Editorial abril 2003

  28 Abril 2013 Quo Vadis? 

To-the-Wonder¡Vaya mesecito este de abril! Y eso que en este mes, este año, por esas cuestiones de la primera luna de primavera, al principio se celebraba el domingo de Resurrección. Pero en vez de tal festividad, que llamaba al renacer, todo lo acontecido se asemeja más a Halloween.

Es como si los idus cesarinos de marzo se hubieran trasladado a abril. Retrasos que parecen lógicos en un mundo donde las ideas, la evolución de la historia frenarse o, como si hubiera comenzado a funcionar la cámara del tiempo nos trasladásemos,  retrocediésemos a tristes tiempos pasados: censuras varias enseñando las orejas, leyes que quieren levantarse para ser sustituidas por otras añejas y, ¡cómo no!, la risa de una especie de IV Reich que deja vacios los bolsillos y las ideas en su intento de hacernos bailar al ritmo alemán.

Eso sí, a nuevos tiempos, nuevos métodos que para eso estamos en una era audiovisual donde todos a un tiempo podemos ser receptores y emisores de mensajes a través de múltiples formas comunicativas que derivaran hacia el mundo único de seres iguales uniformados o no. De manera directa o indirecta el mundo feliz de Huxley o el gran hermano de Orwell enseñando los dientes.

Nosotros, soñadores de sueños, nos vamos, en el ahora, quedando reducidos a la nada más absoluta porque también se están llevando nuestros sueños. Si no se los llevan están haciendo lo posible para que desaparezcan. Aquellos que nos llevaban por los caminos de las ilusiones y fantasías, los que nos enseñaban a reflexionar. El juego que implicaba la relación entre uno y otro lado de una pantalla blanca iluminada de luz, bebedora de historias se va reduciendo a la nada, oscureciéndose, ralentizándose. Va plegándose en un mar excesivamente calmado donde todos nosotros émulos de un Pi sin rumbo, caminamos hacia la deriva.

Las pantallas de los cines muestran una clara decadencia, una frustración sin límites. Las vidas que allí acontecen carecen, o van careciendo, de audiencia. Y las aventuras y aventureros que las han escrito en imágenes tampoco parecen muy hábiles para hacer reflotar a unos personajes, unas vidas y unos pensamientos. Salvo excepciones el hoy, para el cine, desde las películas que nos llegan, es muy pobre. Su única, y en muchas casos, lamentable luminaria se enriquece (monetariamente sobre todo) con la presencia de héroes vengativos y batalladores que aúllan, se desmorona o abren paso a base de martillos, escudos, fortaleza, soplos de hielo o fuego en una guerra que se prolonga en la industria del videojuego donde lo normal es que nuestros niños y jóvenes, desgraciadamente, se acostumbren a la maligna tarea de acumular muertos que van eliminando como si tal cosa. Y la irrealidad y la realidad cada vez va a ser más difícil de separar.

¿Hay cine después de esta muerte? ¿Qué podemos esperar de aquellos realizadores de los que tanto esperábamos? Más allá de abril resplandecía la lección del Amor de Haneke, más acá de abril poco es lo que realmente otros nos ofrecen. Esa esperanza de algunos, el Anderson de Magnolia o Pozos de ambición, egocéntricos trabajos de un alguien que se cree, como sus personajes, una especie de dios, nos deparó otro trabajo peor o en la misma línea. El título, The master, aunque en si fuera, ¿o no?, por otro lado, es clarificador en la total ambigüedad en la que se mueve la película. Pero eso es también anterior a abril, donde se mantiene la vulgaridad, de acuerdo a lo dicho, de Almodóvar que en Los amantes pasajeros, ya de doble intención en su título, se refugia en su primer cine. La pregunta es ¿para qué?

Por su parte Malick, cada vez traicionándose más a sí mismo, o quizá a sus seguidores, se enfrasca en copias, cada vez en forma más ingenua, de sus anteriores filmes. Es como si el borrador fuese detrás del original. El, real o aparente, innovador, buscador de nuevas forma narrativas como era el Malick, huraño, resguardado siempre de los otros, ha subido a la colina y lanza uno tras otros discursos vacuos en su frustrada pretenciosidad. Para remate los sirve utilizando como jefe de intérpretes a personajes que de actores tienen poco aunque sean premiados por otros quehaceres en la profesión.

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Mientras tanto Soderbergh, por citar un ejemplo más, que podía extenderse a otros muchos directores (citemos a los últimos Yimou por mirar a otra parte o preguntémonos donde está hoy el floreciente cine oriental) nos depara un filme con aromas a De Palma, una película trampa. Mientras ofrece la inútil, extravagante e hipnótica Efectos secundarios sigue anunciado que será su último filme como director. Al lado tiene preparado otro nuevo que acaba de terminar.

Aquel director que hace ya varias décadas fue saludado en Cannes, y elevado a las esferas, por una primera película realizada en plena juventud, hoy errático vaga entre lo personal y lo vulgar en busca de no se sabe qué, al tiempo que su juego se acelera tanto por las muchas películas que realiza como por los múltiples oficios en los que intervine ya que al de director hay que añadir el de fotógrafo y, varias veces también, el de montador.

Tanto Malick como Soderbergh parecen dispuestos a acelerar su obra más allá de cómo lo hiciera Lumet o lo hace Woody Allen, empeñado en darnos, sin importar calidad, una película nueva por año. Dejemos en paz a un Gus Van Sant, que se mueve en la misma línea. Quizá los realizadores citados, y otros, quieren mostrar que aún el cine está vivo.

¿Lo está?

Las últimas semanas de asistencia al cine en España, en este lamentable y cambiante mes de abril de 2013, suenan a réquiem. Los espectadores se han alejado del cine a velocidades supersónicas. La verdad es que los estrenos tienen poco o ningún tirón envueltos todos ellos en un tono demasiado gris. Si los espectadores no acuden a las salas de cine, los cines se quedarán vacios y si se quedan vacios no darán ni para que los empresarios se puedan comprar, en el vestíbulo, un cucurucho de palomitas. Por tanto, tendrán que cerrar. Antes las pequeñas empresas, luego las más grandes. Y cuando una de ellas da la voz de alerta, todo el sistema tiembla.

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Es el caso de Alta Films, productora, exhibidora y distribuidora de películas y de DVD, y que tiene como chef nada menos que al actual director de la Academia de cine, Enrique González Macho. En ocho ciudades españoles llegó a tener unas doscientas salas de cine. Un imperio que se está desmoronando incluido el de la producción. Sus oficinas centrales en Madrid también han comenzado a sufrir el tsunami. Quedan algunos cines abiertos, los de Madrid sobre todo, pero uno se pregunta cuánto tiempo podrán seguir adelante. Y si ese es el caso de este tal Kane de la —pobre— industria española, ya me dirán cuál puede ser el destino que espera a los exhibidores provincianos.

En los foros y discursos, como el de este año en los Goya como presidente de la Academia de Cine,  ha arremetido, ayer y hoy, contra los gobiernos de allí y de ahora, contra el aumento del IVA, contra las copias piratas y las obtenidas a través de Internet que “no es una alternativa ni sustituto, ni tan siquiera un complemento al enorme esfuerzo económico que supone producir cine”.

Sus palabras, que fueron duramente criticadas tanto por la asociación de consumidores FACUA como por la Asociación de Internautas, probablemente son coherentes y reflejan una realidad. Más bien una parte, no toda. La crisis que, como aquel viento, se lo lleva todo, tiene una parte grande de culpa en cuanto se refiere a la producción y la estampida que, por ejemplo, están dando las televisiones para apadrinar nuevas películas. Para qué hacerlo, si le son tan rentables, los programas de cotilleo y salvase quién pueda.

El cine español languidece, no solo el español, es un problema generalizado, pero acá más sangrante. Ningún festival importante ha invitado a un filme español. Ni siquiera a Almodóvar, siempre tan protegido del festival de Cannes.

Un todo que se muerde la cola. Difícil solución en un mundo a la deriva. El cine español, como ha dicho Alex de la Iglesia desde el festival de Málaga, donde recibe el premio por su obra, carece de modelo.

Escribe Adolfo Bellido López

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