Editorial mayo 2014

  23 Junio 2014

Miradas

el-viento-se-levanta-0Una película recién estrenada y otra de finales del siglo pasado (¡tan lejos, tan cerca!) me llevan a reflexionar sobre el efecto mirada en el cine. Por ellas mismas y por la reacción que suscitan en algunos espectadores.

Me refiero a El viento se levanta, el hermoso filme que parece postularse como el testamento de Miyazaki, y a El sol del membrillo reflexión no menos hermosa de Víctor Erice.

Ambas películas se centran sobre figuras reales. La primera es una especie de autobiografía sobre el ingeniero que construyó los cazas japoneses que, entre otras acciones, fueron protagonistas del bombardeo de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, y que supuso la entrada real de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

La segunda película se centra en la figura del pintor Antonio López y su apuesta por pintar los membrillos (o uno determinado) que se encuentra en el árbol de su jardín

Minuciosos retratos de unas vidas o de un momento de ellas que, al fin y al cabo, se corresponde a una reflexión sobre la vida del artista. Una y otra separadas por algo más de veinte años y desde formas narrativas tan diferentes como son la animación en la primera y el documental en la segunda. O también una narración en tercera persona (la de Miyazaki) y otra (la de Erice), que en apariencia, utiliza la primera persona como voz narrativa.

Miyazaki con El viento se levanta parece que no ha contactado con algunos de sus seguidores. Que los tiene y muchos. El día que vi la película algunos jóvenes habían acudido a la sala de proyección con muñecos identificativos de los estudios Ghibli, dirigidos por el propio Miyazaki junto a su amigo Takahata. No sé lo que pensaron esos jóvenes espectadores al terminar la proyección, lo que sí puedo relatar es la conversación mantenida días después con una joven sobre el filme.

No me quedó muy claro si le gustaba todo el cine de Miyazaki o algunas de sus películas en especial, sin embargo si mostró su desprecio hacia un filme, decía, aburrido, pesado y donde sólo (afirmaba) se asistía a una interminable historia de fabricación de aviones: dale y dale con aviones. Tal persona, al parecer habitual del festival de cine de Sitges, donde aseguraba haberla visto, dejaba claro lo que para ella era el cine.

No muchos días después en un foro organizado en un museo dentro de un ciclo sobre cine y arte se pasaba El sol del membrillo. El cobijo del museo a tal proyección implicaba, o debía hacerlo, que los asistentes poseían un elevado nivel artístico como depositarios de una cultura, digamos, media alta. Pues bien, las deserciones a menos de la mitad del metraje del lugar de proyección fueron grandes.

Probablemente los fugados dirían más o menos lo de la joven sobre el viento: lo aburrido de la propuesta de un filme de casi dos horas y media de duración (el de Miyazaki dura algo más de dos horas), tan pobre en interés y calidad al contar el lento proceso de creación de un cuadro. Para remate el cuadro no se acabará. O sea se trata de una sin historia. En eso Erice es más radical que Miyazaki: en su película sí hay una historia.

el-sol-del-membrillo-1La espectadora de Sitges y los fugitivos del museo dejaban a las claras su miopía fílmica. Ni una película tan sólo hablaba de aviones, ni la otra, en su ansia por no contar, explicaba tan solo la frustrada pintura de un cuadro.

Podemos encontrarnos con sabiondos bebedores, hasta emborrarse de ellas, de imágenes. Las reciben pero no las saborean, no tratan de encontrar las distintas variedades utilizadas para dar textura, color y sabor al producto terminado.

En el primer caso, el de Miyazaki, muchos de los conocedores (al menos conocen su nombre pero realmente en muchos casos no han profundizado en su obra), lo son por ir unido el director al manga o por el conocimiento de alguna película tomada como culto debido a ciertos planteamientos entre esotéricos, feministas o ecológicos. Son los mismos que conocen a Lynch, los Coen, Nolan o, en otro orden de cosas, a directores de terror (sobre todo oriental), de ciencia ficción o de efectos especiales. Su conocimiento del cine es superficial. De su historia saben poco o nada.

Hace años hablando con alguien tan experto en cine de terror que escribía sobre películas en algún fanzine descubrí que desconocía totalmente quien era un tal (y maravilloso) Max Ophüls. Otro de sus compañeros se preguntaba si un tal Fritz Lang era algo más que un nombre en la historia del cine.

Bueno, y hasta algún escribiente de cine de un periódico nacional de gran tirada, se quedó tan ancho afirmando que se salió de la proyección de El sol del membrillo en el festival de Cannes, donde el film se alzó con el premio del jurado. Palabras escritas que definen a quien las escribiera.

Ya hemos dicho, ciñéndonos a las películas de Miyazaki y Erice, que ninguno de ambos títulos supone tal simplificación encerrada en una historia de aviones o en el simple seguimiento de la no-realización de una pintura

El viento se levanta se ciñe a la cita del inicio, repetida en otros momentos del filme: Se levanta el viento. Debemos intentar vivir. Cita que se debe al poeta francés Paul Valéry. Como se apunta en la crítica de Sergi Sánchez aparecida en el número 26 (abril, 2014) de la revista de cine Caimán, habría que preguntarse la razón de esa frase sobre la que se centra toda la película debida a un poeta, presidente de la Academia Francesa durante la ocupación alemana, y que se opuso a que la Academia felicitase al mariscal Petain por su encuentro (y paz) con Hitler. El poeta por su rechazo al gobierno de Petain fue desposeído de todos sus honores.

El cine de Miyazaki, no cabe duda alguna, no pacta con la guerra, ni con el nazismo, ni con ningún régimen totalitario. Algo que debe quedar muy claro al tomar como protagonista al ingeniero de aviación Jirô Horikoshi. Lo que Miyazaki narra es la historia de un sueño, de una creación que se crea entre dudas ante el empleo que de ella puedan hacer los seres humanos. Un terremoto devastador, un sueño de sangre y fuego: naturaleza y hombre destruyendo ciudades que hay que volver a levantar. Con dudas, las que genera la creación o el valor de lo creado, el empleo que de ellos se va a hacer (o como va a ser entendido), la obra debe seguir adelante. Por encima de todo se levanta la inspiración, la creación de algo que en algún momento servirá para otros fines.

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Película de gran belleza, donde la naturaleza estalla en todo momento, en la que brilla la historia del hombre para alcanzar, a partir de lo simple (una espina de caballa en este caso), la grandeza. Detrás de la narración de los sueños de Jirô, a la vuelta de cada fotograma, podemos encontrar, sin demasiado esfuerzo, al propio Miyazaki enfrascado en levantar sus películas. Hermosa y triste, sin sensiblería, contiene, al igual que en todo su cine, la presencia de memorables personajes femeninos, en este caso, además, para brindarnos la hermosa historia de amor.

Miyazaki rinde tributo a los creadores de sueños, a los artistas y no es difícil, aparte de emparentar su título con la excelente Porco Rosso, encontrar el recuerdo de su padre que fue trabajador en una fábrica de aviones.

Hay que crear y vivir, hay que imaginar y construir. Es lo que también hace Antonio López en su vida y en la pintura del cuadro que nunca será del membrillo en El sol del membrillo, película que supone el encuentro de dos artistas lentos en el trabajo, buscadores de detalles enriquecedoras de su obra al tiempo que reflejan de forma minuciosa aquello que existe y trata de comunicarse.

Lento trabajo para crear un cuadro, una obra la que sea que escapa a los límites de la propia realidad y se convierta en el referente del propio artista. Curiosamente el filme de Erice une la pintura y el cine como dos formas de testimonio. En nuestra revista Encadenados, en el especial de nuestros diez años de existencia, hay un muy buen análisis de Marcial Moreno donde habla de la relación entre lo ciclo (la naturaleza) y lo lineal (la vida del hombre) y la imposibilidad de integrar, ¿o no?, una y otra.

No quiero centrarme en este punto del filme sino en otra de las muchas miradas que nos depara El sol del membrillo, sugerente como los pocos largometrajes realizados por Erice, sugerente e insinuador como debe hacer toda gran película. Una de ellas nos lleva hacia los reinos de Xanadú donde el magnate Kane recuerda y añora su niñez, perdida para siempre.

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Antonio López, en el final de su pintura inacabada, de su incapacidad para crear o recuperar la realidad cambiante, nos recuerda que el sol de la membrillera era aquel de su niñez en Tomelloso. El sabor, olor de aquella fruta y sobre todo su luz recogiendo la del sol de final del verano o comienzos del otoño.

Al igual que Kane, Antonio López aparece posando en su lecho para una pintura que realiza su mujer. Más que reposando parece muerto. En una de sus manos una foto antigua, recuerdo de una esplendorosa —y perdida para siempre— juventud; en la otra un bola —luminosa de cristal—, que al quedar dormido (semejando a su propia muerte), cae al suelo. Una caída que reproduce, de otra forma, la de la bola de cristal que escapa de la mano muerta de Kane explotando en el suelo y haciendo que la enfermera acuda para únicamente aseverar la defunción del magnate periodístico (1).

A continuación, para cerrar el círculo, las palabras del pintor hacen referencia a lo que los membrillos supusieron en su infancia, con ella, de forma clara, lo mismo que Kane, Antonio López, en la obsesión por pintar un cuadro (imposible) lo que trata de recuperar es su (imposible) infancia. Curiosamente, o no, la producción del filme se debe a una productora señalada en los letreros de crédito como Rosebud.

Dos películas que hablan de sueños, elevados monumentos fílmicos basadas en sugerencias, buscando ir más allá de la aparente historia que cuentan ya sea de aviones o de pintar un cuadro. El cine abierto, libre, señalando significados nuevos más allá de la simple recepción de las imágenes que vemos pero no miramos.

Hay que ir más allá de la pantalla, buscar los múltiples significados a los que se abre el cine cuando es arte y por tanto imperecedero. Un cine, este, que se nos escapa en las prisas con las que se mueve el mundo actual sujeto a rápidas ofertas y demandas a mensajes de móvil o de whatsapp que repetida e incasablemente quieren dominar y centrar nuestras vidas, dejándolas sin tiempo alguno para el reposo de la mente.

Escribe Adolfo Bellido


Nota

(1) El único testigo de la muerte de Kane es el espectador, que es, por ello, el que será depositario de su última palabra Rosebud. Un rompecabezas, su vida, que habrá que recomponer a lo largo del filme a través del (falso) recurso de un periodista que busca, al igual que el espectador, qué significa esa palabra. Naturalmente, al final, quien solamente sabrá el significado de esa palabra es el espectador.

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