Editorial julio 2012

  23 Julio 2012

Incendios o sálvese quién pueda 

Ernest-BorgnineEn estos últimos meses estamos asistiendo a un verdadero vendaval que amenaza con barrer muchas cosas. Vendaval o tormenta que de diferentes formas, y no sólo en el hoy, ha sido profetizada por el arte, en general, y por el cine en particular. Ahí está la novela de Patricia Highsmith El diario de Edith, aunque no fuera de hoy y no hablara concretamente de este momento, pero sí de una aproximación a la mentira y estragos del capitalismo amamantado en muchos casos por planteamientos fascistas.

La historia de España, desde la guerra de la (in)dependencia de 1808 nos ha dado infinidad de lecciones de ello, que, dejando apartadas las mascaras, está expresándose, por cierto de forma ejemplar, con toda su desvergüenza en estos momentos.

Detrás de una película siempre hay una ideología

Películas como Un tipo serio y Take shelter hablan de esos vendavales… y no sólo ellas. También lo hacen entre otras, independiente de que unas nos parezcan de más valor que otras, El árbol de la vida —la de Malick, no la de Dmytryk—, Melancolía o La cinta blanca.

Cine válido a nivel ideológico y cinematográfico, generador de otros discursos opuestos que más de forma implícita que explícita nos enaltecen con una ideología peligrosa que defiende la ley del más fuerte, el ojo por ojo, la lucha, la violencia  o la guerra como forma de sacar las entrañas al enemigo y afirmarse en la grandeza de unas sinrazones.

Filmes en definitiva que, con sus juegos malabares de corre y vuela, de montajes hipnóticos, tratan de darnos la ración de circo necesaria para asentarnos en el mundo abrillantador de barras y estrellas. Y, por ahí, a pesar de los desmayos —o rasgaduras de vestiduras— de algunos escritores de cine, incapaces quizá de reflexionar frente a otro tipo de filmes, andan alucinando con unas producciones alucinógenas y peregrinas como Los vengadores o la última estrafalaria propuesta del señor Nolan y su nuevo capítulo de El caballero oscuro.

Uno, con muchos años a la espalda, también pasó esos sarampiones, flipado quizá en su juventud por ruidos sin que hubiera ni siquiera una mísera nuez que llevarse al coleto. Aún hoy, con estupor, recuerdo cómo un crítico de los llamados marcianos llegó a escribir en los años sesenta —en una revista de cine muy leída— que un filme español de Pedro Ramirez, Los guerrilleros (1963), era estupendo porque había sol, polvo y batallas. Podría haber añadido “y el Cid cabalga”. Tal dislate no nos exime a nadie, ni por supuesto a mí mismo, de los varios cometidos en el pasado al enfrentarnos desnudos a la proyección de un nuevo filme.

Es claro que todos, como humanos que somos, en las diferentes etapas de nuestra vida cometemos errores. Los de mi generación podrían ser más fácilmente perdonados. Aquella cultura, en todos los aspectos, estaba hilvanada con alfileres por obra y gracia del franquismo empeñado en crear un Imperio hacia Dios, y por tanto con una muy pequeña apoyatura intelectual.

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¿Las películas se valoran según sean divertidas o aburridas?

Hoy, sin embargo, se supone que existe mayor conocimiento a todos los niveles, por lo que resulta sorprendente que bastantes escritores de cine jóvenes carezcan no sólo de los necesarios conocimientos (1) sino que, además, parecen felices con ello, al tiempo que parecen rehuir todo aquel buen cine reflexivo, culto, que no sea catalogado como divertido. Es como si decidieran ser felices sin pensar.

El ruido de tanta película vacua, más que vacía, les debe atontar. Me asombra su desprecio, por citar un caso, por el cine de Godard, que repudian de forma total. Lo hacen porque les resulta difícil enfrentarse a un cine diferente que obliga a algo más que a ser un espectador drogado por el montaje rápido de las imágenes.

Y no sólo ocurre con el cine de Godard, su desprecio hacia ese otro cine les lleva a quitar de su vida películas complejas, algunas todo lo discutibles que se quiera, pero necesarias, tales como Incendios, Las malas hierbas, Alps, Pina, Misterios de Lisboa, Naturaleza muerta, Uncle Boome… Cuando no desprecian sin más, sin tan siquiera despeinarse, filmes tan curiosos como el sugerente Medianoche en París. Desde luego algo huele mal y no en Dinamarca.

Bastmargaretantes de la propuestas despreciativas ante estos films u otros parecidos procede de una especie de acólitos de una perversa onda generada por un anticrítico de la especie de Carlos Boyero (¿le gusta el cine, el de verdad, a esta persona o todo en él no es más que una pose?) cuyos mandamientos se cierran en que lo bueno y lo malo se certifica por la diversión o el aburrimiento. Equivocan lo personal con lo analítico, sus gustos —que, como todos, son cambiantes con el tiempo— con la equidad y justeza con las que se debe juzgar cualquier obra artística.

Cuando esto escribo veo cómo entre los estrenos de la semana aparecen arrinconados en la cartelera dos títulos importantes, que desgraciadamente serán devorados por la última obra de ese falso creador de sueños que es Nolan. Se trata de Margaret y de Elena, curiosamente dos películas con nombre de mujer.

Margaret es la segunda película firmada por Kenneth Lonergan, director de aquella pequeña maravilla que fue Puedes contar conmigo. Su pecado, quizá, está en su duración de dos horas y media y en ser cine americano de eso que llamamos indie.

Elena la dirige el director Andrey Zvyagintsev, del que pudimos ver hace años la magnífica El regreso. El pecado de este filme quizás estribe en ser ruso. Ya se sabe: un título lento, de los de pensar… y por ende de una nacionalidad que se las trae. Algo que no parece acorde ni con los tiempos ni con las personas. Falta de reflexión que sería aplaudida entusiásticamente, en sus delirios, por la bancada gaviotera del Congreso de los Diputados. ¡Qué felicidad dominar a una juventud dormida!

Al leer esto alguien, quizá, pueda entender que estamos atacando el cine como divertimento. No hay tal, una cosa no quita la otra. Hay hermoso cine de fácil visión y estupendo. En muchos casos se trata de películas que poseen más de una lectura. El cine de Hitchcock es ejemplar en todos los sentidos que se quiera (incluso como análisis de una sociedad, de sus vicios y amenazas) y muy parecido al cine —¿herejía? — de Luis Buñuel.

Y estupendas, y no reaccionarias ni alienadoras (probablemente todo lo contrario), eran, por citar dos títulos, El halcón y la flecha o El temible burlón, película esta última, que se ha pasado en la 1 de TVE en los primeros compases del segundo trimestre de este caliente año de 2012.

Réquiem por la televisión pública

elenaSí, esa película de Siodmak acaba de proyectarse en nuestra pobre TVE de la que la derecha en el poder ha decidido apropiarse. Una derecha que ya ni siquiera se oculta bajo los falsos paraguas del centrismo del que hablaba aquel Aznar de triste recuerdo. Hoy estas aves de presa admiten sin rubor, con su tono azulado, ser de buena cuna y buena mesa pero de una mala educación, aparte de no tener palabra, como se ha encargado de demostrar con sus exabruptos una tal Fabra, digna heredera de su padre, en este julio en el Congreso.

La derecha ha entrado a saco en la televisión pública suprimiendo programas y sustituyendo a los eficientes profesionales (tanto en la televisión como en la radio públicas) que convertían su información en la más plural e independiente de toda la historia de la televisión (los informativos de estos últimos años han sido avalados por muchos premios tanto fuera como dentro de nuestro país). Personas de la categoría de Ana Pastor, por citar un nombre de TVE (sus excelentes entrevistas en Los desayunos de la uno), o Juan Ramón Lucas de RNE, son declaradas personas non gratas simplemente porque saben que nunca serán la voz de su amo.

Como ejemplo de la neutralidad que los pajarracos proponen para esta larga caminata por el desierto, basta ver quién es ahora el director de informativos de TVE: nada menos que quien lo era en TeleMadrid. Un ejemplo de televisión, junto a la valenciana, de manipulación en algo grado.

Y no sólo eso, también eliminaran (o censurarán, como mejor les parezca) los programas que no sean una loa a sus intereses, entre ellos está esa telenovela casi eterna, la de mayor audiencia de todas las televisiones: Amar en tiempos revueltos.

Hace un año más o menos profetizábamos en un editorial que cuando ganaran las aves depredadoras la televisión pública desempolvaría nuevamente los Nodos o programas al estilo de antaño. No solamente es así sino que vuelven aquellos añejos, pasados de moda, de Rodríguez de la Fuente u otros como veranos más y más azules. No les extrañe encontrarse con títulos parecidos a Ana y las buenas gaviotas, Alba de América y de las Indias, Los pastorcitos de… El Escoria, La mano derecha de Dios, Aznar y Rajoy, esos maravillosos hombres…

La agonía del pensamiento

El_Temible_BurlonMientras tanto el cine se muere, pero no el deporte.

El circo ante todo, por eso padecemos fútbol hasta en esa sopa, que tan bien hacía Mafalda en despreciar. El cine, el bueno, hace pensar y es cultura. Eso no sirve. El pensar está prohibido. Como está fuera de lugar censurar (aunque haya diversos tipos de censura) se pone un sobrecoste en las entradas al igual que en el teatro, debido a una meteórica subida del IVA.

De subvenciones, cero… a no ser para aquellas películas de interés del espíritu nacional. Prietas las filas, recias, marciales, caminando hacia el desastre. Para remate el ministro —¡qué ministros!— del ramo pide a la industria que asuma la subida. Lo cual hasta resulta cómico.

Estos personajillos que nos mandan no creen en el pensamiento, en la cultura. Hace unos días, en una reunión de programas de las diferentes universidades del Estado español, un alto cargo del Ministerio (no se atrevieron a estar presentes ni el ministro, ni el director del ramo) dijo: “¿Acaso las Humanidades sirven para algo?”. Y se debió de quedar tan pancho. Unas palabras que lo dicen todo.

Pero no se crean, en esta España dividida desde hace mucho tiempo, hay ciudadanos que en comentarios, llenos de odio y de vergüenza (los hay en ambos sentidos) que aparecen anexos a las noticias de los periódicos, siguen marcando el paso que exige el actual Gobierno, incluso se creen esa coletilla de la herencia recibida (2) al igual que durante ocho años han estado poniendo en tela de juicio la legitimidad del gobierno anterior, recordando, claro, los tristes sucesos del 11 M. Sucias jugadas con los muertos de fondo al igual que aquellas aún presentes que ponen en entredicho las barbaridades en los años posteriores al fin de la (in)civil guerra. Son varios de los que también afirman que el holocausto fue una mentira. ¡Qué de historias produce la Historia!

Con todo lo que quieran ocultar hoy eso es imposible ante la abundancia de inmediatas comunicaciones. Las redes sociales nos ponen al corriente de todo lo que ocurre al instante. No sólo lo dicen, lo podemos ver en directo gracias a cualquier pequeño artilugio utilizado. Ha sido posible en las revueltas de los países árabes o en las movilizaciones de Grecia y aquí en todo el movimiento 15-M o en la retransmisión en directo de cualquier cosa que ocurre en una manifestación o concentración ciudadana.

Lo que hubiera disfrutado Patino si hace años hubieran contado con estos medios.

Recuerdo

A uno le asombra que los diarios, los medios, hayan dado tan poco relieve a la muerte de uno de esos grandes actores de Hollywood, fallecido a los noventa y tantos años. Había trabajado en más de doscientas películas de cine y televisión. Había ganado un Oscar como mejor actor en los años cincuenta y había intervenido —no como actor principal pero sí como un extraordinario secundario— en muchísimas grandes obras del cine.

Me refiero a Ernest Borgnine. Ganó el Oscar por Marty y le vimos, entre otros muchos filmes, en Grupo salvaje, Johnny Guitar, Conspiración de silencio, Jubal, Chuka, La leyenda de Lilah Clare, La revolución de las ratas, 12 del patíbulo o El emperador del Norte.

Aunque menos conocida, también se nos fue, con muchos años, Celeste Holm. Como Borgnine, ganadora de un Oscar (La barrera invisible) y aunque no llegó, como él, a interpretar doscientas y pico películas, sí superó las cien. Estuvo en títulos como Nido de víboras, Carta a tres esposas o Eva al desnudo.

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Dos breves epílogos

Todo parece convertirse en un paramo sin fin. El fuego arrasa todo, desde montes hasta estudios, es el caso de los legendarios platós de Cineccità, que aparte de rodarse superproducciones acogió muchas películas de Fellini. Ahora, devorado por el fuego, ha desaparecido ese lugar mítico donde se rodaron varias de las películas del maestro, como La dolce vita u Ocho y medio.

En Denver, como reza más o menos el título de una curiosa película —Cosas que hacer en Denver antes de morir— ha ocurrido la tragedia ante el estreno de la nueva entrega de Batman. La furia, el ruido y la violencia. Es lo que enarbola este tipo de cine, mejor o peor, es lo mismo. Lo que busca. Hecho que además mitificará aún más la oscuridad de estas historias que buscan la visceralidad de los espectadores.

Tanto da que sea mejor (o peor) que otros títulos afines. Al fin y al cabo, la pesadilla está entre nosotros. Nos la hemos ganado a pulso. A ver quién es capaz de soltarla.

Escribe Adolfo Bellido López


Notas:

 (1) De eso, de herencias recibidas, la Comunidad Valenciana arruinada por diecisiete años de gobiernos azules: es uno de los más emblemáticos ejemplos de lo que supone un desastroso gobierno de la derecha. A no ser que la ruina de esta Comunidad, repleta de corrupción y de malas gestiones, también se la quieran achacar a ZP. Eso sí, comenzó con un político cuyo apellido empezaba por Z.

(2) No hace mucho un joven que intentaba abrirse un hueco en el mundo de cine decía no saber quién era Max Ophüls. Eso sí, de cine moderno de terror sabía lo que hiciera falta.

Cinecitta