Editorial julio 2013

  20 Julio 2013

El cine del Imperio 

george-lucasGeorge Lucas tuvo un sueño después de descubrir las galaxias golosas que le abrían su cine a todo el Imperio. El dominio del mundo, desde la pax romana, vía América (esa de la que se hablaba en La caída del Imperio romano), podría ser un hecho. El cine americano sería el gran tótem digno de adoración. Dinero de todo el mundo serviría para elevar las columnas doradas de oro y divisas hacía más allá de lo conocido.

Atrás quedaban muchos films de ficción para pobres, caso de aquella su demente y primeriza THX 1138, o las aventuras de jóvenes americanos y sus pequeños problemas, que por cierto abrirían un filón casual de otro tipo de cine, como fue American Graffiti.

Ahora el mundo descubierto y seriado de atrás a adelante y de adelante a atrás (todo es comercio), abriría el cine americano a un nuevo tipo de espectáculo donde el western y el cine de plis plas lograrían una especie de nuevo pacto hasta la obtención de un subgénero más que un género que incluso pondría las bases de los posteriores videojuegos.

Lucas es un visionario, claro, un visionario que le llevaba a soñar que sus películas y las que seguirían en la misma línea (sean de galaxias, de superhéroes o de hecatombes sin límites) podían llegar hasta más allá del universo conocido. O más acá. Daba igual mientras el dinero entrara a espuertas.

Si 2001 de Kubrick era un cine demasiado intelectual y por tanto minoritario, independientemente de ser un filme, por fortuna, mítico y extraordinario, La guerra de las galaxias se abría al tebeo más descarado, con pequeñas alusiones —pero reconocidas— a la new age, y, enredándose cada vez más en sentidos melodramáticos, pseudofilosóficos y pseudoreligiosos. Todo cabía en las disparatadas historias que tenían lugar más allá de cualquier galaxia conocida.

Lo importante es que aquel filme se abrió al mundo, a todo el mundo, y con él el aluvión que vendría detrás y que nos invade. La globalización plena con sólo apretar un simple botón.

Aquel sueño multicolor de Lucas, que veía cómo —como un nuevo rey Midas— el filme inundaba más pronto o un poco más tarde, sólo un poco, las pantallas del mundo mundial, se fue haciendo cada vez mayor. Soñó con poder estrenar sus películas prácticamente al mismo tiempo en las principales ciudades del mundo. Y, ahí lo tienen, sueño cumplido: hoy en todo el mundo, al mismo tiempo, se estrenan las películas seguidoras de la ideología de Lucas. De galaxias y otros mundos, de zombis a invasiones de aquí y de allá, de vengadores a infernales máquinas que simulan los más variados y gigantescos depredadores animales.

El cine devorándose también a sí mismo. Nada menos.

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Hoy el cine ese, el grandioso, el que ayer se hacía sin dinero porque era de serie B, está al mismo tiempo en las carteleras de todas las ciudades del mundo. Ese, el americano, el del Imperio enviando sus mensajes ocultos o semiocultos que nos ponen en guardia frente a tanto invasor extraño que quiere destruirnos. O no, quizás tan sólo se trate de prepararnos para el asalto final. Vaya usted a saber. Pero las lecciones, con palomitas y coca colas incluidas, son elocuentes. Aunque nos lleguen entre griteríos juveniles, eructos groseros o tecleados de móviles.

El sueño de Lucas sigue adelante. Los cines ya se están digitalizando completamente, de forma que dentro de poco ni siquiera será necesario nadie para poner en marcha la película, incluso más, sin duda no está lejos que se cumpla el sueño de los sueños de Lucas: enviar la señal de la película al mismo tiempo, desde un determinado lugar, a todo el mundo. Al mismo tiempo, a la misma hora, espectadores de allá y de acá, de un lugar o de otro, estarían al mismo tiempo devorando imágenes.

El cine de hoy, el que vende, curiosamente se sostiene, mantiene y sobrevive entre dos polos: el del cine espectáculo de ficción y el de cine de animación (en muchos casos ligado también al gran espectáculo circense). Y en ambos casos se echa muchas veces mano de franquicias sin fin. Es algo así como dar lo que ya se conoce porque eso, verlo una y otra vez, es lo que hace el producto rentable.

Frente a estos tipos de cine, y teniendo en cuenta —¡cómo no!— que algunas de sus películas puedan tener interés (las mínimas) aunque sea en pequeñas dosis, surge otro, que normalmente sólo llega a las grandes ciudades, que se escatima a las de provincias aunque, por fortuna, de vez en cuando nos lleguen algunas gotas. Varios de los grandes e innovadores directores actuales son desconocidos por el espectador medio. Muchas películas novedosas no nos llegan y otras son aupadas por el boca a boca.

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Sorprende, eso sí, por ejemplo, que se proyecte en cines de estreno de forma normalizada una película del filipino Brillante Mendoza, aunque tal milagro se deba a que detrás de la producción se encuentre una actriz como Isabelle Huppert. O se agradece que podamos saborear el último (y probablemente de verdad el último) Bertolucci (Tú y yo), que ha rodado desde una silla de ruedas (parecido al caso de las últimas películas de Antonioni), y donde el director de Novecento vuelve a hablar de todos los temas íntimos que aparecen en gran parte de su cine (la familia, relaciones entre hermanos) y que sembraba de calidad su anterior Soñadores.

En estos meses de verano pocas películas importantes han llegado a todos los sitios, se han estrenado en multisalas o lo han hecho esporádicamente. Por ejemplo, la interesante El último Elvis, sorpresiva ella, a los cuatro días de su estreno en cines del centro fue sustituida por el adelanto en la semana —en varias salas— de Lobezno inmortal, o sea por cine altamente refinado.

antes-del-anochecer-1Curiosamente, en este tipo de cine pequeño estrenado, algunas películas han podido permanecer semanas en los cines. Con mayor o menor interés, al menos son otro tipo de cine. Es el caso del excelente documental Shearching for Sugar man, tan interesante y fresco que durante la proyección nos llegamos a preguntar si es un verdadero o falso documental. Y es real, hasta el punto que se presencia ha hecho posible dar alas al trabajador-cantante protagonista del filme.

Antes del anochecer, otra película de interés, supone el encuentro con dos viejos amigos que se conocieron hace años, se volvieron a encontrar años más tarde y ahora juntos y con dos mellizas, pero no casados, se enfrentan a los años de vida en común como dos amantes casi fosilizados en una previsible muerte (no es raro que en el filme se cite una secuencia de Te querré siempre de Rossellini).

Quizá de la trilogía de Antes del… sea éste el título más flojo, pero queda el regusto de la vida de unos seres en crisis perfectamente ubicados en la crisis del mundo actual. Por algo, y por un doble sentido, Antes del anochecer saca partido de la presencia simbólica de Grecia, como lugar de encuentro/desencuentro de sus protagonistas. Un planteamiento metafórico que funciona al menos desde dos o tres puntos de vista.

No ha ido del todo va en taquilla el último Tornatore, La mejor oferta, aunque como siempre pasa en el director de Cinema Paradiso, los temas que plantea, o desea darnos, son muchos, demasiados, de forma que la mayoría se pierden en el desarrollo. Sus juegos —falseados convenientemente— entre el arte, el amor y la falsificación se alargan y se entrecruzan para quedar finalmente en una película que se queda pequeña frente a lo que pudo ser. Eso sí, tan falsa como la trama que cuenta.

No ocurrió lo mismo con Después de mayo de Assayas, un filme muy interesante que en cierta forma conecta con Soñadores de Bertolucci, y que plantea en forma de álbum fotográfico la frustración de unos jóvenes de la alta burguesía que jugaran a ser por un momento revolucionarios. El cine a veces ofrece imágenes de plena sugerencia. El final de Después de mayo, con la sombra detrás de una proyección de película (sobre un desierto en una historia de ciencia ficción) y el posterior intento, desde la misma pantalla, de recoger lo que se ha ido, es uno de los grandes momentos de este verano cinematográfico, dominados por el Imperio soñado de un Lucas que, entre otros muchos sueños, buscó la perfecta manera de adoctrinar, a través de las imágenes, a los ciudadanos del Imperio.

Escribe Adolfo Bellido López

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