Editorial agosto 2015

  01 Septiembre 2015

Cine perdido y… encontrado

love-1Acaba el verano. Aún quedan unos días, pero la vuelta a la actividad ordinaria, parada u ocultada por el paréntesis estival, es ya un hecho. Pronto las luces, colores y sombras fílmicas volverán a darnos nuevas y viejas historias recientemente capturadas al cine de temporada que se nos echa encima.

En algunos casos, pocos, se seguirán proyectando filmes acuñados con el sello del 3D, esa mentirosilla técnica que ni hace mejor ni peor a una película. Se buscan curiosas y si no sorprendentes soluciones para seguir explotando el viejo invento, reconquistado desde el ayer por enésima vez, en la ilusoria creencia de que aquello acontecido en la pantalla tiene, como la vida, una tercera dimensión.

Una de ellas fue proyectar en el último festival de Cannes, mayo 2015, un filme, se dijo, porno para disfrute de los afamados críticos cinematográficos del mundo mundial y de los espectadores etiquetados y señoriales. Como era de esperar se trataba de un filme francés titulado, algo natural, Love y dirigido por Gaspard Noé, uno de esos niños prodigio que tanto se prodigan en arte para quedarse luego en artistas de escaso talento.

Este verano la película de marras llegó a los cines franceses y para perseverar del mal a tanto joven, luego descarriado, se llevó a cabo una campaña para que Love pasara a la lista negra y no se estrenase con la recomendación de 16 años, acompañados. Si el filme no se hubiera realizado no pasaba nada, tampoco si se estrenase con normalidad porque su osadía no va muy allá. La cuestión, eso sí, es dar la nota. Y, en el fondo, publicitar el filme.

Se podría recordar las procesiones y jaculatorias que tuvieron lugar a la entrada de nuestros cines cuando en el comienzo de esto que se ha dado en llamar democracia se proyectaron, las, se decía, como mínimo blasfemas Yo te saludo Maria de Godard o La última tentación de Cristo de Scorsese. Similares reacciones a las que al final de la década de los cuarenta se produjeron con estrenos, pero esos con carga —poca— voltaica erótica. Gilda de Charles Vidor (con el cántico aquel de Amado mío), Arroz amargo de De Santis (aquellos pantaloncitos ajustados de las cosechadoras de arroz) o Ana de Lattuada (como la anterior también con Silvana Mangano), aunque al menos ésta era salvable por la conversión de la protagonista. Faltaría más.

Los escándalos en estos tiempos, curados de espanto ante la corrupción de todo tipo instalada en nuestras (in)cómodas vidas, ya no existen y, salvo algún caso como el ocurrido en la libre Francia, nos llega todo el cine. Todo no, si aquel que tienen a bien traer las distribuidoras pensando van a realizar una buena inversión, o al menos decente, con su proyección.

Jonas (Groucho) Trueba quién junto a su grupo de amigos, y bajo el beneplácito, creemos, de su padre y de su tío, realiza un cine barato de la forma más sencilla posible. Es una especie de Ed Wood pero con registro —al menos es lo que se intenta— de calidad. Su último título, Los exiliados románticos, lo ha tratado de introducir en el mercado con un curioso sistema de producción consiste en proyectar la película completa, en vez de un tráiler, en cines veraniegos de cierto pelo. Por ejemplo así ha sido en las sesiones de estío de la Filmoteca Valenciana. Una vez lanzada la caña se recoge para ver si se ha pescado en el revuelto río de la exhibición. ¿De qué manera? Fácil, terminado el verano (y las proyecciones únicas en esos circuitos veraniegos) se estrena en los cines.

¿Qué va a pasar? ¿Los que la han visto harán de  mensajeros publicistas en buen o mal sentido de la película? La verdad es que 15 copias, las que van a salir a dar la batalla, son muy pocas copias. Una forma de dar la batalla, por supuesto, frente a las películas caras que se van a estrenar. Jonás dice claramente que si sólo, por copia, acuden cincuenta personas a ver su película en una semana (la única en que hipotéticamente, se proyectará), el fracaso habrá sido total. Dura es la competencia.

los-exiliados-romanticos

Este verano, como decíamos en nuestro editorial anterior, se ha querido dar salida con honores de estreno a un excelente y maldito (se vio en muy pocos lugares cuando se realizó) título español. Se trataba de El mundo sigue de Fernando Fernán Gómez. Se pasó, en muy pocos cines, el mismo día que se cumplía el cincuenta aniversario de su fallido estreno. ¿Cuántos espectadores ha tenido en este intento de puesta de largo? Pocas copias y estrenos en salas especializadas. Y una semana simplemente en cartel.

Cuando películas difíciles se estrenan, aunque sea en salas especiales de VO, a tres sesiones diarias, hay que darse por contento. No es el caso de títulos, varios, y no sólo porque sean de larga duración (1), se han conformado con un solo pase durante una semana. Y otros, ante su dificultad de exhibición, aun tratándose de excelentes películas, se han caído de la programación o han pasado directamente a su venta en DVD.

Es el caso de la más que interesante, y casi sin diálogos, Under the skin de Jonathan Glazer, un curioso realizador autor de tan sólo tres películas en 14 años. Todas ellas dignas de ser vistas. Eso si cada vez más complejas, lo que las hace de difícil aceptación. Sobre todo ésta última que refleja atmosferas o planteamientos, entre otros, de Tarkovski o del Kubrick de 2001, una odisea del espacio. Los otros films realizados por Glazer son Sexy beast y Reencarnación.

Por cierto Academia Rushmore el segundo largo de Wes Anderson, digno también de atención, nunca llegó a estrenarse en los cines españoles. Un título importante en su obra como esbozo de su posterior y personal cine que llevará, de momento, a un alto grado de calidad y rompedora narrativa, con su última y magnífico El gran hotel Budapest.

A Wes Anderson se le ha dedicado este verano nuestra sección Rashomon. Pensamos que entre los jóvenes realizadores norteamericanos, en una línea que puede recordar al primer Tim Burton, es una de las figuras más destacadas. Y que tendrá aún mucho que decir y revolucionar. El cine moderno necesita de gente así en busca de nuevas caminos por los que transite el arte cinematográfico. Que siga en esa línea y no se traicione. Como ha ocurrido a varias, bastantes, promesas rotas

Escribe Adolfo Bellido López


Nota

(1)   Una película de larga duración fue condenada a un único pase en Valencia. Se trataba de la más que interesante El pequeño Quinquín de Bruno Dumont (duraba 200 minutos). Peor lo va a tener (estreno previsto para finales de septiembre) Heimat, la otra tierra (225 minutos) de Edgar Reitz, precuela de la trilogía que Reitz realizó para la televisión alemana en 1984, 1993 y 2004, una historia de la Alemania del siglo XX. La larga duración de la película francesa como la de la alemana se debe a haber sido realizadas para la televisión. En estos casos no se llegaron a preparar unos montajes reducidos para su explotación en cines como ocurrió, por ejemplo, con Carlos de Assayas o Secretos de un matrimonio y Fanny y Alexander, ambas de Ingmar Bergman.

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