Editorial mayo 2015

  31 Mayo 2015

Veinte años después

vicente-arandaAcaba este mayo de 2015 repleto de noticias de todo tipo impregnadas de alegría, desánimo, truhanes y charlatanes, esperanzas, desilusiones, muertes y recuperaciones. Una vida en movimiento continuo, donde lo imprevisible se convierte en previsible, la continuidad en ruptura, las miradas perdidas en ausencias permanentes.

Hace mucho más de veinte años, concretamente cincuenta, que Vicente Aranda realizó su primera película. Toda una esperanza para nuestra cine, plasmada en la original Fata morgana (1965), después de una aproximación al cine social, Brillante porvenir, realizado en colaboración con un ensayista teórico del cine como es Roman Gubern.

Aranda realizó unas treinta películas, no todas de la misma calidad. Su obra, centrada en bastantes ocasiones en la mujer y sus pasiones fue quien posibilitó el reconocimiento de nuevas actrices. Un caso claro es Victoria Abril cuyo papel en Cambio de sexo dio vuelo a la chica de la tele (por su participación como azafata en el famoso Un, dos, tres… responda otra vez), convirtiéndose en una de sus actrices preferidas.

Entre lo social, lo histórico y lo literario su variada obra, con éxitos y fracasos en lo comercial, con acierto y errores en lo artístico, el cine de Aranda es esencialmente de personajes. De enfrentamiento entre unos seres construidos o destruidos desde la pasión. En ese trasunto de historias, donde el crimen se pacta, la locura se transforma en la única señal de vida, la libertad de sus personajes termina, casi siempre, en una claudicación. Clara es el precio, La novia ensangrentada, Libertarias, Carmen, La pasión turca, Fanny Pelopaja y Juana la loca son algunos de los filmes que realizó Aranda, que  en el mes floreado ha muerto (el 26) a los 88 años.

Para bastantes críticos quizá sea Amantes su mejor obra. Densa, oscura, con dos intérpretes tocadas por el hado de la excelencia (Victoria Abril y Mariel Verdú) enfrentadas a Jorge Sanz. Trío al borde del precipicio en un filme de tintes melodramáticos girado hacia la crónica policiaca, también muy presente en el cine de Aranda.

Fue, eso sí, hace 20 años cuando Aranda intervino en un filme colectivo, Lumière y compañía, realizado para conmemorar el centenario del nacimiento del cine. Un trabajo firmado por cuarenta directores, entre los que se contaban, además del realizador catalán, Angelopoulos, Costa-Gavras, Kiarostami, Arthur Penn, Fernando Trueba, Bigas Luna, Liv Ullman, Wim Wenders, Yimou, Lynch, Rivette… Los cuarenta directores tuvieron que realizar un corto de 52 segundos de duración con una emulsión pareja a la utilizada por los hermanos Lumière para sus primeras películas.

Hace también más de veinte años, prácticamente el mismo año del debut de Aranda, un realizador americano llegaba con una película de escaso presupuesto e independiente daba a conocer la desconcertante Dementia 13. Como Aranda ha realizado alrededor de treinta películas produciendo más de setenta. Entre ellas, tanto como director como productor, hay de todo.

Para algunos un genio, para otros un buen director sin más, capaz de realizar grandes películas frente a otras no tan buenas. Y alguna incluso nada destacable. Eso sí, uno de sus apellidos, impostado desde el nombre de uno de los más grandes realizadores (Ford), le cae, sin duda, demasiado grande.

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Se trata de Francis Ford Coppola. Sabio vendedor de algunos proyectos que no son sino humo, perseguidor de éxitos en grandilocuentes producciones en las que, caso de Drácula, el ruido devora los aciertos de puesta en escena. Un cine, el mejor, demasiado engolado. Reconozco los méritos de su trilogía El Padrino (la segunda de ellas sin duda la mejor), la mirada hacia el interior de las tinieblas que supone Apocalipse Now y sin duda el camino hacia la propia destrucción del protagonista (un excepcional Gene Hackman), desde el intento personal de alcanzar una cierta dignidad al darse cuenta del trabajo indigno en el que ha sustentado su vida, en la valiosa La conversación.

En estos últimos años Coppola vaga perdido con unos experimentos fílmicos (o lo que sean) de escasa inventiva, abrumadores, además de dedicarse a variados negocios, de impartir cursos y charlas cinematográficas a miles de euros por minuto. Quizá sueñe aún en sus lejanos seis Oscar (casi todos por las dos primeras partes de El padrino, uno de los seis, incomprensible, por el guión de Patton) y el honorifico a su contribución al cine. Y en otros que no consiguió.

Ni Coppola, hay que decirlo muy claro, es uno de los grandes genios del cine, ni El Padrino uno de los filmes más importantes de la historia. Aparte de eso, de hacer cine, escribir guiones, su contribución al arte, al gran arte, no ha sido, digamos, grandiosa.

Si el premio princesa de Asturias a una de las personas que más ha contribuido a las Artes, quiere decir lo que al parecer dice, conceder este premio a Coppola le queda muy grande. Sobre todo habiendo directores de cine, en este momento, con una gran trayectoria y más importantes que él. ¿Cuál es la razón por lo que se da? ¿Hay extrañas maniobras económicas tras esta concesión? No sería de extrañar ya que ello contamina a la mayor parte de los premios. Eso u otras razones del tipo que sean. Nadie, ni el Nobel, se libra de ello. Probablemente mucho más un premio, con toda la charanga gaitera y medio provinciana que se quiere, con aromas de reivindicaciones de comienzos de conquistas nacionales que conlleva el premio asturiano.

Creo recordar que hace años este mismo premio fue concedido a Woody Allen. Admiro muchas de sus películas, detesto algunas, el premio fue también demasiado. Luego Allen, agradecido, decidió filmar allí parte de uno, por cierto quizá su peor filme. Te doy, me das.

Hay artistas, centrándonos en el cine, más importantes, renovadores, de obra sólida, más grandes que Coppola. Quizá varios minoritarios (por supuesto por encima de todos, el más renovador, imaginativo, Godard, o en otro estilo estaría Kiarostami) y otros más conocidos y con obra más amplia que la cinematográfica, como es David Lynch. 

Algunos han hecho sonar las campanas, ensalzado al gran Coppola por tal (in)merecido premio. Tan comprensible como innecesario.

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No fue hace veinte años, más (¡cómo corre el tiempo!) cuando apareció el primer título de la serie Mad Max (1979) a la que siguieron otras dos entregas (1981, 1985), como en la trilogía de El Padrino probablemente la mejor sea la segunda. Entre otras cosas estos títulos catapultaron a Mel Gibson a Hollywood. Treinta años después de la tercera entrega el mismo director, George Miller, ha dirigido la cuarta. Osadamente, o con dinero por delante, inauguró el último, y reciente, festival de Cannes.

Para algunos el delirio, para otros, entre los que me encuentro, una nadería sin sentido. Adrenalina en estado puro. Nada nuevo en una historia sin historia, un guión infantil, sin sentido. George Miller ha llegado a decir que no hay trabajo por ordenador que todo se ha rodado a la vieja usanza, con extras y rodaje en vivo. Ante tal afirmación nos preguntamos si él ha sido en realidad el director, si ha intervenido en algo en un filme repleto por todas partes de un trabajo infográfico.

Algunos críticos, o lo que sean, han llegado a decir que estamos ante una obra maestra. Que con filmes como este el cine sigue siendo cine. Pues qué bien. La realidad es muy otra, en un título que no aguanta una visión crítica reposada. Eso sí, persecuciones y peleas al cien por cien. La verdad es lo único que tiene este título de aventura de ida y vuelta: una llegada al punto de partida sin que, realmente, se entienda demasiado sobre lo que allí pasa. Lo cual, realmente es lo de menos, lo importante es eso: mucho ruido, demasiado ruido, mucho correr, matar, pelear.

Estos críticos defensores de tan excelso título deberían proclamar su magnificencia porque hay sol, sed y polvo. O luz cegadora y oscuridad. Unas y otras tan grandes que vaporizan las ideas, que no existen, y los elementales, e impensables, planteamiento feministas. Se confunde la presencia de unas mujeres como elementos principales con una defensa o exaltación de una mujer. Imposible porque el personaje que interpreta Charlize Theron es en realidad el de un hombre con cuerpo de mujer.

El tiempo pondrá esta película en su justo valor. Y ese valor no creemos que la conduzca a muchas partes. El cine de aventuras, el bueno, es mucho más que esto. Y no digamos los grandes westerns con los que se ha querido comparar esta carrera a ninguna parte.

Eso sí, ya hace veinte años, hablando de western, que se trajo a Valencia a uno de los buenos directos de películas de aventuras, de films notables del oeste realizados con escaso presupuesto y con inteligencia. Era el homenaje del festival de Cinema Jove, que cumplía entonces diez años, a un interesante realizador. Y aquí estuvo aquel año el realizador hablando de un próximo proyecto que nunca fue.

Era en 1905 cuando Budd Boetticher, que fue también boxeador y ¡torero! explicó a los jóvenes su obra, no muy extensa pero sí importante. Hoy Boetticher ya no existe, pero sí su cine. En este hoy, dentro de unos días, Cinema Jove cumplirá 30 años.

En aquel año de 1995 pasaron más cosas, como por ejemplo que esta ciudad y toda la comunidad comenzó a ser invadida por miles y miles de gaviotas que con sus graznidos y sus sombras alteraron el orden de las cosas. No se había tomado en consideración a Hitch y pasó lo que pasó. Hoy una epidemia parece haber acabado con parte de esos pájaros. Su poco agraciado charloteo se ha amortiguado y el sol, da la impresión, que vuelve a brillar.

¿Un sueño o una realidad? No se tiene la certeza porque ya se sabe que los poltergeist existen.

Escribe Adolfo Bellido López   

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