Editorial de septiembre 2015

  30 Septiembre 2015

Festivales y críticos

festival-san-sebastianDurante los próximos meses se van a acumular los festivales de cine en España, a los que ya han dado el toque de salida el certamen de San Sebastián. Festivales grandes, pequeños o muy pequeños.

Escribimos que ahora se acumulan pero es que, creo, no ha habido ni un solo mes en los cuales no haya habido un solo certamen.

Nuevos, novísimos con años. Unos que se van, otros que llegan y otros que quieren volver. La crisis no parece poder con ellos, aunque en todos, de los nuestros, se diga que se puede hacer menos que antes porque se tiene menos dinero para gastar. Un dinero que en muchos casos lo que se pretende es atraer a críticos de todas partes ofreciéndoles algo más que proyecciones de filmes que normalmente ya se conocen porque proceden de algunos de los grandes festivales.

Varios certámenes se encuentran coartados (o aupados) por los cambios políticos que cada elección puede llevar consigo ya que en ese caso sus subidas, bajadas o eliminación está en función de quien manda en la ciudad, la comunidad o el Estado. Un hecho que lleva consigo un problema añadido. El director del certamen, en un tanto por ciento elevado, es escogido por su afinidad al partido político dominante, los enchufismos y las ascensiones de los trepas están a la orden del día.

Un festival de cine en muchos casos, además, se rige muchas veces por la vulgaridad, la repetición de modelos establecidos antes que por una voluntad de novedades, cambios y nuevas maneras con la adaptarse a los tiempos.

Eso sí, se trata de poner etiquetas a los certámenes aunque no siempre se cumple lo establecido. Se plantean especialidades concretas, saltadas en todo momento. Ahí están por ejemplo denominaciones de origen tal cuál es por citar dos ejemplos, el (inmediato y multitudinario en asistencia) certamen de cine fantástico de Sitges, aunque cada vez más tiende a ser un cajón de sastre, o el ya pasado (fue en junio) Cinema Jove valenciano con poco de joven.

Pero los hay de todo tipo y forma. Aquí se intentó reconvertir la excelente (primera) Mostra de Cinema del Mediterráneo en un certamen de aventura y tente tieso. Duró un suspiro. Hoy, ciertos grupos culturales, tratan de resucitarla. Más allá o más acá se entrecruzan un certamen de valores humanos u otros dedicado a la mujer. Celebraciones que la mayor parte de las veces se traduce en proyección de preestrenos o de títulos que no se han estrenado en las ciudades donde se celebra.

Los hay tan engreídos que se denominan festival internacional, repartidos en varias ciudades o los concretos de cinematografías como española, alemana, francesa o italiana, donde se trata exclusivamente de hacer propaganda de una determinada cinematografía.

Hay otros europeos, iberoamericanos o sin denominación personal que oriente su desarrollo. A río revuelto se unen certámenes educativos, infantiles y, por qué no, hasta de series Z o de determinadas categorías sociales o culturales. Todo sea para llamar una atención que no siempre se logra, ya que no poseen ninguna o muy poca atención mediática. Siempre me ha asombrado, por ejemplo, el escaso eco que los medios valencianos han dedicado a los certámenes, con años y reconocimiento, que se celebran en la ciudad. Si un certamen no consigue la atracción de los medios se puede decir que (casi) no existe.

Entre la cantidad de certámenes, festivales o reuniones cinematográficas hay uno que sorprende por su etiquetación: dedicado a mediometrajes. Difícil medir la diferencia entre un corto, un largo y un mediometraje, pero sus organizadores cogen la vara de medir y se aprestan a dejar claro dónde está la frontera. En Valencia tenemos uno, y que además se proclama como el único del mundo. Que es mucho proclamar en un mundo extenso. Pero, al menos, procura un cierto distanciamiento hacía la mayoría de eventos fílmicos

xs-puzolDe todas maneras la mayor abundancia de certámenes está en los cortometrajes. Y da igual porque en realidad el de un lado, el de otro, el de más arriba o más abajo, de forma generalizada todos reciben los mismos cortos. Sean importantes o menos importantes. Los cortometrajistas no tienen otra opción para darse a conocer de alguna manera o pellizcar algún premio que estar al tanto de la gran oferta de certámenes de esta especialidad para estar presentes e ir, si es posible, engrosando el casillero de los premios.

Algunos festivales, de esta categoría, son o han sido, al menos, curiosos. Recuerdo uno, ignoro si sigue llevándose a cabo, que tenía lugar en un pueblo manchego en pleno verano y donde no sólo los premios se denominaban tractores sino que también a los que por allí iban se les paseaba en tractores.

En muchos certámenes de segunda, y también de primera, algunos críticos, bueno críticos de no se sabe muy bien qué, o al menos parecen carecer de profesionalidad. No sólo se pueden salir de ver una película a los cinco minutos porque le aburre, escribir vaguedades sobre lo (no) visto o contarnos cualquier cosa personal en vez de centrarse en el filme que deben comentar. No, también puede ser que no escriban más que una breve nota sobre el certamen al que ha sido invitado, nota sin duda posible de escribir sin haber estado presente. Lo que queda muy bien, para él, es estar allí y pasárselo estupendamente aunque no acuda a las sesiones del certamen, en algunas porque ya ha visto la película en otro lugar, en otros porque no le apetece y es más interesante irse de pinchos o de cuchufletas. Que de todo hay.

Habría que preguntarse, la mayoría de las veces, sobre cuál es el sentido, la finalidad y, sobre todo, intereses del certamen. Para qué sirve y a quien sirve. Probablemente sea más un escaparate que otra cosa, sirviéndose de su existencia como promoción de películas o de actores.

Hace poco ha acabado el certamen de San Sebastián. Inaugurado con todo el boato posible con la presencia de Amenábar y su último filme realizado en Norteamérica. Un intento, hasta cierto punto, de la productora americana para dar el espaldarazo a un título que la distribución internacional a priori consideró como de primera magnitud, pero que después de visto retrasó el estreno y decidió ver el dictamen del festival más importante que tenemos en España. Y la respuesta no parece haber sido demasiado satisfactoria.

San Sebastián como siempre (nada raro ya que Cannes hace lo mismo con el cine francés) ha acumulado cine español de forma directa o en coproducción. Al parecer no ha sido un buen certamen. Como siempre, el excelente Terence Davies, se ha ido de vacío. Una historia, la de los grandes directores relegados al silencio o a premios menores, escrita desde prácticamente sus inicios por el festival donostiarra. No podemos olvidar el silencio que acompañó en el pasado la presencia de títulos de John Ford (Sargento negro) o el preferir títulos menores para el primer premio a la presencia de memorables filmes de Hitchcock, como son Con la muerte en los talones o Vértigo.

De todas maneras el festival de este año será recordado por el premio que la FIPRESCI, o sea, para entendernos, la crítica internacional ha dado al que consideran, más o menos, la obra máxima del año. Nada menos que la cuarta parte de Mad Max. Cuando su director, el veterano George Miller realizador también de las tres partes anteriores, recibió la noticia de que en San Sebastián iba a recibir ese premio se preguntó si aquello era real (¿de verdad es para mí?). Cómo no, lo recibió con alegría y… con mucha sorpresa. Y es que considerar que esa película es la mejor del año según, se dice, por sesudos críticos internacionales, parece una gran broma.

A estas alturas la crisis abarca ya todo. No hay que sea liberado de ello. Ni siquiera unos aparentes críticos hipnotizados por los ruidos y la furia.

El cine, el bueno, es capaz, incluso, de superar este estigma. El cine y la vida siguen adelante

Escribe Adolfo Bellido López

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