Editorial junio 2015

  02 Julio 2015

Llegadas y despedidas

una-paloma-se-poso-2El cine, el grande, en general, y sobre todo el que no viene de Hollywood, tiene un problema cara al espectador. O mejor dicho, este problema se debe a gran parte del cine de Hollywood simple y esquemático, dado para un espectador cómodo y acomodaticio. Cine, muchas veces, no siempre, simple. Ese que se puede contar de principio a fin (a manera, claro, de cada contador) sin mayor dificultad.

Pero el cine es algo más que una historia sabida por repetida, teniendo en cuenta de la no existencia de temas diferentes. El cine es una forma de transmitir ideas. De proclamar su estatuto de arte por medio de su forma de ser contada. O de transmitir unas ideas. Se trata qué y el cómo. Del fondo y de la forma. De lo que se desea contar y cómo se cuenta.

Hay algunos profesores de cualquier nivel, incluso universitario, en los que podían incluir a algunos de literatura, que son incapaces de descifrar el sentido de un filme, de comprender cómo las imágenes pueden jugar con los tiempos y espacios e incluso con los pensamientos y las realidades formando un todo. Hay de todo, claro, entre este grupo como en cualquier otro docto o culto. No estoy, por supuesto, hablando en términos generales.

El cine habla con un lenguaje específico. Debe conocerse para poder adentrarnos en lo que vemos. Hay elementos del lenguaje tan estandarizados que son fácilmente comprensibles. E incluso debido a una asimilación en el tiempo de la visión de películas. Por ejemplo, hoy no es necesario utilizar fundidos o encadenados para comprender que pasamos de tiempos o de lugares.

De todas maneras el cine, como cualquier otro arte, avanza, buscando nuevas formas expresivas, despertando a unos espectadores adormecidos, obligando a una creación de lo que se ve, a dar un sentido a unas imágenes rompedoras de una narrativa clásica y, en cierto punto, enmohecida.

El problema del cine consiste en ser un arte y un espectáculo. Una mezcla que lleva a valorar, a algunos, exclusivamente su sentido de magia a lo Méliès, sin negar el extraordinario valor de  las películas de aquel mago que fue George Méliès. Ese sentido de espectáculo de masas es lo que lleva a algunos espectadores a admitir su negativa a entrar en una película al no entender lo que allí se les da. O, de otra manera, a negar que en el filme exista algo más de la absurda unión de unas imágenes. No entienden, no encuentran las razones de tal o cual escena, o de la película en general y su dictamen es claro: aquello es una estupidez. Ellos doctos, o no doctos, públicos incapaces de admitir su ignorancia ante la propuesta de un lenguaje novedoso, que obliga a un esfuerzo, dictan la nulidad de la película o del autor.

Lo hemos visto, a lo largo de muchos años, y en muchas películas. El pataleo ante las obras de Godard, Antonioni, Bergman, Kiarostami… y muchos más.

El llegar a un determinado entendimiento de un filme, ascensión en el mismo, supone el abrirse a una comprensión que resulta compleja. Eso también, implica, ascender, progresar en el conocimiento del lenguaje del cine. Es como si alguien quisiera empezar las matemáticas por el estudio de las integrales o su primer contacto con la física fuera intentando desentrañar las leyes de la relatividad de Einstein. O intentar leer una novela partiendo de un Proust o de un Joyce (y en especial con su Ulises).

Hay, quizá, que ser más humildes y darnos cuenta de las limitaciones de las que partimos al enfrentarnos a un filme. Y de acuerdo a ello tratar de desentrañar la lectura nacida desde una complejidad, quizá propiciadora de una gran obra y no vituperada por ello.

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En este mes de junio, bienvenidas sean, al menos, tres películas brillantes y que se abren, en sus diferentes matices, arropadas por un carácter metafórico, a la búsqueda de nuevas formas artísticas.

Es el caso de Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, el primer título que se estrena por aquí del sueco Roy Andersson, gracias a haber recibido el primer premio en el último Festival de Venecia. Insólito en cuanto narra algo de forma inconcreta en el tiempo y en lugares, mezclando humor con drama, pasando del cine musical al histórico en un camino nada recto y con dos personajes nacidos del mundo de los (trágicos) clown.

Por si fuera poco la película, desconcertante como el título, está compuesta de una serie de escenas rodadas, cada una de ellas, con cámara fija, sin, claro, variación alguna del encuadre. Tal experimento, dentro de la reflexión sobre la vida, el tiempo, la historia y muchas más cosas, es el ejemplo de una forma de entender el cine como tal, y darle todo un sentido, demostrando como el movimiento interno dentro del plano puede sustituir al movimiento externo de la cámara. Insólita y, dejándose llevar por ella, hasta divertida dentro de la tristeza provocada por lo que se nos cuenta. Personajes que se repiten de un cuadro a otro, historias al borde de lo absurdo dan vida a una de los filmes más insólitos del último año.

El segundo título al que deseo hacer referencia, es Phoenix de Christian Petzold, el realizado de Bárbara. Algunos, ellos se lo pierden, harán ascos a su visión al ver que se trata de una historia sobre el Holocausto. Bueno, eso es lo que creen, porque la película de Petzold trata de eso y de mucho más, en una narración sobre errores y redenciones, sobre caminos en busca de un mundo inexistente y una aceptación de una nueva y necesaria existencia, clausurando lo que fue una gran mentira o un gran desastre.

Lo curioso es que esta gran película parte de una novela que ya fue llevada a la pantalla en 1965 por J. Lee Thompson con el título de Una llamada a las doce. Y digo curioso porque aquel filme casi nada tiene que ver con éste. El título de Thompson era una especie de thriller que partía, escasamente, de la misma idea (de la novela, claro) de este título: la mujer que vuelve de un campo de concentración y cuya cara, desfigurada, debe ser reconstruida por un cirujano. Principio y punto final. Se terminó la relación con la novela y con la película de Thompson.

Algo que nos lleva a un punto interesante: un realizador-guionista o director simplemente pero unido al guión creará un mundo personal, propio aunque trabaje con materiales extraídos de una novela o, incluso, de otro filme. Pienso en el caso, por citar sólo un ejemplo, del cine de Hitch o comprobar la diferencia existente entre Con faldas y a lo loco de Wilder con la película alemana de la que partía.

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La tercera película, siempre siguiendo el orden del estreno, a la que quiero hacer referencia es a Viaje a Sils Maria, mal título español para uno más certero como es el original: Nubes en (o sobre) Sils Maria. Palabras que encierran además una clara metáfora sobre el personaje principal debatiendo en una nebulosa. Sería pues, a su vez, no sólo las nubes que aluden al paisaje alpino sino también al propio mundo en el que se debate la protagonista.

Filme el de Assayas tan importante como incomprendido. Se le ataca de lento, de complejo, de impreciso, de no sé cuantas más cosas cuando en realidad es un filme adulto, complejo, mezcla de ficción y realidad en su caminar por unos paisajes y un fenómeno referencial, que incide sobre lo que vemos. Personajes convertidos en espejos de otros, realidad y sueños entremezclados en una búsqueda de tiempos perdidos, de ciclos de vida de estaciones y de existencias.

Existen, y puede resultar por ello difícil (y para algunos incomprensible, inútil y denostado), momentos donde lo visto se puede asemejar a lo pensado, así un personaje desaparece de pronto en un paisaje alpino. No volverá a aparecer. Por encima de su referencia a La aventura de Antonini (curiosamente los tres títulos que citamos poseen bastantes referencias al cine, y no sólo, también al mundo de la cultura en general) se plantea la irrealidad de un personaje que quizá nunca haya existido sino que sea una introspección del existente.

Como también, de esa o parecida forma, pueda entenderse otro momento (¿innecesario?). Me refiero a la marcha de la joven acompañante de la protagonista a un pueblo para una fiesta o una cena. Para ello pide a la protagonista que la deje el coche. Y ella se lo deja. Naturalmente la vuelta en el coche a la casa por las montañas alpino, si la joven, como se puede presumir, ha bebido, puede resultar peligrosa. Veremos, pues, unas imágenes de esa vuelta dada por una visión doble del trayecto  y una parada del coche al borde la carreta ya que la mujer mareada, debe vomitar. Pero ¿esto es real o es un pensamiento de quien espera en la casa el regreso de la mujer? ¿O incluso es el propio pensamiento de alguien que valora, siendo ella una y otra, la posibilidad de asistir a tal fiesta con el problema que supondrá la vuelta? Formas de jugar, como lo hace Assayas, en todo momento con el espacio y con el tiempo, con el pasado y el presente, con lo interno y externo de los personajes.

Tres grandes películas estrenada en este mes de junio enormemente caluroso y que se complementarían probablemente con el visto y no visto (no hemos podido verlo pero las referencias son muy buenas) de El pequeño Quinquin de Bruno Dumont, realizado en principio en varios capítulos para televisión, y convertido luego en un filme de 200 minutos.

Su estreno, en Valencia, ha tenido lugar en un cine de los no típicamente comerciales, es decir en unas salas exclusivamente en versión original. Lo más grave no es eso, es que su proyección sólo tuvo lugar durante una semana y en única sesión de las 20.15 horas. El importante realizador francés de este filme, Dumont, tiene mala suerte entre nosotros. En muchas ciudades españolas no llegó a estrenarse su anterior filme, único exhibido en salas comerciales (otros sí han logrado aparecer en vídeo), el muy interesante Claudine Claudel, 1915.

Bienvenidos sean pues todos estos títulos que estarán, sin duda, entre los grandes filmes estrenados a lo largo del año.

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Y al tiempo que recibíamos estas excelentes obras teníamos que decir adiós a unos actores y actrices ocupantes de un lugar privilegiado en la historia del cine en general o de alguna película concreta en particular.

Se fue Marujita Díaz, sin mayor importancia que ser una tonadillera, en unos 30 títulos españoles tan mediocres como lo fuera ella misma.

Laura Antonelli, uno de los mitos eróticos del cine italiano (con inclusiones en el cine francés), también ha fallecido durante este mes de junio. Al menos trabajó, entre otros, con Chabrol, aunque no fuera en uno de sus grandes filmes (Doctor Casanova) y con Visconti (El inocente). Intervino en más de cuarenta títulos.

Una de las más sonada ausencias ha sido la del Drácula por excelencia del cine, con permiso de Bela Lugosi: Chistopher Lee. Nos ha dejado con 93 años y con casi trescientos (si trescientos) títulos, entre cine y televisión, en su haber. Él fue el hombre de la Hammer al final de los años cincuenta y a lo largo de los sesenta y setenta. Fue Drácula, la Momia, Fu-Manchú, Rasputín y hasta Court Dooku en La guerra de las galaxias, el doctor Workan en Charlie y la fábrica de chocolate o Saruman en El señor de los anillos. Todo un gran señor y un gran actor.

También se fue Gradisca el sueño erótico de los chavales del felliniano Amarcord. O sea Magali Noel, una actriz con un cierto parecido físico a Sophia Loren. Con Fellini también estivo en Satyricon y La dolce Vita. Trabajo con René Clair en Las maniobras del amor y con Jean Renoir en Elena y los hombres, en Z de Costa-Gavras y hasta fue Cleopatra en la paródica Totó y Cleopatra. De todas maneras a pesar de haber intervenido en cerca de 90 títulos casi nunca fue una actriz ni protagonista, ni importante aunque en la historia del cine ocupe un lugar inolvidable por su papel de Amarcord.

Unas, las excelentes películas estrenadas, y otras, los que se fueron, entran a formar parte de lo destacado del mundo de cine, de este comienzo del verano de 2015

Escribe Adolfo Bellido López

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