Editorial diciembre 2015

  17 Diciembre 2015

Otros cine, otros tiempos

ocho-apellidos-catalanesVarias películas recientemente estrenadas me llevan a reflexionar sobre la realidad del cine que se hace hoy día en diferentes países, así como la, muchas veces, cómoda visión de parte de la crítica tan estandarizada como el cine esquemático y repetitivo que nos llega, sobre todo, pero no sólo, de Estados Unidos, incluido bastante del considerado cine indie o independiente. Si eso decimos de la crítica no digamos ya de los espectadores ya sean de aquí o de otro allá.

El hecho que un título como Ocho apellidos catalanes, fiel al esquema de la anterior historia de personajes de la autonomía vasca, sea el título número uno en espectadores del año 2015 es ya sintomático. Y no digamos que pensar cuando un político la pone como ejemplo de buen hacer y concordia simplemente porque los personajes hablan en distintas lenguas cooficiales del Estado Español.

Sacar las cosas de quicio. Quedarnos en una visión propia del pueblo que esperaba a los americanos en Bienvenido Mr. Marshall y no ir más allá. Porque el filme de Martínez Lázaro, aunque más digno de las torrentadas, no queda muy lejos de títulos añejos de los años de mari castaña de nuestro cine. Algo más lamentable cuando esa visión es dirigida por un realizador que se sabe posee un cierto compromiso expresado (sean mejores o peores) en algunas de sus otras películas.

En éstas ha encontrado el filón preciso y que puede continuar hasta englobar a ocho, nueve o veinte apellidos de otras autonomías. Mientras el público le acompañe en su aventura esquemática y, sin siquiera llegar al esperpento, de una sociedad que desea reírse de sí misma más por lo que piensa que por aquello visto. Martínez Lázaro parece, pues, haber encontrado el filón de oro que no pudo ser El otro lado de la cámara, intento de comedia y musical, ante el escaso éxito de su secuela Los dos lados de la cama. Algo que parece no va a ocurrir con los ocho, nueve, veinte o diez mil apellidos que nos vengan encima.

Quizá es que nos guste volver a lo cotidiano y los chistes tontos entre gente de distinta regiones. Sólo falta sacar la boina y la bota y, como van a hacer los Goya, rendir homenaje al cine casposo de Mariano Ozores. Eso sí escribió más de cien y dirigió más de noventa. Algunos de sus títulos, por si no se acuerdan de nada de su obra,  son muy atrayentes y ninguno fue excesivamente comercial (muchos más bien nada).

Nuestra academia ha querido reconocer probablemente los muchos títulos en los que estuvieron él y la familia Ozores implicados. No sé cuál ha sido el error que ha querido rectificar. A lo mejor ha pensado en los graves cometido por la Academia de Hollywood cuando se tuvo que inventar Oscar especiales para directores (y también para actores y actrices) que nunca lo habían recibido. Esos nombre, incomprensible ninguneados, fueron, por citar sólo tres importantes, los de Welles, Hitchcock y Lang.

Pero Mariano Ozones no tiene la altura de ninguno de ellos. Sus obras le definen, como muestran algunos de los títulos que realizo tan categóricos y retrógrados como fue el indecente documental Morir en España, junto a los impagables Operación bi-ki-ni; En un lugar de la Manga; A mí las mujeres ni fu, ni fa; Dormir y ligar todo es empezar; Los pecados de una chica casi decente; ¡Que vienen los socialistas!; El liguero mágico; El calzonazos; Los obsexos…

El público hoy no sé si aceptaría las obras de Mariano Ozores, que en su tiempo no aclamó, ni siguió. Su aceptación fue escasa. Quizá el público de ayer fuera más crítico y menos permisivo y aceptador de tropelías y también cuentos que el de ayer. No lo sé con exactitud, pero hay un dato: hace años ante algún anuncio disparatado de los proyectados en los cines antes de la película, se producían risas, voces y pateos. Hoy esos anuncios, y aún peores y más ridículos, se siguen proyectando, y a veces a modo de bocadillo entre tráiler y tráiler, siendo tragados en silencio y aceptación por el espectador: sus tragaderas son cada vez mayores.

¿Cuál es la actitud del público que va a los cines ante el cine novedoso? Hay de todo, desde quien no se asombra ante nada hasta aquellos que no aguantan lo que consideran, más o menos, un insulto. No sé si de todo esto tienen la culpa las series televisivas bendecidas como el culmen de la innovación fílmica.

el-puente-de-los-espias-0Sin duda una exageración. El problema de la serie televisiva está en sí misma, en el seguir y seguir sacando riqueza de donde no hay hasta que en la montaña no queda sino simple arena. El estirar no es bueno. Y eso es lo que se hace para adueñarse de los forofos de la serie, que la han elevado a lo más alto del altar. Una serie que tiene sus acólitos y sacerdotes incapaces de ver más que méritos en esa serie preferida así como deméritos en las otras y no digamos en el cine, que, para algunos adictos de la serie, ya no existe.

De todas maneras el cine, las películas, los directores, siguen adelante desde el clasiciso, el tópico o la innovación trasgresora.

Hace poco se ha estrenado el último filme de Spielberg, un ejemplo de esquematismo, de adaptación a modelos establecidos. Que su realización es correcta, sin duda. Faltaría más que no lo fuera. Se habla de su mensaje pacificador o de la necesidad del diálogo para resolver un conflicto.

De acuerdo en todo ello, lo que ocurre es que la historia (desde la realidad con varias innecesarias licencias) se adapta perfectamente a un cine de tintes panfletarios y de arrogancia patriótica donde está claro quiénes son los buenos y quienes los malos. Unos casi angélicos, otros demonios no redimidos. ¿Cómo es posible que el excelente espía ruso —el mejor personaje del filme— ni decida pactar con los americanos y quedarse en el país de la verdad? Bueno, cada uno toma la opción que mejor le conviene.

Probablemente la crítica que ha aparecido en nuestra sección de Encadenados (Sin perdón) sobre El puente de los espías no convenza a quien está convencido de las excelencias del cine de Spielberg y de la grandeza única (no hay otro cine) del cine norteamericano aparentemente bendecido por su director con las ideas del clasicismo. Eso sí, gracias a un buen dominio técnico y a una excepcional fotografía obediente a las órdenes del director para crear el azulado sin tonos (tirando a blanco y negro) del tremebundo Berlín Este, frente al dorado apacible de una América donde triunfan, como debe ser, los hombres buenos.

Por cierto, al comienzo de Frío en julio, un filme (al igual que el citado de Spielberg) que tiene sus mejores momentos en los primeros 30 minutos para irse degradando poco a poco, un agente del orden dice (más o menos) lo que parece entonces una gran verdad pero que luego se convierte en una gran mentira: Ahora sí que podemos decir que han ganado los buenos.

Frente a la descarada comercialidad manipulada de Spielberg dos títulos estrenados este mes representan dos formas novedosas, incomodas y sugerentes de dar otra visión del cine. Se trata de Langosta del griego Yorgos Lanthimos y de The assassin de Hou Hsiao Hsien. Mi opinión, postura, es distinta a gran parte de los colaboradores de la revista. No me opongo a los que piensan lo contrario. Simplemente nuestras posturas, y eso está bien, no es coincidente. Dos filmes estos que en mi forman parte de lo mejor del año junto a títulos como, por citar algunos, Phoenix, Viaje a Sils Maria, Irrational man y varios más.

Langosta, al igual que The assassin premiada en el último festival de Cannes, es, como el resto de la obra que conocemos de su realizador, tan provocadora como original. En este último sentido sería equivalente, pero en otro orden, con Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia de Roy Anderson. Ambas, probablemente, narran las historias más originales de este año fílmico. Y desconcertantes.

langosta-1Yorgos Lanthimos (1973) sigue fiel a su cine anterior vestido con los ropajes del surralismo más trasgresor. Era el caso de la muy interesante Canino y de, su película más floja, Alps. Langosta su primera obra de corte internacional es, para mí, su obra más sólida y consecuente dentro de la metafórica historia del grupo de aspirantes a tener pareja o los que quieren permanecer solteros para, en definitiva, integrase en una ciudad tan absurda y represiva como en los grupos en los que viven.

Tres mundos, pues, son representados: el de los que buscan pareja (y de no encontrarla en un determinado tiempo se convertirán en animales que también deberán buscar parejas semejantes), el de los solteros y el los ciudadanos estables que viven en la ciudad. Mundos, todos ellos, sujetos a normas impuestas y donde la libertad es absurda. Mundos tristes de tonos apagados o de coloridos eléctricos o, incluso, con apariencia de celofán o pastel.

Un filme que, en definitiva, se centra no en la soledad (si en la tristeza, que es algo diferente) sino en la mentira o ausencia de amor y en el amor impuesto o al que los personajes se obligan para subsistir. Brutal momento el del marido dispuesto a matar a quien dice amar por encima de todo para terminar convertido en un farsante guiñapo. O el sarcasmo de la pareja de prueba, con niña incluida, vestidos los tres de la misma forma.

Uno de los ataques que se han hecho al filme es que de sus dos (semejantes) partes, la segunda, casi repetición de la primera, sobra. La segunda es necesaria para mostrar ese otro mundo perseguidor-perseguido cómo funciona con las mismas fórmulas restrictivas del primero con el consiguiente aplastamiento del individuo. El defenestrar la película por esa partes es como si se dijese que el segundo acto de Esperando a Godot no tiene razón de existencia, al entenderse como una continuación del primero.

Estoy seguro que Buñuel hubiera disfrutado viendo esta película tan cercana a él. Más, por su estructura más cercana a El ángel exterminador que a El discreto encanto de la burguesía. E incluso al tema, muy acorde con lo contado, de la ceguera y que lleva a un acertado final sin final o encerrado en su ambigüedad producto de la sin salida que es todo esta obra trágica contada con mucho, y sano, humor.

Otra cosa es The assassin del realizador chino Huo Hsiao Hsien (1947), que vive en Taiwán. Ha trabajado en cine como actor, además de ser guionista y realizador. Entre sus películas destacamos, entre las últimas conocidas, Millennium Mambo; Tiempos de amor, juventud y libertad y El vuelo del globo rojo. Una de las más conocidas quizá sea El maestro de marionetas.

Su última película, premiosa, lenta, es, al mismo tiempo, y por ello, una primorosa recreación de una etapa histórica de China: el periodo de la dinastía Tang (siglo IX). Vestidos, costumbres, formas de vida han sido plasmados de manera exquisita en un filme  que habla, éste sí, de la soledad y del camino hacía el encuentro con uno mismo, en este caso la asesina —y muy humana— protagonista, moviéndose entre la fidelidad a una palabra, el recuerdo, la necesidad de liberarse y unirse a los demás (en este caso en el excelente plano final sostenido a unos campesinos) dejando a un lado la soledad.

Viendo este filme recordamos la estética de algunas de las mejores obras del maestro Mizoguchi. Sin duda el discípulo —también de Ozu y de Kurosawa— demuestra su validez, su grandeza y su sentido del cine.

the-assassinUn cine moderno en el que la narración tiene que ser asumida y creada por el propio espectador a través de largas, meditadas y bellísimas escenas. Sin duda, por si no queda claro, debo afirmar que estamos ante uno de los filmes más bellos que el cine ha dado. Un film donde todo se adecúa a la época y forma de vida contada (sonido del tambor para indicar la llegada de la noche, la forma de preparar un baño, las casas con las habitaciones cerradas por sedas).

El director juega con todo lo que la imagen le proporciona desde su rodaje, casi inaudito hoy, en 35 mm y no en digital, hasta los cambios de blanco a color o de formatos de proyección, de acuerdo a aquello que está contado. En el filme realidad y fantasía se unen en este relato sin prisas, pausado hasta en sus lentos movimientos de cámara.

Sería interesante, pero no es ahora le momento (quizá haya otro instante en otro espacio), de comparar The assassin con otros títulos del género wuxia (luchas a espada) como lo eran Tigre y dragón o La casa de las dagas voladoras (y otras) para comprobar como lo que en estas hay de gran guiñol, no existe en las contenidas luchas del filme de Hou Hsiao Hisien, donde los personajes no vuelan: siempre están a ras de tierra.

Difícil resultará para el gran público, y para algunos críticos, The assassin. Como difícil lo será Langosta. Dos películas no al uso, no esquematizadas, vistas desde el tópico o el camino trillado. Esa es su gran dificultad. Ser nuevas y jóvenes en tiempos que no lo son. Que muestran el camino de un nuevo cine a la búsqueda de la trasgresión y del camino hacia la madurez. Queda claro ante su visión que no sólo de las series televisivas o de los modelos establecidos vive el hombre.

Vivencias en busca de libertades personajes y creativas que fundamentan la existencia. Desde el cine y hacia la vida o desde la vida hacia el cine o desde el arte en general o, para que más, desde el propio caminar por la existencia hacia el compromiso y la libertad. Una reflexión del ser humano frente al mundo que le rodea.

Es la misma que ahora, a las puertas de unas elecciones generales, el 20-D, debemos todos plantearnos. Saber que nuestro deber es acudir a las urnas y votar por aquello que creemos ya nos parezca excelente o, al menos, lo menos malo. El no votar implica la negación a quejarnos. Nosotros nos hemos eliminado al no acudir o al haber negado la cita. Podemos cambiar el mundo, claro, que entre todos podemos hacerlo. Saber que, a pesar de lo que algunos pregonen, nunca una mayoría absoluta es buena en cuanto termina, en muchos casos, por convertirse en una especie de dictadura. Los pactos siempre son buenos. Un pacto para el bien de la sociedad y del individuo. Pactar para vivir en libertad y sin miedos. Un pacto de mayorías porque la mayoría no es sacar más votos que otro, si esos votos son una tercera o cuarta parte del electorado.

El cine, el arte es importante. Pero si no hay vida, si no existe libertad el arte estará ciego y enmudecido. La vida la hacemos los seres humanos, los hombres y las mujeres. Aunque a veces neguemos la política sabemos que no es cierto que cualquiera de nuestras actuaciones, cualquiera de nuestras inhibiciones forman parte de un planteamiento político. Querámoslo o no, es así.

¿A quién votar? Eso lo sabrá cada uno. Cada hombre y mujer de cualquier edad y posición deberá saber lo que hacer después de ver lo que dicen los distintos partidos políticos, su forma de actuar y la forma en que actuaron. Sería importante que a ser posible se leyeran los Episodios nacionales de Galdos para darse cuenta que en España en estos momentos se siguen repitiendo —al menos, desde la guerra contra el francés— los mismos intereses y las mismas luchas entre diversos partidos, llámense de una u otra forma. Como si nada hubiera cambiado. O más lejos busquen cuál fue la historia inmobiliaria del Duque de Lerma para comprobar que eso de los intereses y de la corrupción viene de largo.

El que venga de largo no quiere decir que no se puedan romper esos caminos. Se puede, claro que se puede. Piense en su voto, piensen en lo que España se juega y tengan también en cuenta al dar su voto, como dijo brillantemente un político en el debate a cuatro, todas las mentiras que se han contado, todo el saqueo al que hemos sido sometidos (y la falsa riqueza de nuestra Comunidad Valenciana hoy, por culpa de ello, en bancarrota), todo el intento de frenar nuestras libertades… y después, como también se dijo, depositar el voto con una sonrisa sabiendo que las cosas pueden y deben cambiar.

Y mientras tanto miremos también al cine nuevo, a los directores y películas que transitan por tierras trasgresoras en busca de una obra cada vez más y más perfecta. Siempre única y nueva

De eso ha hablado este último editorial del año 2015 de filmes de hoy, o de más allá, vestidos con túnicas antiguas, de cine con sabor a clásico pero algo rancio y, en fin, sobre dos películas realizadas por dos directores de edades diferentes (42 y 68 años) pero llenas de vitalidad en su sentido transgresor, de ruptura y novedad. De busca de nuevos caminos para el cine.

Un cine incómodo que puede resultar para unos detestable y para otros magnífico. El tiempo, ese que siempre dicta normas, dirá dónde está la razón. Y para terminar he escrito sobre una cita que a todos nos debiera interesar: las elecciones del 20-D. Quizá, como Langosta y The assessin mis palabras pueden haber resultado mal para algunos y bien para otros. El cine y la vida se vuelven a unir

Buenas fiestas y buen año próximo en lo cinematográfico. También en lo personal. Seguiremos amando el cine, el bueno, y la vida.

Escribe Adolfo Bellido López

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