Editorial noviembre 2012

  30 Noviembre 2012

Adiós a Leblanc y Borau… hombres de cine 

jose-luis-borau-4Barajé diversos temas para el editorial de noviembre, que como siempre (a uno le gusta que sea así) lo he dejado para final de mes, en vez de abrir el mes con él.

Veamos alguno de aquellos sobre los que me apetecía escribía. Desde hace meses pensaba hacerlo sobre los diversos trailers con los que somos bombardeados antes de que empiece la película esperada. La mayoría de ellos han perdido su capacidad de seducción, presentando, sobre todo, escenas de peleas, asesinatos, sustos y personajes fantasmagóricos muchos de los cuales son niños.

Lo malo no es solo eso sino la falta de imaginación de quien los crea. En varios de ellos se dedican a contar la película. Dos casos recientes serían el de Vacaciones en el infierno y el de Argo. A la mayor parte de los espectadores, e incluso a varios críticos, no les gusta que les cuenten la película. Y sobre todo que no les descubran el final. Un poco absurdo, ¿no?

Lo grande de una obra (película, obra literaria) no es lo que cuenta sino cómo lo cuenta. Cuando alguien por primera vez se acerca a El Quijote conoce muchos de sus episodios y, ante todo, el comienzo y el final. No por eso el lector deja de maravillarse ante las aventuras del caballero de la triste figura. Leyéndolo, además, una y otra vez. Cada vez resulta nuevo, distinto. Como obra maestra y, por lo tanto, abierta. Igual que ocurre con las grandes películas.

Existen buenos avances fílmicos. Y algunos muy buenos, pero son excepciones. Hace años eran mucho mejores, más imaginativos. Independiente de la calidad de los filmes publicitados, son buenos algunos avances (hay varios) de la última película de Nolan, El caballero oscuro renace, y de Los miserables.

También nos podíamos haber extendido en la curiosa presencia de muchos jóvenes en los cines. Una cosa, allá ellos, que acudan a ver la última tontería de los enamoradizos vampiros modernos. Otra que en esos amaneceres o atardeceres en salas oscuras se dediquen, mientras transcurre la proyección, a enviar o revisar cada dos minutos mensajes en sus móviles o a charlar como roncas cotorras. ¿Para qué han pagado si, ni tan siquiera, miran a la pantalla? Sus buenos euros, sin duda, ya que además de la entrada se habrán aprovisionado, en bastantes casos, de bebidas y de las dichosas palomitas crickateantes, para sufrimiento de los espectadores acomodados en las proximidades.

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Y, ¿por qué no hablar del auge del actual cine francés? No, ese de The artist sino En la casa de Ozon o Holy Motors de Leos Carax. Dos películas que, desde distintos puntos de vista, refieren a la creación y la representación desde el arte en general o el cine en partículas.

Pero no, en los últimos días se han producido dos muertes importantes en el panorama cinematográfico español y que me lleva a centrarme en ellas por lo que representan dentro de la historia de nuestro cine.

Ambas tuvieron lugar casi de forma simultánea. Una la de un actor que quiso ser director, y la otra la de un director que en ocasiones hizo de actor.

De Tony Leblanc a José Luis Borau

El primero nos dijo adiós a los noventa años, el segundo a los ochenta y tres. Tony Leblanc, de nombre Ignacio Fernández Sánchez, es uno de los actores más representativos de un cine populachero —más que popular— a través de comedias, muchas veces, casposas. Un producto de una época que supo dotar de una personalidad a lo que muchas veces eran personajes tópicos.

Le gustaba decir que había nacido en el Museo del Prado en un sofá goyesca y que su padre era conserje de la puerta principal del museo. Trabajó en el teatro, donde intervino, sobre todo, en revistas en la compañía de Celia Gámez; pero también fue de niño bailaor y cantante en la compañía de Lola Flores y Manolo Caracol, autor de muchos  pasodobles, campeón de claqué, boxeador, portero de fútbol. Escribió también varios libros, uno de ellos autobiográfico, Esta es mi vida (1999).

En cine intervino como actor en casi ochenta películas, en varias de ellas —de los años sesenta— junto a José Luis Ozores y Manuel Gómez Bur. Toda una generación de cierta edad le recordará en los títulos que le dieron popularidad y que sirvieron para crear un personaje. Películas como El tigre de Chamberí (1950) de Pedro Luis Ramírez, Muchachas de azul (1957), Los tramposos (1959), ambas de Pedro Lazaga, El día de los enamorados (1959), Tres de la Cruz Roja (1961), las dos de Fernando Palacios, Las chicas de la Cruz Roja (1961) de Rafael J. Salvia o Los que tocan el piano (1968) de Javier Aguirre.

Dirigió, escribió e interpretó tres películas mediocres y que fracasaron en taquilla: El pobre García (1961), Los pedigüeños (1961) y Una isla con tomate (1962).

Ya en los últimos años se refugió en televisión, donde venía interviniendo desde sus inicios en España con actuaciones cómicas: bastante mermado por sus dolencias y un grave accidente, incorpora al personaje de kiosquero en la serie Cuéntame.

Sus últimos papeles como actor cinematográfico los consigue gracias a Santiago Segura, que lo incorpora al reparto de las diferentes partes de Torrente. Por su participación en la primera recibe el Goya al mejor actor de reparto (1998), cinco años después de haber recibo el Goya de Honor. Un personaje que representó a lo largo de su cine, de forma eficaz, al caradura pícaro.

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El día antes de la muerte de Tony Leblanc, supimos que José Luis Borau nos había dejado. Profesor en la escuela de cine en los años sesenta, crítico, escritor, guionista, director, ocasionalmente actor, miembro de la Real Academia Española de la lengua.
Existe un buen libro de Carlos Heredero sobre su obra. El día antes de su muerte apareció otro libro sobre su cine, cuyo título resultó profético: La vida no da para más de Bernardo Sánchez Salas.
Borau forma parte del grupo de los grandes directores aragoneses. No hay que olvidar que la primera película que se rodó en España fue Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza (1896) de Eduardo Jimeno, y que aragoneses fueron y son, entre otros, Segundo de Chomón, Luis Buñuel, Carlos Saura…
Borau pertenece también a la excelente generación de directores españoles de los años sesenta, varios de los cuales fueron sus compañeros de estudios en la escuela de cinematografía en la que luego serian profesor. Fueron Francisco Prósper, Miguel Picazo, Manuel Summers y Basilio Martín Patino.
Generación aquella de los años sesenta formada por directores salidos de la Escuela Oficial de Cine de Madrid, procedentes de la llamada escuela de Barcelona o incorporados al cine por otros medios, importante por su ansias de renovar el anquilosado cine español coartado por mil censuras.

El día antes de la muerte de Tony Leblanc, supimos que José Luis Borau nos había dejado. Profesor en la escuela de cine en los años sesenta, crítico, escritor, guionista, director, ocasionalmente actor, miembro de la Real Academia Española de la lengua.

Existe un buen libro de Carlos Heredero sobre su obra. El día antes de su muerte apareció otro libro sobre su cine, cuyo título resultó profético: La vida no da para más de Bernardo Sánchez Salas.

Borau forma parte del grupo de los grandes directores aragoneses. No hay que olvidar que la primera película que se rodó en España fue Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza (1896) de Eduardo Jimeno, y que aragoneses fueron y son, entre otros, Segundo de Chomón, Luis Buñuel, Carlos Saura…

Borau pertenece también a la excelente generación de directores españoles de los años sesenta, varios de los cuales fueron sus compañeros de estudios en la escuela de cinematografía en la que luego serian profesor. Fueron Francisco Prósper, Miguel Picazo, Manuel Summers y Basilio Martín Patino. 

Generación aquella de los años sesenta formada por directores salidos de la Escuela Oficial de Cine de Madrid, procedentes de la llamada escuela de Barcelona o incorporados al cine por otros medios, importante por su ansias de renovar el anquilosado cine español coartado por mil censuras.

Un cine —y unos realizadores— que ya quisiera España hoy en día contar con una parecida cosecha. A su lado, siento decirlo y sabiendo que no todos estarán de acuerdo con ello, muy poco significa la obra de Medem, León de Aranoa, Bayona, Amenábar, Mateo Gil y otra serie de directores más o menos venerados del momento actual.

jose-luis-borau-3Borau no le hizo ascos al cine de género y por eso se enfrentó a títulos como Brandy (1963) y Crimen de doble filo (1965). En 1967 funda su propia productora, El imán, lo que le lleva a realizar películas con mayor independencia. La primera Hay que matar a B (1974), un apreciable filme donde lo político se incrusta en lo policiaco.

Un año después realiza su gran obra, Furtivos, que sacará adelante enfrentándose incluso a la censura. De 1979 es La sabina. El intento de realizar una gran producción en colaboración con Estados Unidos se convierte en un gran fracaso: Río abajo. No rodará muchos más filmes: Tata mía (1986), Niño nadie (1997) y Leo (2000).

Para TVE rueda la serie Celia. Con 74 años, su libro de relatos Camisa de once varas gana el Premio Tigre Juan de narrativa, concedido a la mejor primera obra.

Borau fue un excelente director que conocía el valor del cine, y como tal lo daba a conocer a sus alumnos en la Escuela Oficial de Cinematografía en los felices (¿de verdad?) años sesenta. Una de sus frases, recordada por José Luis Cuerda, era esa suya tan querida de “Uno hace el cine como el amor. Como puede”. O aquella otra: “Yo me lo guiso, yo me lo como y a mí se me indigesta” con la que se refería a su forma de hacer cine.

Borau, personal, incombustible, lúcido, trataba de explicar, por medio de películas que pasaban y comentaban en la escuela de cine, su forma de entender el cine. Palabras, la suyas, que a veces escandalizaban a algunos de aquellos alumnos, futuros directores.

Por ejemplo, sostenía que Muerte en Venecia de Visconti era una película fracasada. ¿Por qué? Debido, sencillamente, a que Visconti había rodado con teleobjetivo la escena del enamoramiento del protagonista al contemplar la gran belleza de un joven. La escena se rueda además de esa manera mientras el joven camina por uno de los salones de un hotel. ¿Cómo es posible ver la belleza de esa forma —decía—, si el teleobjetivo aplana la imagen y afea los fondos?

Borau explicaba el cine estudiando escena a escena cada película que comentaba.

Gran profesor, cineasta, luchador por la libertad y la justicia. Si hoy, en algún lugar, hubiera proyectado Los pájaros de Hitchcock, filme y director que admiraba, estoy seguro que al final cerraría su análisis diciendo algo así: “¿Lo veis? aunque nadie le hizo caso, don Alfredo era profético. Ya entonces, cuando la realizó, nos prevenía contra la invasión de depredadoras y funestas gaviotas. Y nadie se lo tomó en cuenta. Así que ateneos a las consecuencias”.

Escribe Adolfo Bellido López 

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