Editorial abril 2015

  30 Abril 2015

El sabor de lo antiguo

los-exiliados-romanticosEn este mes de abril, en plena primavera, Málaga se convierte en la capital del cine español, tratando, en un festival, de rendir tributo a un cine andante entre altos y bajos en busca, al menos, de lograr un cierto reconocimiento.

Allá se da cita, ante todo, una cierta juventud presentando las últimas, en varios casos, primeras obras de unos realizadores que muestran sus impresiones y reflexiones. Es, ese certamen de cine español, como un escaparate capaz de mostrar lo más novedoso, sugerente y fresco de nuestra cinematografía. Que sea un eco multiplicativo hasta llegar a lugares inaccesibles ya es otra cuestión. Eso sí, el elenco joven de intérpretes, venido de series televisivas, será una llamada para acudir en busca de foto y, si es preciso, de firma, a las noches bulliciosas del certamen.

Aunque por allí acudiera Isabel Coixet con una película, dentro de su actual juego con variados géneros, no es normal ver en el festival malagueño películas de realizadores con muchos años de profesión a la espalda.

En una comunidad generadora en el último año de algunos de los sonoros éxitos de nuestro cine, como es el caso de El niño o La isla mínima, se ha venido desarrollando en los últimos tiempos la génesis de unas producciones creadas y realizadas por jóvenes andaluces. Y en cuya región también se centran varios festivales que dan cobijo a lo europeo (Sevilla) o a lo hispánico (Huelva). Si Aragón supuso años atrás, y ya en los propios comienzos del cine, el lugar del dónde provenían los grandes del cine español, de Segundo de Chomon a José María Forqué, de Buñuel a Saura, de Florián Rey a Borau, hoy día, sin olvidar el poderío del cine vasco o del gallego, Andalucía muestra su fuerza creadora y representativa de la salud de nuestra cinematografía.

De todas maneras, en este año de 2015 los triunfadores en Málaga han sido dos realizadores —de muy distinto currículo aunque ambos muy bien asentados en el mundo del cine— los que han resultado los triunfadores en el festival malagueño, en busca de optar a algo más que a tener Requisitos para ser una persona normal. Lo suyo es una (la) deuda para con el cine, donde se juegan bastante más que Techo y comida. No se trata de que ambos jugando a ser Los exiliados románticos obtengan un lugar en el cine español A cambio de nada sino por lo que ellos prometen y dan.

Los dos madrileños, suficientemente conocidos por sus mundos interpretativos o por proceder de donde proceden, son Daniel Guzmán (A cambio de nada) y Jonás Trueba (Los exiliados románticos).

El primero, nacido en 1973, conocido como actor y sobre todo por sus papeles en televisión, ha realizado una película con toques autobiográficos (“El hacer esta película me ha llevado a entender mi pasado”), de aires, dicen algunos, propios del primer Truffaut. Trasunto de un cine y de una vida —la suya— marcada por la televisión y en una biografía en la que se cuenta hasta con un historial boxeístico.

Jonás Trueba tiene otra vida y otra historia. La suya está anclada en propio el cine, convertido en mito familiar desde su propio nombre (al que añade el de Groucho) a la sombra de un filme de Tanner, Jonás que cumplirá 25 años en el año 2000, no cumplió tal edad en el comienzo de siglo sino 19, ya que nació en 1981. Hoy, en el 2015, tiene pues treinta y cuatro y sigue en su búsqueda personal del propio cine, que tanto tiene que ver con la obra de su padre (Fernando) y de su tío (David).

Filmes los suyos de carácter casi amateur, primitivo (y, también, con cierto aire libertario propio de Truffaut y de la nouvelle vague), desde presupuestos pequeños tratan de hablar de su vida y de los de alrededor. Ha realizado tres largos y un corto cuyos títulos en ocasiones sugieren su amor por el cine o por la literatura: Cero en conducta (corto); Todas las canciones hablan de mí, Los ilusos y Los exiliados románticos (largos), a los que hay que añadir su intervención en los guiones de Más pena que gloria, Vete de mí (ambos dirigidos por Víctor García León hijo del realizador José Luis García Sánchez) o El baile de la Victoria (dirigido por Fernando León).

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La juventud impera, y está muy bien, en el festival malagueño, pero eso no debe suponer que se renuncie o se olviden las señales de un pasado cinematográfico, distinto a la mitificación de un determinado cine de aquí o de allá. Un cine, el de ayer, que supone en muchos casos un ejemplo para hoy en cuanto a seguimiento, aprovechamiento y valoración. El festival malagueño, y quizá con razón, mira al hoy y por tanto potencia unos nuevos valores y un nuevo cine. Un cine hecho de ayeres que trajeron alegrías y tristezas y que suponen lecciones difíciles de olvidar.

Muchos de los grandes del cine dieron sus mejores obras ya en la cincuentena. O si la dieron antes siguieron firmes, mientras pudieron, dando lecciones de valía para quien quisiera recogerlas de sus obras, testimonios de una época, de una forma de pensar, de sí mismos. Aquí entre nosotros hay que pensar en Saura, Patino, Borau, Regueiro, Fernando Trueba… sin olvidar, claro está, a las tres B (Buñuel, Berlanga, Bardem), ni a Fernán Gómez, ni algunas películas clave de Nieves Conde o Fernando Rey. Y no sólo.

Fuera el número de nombres es grande, enorme, aquellos que siguieron realizando cine, incluso, en el límite de su edad (como si se pudiera saber cuál es ese límite) o más allá. En busca de un sueño, una quimera o simplemente de sentirse vivos y capaces de demostrarlo.

Hoy día, en los cines de muchas ciudades se proyecta La casa del tejado rojo de Yoji Yamada, que cuenta 84, uno menos que Clint Eastwood, capaz de realizar la discutida pero vitalista y dinámica El francotirador. En activo siguen también el joven rompedor Godard (84 años), Woody Allen (79 años) o Wajda (89). Ford realizó Siete mujeres (su último título en una obra de más de ciento treinta títulos), Kurosawa dirigió Mandayo con 73 años. Con más de 70, Hawks (Río Lobo), Walsh (Una trompeta lejana) o Wilder (Aquí un amigo), son un ejemplo entre muchos otros de realizadores activos más allá de los setenta. Otros siguieron reclamando realizar nuevas películas, como Boetticher que murió a los ochenta y cinco tratando de hacer realidad el sueño de dirigir A horse for Mr. Barnum

Ahora bien el oscar a la longevidad cinematográfica es sin duda para el portugués Manuel de Oliveira, fallecido en este mes de abril de 2015 cuando contaba 106 años, Pues bien, este realizador de más sesenta obras entre cortos y largos aun entre 2010 y 2014 dirigió, al menos, dos largos, tres cortos e intervino en fragmentos de dos filmes dirigidos por varios directores. Su cine es la historia de una vida y de un país pero sobre todo la demostración de que el talento y la creatividad (ejemplar) del ser humano van más allá… del infinito.

Escribe Adolfo Bellido López

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