Editorial noviembre 2014

  27 Noviembre 2014

Grandes invenciones

la-gran-invencion-2En este noviembre de 2014 se han estrenado algunos títulos dignos —aunque sea sólo por lo discutible— de tenerse en cuenta.

Ahí está Nolan con su (re)vuelta a un explicativo 2001, una odisea del espacio con su ineficaz para varios, entre los que me cuento, Interestellar. Su interminable juego malabar buscando un final entre los varios que propone en su momento es algo que Kubrick resolvió sin efectismo. Se diría que no se entendía. Los que lo decían estaban en su derecho, faltaría más, como otros estábamos en el nuestro de reafirmarnos en su implícita ideal de la llegada de la nueva era, la del superhombre, a la Tierra.

Nolan no es, ni por asomo, Kubrick, aunque como el realizador neoyorkino también se considera un genio. No sé si lo era pero sin duda entre uno y otro me quedo con el cine, a veces brillante, a veces agotador, de Stanley Kubrick. El de Nolan es predecible y reiterativo abrazado a una buena idea que estira hasta la extenuación. Origen sería, probablemente, el mejor ejemplo.

Sorprende el entusiasmo que alguno películas suyas generan entre cierto público y cierta crítica, tal es el caso de los episodios de Batman que ha dirigido. Quizá el que más entusiasmo ha desatado es El caballero oscuro y sobre todo referido al Joker, que bien mirado es sólo una copia, con una cierta semejanza en la interpretación, del mismo personaje en el Batman de Tim Burton.

Esperanzas se podían tener en un nuevo thriller nuestro, en una época en la que el género, probablemente producto del momento en que vivimos, se está multiplicando. Este país, España, celebra así la multiplicación de los casos de corrupción y desvergüenza de una situación política dominada por aves depredadoras invasoras de prácticamente todos los espacios.

La isla mínima, reflexión desde el pasado del momento actual, es uno de los mejores ejemplos que nos ha dado el cine español en este género. Quizá no fuera Manuel Gómez Pereira el director más apropiado para acometer un cine policiaco de mediana, como mínimo, altura. Pereira nos ha dado algunas comedias dignas. Cuando hace unos años se decidió por el thriller realizó la mediocre Entre las piernas pero su filme actual, La ignorancia de la sangre, supera al anterior en cualquier grado de insulsez.

Es, sin apelativos, una película mala, más propia de alguien que no sabe manejar el lenguaje del cine, que de un realizador con bastantes películas en su haber. No podemos explicarnos la razón por la que la última película de Pereira estuvo en el festival de cine europeo de Sevilla. Quizá se debería al hecho de estar rodada en Sevilla. Poco, más bien nulo, favor para la ciudad y para el festival

De festivales o por festivales también anduvieron dos títulos recientes. Y no por uno sino por varios. Importados desde fuera hacia acá. Se trata de los últimos trabajos de dos veteranos directores, Loach y Schlöndorff.

El primero con cerca de cincuenta títulos entre los realizados para cine y televisión. Su primer gran éxito entre nosotros quizá fuese Agenda oculta (1990), especializado hasta entonces en filmes de corte documental y en series televisivas. El segundo realizador con cerca de cuarenta. Su primer largo, en aquella España de mediados de los sesenta, resultó impactante (El joven Torless, 1966). Era el momento en que surgía el joven cine alemán.  Ambos se han interesado siempre por el cine socio-político. Dos jovencitos de 78 y 75 años respectivamente, felizmente en activo.

Loach, fiel a sí mismo, desde la crónica, la carga de profundidad sobre el pasado y el presente dominado por la injusticia y la opresión, ha hablado de su país o de otros desde el dramatismo hasta la ironía. Ahí están, entre sus títulos, Lloviendo piedras, Mi nombre es Joe, La canción de Carla, Tierra y libertad, Pan y rosas, Sólo un beso, Route Irish.

Ahora sin sorpresas, afín a su cine anterior, nos ofrece Jimmy’s Hall. Algún periodista, impertinente sin duda, le preguntó en una rueda de prensa por la razón de seguir haciendo cine. Contestó más o menos que porque no tenía otra cosa que hacer. O lo que es igual: hace cine porque le apetece y cree que sabe hacerlo. Eso sí, un cine didáctico por excelencia: lecciones que con sus imágenes sigue impartiendo a los espectadores, tratando de concienciarlos como ciudadanos, insuflándoles una rebeldía libertaria. Bien es verdad que sus películas, en muchos casos, son muy parecidas, aportan o progresan poco respecto a lo ya dicho, pero él desde su tribuna cinematográfica se niega a claudicar.

Mientas Loach siempre se ha asentado en Inglaterra, aunque reproduzca otros países, el realizador de El tambor de hojalata ha vivido en diferentes países, en los que ha recalado para poder seguir haciendo, al igual que Loach, lo que le gusta. Y como Loach también su cine se decanta por procurar mensaje. De todas maneras el cine de Schlöndorff es más plúmbeo que el de Loach, apoyándose en diversas ocasiones en obras literarias. Al igual que Loach ha trabajado para la televisión pero mientras el director inglés partió de ese medio, el realizador de El honor perdido de Katharina Blum tardó tiempo en trabajar para la televisión.

diplomacia

Schlöndorff acaba de estrenar su última obra, Diplomacia. Al igual que en un juego de estrategia, un general alemán y un diplomático sueco se engarzan en un duelo, de verdades y mentiras, que tiene como fin la destrucción o el salvamento de la ciudad de París momentos antes de la entrada aliada en la ciudad.

Un hecho histórico narrado de otras formas por Alain Resnais (más divertido, más original) en Se conoce la canción. La ciudad del amor debía ser aniquilada de acuerdo a las órdenes de Hitler para que el mundo dejara de contemplar la belleza de la ciudad francesa. Si Berlín había sido destruida, París, la alegre, bulliciosa París, debía desaparecer.

Dos personajes frente a frente. Seguimiento y fidelidad a algo en lo que hace tiempo no se cree frente a planteamientos ladinos y maquiavélicos. La verdad y la honorabilidad, las palabras de honor no son tales. El filme se sostiene ante todo por dos grandes interpretaciones en un filme digno pero carente de emoción. Diplomacia tiene una virtud: tiene la duración que debe tener. No da más que para unos ochenta minutos. La distribuidora ha querido aumentar la duración de la sesión añadiendo un curioso corto titulado La gran invención de Fernando Trías de Bes (nacido en 1967), escritor y economista pero hasta este momento con una nula inclusión en el mundo del cine.

Sorprende el corto de Trías en cuanto se inscribe dentro del cine documento-falsedad experimentado y elevado a gran nivel por Basilio Martín Patino y en el que también han trabajado otros realizadores españoles como José Luis Guerín, con Tren de sombras. Un género, la falsa crónica o el falso documental, también cultivado, de manera esporádica, por Peter Watkins, Rob Reiner… e incluso por el realizador Peter Jackson (la trilogía de El señor de los anillos y El hobbit entre otras) con La verdadera historia del cine (Forgotten Silver, 1995), film muy importante para descubrir toda la maravillosa falacia que es el cine, su poder de seducción desde las más burdas mentiras.

La gran invención no llega ni a Patino, ni a Jackson, ni siquiera al filme de Guerín porque su punto de partida pone en antecedentes al espectador: estamos ante una ficción. Se trata en el año dos mil y pico de dar fe de una película del pasado que dio al traste con el presente. Juego sobre el juego. Ficción sobre la ficción. Sin embargo las ficciones, apoyadas sobre una realidad, se muestran claramente falsas.

Una segunda alusión a la realidad nos lleva a lo no acontecido en el año 2017, momento en el que se supone se rompe totalmente la Unión Europea. Con anterioridad, en una nueva ficción, se nos habla, en ese programa de televisión de un futuro a medio plazo, de otra fecha falseada, aunque cercana, 2015, momento en el cual, se nos dice, abandonan la Unión Europea, Portugal, Grecia, Italia y España. El principio del derrumbe.

adios-al-lenguajeSi todo eso se plantea como una falsedad, lo que posteriormente se nos narra entraría también dentro de la ficción cinematografía con lo que la idea de falso documental queda en entredicho. Dado además por la reconstrucción de unos hechos, a los que, eso sí, se añaden algunos escenas documentales de épocas anteriores, más o menos cercanas. De esa manera el corto con su pretendida tesis, digamos, realista y que trata de arrojar una cierta credibilidad en sus propuestas, queda reducido a una serie de situaciones aceptablemente resueltas y de cierto planteamiento crítico. Lo que ocurre es que, al igual que muchos otros cortos, todo parece conducir hacía un final sorpresivo.

La idea del corto es sugerente: Hitler dejó un escrito para que en caso de perder la guerra, Alemania pudiera años después dominar a Europa, unir a todos los países y, ante su riqueza, conseguir asfixiarla económicamente. Alemania pues dominaría, subyugaría a Europa. Curioso planteamiento, correctamente realizado, aunque demasiado volcado hacía un final sorpresa demasiado forzado.

Eso sí, en el juego del juego unos carteles finales nos indican que todo es mentira menos los papeles-planes secretos de Hitler en los que organiza la conquista de Europa por el poder del dinero. Eso y una dedicatoria (“A todos aquellos que luchan por la libertad”) cierran esta curiosidad de Trías, que al menos ha tenido la suerte de colarse como acompañamiento de la proyección de Diplomacia. Algo que la mayor parte de los cortometrajes españoles no consiguen. Todos se alinean para irse dando a conocer, y buscar sus premios y premiecitos, en cualquiera de las decenas de festivales de cortos celebrados de Norte a Sur, de Este a Oeste en España cada año. Pacientemente los cortometrajistas buscan dónde enviar sus cortos. Da igual que sea en Villar del Rio, Villar del Mar o de la Trucha. El caso es competir. Y el caso es que cada ayuntamiento dé premios, ya sean hojas de laurel o tractores de latón. 

El mes de noviembre se despide con una buena y a la vez mala noticia. La buena, el estreno del último filme de ese genio del cine —siempre adelantado a su tiempo, en busca de nuevas formas expresivas— que es Jean Luc Godard. Su titula Adiós al lenguaje y se estrenó en el último festival de Cannes. Godard, al igual que Esastwod, Patino, Oliveira, Schlöndorff, Loach… es un jovencito con muchos años a la espalda. Godard tiene sólo 84. Y sigue dando guerra. Su Adiós al lenguaje la realizó en 3D para dinamitar, desde el propio sistema, el cine en relieve. Pues bien, la distribuidora en España la estrenará en 2D y, aún peor, sólo la exhibirá, esperemos que de momento, en tres ciudades españoles. Ninguna es Valencia. Así que…

Escribe Adolfo Bellido López


Nota de última hora

El triste final de este editorial ha dado una vuelta al estilo de los happy end hollywodenses. Claro, estamos, en fechas proclives a edulcoramientos a go-go. La varita mágica que concede todos los regalos imposibles ha derramado sus bienes cinéfilos sobre Valencia. ¿Qué ha ocurrido? Nada menos que se anuncia en la ciudad, a pesar de las informaciones contrarias, el estreno —eso sí, minoritario— del último filme de Godard, Adiós al lenguaje. Bienvenida sea la corrección de nuestra información. Enhorabuena a los godardianos de pro.

jimmys-hall