Editorial noviembre 2015

  29 Noviembre 2015

Españoles en Hollywood

sicario-11Anteúltimo mes del año, experto en grandes sorpresas y en hechos importantes dentro de las historias de los pueblos y, por supuesto, también en el nuestro. Hechos que marcan una época o un signo, coleteando aquí y allá en una entrada o salida del gran teatro de la Historia.

Sobre teatro y libertad hablaba una película tan bienintencionada como fallida que llevaba ese título de Noviembre (2003), dirigida por Achero Mañas, que había iniciado su carrera como director con la estimulante El bola después de haber realizado algunos notables cortos. Sus películas posteriores no mantuvieron ese tono. Y hoy, el hijo del dramaturgo Alfredo Mañas, que inició sus andanzas en el mundo del cine como actor, lleva cinco años sin realizar otro filme después del muy discutible Todo lo que tú quieras. Mañas hoy vive en Los Ángeles a la espera de realizar un nuevo filme.

Realmente en Los Ángeles se encuentran como refugiados una serie de profesionales (hombres y mujeres) de nuestro cine. Allí trabajan en publicidad o se fusionan para poner en marcha proyectos interesantes tal cual fue 10.000 Kilómetros (2014) de Carlos Marqués. No es la única película que ha avalado la gente de nuestro cine instalada a esos kilómetros de nosotros. Ni será la última.

Una de las pioneras en marcharse a Estados Unidos y desde ahí realizar y promocionar su obra hasta elevarla a una categoría internacional fue Isabel Coixet. Sus inicios como directora en España fueron lamentables, tanto por la calidad del filme realizado como por la difusión que tuvo su ópera prima. Si es que la tuvo. Se trataba de Demasiado viejo para morir joven (1988). Un fracaso que dio alas a la aplicada Coixet, esa mujer todo terreno, que asemeja, con sus gafas y su desgarbada figura, a una repipi sabelotoda que esconde muchos ases en su manga.

Su contestación desde Los Ángeles fue Cosas que nunca te dije (1996), una notable película que le abrió crédito en el mundo del cine y no sólo en el nacional. También lo obtuvo a nivel internacional. Tanto que, aunque varias de sus películas supongan equivocaciones, ha conseguido rodearse de grandes actores y actrices de aquí y de más allá. Nada menos que Sarah Polley, Monica Bellucci, Tim Robbins, Ben Kingsley, Penélope Cruz o Isabella Rossellini han aparecido en los films que ha dirigido.

No solamente ha realizado títulos de ficción, aparte de dirigir bastantes anuncios publicitarios también se ha embarcado en diversos documentales (Marea blanca, Telegramas visuales, Escuchando al juez Garzón), filmes de episodios donde su nombre se codeaba con el de grandes directores (Paris, je t’aime) sin olvidarse de cortos con títulos tan rebuscados como Un corazón roto no es como un jarrón roto o un florero y es que siempre a Isabel le han gustado los títulos sonoros, recuérdese, por ejemplo, Mapa de los sonidos de Tokio o algunos de los citados anteriormente.

Ahora la directora nacida en Cataluña está nuevamente de actualidad. Fue la encargada, con todo lo que significa eso en un festival de cine, de clausurar la Seminci con su última película, interpretada nada menos que por Juliette Binoche, Nadie quiere la noche, sobre la verdadera historia de la mujer del explorador Robert Peary, en el intento de la mujer por llegar al Polo Norte para unirse con su marido.

Un filme que está a punto de estrenarse y donde probablemente volverá a surgir la disputa entre los partidarios y los detractores del cine de Isabel Coixet.

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La marcha a Estados Unidos para iniciar, o dar vuelo a una carrera cinematográfica, no es algo nuevo. Es un hecho que se dio desde los primeros tiempos del cine y que se seguirá dando. Y no sólo en el apartado de los directores de cine. Desde Chaplin hasta Einstein todos desearon triunfar en Hollywood —que lo consiguieran o no es otra historia—. O quizá fuera Hollywood quien los llamó para explotar su valor. Unos supieron adaptarse a la maquinaria americana, otros no. Hasta Ingmar Bergman intentó hacer cine en Hollywood aunque de ese intento saldría chamuscado. Otros, sin embargo triunfaron como, entre otros, Lubitsch, Wilder, Lang, Hitchcock, Tourneur. Algunos simplemente trataron, como Bergman, de probar fortuna (Kurosawa, Olivier). Y otros, aunque volvieron, dieron allí películas notables (Renoir, Ophuls) o desiguales (Clair, Wenders).

Hemos hablado de Coixet y del grupo de profesionales del cine que han emigrado de España a Hollywood. De ellos, de ese grupo, hemos explicitado sobre todo su unidad como encargados de un tipo de producción independiente (la mayoría trabaja en publicidad, sin olvidar el grupo incorporado a los grandes estudios de animación), pero hay una serie de realizadores, sobre todo de películas de terror o fantástico, muy integrados en el cine norteamericano. Uno de los más claros ejemplos es el de Jaume Collet Serra (La casa de cera, Sin identidad, Una noche para sobrevivir) al cual, a pesar de no dar el rendimiento que se esperaba, se acaba de unir Amenábar con la fallida Regresión. Mientras tanto, allá, otros directores esperan su oportunidad. Julio Medem es uno de ellos.

Pero no sólo hay que citar a directores españoles ya instalados en el cine norteamericano. Nadie puede olvidar, por citar un nombre, al excelente director de fotografía Javier Aguirresarobe o al no menos grandioso compositor Roque Baños.   

No son los españoles los únicos empeñados en triunfar en Hollywood. Entre los últimos recién llegados se encuentra el canadiense Denis Villeneuve, quien con Sicario, a pesar de sus defectos, da una gran lección de realización al tiempo que deja entrever los mil vericuetos de las guerras sucias en la que todos están involucrados. Un gran ejercicio el suyo al que se une la enorme fotografía, interpretación y la banda sonora.

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Una película, sí, comercial pero atrayente y efectiva en su ritmo. Aunque, claro, uno pensando en que Villeneuve no sea triturado por la máquina hollywoodense, siga prefiriendo sus memorables Incendies y Prisioneros. Eso sí, su falso intelectualismo probado en Enemigo, sobre una novela de Saramago, a mí, al menos, no me dice gran cosa.

Sorprende que algunos críticos no hayan hecho demasiado caso a esta película, cuando posee una gran dirección, una de las mejores que hemos contemplado últimamente. Y más sorprendente en cuanto está rodeado hoy de filmes no muy brillantes, aunque traten de salvarse por su tono o por sus, mal construidas ideas. Tal es el caso, ya citado el mes pasado, de Slow West, un curioso ejemplo de cómo en el norte de Europa se miran en el western (está próximo el estreno de un western danés, The salvation de Kristian Levring).

Aunque me resulta aún extraño que la mediocre última entrega de Mad Max, un manido e irrelevante videojuego, con, eso sí, algunos buenos (muy pocos) momentos y algunas notables (escasas) ideas, obtenga el premio de la Crítica a la mejor (más o menos) película del año. Y, sin embargo, esa crítica tan docta, sabiendo no reconozca la enorme dirección que hay en Sicario. Una película que debería (por la unión, además, como he indicado, de todos los elementos: interpretación, música, fotografía: ese cielo, por ejemplo, anunciando la gran tormenta que se viene encima) ponerse en las escuelas de cine para ver la forma (casi perfecta) de hacer un filme de acción y, también, de ideas. 

Hoy Villeneuve, ante el temor de muchos, prepara la vuelta de los replicantes de Phillip K. Dick y Ridley Scott en la secuela de Blade Runner. Un listón demasiado alto en el que es preferible que el director de la primera, el irregular Ridley Scott, no intervenga.

Hollywood fue también el mundo que abrió sus puertas a una actriz que iba para cantante de ópera y quedo brillantemente unida, y no sólo, a muchos proyectos de John Ford. Una ardiente mujer, tomen esta palabra como quiera, con su cabello llameantemente pelirrojo, deudora del gran cine norteamericano de los años cuarenta y cincuenta, una de las últimas supervivientes, y que nos dejó a finales del pasado mes de octubre.

Naturalmente me refiero a Maureen O’Hara, la inolvidable mujer de John Wayne, de ese cuento maravilloso que es El hombre tranquilo. Ella, como en su papel en aquella gran película, era todo un carácter. Su muerte deja casi a cero la nómina de los hombres y mujeres del cine de aquella época gloriosa y admirada del Hollywood clásico.

Escribe Adolfo Bellido López

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