Editorial agosto 2014

  24 Agosto 2014

Compás de espera

lauren-bacallPues no, los estrenos citados en el anterior editorial, el de julio, como interesantes resultaron más bien fallidos.

La segunda parte de Cómo entrenar a tu dragón resultaba cargante, repetitiva, demasiado escorada a escenas de luchas y más lucha en una historia con ciertos toques que parecen proceder de otros filmes. Tal es el caso de la muerte del padre y la superación del hijo ante este trance, claro y eficaz soporte de varias producciones de Disney (Bambi, El rey León). Aquí, para que Hipo no se quede solito aparece, de manera muy forzada, la desaparecida madre, muy ecológica, ella para elevar aún más los ribetes feministas del filme al presentar a mujeres fuertes y temerarias tal cual es la compañera de Hipo.

Escasamente interesante es también la segunda parte de la iniciación simiesca. Si la anterior película de esta serie trataba de recoger los inicios de la supremacía de los simios, en un proceso parecido al seguido por varias series de superhéroes, ésta se apunta al carro de la anterior sólo en la aventura, no en un progresivo seguimiento de la serie en el que se implicaría la relación entre humanos y animales desde diferentes planteamientos.

Eso ocurría en El origen del planeta de los simios pero se pierde totalmente en El amanecer del planeta de los simios planteada como un western increíble e indefendible con los simios en el papel de indios y los humanos en el de vaqueros o en el del séptimo u el octavo de caballería. Caótica e imposible en una historia que ni siquiera se sabe de qué y dónde va, con esa ciudad alucinada, alucinante e imposible esperando no sé sabe muy bien qué. Y junto a ello el enfrentamiento, en uno y otro lado, de los buenos frente a los malos para resolver —intentarlo al menos— cuanto antes el problema entre unos y otros.

La esperanza blanca o negra o de otro color vino de otras partes. Y sobre todo del último filme del director chino Jia Zhang Ke, Un toque de violencia, obra lúcida y trágica, violenta hasta extremos casi difíciles de digerir. Cuatro historias en cuatro lugares diferentes de China que explican la realidad de un país en el que impera la violencia bien por si misma, bien como forma de terminar con la inmoralidad de unas autoridades o unos estamentos en los que el yo, para mí domina todo.

Se puede uno preguntar si este filme ha sido posible verlo en la propia China. Parece casi imposible. Su realizador es conocido en España por dos películas anteriores, tan interesantes como esta: Naturaleza muerta e Historias de Shangai, este último únicamente tuvo una distribución muy limitada en nuestro país.

Tan sorprendente como en parte irregular es el último filme de John Carney, bajista del grupo de rock irlandés The flames. Al grupo, o sobre el grupo, había realizado un estupendo filme musical, Once. Ahora con Begin again, algo así como Comenzar de nuevo, Carney nos regala un excelente musical sobre la música, las esperanzas y las desesperanzas y la ciudad de Nueva York.

La secuencia en la que la pareja protagonista pasea por Nueva York escuchando la música preferida de la mujer es uno de esos momentos prodigiosos, mágicos, del cine musical, al igual que algunas de las grabaciones dispersas y orquestadas por la ciudad de los rascacielos. En su final, incluso, a punto de caer en la cursilería, en la típica felicidad del último plano, se eleva para centrarse en la música, en el encuentro de una mujer con la música, con sus canciones que hablan de vida. Allí ella es, sorpresa, la menudilla, delgadísima y jovenzuela Keira Knighley, la protagonista casi imposible de la serie Piratas del Caribe. John Carney, además de música sabe hacer cine.

Actualmente el cine musical ha cambiado de estilo, pero interesa, vuelve a engrandecerse al centrar las películas en grupos musicales, en sus canciones (1): historias de arraigo o desarraigo, de ilusiones y de fracasos, al igual que mostraban los Coen en su último título estrenado, el excelente A propósito de Llewyn Davis (tienen ya otro título preparado: Hail, Cesar!), y en cuya línea, al parecer, se encuentra el nuevo filme de Clint Eastwood, The Jersey Boys, cuyo estreno, por aquí está pensado para septiembre y que, basándose en un musical de Broadway, narra la vida de Frankie Valli, el líder de la banda Four seasons, a quien se debe la música de, entre otras, Grease.

Eastwood, a sus 85 años sigue en activo, quizá llegue a emular a Manuel de Oliveira. Si está, aquí, a punto de estrenar ese filme, ya hay otro suyo esperando el turno. Se trata de American Sniper anunciado para desembarcar en nuestras pantallas en febrero de 2015. Aunque luego puedan alterarse los planes. Por ejemplo aun en muchas salas se puede ver el tráiler de Jupiter ascending, de los realizadores de Matrix, en el que se indica será estrenada en el verano de 2014 cuando, inclusive ni aun se ha estrenado en su país de origen donde se anuncia el estreno para febrero de 2015, y probablemente también en España. Nada menos que más de siete meses se ha retrasado su estreno. Sus razones tendrá la productora.

el-congreso-5

A punto de caramelo, con crítica muy positiva en nuestra revista, está el estreno de The Congress, del realizador israelí Ari Folman, conocido por esa curiosidad animada, y dura en su crítica, titulada Vals con Bashir. Ahora, basándose en una historia de Stanislaw Lem, el excelente escritor polaco de ciencia ficción, entre cuyas obras se encuentra Solaris, realiza un curioso juego entre la realidad y la irrealidad utilizando para ello imagen real y animada. Insólita experiencia de próximo estreno.   

Lo contado está entre lo más destacable de un verano donde los que aman la corrección del cine británico se encontrarán con la irregular Belle, estéticamente relamida, repleta de temas importantes y acelerada en su desarrollo sobre una historia más o menos real.

En otro orden de cosas habrá que recordar el fallecimiento de Lauren Bacall, una de las pocas actrices (o actores) supervivientes de una etapa gloriosa del cine norteamericano. La flaca, como la llamaban, fue homenajeada en el festival de cine de San Sebastián en 1992. Y también vino a la Mostra de Valencia en 1996 y sin cobrar nada por su presencia.

Lauren Bacall, como tantos otros grandes del cine, nunca recibió un Oscar. Se acordaron de ella para concederle, al igual que otros desechados en la entrega de los galardones, uno honorífico. A ella, que fue una de las grandes. Hija de emigrados judíos (su padre polaco, su madre rumana) fue modelo. Hawks descubrió su fotografía en una revista. Y la llamó. Aquella mujer tenía un no sé qué. Cuando la recibió el director de La fiera de mi niña sufrió una decepción: tenía ante él a una joven de 19 años muy tímida y que hablaba con una voz nasal muy desagradable. Hubo que crear la actriz, darle vida. Tan bien que sus primeras películas dirigidas por Hawks la llevaron al estrellato. Y no sólo a eso.

El primer título de Bacall fue Tener o no tener, aquella apuesta que hicieron Hawks (director) y el guionista (el gran escritor Faulkner) a Hemingway para convertir una de sus peores novelas en una gran película. Un filme, sin duda, con cierto regusto a Casablanca y que supuso el encuentro de Bogart y Bacall. Su enamoramiento y su unión hasta la muerte del actor a pesar de la gran diferencia de edad entre ambos (45 y 20 años). En aquella época Hollywood traspasaba el propio rodaje para hacer vida la pasión de los actores. No fue este el único caso en el que el amor saltaba de la pantalla. Otro ejemplo podría ser el de Patricia Neal y Gary Cooper en El manantial.

Bogart y Bacall no sólo unieron sus vida, también trabajaron juntos en otras películas, caso de El sueño eterno, Senda tenebrosa o Cayo Largo. Después de la muerte de Bogart, Bacall se unió a otro actor, Jason Robarts, del que se separó por la afición a la bebida del actor. Algo sorprendente ya que Bogart había sido también un gran bebedor.

Lauren Bacall interpretó muchas películas en papeles diferentes, ya fueran dramáticos o cómicos. Y lo hizo siempre de forma perfecta. Ahí están filmes tan dispares desde el punto de vista temático como son Escrito sobre el viento, Cómo casarse con un millonario o Mi desconfiada esposa. En su última etapa incluso se puso a las órdenes de Lars Von Trier en Dogville, aunque luego exclamara el no saber de lo que iba aquel director.

La muerte de Bacall ha eclipsado la de Robin Williams, un actor ni genial, ni mediocre. Adecuado a unos papeles de distintas índole y calidad. Fue Altman quien con Popeye levantó su carrera. Luego lo encontraremos en El mundo según Garp, Good Moning Vietnam, Las aventuras del barón Munchausen, El rey pescador, Hook, Jack… Intervino también en el Hamlet de Branagh y en Desmontando a Harry, la versión de Fresas salvajes que realizó Woody Allen.

Y, por supuesto, Williams será por muchos recordado en el papel de profesor progre y valiente de El club de los poetas muertos. Sobre todo en ese discurso final que ya forma parte de la mitología del cine al igual que aquella frase de Tener o no tener entre Bogart y Bacall: “Cuando me necesites, silba”.

Escribe Adolfo Bellido López


Nota

(1) Hasta la, para mí, poco convincente, Guardianes del espacio toma como elemento desencadenante o aglutinador para el protagonista una cinta de casete con música del pasado. 

robin-williams