en casi ningún lugar o la reducción en días y en pases de la película en Valencia (ciñéndonos a donde se encuentra la redacción). Títulos como Under the skin, Heimat o National Gallery (por citar sólo tres entre muchos más) nunca llegarán a nuestra ciudad. Otros, caso de El pequeño Qinquin, The assassin, Nightcrawler, Lejos de los hombres o Calabria, han tenido un paso fugaz o reducido a unos increíbles únicos pases diarios.

¿Y qué pasa con las películas que se estrenan en los últimos días de diciembre, y por tanto difíciles de ver en ese año? Es decir, cuando hay que proceder a tenerlas en cuenta: ¿en el año en curso o en el siguiente?

Si ojeamos el listado llevado a cabo por nosotros de las mejores del año, sección Todo lo demás de la revista, podemos constatar que el filme con mayor número de votos, ha sido votado por menos de la mitad de los votantes. Si se compara con la votación del pasado año, por el número de votos, ese título, Irrational nan, ocuparía el séptimo lugar: el mejor del año pasado ganó con 19 votos (Boyhood, de Linklater), frente a los 10 de este año del filme de Allen; y el ganador de 2013 obtuvo 17 votos (Amor, de Haneke).

De todas maneras, lo dicho siempre para las notas y las votaciones: en ello hay algo, o mucho, de juego. Injusto en muchos casos al no tener unas reglas ni muy claras, ni muy coherentes. Una regla aplicada a cualquier tipo de premio ya sea cinematográfico o de otra índole.

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Ahora vendrán los Oscar y, aquí, los Goya.

Los americanos se han rasgado las vestiduras ante el último filme del interesante director Todd Haynes, Carol, según una novela (no de serie negra o policiaca) de Patricia Highsmith y la han eliminado de la lista de los diez nominadas a la mejor película, reduciéndola al grupo de posibles galardones secundarios. Quizá el tema tratado con su clara componente lésbica ponga nerviosos a los académicos, al igual que hace dos años impidieron el pase, por la misma razón, a la selección de mejores filmes extranjeros a La vida de Adéle. Da igual quien gane. Probablemente no será la mejor del año y sí la que conlleve más presiones para aumentar su comercialidad.

Por aquí los Goya apuntan a La novia. A falta de una gran película, caso del año pasado con La isla mínima (y en cuyo listado no se incluye para nada la interesante La academia de las musas, gran ganadora del festival de cine de Sevilla) se apoya a La novia. A algunos de los colaboradores de Encadenados, les gusta. Como a otros les interesa, y mucho, la última franquicia de la serie Mad Max.

No es mi posición ni en uno, ni en el otro caso.

Mi personal posición respecto al filme de Paula Ortiz es clara: se trata de un mediocre filme con pretensiones de cine de qualité (algo que tanto detestaba el grupo primigenio de la nouvelle vague), demostrado por su esteticismo incoherente con Lorca, donde se llega, en el absurdo del planteamiento (in)poético, a sustituir en una pelea unas navajas por unos cristales con diseño de Lladró. Nunca entenderé por qué el sinsentido de rodar parte de la película en la ¡Capadocia turca! (eso sí: queda muy bonito) o mirar los paisajes como procedentes de un spaguetti western.

Ganará muchos Goya, no lo dudo. Además si perteneciese a la Academia del Cine Español no dudaría en avalarla para representar a España en los Oscar del próximo año. Daría el pego a base de bien.

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Mientras unos premios se preparan y otros ya concedidos se discuten, siguen llegando estrenos a la cartelera en espera de otros inmediatos: la excelente Carol o la discutible El renacido, como todo el cine de Iñárritu, siempre creído de una falsa trascendencia ampulosa en lo temático y muy discutible en lo narrativo.

Entre lo estrenado hay de todo. Películas sencillas, irregulares, pero con algunos momentos muy logrados como la curiosa No es mi tipo, filme francés del director belga Lucas Belvaux o la última demencia tarantiniana de Los odiosos ocho, falsa y engañosa, envuelta en un sangriento envoltorio de palabras y hechos con un mensaje impostado para dejar claro que estamos ante un filme de tesis. Algo que ya se barrunta en Django desencadenado.

A su lado, el falso e inútil preciosismo del último Sorrentino, La juventud, tratando de coronarse como continuador de una estética, y una forma de contar felliniana, cuyo ejemplo, siempre presente en su obra, estallaba en la descomunal, apabullante y reiterativa La gran belleza.

Al lado de esos dos títulos resplandece el nuevo y sentido título de Nani Moretti, Mía Madre, en la línea de su mejor cine (La habitación del hijo), alejándose de la extravagancia de su anterior filme, Habemus Papam. Moretti sigue siendo uno de los últimos referentes vivos del gran cine italiano, cuando se puede considerar a Bertolucci, enfermo, fuera de la circulación o sin que nos lleguen las últimas obras de Gianni Amelio. Y con el sabio permiso (y por muchos años) de Ermanno Olmi que, a sus 85 años, sigue en activo, aunque sus películas, como tantas otras, no nos lleguen acá. Eso sí, y ya que estamos refiriéndonos a cine italiano, tampoco me interesa demasiado el cine de Garrone. ¿Será una realidad, dentro de esta cinematografía, Francesco Munzi?

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Y escribiendo sobre cine italiano no podemos silenciar la muerte de uno de sus grandes hombres, Ettore Scola (1931-2016), excelente guionista y director (algunos afirman que es mejor en lo primero que en lo segundo) de varios de los grandes títulos italianos de las últimas décadas. Algunos de sus filmes hacen alusión al mundo del cine, e incluso, uno de ellos, es una crónica de unos años teniendo como fondo el cine.

Una de sus mayores obras así lo proclama, Una mujer y tres hombres (título horrible para el verdadero, y bello, original: C’eravamo tanto amati, 1974). Casi a la par que Tornatore realizó un filme sobre la desaparición del cine en las pequeñas localidades. Se trataba de Splendor. Fue ignorado mientras que el sensiblero Cinema Paradiso obtuvo un gran éxito.

Películas como La sala de baile, La familia (ambas encerradas en un local o una casa mostrando el paso del tiempo), La terraza, La cena, Una jornada particular, La noche de Varennes o Brutos, sucios y malos nos hablan de un cine importante. Y no sólo esas.

Escribió cerca de 90 películas y dirigió unas cuarenta. La última un sentido homenaje a quien fue su amigo, Federico Fellini, y al que conoció de muy joven cuando ambos trabajaban en un periódico satírico: ¡Qué extraño llamarse Federico! (2013), donde colaboraron sus hijos, también introducidos en la industria del cine. Diez años antes, en 2003, realizó con un filme de historias breves, como homenaje a un género muy utilizado en el cine Italiano durante los años sesenta del ciclo pasado: Gente de Roma.

Ettore Scola fue militante del Partido Comunista Italiano y en su cine existe un claro compromiso con la sociedad. En sus películas aparecieron los grandes actores del gran cine italiano de la segunda mitad del siglo XX: Marcello Mastroianni, Sophia Loren, Vittorio Gassman, Stefania Sandrelli, Nino Manfredi, Ugo Tognazzi, Alberto Sordi…

Un cine, el suyo, que nunca más volverá. Y al que siempre se echará de menos.

Escribe Adolfo Bellido

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