Editorial septiembre 2014

  30 Septiembre 2014

Con Oscar al fondo

jersey-boysVaya con los estrenos de septiembre acompañados de ruidos, furias y cánticos, no celestiales, en un afán quizá para acompañar lo agitado de un ambiente cargado de electricidad por muchas partes.

Pues si una cosa, floja, floja, llamada En el ojo de la tormenta, se pasó en algún pase de prensa con ruidos y efectos tormentosos incluidos. No sabemos si la prensa recibió algún chapuzón que otro y se les dotó para no mojarse de sendos impermeables con marca promocional incluida.

Algo, los cubos de agua, que había inventado hace años Fernando Trueba cuando, en un festival de cine esperó, armado de paciencia, la presencia de Diego Galán, por aquel entonces crítico de pro, antes de ser director del festival de San Sebastián, para que recapacitara (o fuese castigado) por lo mal que había tratado a su película (un documental) Mientras el cuerpo aguante (1982).

Por cierto, aquella ducha inesperada la recibió Diego también en San Sebastián, un  festival de cine que bajo su dirección subió como la espuma, luego, al abandonarlo, entró en un impase que ha vuelto a recuperar con la llegada de Rebordinos a la dirección de ese festival. Algo que se ha demostrado este año, con una gran programación en todas las secciones y en donde el cine español ha triunfado pero de verdad, con dos películas excelentes, las dos merecedoras del primer premio y no como otras (españolas) que en el pasado de forma peregrina lo recibieron. Se pudieron llevar ambas el primer premio. Sólo fue para una pero las dos lo merecían.

Si en el pase de prensa de En el ojo de la tormenta se regalaban efectos especialísimos, un tanto absurdos, en otro pase de prensa (y también en el estreno previo con mucha gente invitada) se regaló a los asistentes con un sing-alone con subtítulos en Karaoke que suponía la presencia de un cuarteto de actores y cantantes para que los asistentes viajaran a los espectáculos musicales de la América de los años 50-60 del siglo pasado. Y todo ello para promocionar Jersey Boys, la penúltima (ya ha terminado una nueva) y fallida película de Clint Eastwood, en la que incluso se permite auto-referenciarse.

Algunos críticos dicen que esa presencia lo que trata es de señalar la época en la que transcurre el filme. Uno, más retorcido, cree otra cosa: simplemente es un chiste privado sin pizca de gracia, al aparecer en un televisor unas imágenes del actor en una de las series de televisión en las que intervino en aquella época. Floja y muy suave, fofa película ésta de Eastwood, empeñado en realizar lo que le den. Si sigue así deberemos cerrar los ojos y considerar como su último filme la excelente Gran Torino (2008), desde entonces sus películas se arrastran escasamente por el terreno de la más desesperante irregularidad (Invictus, Más allá de la vida, J. Edgar y la que indicamos). Si sigue así, con sus 84 años a la espalda, y eso es lo único que le mantiene vivo (su trabajo) adelante, pero si lo hace creyendo que sus obras siguen siendo maravillosas, lo mejor es retirarse. Ninguna de las últimas películas está a la altura de sus buenos filmes. Una pena

No es sólo a Eastwood al que le gusta jugar con sus obras, introducir chistes privados, incluso homenajear o lo que sea a sí mismo o a otros directores o películas.

Sorprende, por ejemplo, que en el rebuscado, pedante y fallido El amor es un crimen perfecto se aluda, por eso del amor loco de los surrealistas, directamente a Buñuel, haciendo que el desquiciado profesor protagonista proyecte a sus alumnos de literatura nada menos que La edad de oro, atreviéndose el director a alterar, porque le viene en gana, de forma inmisericorde el montaje del filme de Buñuel al proyectar dos secuencias cambiadas de orden.

Uno de los guionista de Buñuel (y también de algunos filmes de Polanski y de muchos, muchos títulos), Jean Claude Carriére, será este año uno de los personajes a los que la Academia del Cine americana conceda muy merecidamente uno de los Oscar honoríficos.

También lo recibirá Hayao Miyazaki, uno de los grandes directores de la animación, al que no hace mucho nuestra revista Encadenados le dedicó un muy completo Rashomon. Su última película, esa que ha anunciado que es su despedida (¡maravilloso adiós!), es esa obra maestra absoluta titulada El viento se levanta.

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Hay, este año, dos Oscar honoríficos más dedicados ambos a actores. Uno a Harry Belafonte en realidad más cantante y activista en pro de los derechos de las gente de color (él lo es) y de las libertades (fue uno de los sublevados contra el maccarthismo), el otro para la volcánica actriz pelirroja Maureen O’Hara, uno de los últimos vestigios del Hollywood clásico, que como otros tantos profesionales del cine jamás recibió tal premio.

Maureen que comenzó con un (flojo) Hitchcock (La posada de Jamaica), se convirtió en una actriz indispensable en los filmes de aventuras de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado y también en una de las fieles intérpretes de muchas de las grandes películas de John Ford. Una pelirroja ardiente dentro y fuera de la pantalla de la que muchos desconocen sus dotes como cantante. Maureen iba para cantante de ópera al igual que algunos de sus más directos familiares. Se pueden citar muchos de los filmes en los que intervino la actriz, pero uno no puede por menos de verla como la tenaz irlandesa de la maravillosa El hombre tranquilo. Quizás Hollywood se ha acordado, al fin, de ella ante la muerte de Lauren Bacall. Y ha optado, como otras veces, de enderezar entuertos antes de que sea imposible lograrlo.

Este año España se ha lucido con sus preseleccionadas para los Oscar. De forma absurda cuando, al menos, ha habido dos películas excelentes (¿o se considerarán para el próximo año?), las dos presentes en San Sebastián: La isla mínima de Alberto Rodríguez y Magical girl de Carlos Vermut. La Academia, rimbombante título, de cine español se decidió por El niño de Daniel Monzón, 10.000 kilómetros de Carlos Marqués-Marcet y Vivir es fácil con los ojos cerrados de David Trueba.

España ha ganado el Oscar a la mejor película extranjera en cuatro ocasiones: Volver a empezar (1982) de Garci, Belle epoque (1992) de Fernando Trueba, Todo sobre mi madre (1999) de Almodóvar y Mar adentro (2004) de Amenábar. Hay un quinto español también con un Oscar a la mejor película extranjera. Español es el director aunque el filme se realizara en Francia. Se trata de El discreto encanto de la burguesía (1972) de Buñuel, un título muy superior a los cuatro españoles con premio.

La elección de los tres títulos preseleccionados por nuestra Academia para este año era muy discutible. El niño, eso sí muy comercial, poco bueno tiene que añadir al cine de Monzón. Se trata de un filme tópico, bien rodado eso sí, que cuenta con un lamentable guión donde los personajes son marionetas en vez de personajes. Y es que muchos de ellos, y sus historias, suenan a chiste como por ejemplo la relación entre el niño y la chica marroquí y no digamos la escasa definición del propio personaje interpretado por Tosar, la mujer policía, el amigo del niño, Eduard Fernandez o Sergi López. A la película de Monzón le sobra además metraje por todas partes. Una pena, porque queda dicho, que está bien rodada.

vivir-es-facilPero ¿qué pintaría, en el caso que se hubiera enviado a la selección definitiva, este título típicamente americano en la preselección de allá? Nada, dirían ¿pero para que nos traen un thriller americano, nuestro, si estas cosas las hacemos nosotros en un plis plas? Porque en realidad este Contra el imperio de la droga a la española no sería más que un reflejo, sin idiosincrasia propia, de cualquier título, o serie (Corrupción en Miami) a la americana. Compárese con un verdadero thriller hispánico como La isla mínima y se comprenderá la gran diferencia a favor de la película de Alberto Rodríguez, casi perfecta en su juego entre el cine negro y la crónica social en una historia propia de aquel periódico de sucesos llamado El caso (también se le nombra y a través de uno de sus redactores tiene importancia en el relato) durante la etapa de la transición, pero, como se muestra, no tan lejana al hoy.

El director de este filme excelente que es La isla mínima ya se había acercado al género en su anterior película, de cierto interés, Grupo 7, pero ahora rompe todas las expectativas, acercándose al genuino cine negro hispánico reciente con títulos tan destacables como Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995) de Díaz Yanes, La noche de los girasoles (2006) de Sánchez-Cabezudo o 25 kilates (2008) de Patxi Amezcua. A mucha distancia a todos los niveles de El niño, sin embargo se acerca en una cosa: ambas han sido rodadas en Andalucía y no a mucha distancia una de otra.

La segunda película que se preselecciono para el Oscar fue 10.000 kilómetros. Pensamos que era la mejor opción. Un filme indie de escaso presupuesto y en la que han intervenido, sobre todo en producción, profesionales de cine que viven en Los Angeles. No es un filme mediocre sino una obra interesante que además contaba allí, en la industria americana, con solventes embajadores. Y la familia siempre es interesante tenerla cerca por si hace falta echar una mano.

No sabemos por qué no se escogió esa opción y se decidió por un filme digno sin más, sencillo y simple, que cuenta con un hermoso título, Vivir es fácil con los ojos cerrados y unos buenos actores. Se basa, eso sí, en una historia real. Sin alegrías, de una gran simplicidad, el título de David Trueba elegido es una incógnita a la hora de la selección final. En principio poco tiene que hacer ante títulos extranjeros mucho más sólidos. Quizá su sencillez sea el reclamo.

De todas formas es sorprendente que la Academia, salvo que no hayan sido considerados de este año, haya borrado, olvidado, a dos de los dos títulos españoles grandes de verdad, de esos que parecía que nuestra cinematografía ya no era capaz de realizar. Con altura, solvencia y autoría. Esos dos que han brillado en el festival de San Sebastián a gran altura y que muestran el gran rigor de las propuestas de dos directores españoles de los que esperamos mucho en el futuro: Carlos Vermut y Alberto Rodríguez.

Escribe Adolfo Bellido López

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