Editorial febrero 2014

  27 Febrero 2014

Se hace camino al andar

nebraska-1El viaje es uno de los grandes temas de la literatura y del cine. La odisea representa en el gran pasado el modelo en el que en el futuro se miran infinidad de autores. Ulises trata de volver a casa y para ello se enfrentará a multitud de peligros, de impedimentos que tratan de impedir la llegada a un hogar, en cuyo destino tampoco se puede decir que encuentre la paz completa.

Ulises y sus problemas. Las dudas, vacilaciones y negativas que encuentra en su azarosa marcha representan mucho más que un viaje cuyo fundamento único sea la llegada al lugar que abandonó hace años. El viaje externo se une a un viaje interno en el que el héroe y el anti-héroe se enfrentan a un cambio, un encuentro y un desencuentro propiciados desde sí mismo. El viaje externo se complementa, se fundamenta o queda empequeñecido por el viaje hacía, desde, el interior del propia protagonista.

La odisea es el modelo de los distintos planteamientos que a través del arte nos llevan a descubrir, desde la metáfora, la simbología el propio devenir humano. En cine, con una distancia al original, pero apoyándose en él, los hermanos Coen se fijaron en la homérica aventura unas veces de forma directa y otras sin nombrarlo. Algo que los dos cineastas hermanos han ocultado en más de una ocasión, como ocurre en Muerte entre las flores que, aunque se apoyaba en una novela de Dashiell Hammett, no aparecía indicado en los créditos del filme su deuda con La odisea.

Sin embargo en O brother! sí hacían expresa referencia al original con la indicación “basado en”. El personaje interpretado por Clooney se llamaba, además, Ulises, quizá para dejar más claro lo que podría haber sido, sin problema alguno, ocultado. El viaje, simple y llano, para llegar o encontrar su casa o, de otra manera, encontrarse a sí mismo o referir un cambio en un eterno deambular. Cambio que puede centrarse o señalar una iniciación, un paso que conduzca, a través de diversas aventuras, al personaje o personajes a alcanzar su madurez. O, quizá, a no poder encontrarla nunca.

El último filme de los Coen, el excelente A propósito de Llewyn Davis, es, desde su gran coherencia una vuelta a La odisea aunque ahora Ulises no se denomina al protagonista sino a un gato escapado y perdido en la gran ciudad. Como tantos otros gatos. Como tantos otros seres humanos que vagan en la ciudad y que, día a día, repiten, con pequeñas variantes, actitudes y hechos. Un retorno eterno que parece negarse.

Valor de ley, por insistir en los Coen, también refleja de manera clara y consciente el viaje de la joven protagonista a través de un espacio poco amigable, inhóspito, que la lleve en una necesaria iniciación al encuentro con la viva, al bautismo de su madurez. Camino que deberá recorrer con un ser experimentado que enseñe a la protagonista a dar el paso que la convierta en una mujer.

Realmente tales relatos de viajes, en cine, los encontramos de todas las formas y modos presentes en el western. De hecho es el género por excelencia del cine, donde se explota de forma más generosa el esquema del viaje. Y que, como hemos señalado, se muestra claramente en Valor de ley de los Coen, mucho más que en la versión del libro base que años atrás dirigiera Hathaway, en una de sus películas menos distinguidas, basándose más libremente que los Coen en la novela original. Es, por ello, por lo que he defendido que el filme de los Coen no es un remake del de Hathaway sino una adaptación del original. De la misma manera que los varios otelos, quijotes, hamlets, romeos y julietas y otros derivados, no únicamente referidos a obras clásicas, no son remakes unos de otros sino revisiones, nuevas versiones o puntos de partida de la novela o de la obra de teatro original.

a-proposito-de-llewyn-davis-1En el western se repite el esquema del viaje. Citemos, como gran ejemplo, La diligencia, famosa, pero no la mejor, obra de John Ford en la que el viaje de varias personas en una diligencia —al parecer, aunque no esté refleja acreditado, partiendo de un relato de Guy de Maupasant— supone el encuentro o el reencuentro de unos personajes consigo mismo, el convencimiento de su destino, la llegada o no a su hogar, que supone, en una aventura llena de peligros, el ajetreo caminar de un carruaje repleto de distintas personas.

Como lo era desde un planteamiento y género distintos, pero en un mismo vehículo, en el trascurso de unos hechos históricos y de unos personajes que no se conocieron pero que podrían haberlo hecho, La noche de Varennes de Scola.

Volviendo a Ford nos encontramos con muchos de sus títulos que representan ese viaje en busca de uno mismo o la despedida de un mundo que ya no existe si es que existió alguna vez. Es el caso de una de sus muchas obras maestras, Centauros del desierto, con el vagar eterno del héroe solitario que nunca encontrará su hogar, siempre desplazado, errático, sin sitio en el mundo. Caminantes sin sitio en la tierra era todo el pueblo Cheyenne en le épica o anti-épica El gran combate, apologético título que tenía en español el más lúcido y claro original: El otoño de los Cheyenne.

Si nos ceñimos al western, no solamente en Ford asistimos al caminar-encuentro de los personajes, también en la serie de westerns de Boetticher con Randolph Scott como protagonista, o incluso en los que rodó con otros actores o en los magníficos títulos del oeste de Anthony Mann. Cualquiera de ellos es ejemplar en el planteamiento del doble viaje con sus componentes trágicos, como corresponde a un gran conocedor de la tragedia griega. Ahí están como ejemplo, por citar alguno de sus estupendos títulos, Winchester 73, Colorado Jim, El hombre de Laramie, Tierras lejanas, Horizontes lejanos y Hombre del oeste, sin olvidar los variados western que rodó Hawks, desde Río Rojo hasta Río Lobo. O títulos genéricos de Delmer Daves (con Cowboy como claro referente), Walsh, Hathaway, John Sturges o tanto otros.

El cine bélico, en una serie de variantes del western, también nos ha presentado el caminar hacía algún lugar o hacia ninguno. Títulos emblemáticos son algunos de Walsh (en especial Objetivo Birmania reconvertido posteriormente en el western Tambores lejanos), de Wellman (Todos somos seres humanos, Fuego en la nieve), Fuller (Invasión en Birmania, Uno rojo división de choque) y muchos otros directores, sin olvidar, nuevamente, a Antonny Mann con la estupendo La colina de los diablos de acero. No se debe olvidar, dentro de los filmes de guerra, un curioso título donde el regreso al hogar se pone claramente en interrogante: Todos a casa de Luigi Comencini

Desde planteamientos muy distintos el viaje también es el catalizador de grandes títulos, como Nazarín de Buñuel o Fresas salvajes de Bergman, título este último reconvertido por Woody Allen en Desmontado a Harry, y es que no hay que olvidar que Allen casi siempre parte de títulos que admira para reconstruir otra película fiel a la personalidad del director neoyorkino.

David Lynch, con una cierta mirada hacia el western, construyó la singular, dentro de su obra, Una historia verdadera, y ahora mismo Alexander Payne, mirándose en el filme de Lynch y de forma decidida en el western, nos regala Nesbraka.

La historia de un Bruce Dern envejecido, con síntomas de alzhéimer o demencia senil, en busca de una ilusión sirve para que Payne se adentre en la América profunda con sus bares (sus salones), su calle central que señala todo el pueblo, sus personajes avejentados inmersos en un ayer que ha dado lugar a un hoy sin futuro. El blanco y negro es el propio reflejo de lo que se cuenta.

Una marcha la de Dern (como la de cualquier personaje del western que busca, sin encontrarlo, un lugar) que queda definida en el excelente comienzo: el hombre que dice que va a allá y viene de allí, como Steve McQueen en el inicio de Los siete magníficos. Y ambos lugares, del que viene y al que va, señalan una mentira, una falsa vida donde no existe más que pobreza a todos los niveles posibles.

vivir-es-facil-1Junto a ello, un retrato duro sobre la familia. El plano final del padre y los hijos mirando la televisión, sin hablarse, que cerraba Los descendientes, el anterior filme de Payne, encuentra aquí su continuación en los planos de toda la familia abobada frente a las imágenes del televisor. Puede ser que algunos piensen que Nebraska reivindica la familia. Pienso que es todo lo contrario. El hecho de que el hijo ayude al padre a realizar el que probablemente será su último deseo, por no decir el único de su vida, no invalida la propuesta anterior. Ni el personaje de Dern es, ni ha sido, un gran egoísta, ni su mujer es una mujer que pueda considerarse modelo de nada.

En la ruta que lleva a la decepción y a su vez al cumplimiento de un deseo los personajes y las situaciones explotan en busca de un pasado reconvertido en un hoy donde sólo afloran los deseos en el reencuentro con la derrota de sus vidas. Película de miradas, de gestos, insinuante, que transita por los caminos del western (ese gran momento en el que el hijo da un puñetazo al matón en el bar), de un cine de carretera, de itinerarios, de camino que recorrer (al fin y al cabo es el propio camino de la vida) que sólo conducen al reconocimiento de una realidad dolorosa. ¿Podían haber sido las cosas de otra forma si se hubiera cambiado en algún momento la vida? Probablemente todo hubiera sido lo mismo.

Hasta cierto punto un camino es también el que lleva al encuentro de una quimera, quizá nunca alcanzada, al protagonista de Vivir es fácil con los ojos cerrados, el filme de David Trueba triunfador en la noche de los premios Goya.

Personajes unos y otros, con una gran diferencia desde el punto de vista fílmico, intentando alcanzar una quimera, un sueño imposible porque el tiempo les ha atrapado y les obliga a soñar para poder seguir viviendo. Personajes atrapados, como le ocurre a gran parte de nuestra sociedad, alimentada por sus gobernantes, en el pasado. Un pasado que no fue bello y que nos conduce a un presente tramposo.

Por cierto se acaba de morir el actor, guionista y director Harold Ramis, realizador sobre todo de Atrapado en el tiempo, un insólito título, aunque no como se decía en un periódico de gran tirada, la (para muchos) mejor comedía de todos los tiempos. Apañados estaríamos si eso fuera cierto. Se confunde, cómo poco, lo original de un argumento con lo extraordinario.

Y mientras tanto, mientras el tiempo se repite o trata de volvernos a un pasado infeliz, se acercan, ya están aquí, los Oscar. Que en verdad, al igual que otros premios, importan muy poco si se desea encontrar la grandeza del cine realizado en un año. ¿Cuántas obras maestras cinematográficas y cuantos excelentes directores, en festivales o en los premios Oscar o similares han sido ninguneados? Muchos, sin duda, pero no importa, el cine, el arte verdadero, a pesar de ello, seguirá su camino tratando de  llegar a encontrase con el final del arco iris… al que nunca se llegará.

Escribe Adolfo Bellido López

harold-ramis