Editorial enero 2015

  27 Enero 2015

Mañana, hoy y ayer

la-isla-minimaEl mes de enero, todos los años, se lleva a cabo en diversas publicaciones del tipo que sean el balance de lo mejor del año. Se trata de las noticias más sobresalientes, lo mejorcito (o los mejores) en fotografía, novela, teatro, película, deporte y hasta en política. Realmente no es lo mejor y sí aquello que más ha gustado, por la causa que sea, a quienes acceden a tal juego. También hay quienes ofrecen, con un cierto rasgo de humor, un listado de lo peorcito en todos los órdenes de la vida y del arte.

Nosotros, en la sección Todo lo demás, y por una apreciable mayoría, hemos aupado al podio a Boyhood (Momentos de una vida). Curiosamente el estudio sobre la obra de su director, Linklater, había sido protagonista en uno de nuestros últimos Rashomon. Varios medios han coincidido en esa honorífica citación de la mejor del año para tal filme. Linklater, desde el planteamiento que su cine casi siempre tiene de experiencia, búsqueda, innovación, ha llevado a cabo, en 12 años de rodaje, un documento sobre la evolución (ficcionada) no sólo del protagonista sino de toda una sociedad: el cambio debido al paso de los tiempos en las personas, costumbres, ideas.

No ha sido fácil elegir en un año de buen cine, donde la varita del experimento, más o menos conseguido, menos o más fallido, ha tocado, entre otros, a títulos como Adiós al lenguaje de Jean-Luc Godard, El gran hotel Budapest de Wes Anderson, Her de Spike Jonze, Magical girl de Carlos Vermut…

Esta última citada es una de las buenas películas españolas cuya calidad no se ha prodigado en demasía, pero que al menos nos ha dado también La isla mínima de Alberto Rodríguez. Lástima que la excelente técnica de El niño de Daniel Monzón se quede, por referirnos a otro título de acá, únicamente en eso: un intento de copia (aplicada) de una película norteamericana de acción.

Una vez que medios y personas den su parecer, tocará el turno a las academias de cinematografía de distintos países, entre ellas claro está la de España con sus Goya y la de Estados Unidos con sus Oscar.

Los Goya, que este año se celebran en el segundo domingo de febrero, enfrentarán, ante todo, a El niño y La isla mínima. Y, si dejamos a un lado los intereses de todo tipo de cualquier tipo de premios (incluidos los de los festivales), los galardones principales deberían ir para la excelente crónica policiaca y socio-política que es La isla mínima, muy bien contada con unos actores excelentes y con una fotografía impresionante.

Por lo que se refiere a las nominaciones de los Goya para la mejor película europea, no se entiende muy bien cómo puede estar entre las que saldrá el máximo galardón, Dios mío ¿pero qué te hemos hecho? a no ser que fuera preciso introducir un título francés. Claro, quien se iba a atrever a poner Adiós al lenguaje.

Sin duda de las cuatro seleccionadas en esa categoría hay dos que destacan sobre el resto, La sal de la tierra e Ida, la curiosa película polaca heredera indirecta (y de tesis contraria) de Viridiana de Buñuel, flamante ganadora en varias categorías, entre ellas la de la mejor película europea, en los premios del cine europeo. No resulta extraño reencontrar en Pawiloswski, director de Ida, ciertos rasgos de otro director polaco, Kieslowski y sobre todo de su Decálogo. Relatos salvajes, por su parte, salvo un sorpresón, no tiene contrincante en la categoría de mejor película iberoamericana.

Quince días después de los Goya llegaran los Oscar. Ida es la favorita, reafirmada con muchos premios, en el apartado de la mejor película extranjera, donde curiosamente competirá con Relatos salvajes o con la también conocida, y muy discutida, Leviatán.

Por su parte diez títulos (desde hace unos años se ha pasado de cinco a diez los títulos entre los que hay que elegir la mejor del años) se enfrentan por obtener el gran premio. Habrá filmes independientes o de pequeñas producciones que no estén en la lista e incluso hayan sido rechazados importante títulos por muy diversas causas.

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La historia de los Oscar está repleta de grandes fallos siendo ignorados títulos y profesionales de gran altura. No siempre una película producida en el año, convertida con el paso de los años en mítica, indispensable, obra maestra, ha recibido el Oscar a la mejor película. Varios títulos premiados han sido mediocres. Un Oscar sólo acredita aumento de espectadores en las salas donde se proyecta. No sólo será con el premio, simplemente unas nominaciones llevarán ya fuertes ganancias a los productores y distribuidoras.

Algo que este año ha conseguido el último filme dirigido por Clint Eastwood, El francontirador. Su salida a salas, en Estados Unidos fue tibia (en España se estrena a finales de febrero de este 2015). Bastó que obtuviera varias denominaciones para que los espectadores llenaran los cines. No solamente eso, también ha conseguido auparse a un punto álgido sobre la tesis defendida en el filme: ¿bélico o antibélico?, ¿fascista, conservadora o acaso crítica, progresista? Sería interesante acercarse a esta película sobre todo para ver si, en sintonía con sus últimas películas, su obra camina por una gran pendiente sin posibilidad de volver a caminar hacia arriba.

En los Oscar, entre otras cosas, se enfrentará el disparato y siempre sorprendente Wes Anderson con Richard Linklater, no menos buscador de nuevos formas de narración. En plan innovador aparece el tercero en discordia, Uñarritu, siempre engreído de su valor como enorme cineasta, capaz de despreciar a quienes no admiran su gran talento. Bueno, allá él y su cine. Nunca me ha interesado, y tampoco me dice nada ese facilón (a pesar de su pretendida dificultad) experimento de Birdman. Puede que atonte a los académicos con sus vueltas y revueltas repetitivas y el plano secuencia (falso, falso) que es todo el filme. Desde luego, por su proximidad argumental, John Cassavettes lo hizo mucho mejor en Noche de estreno. Y si nos referimos al pretendido y bobalicón experimento narrativo, debo decir que prefiero La soga de High e incluso El arca rusa de Sokurov.

No creo que, a pesar de las presiones existentes, Michael Keaton se lleve el Oscar de interpretación por su papel en el filme de Iñarritu (en un intento también de cerrarse sobre el propio actor: algo así como Robin Wrigh Penn en El congreso). Y no lo creo porque hay dos interpretaciones excepcionales: Benedict Cumberbatch en The imitation game (Descifrando Enigma), como el matemático Alan Turing, y Eddie Redmayne en La teoría del todo, haciendo de Stephen Hawking, dos títulos que se apuntan a la moda del biopic, o sea películas que cuentan la vida de alguien.

Aparte de los estrenos recientes, y afines a esa categoría, de Mr. Turner y Big eyes, entre los diez filmes seleccionados para el Oscar a la mejor película cuatro podían catalogarse en ese grupo. A The imitation game y La teoría del todo podrían añadirse El francotirador y Selma, ahora bien el estudio de las cuatro serviría para dejar claro la forma diferente de acercarse a unos personajes y hechos reales.

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Si nos centramos en los dos títulos citados y estrenados entre nosotros que aspiran al Oscar considerados biopic, descubriremos sin demasiados problema lo que aleja la película de Turing de la de Hawking. La primera se acerca, sí, claro, a la vida del padre de los ordenadores, pero describiendo una época con sus contradicciones junto a las mentiras y el conservadurismo de una determinada sociedade, desde una compleja narración que se desarrolla en tres tiempos, utilizando además ciertas tomas reales junto a una fotografía muy trabajada en sus contrastes.

Por su parte La teoría del todo es todo lo contrario. Demasiado bonita, edulcorada, centrada en unos personajes sin que el entorno sea más que un fondo para mover a los protagonistas. The imitation game, como Mr. Turner, sería una película abierta y reflexiva mientras que La teoría del todo sería cerrada y primaria, con una fotografía de colores saltarines, más acorde con el tono de la pintora de ojos saltones del filme de Tim Burton.

El biopic en ambas vertientes: centrado sólo en el personaje o búsqueda de lo que rodea al personaje (época, circunstancias), ha existido siempre en cine. Preferible lo segundo a lo primero. Un ejemplo sería el múltiple y difícil retrato que Francesco Rosi consiguiera de Salvatore Giuliano en la película de ese título que rodase en 1962. Rosi, nacido en 1922, ha muerto al comienzo de este año, concretamente el 10 de enero. Pocos medios han hablado ampliamente de él con motivo de su fallecimiento. Un día después que Rosi, el 11 de enero, desaparecía Anita Ekberg, y a ella sí se la recordó haciendo alusión sobre todo a su papel en La dolce vita.

A pesar de ese medio silencio por la muerte de Francesco Rosi, hay que recordarle porque su obra se emparenta con la gran etapa del cine italiano de los años sesenta y setenta. Un realizador que imprimió a sus obras todo un sentido crítico, reflexivo, político y social reflejado en las épocas y personajes centro de sus películas; en realidad, un mero pretexto para abarcar determinados sucesos y periodos históricos. Filmes sobre corrupciones, manejos políticos representados en algunos de sus mejores títulos, aparte del ya citado: Manos sobre la ciudad, El caso Mattei, Lucky Luciano, Cristo se paró en Eboli…

Con Rosi desaparece una forma de hacer cine. Y de mirar aquella cinematografía, la italiana, que era entonces un faro conductor de un determinado tipo de cine. Otros tiempos, sin duda, y otro cine. Entonces, al igual que ahora, abierto a una búsqueda de nuevas formas narrativas por parte de realizadores que van más allá de la creación de obras estereotipadas, egocéntricas o destinadas al fácil, y fugaz, disfrute. De esas otras importantes, perennes, que pasarán a ocupar un lugar de privilegio en la Historia del Cine, independiente de que hayan ganado, o no, uno o varios premios.

El premio, el gran premio, para cualquier película, es el seguir siempre viva.

Escribe Adolfo Bellido López

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