Editorial febrero 2015

  28 Febrero 2015

Y el Oscar es para…

oscar-2015-3Al fin termina la fiesta (interminable) de los premios cinematográficos del pasado año. Al menos de los más importantes. Por no decir del único, de aquello por excelencia, faltaría más, concerniente a los galardones del Imperio… cinematográfico. Que sí, nadie lo duda, el cine americano fue, durante muchos años, el Rey, el que ordenaba las formas de ser y de actuar, de mirar y de, también, de aprender de lo que es y significa el hacer películas.

El cine clásico americano fue un ejemplo para todas las cinematografías y, también, para la mayoría de aquellos que pensaban dedicarse al cine, a hacer, o a hablar de cine.

Los premios del cine norteamericano iniciados como una especie de reunión de amigos, han terminado por convertirse ser un espectáculo ofrecido a millones de personas donde se valora más el glamour, la exposición de sus gentes que el propio valor del cine. Detrás de la ceremonia, actualmente, se vende y mucho. Se vende todo y, por supuesto, tanto la imagen de sus protagonistas como a las películas ganadoras.

El número de los filmes nominados ha ido variando con los años. Actualmente la decisión, sobre cuál es el mejor, se dilucida entre seis y diez títulos. Hace unos pocos años eran cinco.

Cuando en 1928 se produjo el pistoletazo de salida sólo eran tres títulos los nominados. La ganadora, en aquel año, fue un filme antibélico (¿o bélico?), Alas de William A. Wellman, un realizador muy dado a estos planteamientos, realizador en este género de Todos somos seres humanos o Fuego en la nieve. Sin embargo Wellman no se llevaría el premio al mejor director por su película. Curiosamente, se supone que para compensar, la mejor dirección fue para Lewis Milestone (otro realizador con bastantes títulos antibelicistas en su haber) por Hermanos de armas.

¿Cómo fue posible si Borzage recibió, y no ex aquo, el premio al mejor director por El séptimo cielo, filme que sería objeto de varios remakes, siendo el más conocido el de Henry King)? Simplemente porque durante los primeros años en los Oscar ocurrió igual que actualmente en los Globos de Oro, es decir distinguir diferentes tipos de género ya fueran dramáticos o comedias. Milestone fue el mejor director de comedia mientras que Borzage lo fue de dramas.  

En aquel 1928 los actores principales recibieron sus premios por varios filmes no sólo por uno. Fueron Janet Gaynor por tres títulos (El séptimo cielo, El ángel de la calle y Amanecer) y Emil Jannings por dos (La última orden y El destino de la carne). En aquel año se valoraba el nuevo sistema técnico incorporado al cine, el sonoro, y por ello se concedió un Oscar honorífico a la productora que había apostado por ese sistema: Warner Bros. La productora inició el cine sonoro con El cantor del jazz.

Y aquel año también un personaje, luego maldito, siempre genial, recibiría un Oscar honorífico (el primero porque años más tarde recibiría otro más, en 1972, ya cercana su muerte, ocurrida en 1977), Charles Chaplin.

Como dato curioso en aquel primer año se concedió un Oscar al mejor autor de rótulos. Mientras tanto la gran película del maestro Murnau recibía (además de su actriz) el Oscar a la mejor fotografía y el extraño premio de la película de mayor calidad artística de producción. Algo que no se sabe muy bien lo que es.

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Este año 2015, con unos premios correspondientes al cine de 2014, se han concedido cuatro Oscar honoríficos. Con ellos se trata de valorar la obra de hombres y de mujeres de cine de dentro y de fuera de Estados Unidos. Normalmente, las distinciones tienden a paliar los errores producidos al haber sido obviados siempre (en el caso haber realizado cine en el país) en los premios. Son decenas de casos de realizadores, actores, técnicos. Casos y fallos estrepitosos. Además de Chaplin, y por citar tan sólo dos de los grandes, se encuentran entre las ausencias los de Hitchcock o Welles entre los directores o el de Robert Mitchum entre los actores.

Los Oscar honoríficos de este año fueron para una actriz nunca premiada (y con demasiadas buenas obras en su haber), Maureen O’Hara (interprete en más de sesenta películas); un guionista francés, Jean Claude Carriére (ha escrito más de ciento veinte guiones); un músico que ha intervenido en una veintena de títulos como actor y que es activista político, Harry Belafonte; y un gran realizador japonés, Miyazaki (más de veinticinco títulos como director para cine y televisión), que acababa de anunciar su abandono del cine.

Curiosamente, en la actualidad estos premios Honoríficos son ocultados a los devoradores de los Oscar, al ser entregados en una ceremonia íntima meses antes de la Gran Ceremonia, con escaso pronunciamiento mediático.

No debe olvidarse que los Oscar, ante todo son una apuesta por el dinero ya que las películas premiadas conseguirán un aumento de recaudación en los días o meses inmediatos a la consecución de los premios. Los ganadores, en fin, son productoras-distribuidores-exhibidores. Hay anécdotas que avalan lo dicho.

En la obtención de los premios se da más que en otras ocasiones (entre las que se incluye a los festivales) componendas y compras de votos (reales o figuradas de acuerdo a determinados intereses). No hace muchos años una productora con dos filmes nominados presionó para desplazar el premio de un título a otro, hacia aquel título que menos rendimiento estaba teniendo en taquilla. Había que elevar la recaudación del más pobre.  

Por supuesto, ha habido filmes muy comerciales que han sido premiados, aumentando hasta lo indecible sus rendimientos. Y lo contrarío también se da: títulos pequeñitos (pocos) premiados no han conseguido, con el Oscar, impulsar su débil carrera comercial.

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En Estados Unidos se realiza mucho cine —y hace años bastante más—. No todo el realizado tenía opción a Oscar. Y de los títulos con opción no siempre fueron escogidos los mejores. Se ha ignorado, a la hora de elegir, casi siempre el cine independiente, el verdadero. No todo el cine llamado independiente lo es. Mucho de este tipo de cine deriva hacia una especie de sucursal de una gran productora. Tampoco aquel que trata de esconder tal marca tras técnicos y actores de primera.

Puede pensarse que varios títulos de los nominados este año lo son. Y que pocos pertenecen —han sido producidos— por grandes productoras. Incluso quizá, a simple vista, todos los títulos de este año —excepto El francotirador— pueden pasar por filmes independientes de total o mediano pelaje. Y, algunos de sus autores, así lo afirmarán. Sin creérselo, claro.

¿Lo son acaso Selma, La teoría del todo, Whiplash, The imitación game? ¿Y qué decir del triunvirato formado por El gran hotel Budapest, Boyhood y Birdman? Seguro que Iñarritu, exultante de su genialidad, así se lo cree. Aunque se acomode dentro de una productora y con un actor que tuvo su gloria en el pasado y otros que la tienen ahora. Quizá piense lo mismo el siempre inclasificable Wes Anderson, uno de los directores más dados, en el hoy, a experimentar, jugar con el cine (en Norteamérica). Y no digamos de otro realizador-innovador, a su manera, como es Linklater

Pero, de verdad, ¿alguien puede tomar en serio unos premios que en lo que llevamos de década han concedido el de mejor película del año a títulos tan escasamente significativos como The artist, Argo, 12 años de esclavitud o, incluso, El discurso del rey?

Unos premios tan maravillosos como son los Oscar premiando lo mejor de lo mejor del mundo mundial llevaron a lo más alto, por el número de galardones, a títulos tan discutibles como Titanic, Ben-Hur o El señor de los anillos: El retorno del rey. Las tres obtuvieron sólo once Oscar. En el caso del tercer título hizo pleno de once nominaciones, once premios. Películas sin Oscar tales como El gran dictador, La noche del cazador, Vertigo, Centauros de desierto, Sed de mal y cientos de títulos maravillosos no fueron dignos de recibir ni uno sólo.

Así que…

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En este año 2015 había películas muy interesantes que se peleaban por el Oscar. Ahí estaban la excelente Boyhood y la imaginativa El gran hotel Budapest (excelentes crónicas ambas, por otra parte, de una época), pero no, el premio fue para un filme que de novedoso tiene poco (parece una revisión de Opening night de John Cassavates hinchada por el falso juego de un único plano secuencia variando espacios y tiempos. Un procedimiento utilizado de forma menos mentirosa por Hitch en La soga.

Aquí Inarritu trata de engañar jugando a genio: pasen y vean hasta dónde puedo sacar partido de un único (y falso) plano secuencia. Aparte de hablar del cine y del teatro, de la verdad (Michael Keaton entre el personaje de ficción, el real y el actor interpretativo) y de metáforas un tanto ingenuas. ¡Qué se le va a hacer! Es lo que hay.

Para los que admiran las propuestas ingeniosas del lenguaje, la presunta renovación de la propuesta de Iñárritu, no estaría mal que echarán un vistazo, no sólo al Hitch citado, sino a otras verdaderas obras cinematográficas importantes. Por ejemplo a El viaje de los comediantes de Angelopoulos.

Eso sí, la forma de rodar de Iñárritu en Birdman parece que va a sentar escuela así, por ejemplo, se anuncia que Joaquín Oristrell inaugurará el próximo festival de Málaga con su última película, Hablar. ¿Qué relación tiene eso con Birdman? Quizá poca, salvo que se trata de una historia entre teatro y cine narrada en un único plano. Sobre todo se distingue por una cosa: algo a tener muy en cuenta, que únicamente dura 80 minutos frente a las casi dos horas de Birdman. Un pequeño alivio

Escribe Adolfo Bellido López

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