Editorial marzo 2014

  16 Marzo 2014

Toda la memoria del mundo… o parte de ella

2001Los finales de febrero, y comienzos de marzo, de cada año son propicios a los premios cinematográficos que muchas naciones, Países se sienten obligados a dar para premiar, dicen, lo mejor de lo mejor del año fílmico.

Descorriendo la cortina de algunas de las últimas celebraciones nos encontramos con los Goya brindando por una felicidad escondida antes las grandes ofertas y grandes bellezas (tan mentira como lo anteriores) italianas que han arrebatado a los europeos y a los italianos en sus premios. Dejando en la cuneta a las Adele y Emma azuladas que, en Francia, sí estaban dispuestas a sentarse en la mesa. Mientras que los ingleses y sus descendientes que hablan la misma lengua optaron por ponerse (soporíferamente) trascendentes emulando a viejos tíos Tom o marchando a espacios con o sin gravedad.

No importa que en el camino hacia Nesbraska quedara también con una herida mortal el lobo de Wall Street. Y no únicamente.

¿Quiere decir que lo premiado es lo mejor? Discutible que lo mejor de lo mejor sean varios de estos títulos premiados. No es excelente la película de Trueba pero aquí, en España, era difícil encontrar, en un mal año de cine, una película realmente lograda. Se trataba de filmes menores o de calidad limitada donde el primer filme de Fernando Franco —demasiado duro para ser admitido— destacaba del resto por muchos motivos. Sin grandilocuencia, sin grandeza, simplemente señalando un título de interés, el primer largo además de su director. Su dureza, sin duda, era demasiado para los académicos (¿a qué tal sonoro nombre?) de nuestro cine.

La gran triunfadora, al parecer, no va más allá de la creación fílmica qu corresponde a Sorrentino que acapara premios ya bien en primer lugar, ya bien como importación de lo externo. La palabra gran, mayor o mejor (dio buenos resultados a la, tan interesante sobre el papel como fallida en su resolución, La mejor oferta de Tornatore) que engrandece títulos italianos en todos los sentidos posibles, incluido el de la duración, está en la película más premiada del aquí o del otro lado.

Nada menos que La gran belleza de Sorrentino, que da vueltas y vueltas mareantes sobre el mismo tema a lo largo de su excesiva duración. Para mostrar la decadencia de la sociedad (¿italiana?), su aburrimiento e insulsez no hacían falta fiestas sin fin. Si faltaba poco, y alguien no se había enterado el primer plano del protagonista y sus palabras finales aseveran, inmisericordemente, lo ya comprendido. Sorrentino trata de seguir la senda del Fellini de La dolce vita pero con la estructura de 8 ½, de Roma o de los personajes fantoches del último periodo del gran realizador de Rimini. Más que a Sorrentino, el premio, como recuerdo, como memoria de memoria, debería ser para don Federico.

El Oscar se ha negado a un gran actor como Bruce Dern por su interpretación en la más que interesante Nebraska, un filme sobre el recuerdo, la memoria y la ilusión por alcanzar un mundo distinto al que se ha vivido. La negación, de otra manera, de la falsa belleza filmada por Sorrentino. Se han preferido otras cosas que se acomodan a ciertas propuestas más cómodas a pesar de que aparentemente parecen muy comprometidas.

Es el caso de 12 años de esclavitud insulso melodrama más válido para una serial televisivo de sobremesa que para una película de calidad y de denuncia. Ni hay calidad, ni hay denuncia. Su director, Steve McQueen (nada que ver con el actor, ya fallecido, del mismo nombre) es una de esas falsas promesas que aparecen de tanto en tanto y que ya mostró su deriva, para algunos eficientes, en Shame.

Gravity

Por si fuera poco, el filme que ha dejado boquiabiertos a muchos, y uno se pregunta, sin adivinar la respuesta, a qué se debe tal veneración, Gravity ha conseguido una gran cantidad de premios (al igual que en el caso anterior, tanto en los Oscar como en los premios del cine inglés) entre ellos el correspondiente a Alfonso Cuarón como mejor director.

Si a títulos más interesantes como El lobo de Wall Street, con un excelente Leonardo DiCaprio, le sobra metraje, pero adecúa perfectamente el desmadre de lo que cuenta con el desmadre de la realización, e incluso su desmesura está en su propio alargamiento, otros títulos (y Her, de gran idea, tampoco se libra de ello) se presentan como cortometrajes, o digamos, mediometrajes, alargados hasta la saciedad repitiendo machaconamente la idea base y sin ninguna variante.

Gravity, al menos, dura poco, pero la realidad es que, en su cortedad, sobra bastante. ¿Por qué el premio a la mejor dirección si el filme ante todo está basado en sus efectos, si se pueden llamar así, o en la utilización circense de las 3D? ¿Es que la pomposa Academia del Cine Americano, y por ende la inglesa, han querido dar este premio como recuerdo al que en su día negaron a 2001, una odisea del espacio, de la que el filme de Cuarón, junto a Naves misteriosas, es en parte deudora?

La memoria es traicionera.

Destellos de luz tratan de devolvernos el ayer perdido y de, una forma u otra, recomponerlo o enmendarlo. Es fragante el caso de la película de Cuarón. El enorme, importante y trascendental en la evolución del cine filme de Kubrick no es que no recibiera más que un Oscar a los mejores efectos especiales, sino que ni siquiera aparecía en las nominaciones para la mejor película, en aquel año de esperanzas frustradas del 68, ni para el mejor director. El acordase ahora de 2001 vía Gravity suena a afrenta o a tratar de cerrar una herida de difícil curación.

Por cierto, el año de 2001 el Oscar fue para Oliver de Carol Reed. Sin comentarios. Como tampoco que años atrás Siguiendo mi camino de McCarey atropellaba (ambas eso si con muchas nominaciones) a Perdición de Wilder (en ese año La mujer del cuadro de Lang, no tuvo nominación alguna).

Echemos mano de la memoria para recorrer el camino errático de los grandes premios. Recordemos que en el festival de Cannes se optó por premiar la mediocre Un hombre y una mujer cuando en competición estaban títulos como Campanadas de medianoche o Faraón. Por su parte San Sebastián prefirió Eva quiere dormir, una película polaca que hoy casi nadie recuerda, a Con la muerte en los talones. Eso fue en 1958. Al año siguiente Historia de una monja ganaba frente, nada menos, a Vértigo, que al menos se llevó el premio para Hitch como mejor director. Un año más tarde el festival donostiarra insistiría en sus errores al preferir la descafeinada película checoslovaca, Romeo, Julieta y las tinieblas al Sargento negro de Ford.

Siguiendo por los vericuetos de la memoria nos encontraremos con grandes películas, además de la citada 2001, que no fueron nominadas a los Oscar así como la cantidad de directores y actores que nunca recibieron la estatuilla. En el año que ganó Oliver, el mediocre Cliff Roberston arrebataba la estatuilla a Peter O’Toole que jamás la recibiría. Como tampoco, entre los actores, la recibirían James Stewart, Cary Grant, Tony Curtis, Orson Welles, Joseph Cotten, Deborah Kerr, Barbara Stanwick, Marilyn Monroe, Lauren Bacall, Kirk Douglas, Richard Burton, Robert Mitchum, Maureen O’Hara, Montgomery Clift, Edward G. Robinson… y entre los directores Kubrick, Peckinpah, Blake Edwars, Welles, Hitch, Hawks, Lang, Chaplin, Walsh.

Algunos, sólo algunos ejemplos. A muchos de ellos, vergüenza absoluta, se les dio en los últimos años de su vida, ya retirados, un Oscar honorífico.

alain-resnais

El director de la memoria por excelencia, Alain Resnais, recibió uno por un cortometraje sobre la vida de Van Gogh explicada a través de sus cuadros. Curioso o sorprendente el filme era en blanco y negro. Hoy, a los 91 años, esa memoria ha desaparecido. Su fallecimiento se ha producido sin dar un momento de respiro a su creatividad. Pocos días antes de su muerte presentaba y recibía un premio en el festival de Berlín por su último filme, Amar, beber y cantar, donde explota como en su última etapa las relaciones entre el cine y el teatro, al igual que en Las hierbas salvajes o Asuntos privados en lugares públicos.

Resnais, uno de los padres de la nouvelle vague, exploró en sus itinerarios zigzagueantes la aprehensión de esa memoria que intenta escaparse y que a golpes luminosos trata de reconstruir el pasado para dar un sentido al presente. Hiroshima mon amour y la a su vez tan asombrosa, impactante y enigmática, El año pasado en Marienbad, son intentos de recordar algo que ocurrió, que está en nosotros pero que se escapa o se trata de olvidar. En el mismo sentido se mueven Muriel, La guerra ha terminado, Mi tío de América o Te amo, te amo.

Buscando nuevas formas expresivas realiza una película doble, es decir, dar lugar a las mismas situaciones pero con planteamientos opuestos. Es el caso de Smoking/No Smoking. Sin olvidar su sentido de la Historia, de esa búsqueda perdida que se encuentra también en Stravinski es capaz de realizar una obra tan novedosa como Conoce la canción, que parece seguir en la línea de algunas obras de Jacques Demy, pero en la que sin duda Resnais da un nuevo giro personal a esa búsqueda de un cine, con mayúsculas, siempre nuevo y distinto.

Algo que no se encuentra únicamente en sus largometrajes, en varios de sus cortos, anteriores a la realización de  Hiroshima, mon amour (1959), ya aparece la búsqueda por el paseo, el hecho de atesorar aquello que no debe olvidarse. Es el caso del escalofriante documento sobre los campos de exterminio nazi, Noche y niebla.

Resnais, el director de la memoria, nos ha dejado, pero sus obras, sus grandes películas siguen ahí. Hay que buscar sus largos y sus cortos para adentrarnos en la búsqueda de un pasado, de un tiempo y de un cine que siempre evoluciona. Grandiosamente original, fue capaz de hacer un cortometraje sobre la Biblioteca Nacional Francesa equiparando los libros en sus estantes a una cárcel. Era quizá su forma de mostrar que en muchos casos Toda la memoria del mundo (título del filme) se encuentra encerrada, imposibilitada de salir fuera, de ser aceptada, comprendida, cumplimentada.

Una memoria necesaria para que los hechos terribles del pasado no vuelvan a ocurrir, que la Historia trágica no se repita. ¿Será verdad? Un filme serbio reciente, interesante, plantea este hecho: una búsqueda del ayer que intenta ser olvidado. Se trata de Al nacer el día, película no perfecta pero necesaria en cuanto encierra una lección, aquella que el cine de Resnais trataba de, una forma u otra, poner siempre de relieve: la necesidad de poseer la memoria necesaria para no olvidar lo que ocurrió, para evitar que en el hoy esa falta de memoria nos lleve a bajar la guardia y a dejar que el desastre vuelva a implantarse en nuestro mundo.

Avisos necesarios y precisos que nos mantenga atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor.

Escribe Adolfo Bellido López

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