Editorial junio 2012

  25 Junio 2012
Aquellos lejanos años sesenta 

ursula-andressNo podemos saber cómo en el futuro se nombrará a este año 2012, amenazado por una invasión al estilo de la presagiada en Los pájaros. Habrá que defenderse de la mejor manera posible, sobre todo de las gaviotas depredadoras, dispuestas a arrasar lo que encuentran bajo sus pies. Vivimos una década de depresión en la que lo peor es la floración de movimientos o ideologías, en fase de hibernación hasta hace muy poco tiempo, cuya presencia hace temer por la libertad y por la justicia que deben regir en cualquier lugar.

Lo que sí sé, es que los años sesenta del siglo pasado fueron conocidos como los años felices. Jaime Camino rodó una película, en 1963, con ese título, Los felices sesenta. Fueron felices, si se quiere, por el ansia de unos pocos por cambiar el mundo, fueron esperanzadores para los jóvenes españolitos que veíamos que esto que vivíamos podía ser otra cosa.

Años, aquellos, de explosiones juveniles, algunas equivocadas pero aparentemente idílicas, otras abocadas a revoluciones que sonaban entonces a cantos libertarios como  ocurría en Cuba. O, ya a finales de la década, la existencia del gran suceso, roto en sí mismo, del mayo del 68, del que surgieron diferentes ramas trochadas, una tras otra, sin poder ir más allá de un deseo.

Y qué decir de la (discutible) revolución sexual y de la apertura del cine (y de la literatura) en aquella década. Los jovencitos españoles de principios de los sesenta alucinamos con la salida del agua de Ursula Andress en Agente 007 contra el Doctor No o con la propaganda que para el turismo ¿libre? suponían las islas Baleares como demostraba Elke Sommer en Bahía de Palma (1962).

Bueno, se suele olvidar que la guerra del Vietnam es de los años sesenta y otras cuantas naderías. La verdad es que, por lo que respecta al cine, los años sesenta trajeron una nueva forma de hacer cine que predicada en la Francia casi tocando los sesenta, se extendió en esa década a todos los demás países. Era la nouvelle vague reconvertida, pues, en múltiples movimientos juveniles opuestos a planteamientos tradicionales al cine de qualité.

En aquellos años a los cines españoles llegaron películas imposibles, parecían de otras galaxias tal eran las propuestas y no sólo de los adelantados franceses, también procedían de otros muchos países tanto de delante del telón de acero como de detrás. Por ahí empezaban a hacer películas Polanski, Forman, Menzel, Tarkovski. De este lado llegaban títulos dispares y novedosos que iban de Sábado noche, domingo mañana hasta El eclipse, de El rostro (o Fresas salvajes) a Un lugar en la cumbre (o Suspense). Y en España Berlanga abanderaba un cambio de estilo (en su encuentro con Azcona) con Plácido (o El verdugo).

El joven movimiento que pregonaba otras maneras de hacer llegó incluso (no siempre felizmente) a Estados Unidos. Dos de sus numerosos dos de pecho fueron Encuentro en París o Dos en la carretera.

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Planeta Shindo

En aquellos años sesenta una película japonesa sorprendió a todos los espectadores españoles y no españoles. Carecía de diálogo. Se desarrollaba en una isla donde sus habitantes no tenían tiempo para comunicarse con palabras. Sólo trabajaban para poder subsistir. El final era un grito estremecedor de alguien que ha dejado caer al suelo un cántaro de agua: la pérdida de algo necesario, recogido con mucho esfuerzo.

Se trataba de La isla desnuda de Kaneto Shindo, un realizador que llegaba a nosotros gracias a que su película había sido ampliamente premiada. Cine puro y trabajado.

A algunos que han aclamado la medianeja The artist les vendría bien mirar o revisar ese interesante filme japonés. De Shindo poco más llegó a España. Lo hizo, antes o después, su anterior Los niños de Hiroshima. También la sorprendente Onibaba. Shindo, nacido en 1912, ha muerto hace pocos días. Había escrito más de ciento cincuenta guiones y dirigido más de cuarenta películas.

Ray-Bradbury

El humanista Bradbury

Ray Bradbury fue un autor muy reverenciado en los años sesenta. Los aficionados a la ciencia ficción se lo recomendaban a los detractores del género. Debían comenzar a leer novelas de Bradbury y después… leer obras de SF de otros autores. Y es que Bradbury podía gustar a casi todo el mundo con su tono en general humanista y sensiblero, lo que no debe impedir reconocer su ingenio. Sus debilidades, y su ingenuidad, se palían por la originalidad de los relatos y las buenas intenciones.

Se dice que sus obras no tuvieron suerte en el cine. Hubo de todo, incluso algunas de sus ideas, no acreditadas, sirvieron de enfoque a títulos tan emblemáticos como El enigma del otro mundo (que contó con varios remakes años después titulados La cosa) aunque el argumento en sí partiese de otro autor de SF.

Como guionista habrá que citar casi ochenta películas salidas de Bradbury. Algunas incluso no procedentes de sus obras, como fue el caso de Moby Dick el buen filme de Huston, que supuso todo un combate entre director y guionista y que además propició al escritor la escritura de una novela.

De Bradbury se llevaron al cine y a la televisión desde Crónicas marcianas hasta El hombre ilustrado. Sus obras estuvieron presentes en series televisivas tan importantes como las dos producidas por Alfred Hitchcock (Alfred Hitchcock presenta y La hora de Alfred Hitchcock) o en aquellas Historias para no dormir de Narciso Ibáñez Serrador.

Cuando se habla de las buenas (pocas) películas basadas en Bradbury siempre se recuerda Fahrenheit 451 de Trufffaut. Lo que es correcto. El problema es que se olvida una de las versiones más delirantes y afines al mundo del escritor: El carnaval de las tinieblas realizada por Jack Clayton en 1963 y que, probablemente por su personal sentido experimental (1) no sea reconocida como lo que es: una buena película extraña al borde de la pesadilla.

Bradbury, una de cuyas obras abrió la corriente del cine de monstruos de los años cincuenta y posteriores (El monstruo de los tiempos remotos), ha fallecido hace escasos días. Tenía 91 años. Su figura será para siempre la del americano medio sentado en el porche de su casa, en una mecedora, sin banjo o con él, esperando la señal que indique que mañana el mundo ya no existirá. El suyo, el personal, aquí, en esta tierra, ya ha acabado.

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Avasallador Gallardo

Juan Luis Gallardo, fallecido a finales de este mes inclemente de junio de 2012,  también llegó en los años sesenta —con sus veinte años a la espalda— al cine español. Estudiando en la escuela oficial de cinematografía intervino como actor en algunas de las producciones que realizaban en la asignatura de dirección.

Entre otros intervino con Julio Diamante (el primer trabajo de Gallardo) en La lágrima del diablo en 1961 (poco años más tarde intervendría en el largometraje El arte de vivir, 1965, del mismo director), Antonio Artero, Santiago San Miguel, Carlos Serrano, Jesús García Dueñas, Pedro Olea.

El primer largometraje profesional en el que aparece es en la adaptación de El camino de Delibes que dirigió en 1965 Ana Mariscal. Luego hizo televisión, teatro, cine, hasta intervenir en más de ciento setenta producciones.

Ha trabajado con la mayor parte de los directores españoles, de todo tipo y condición  (Lazaga, Ozores, Saura, Regueiro, Berlanga, Suárez…) y algunos extranjeros (Charlton Heston y su Marco Antonio). Uno de los realizadores a los que ha sido más fiel desde hace años ha sido con José Luis García Sánchez.

Entre sus últimas interpretaciones recordemos su personaje de Armada en la miniserie de televisión sobre el 23 F o su presencia en La chispa de la vida de Alex de la Iglesia. De personalidad arrolladora, su presencia era ya una actuación de forma que era muy difícil separar al hombre del actor.

Derroche de ingenio, de saber estar, de dejar claro su potencialidad. José Luis Gallardo era siempre, para bien o para mal, José Luis Gallardo.

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Espíritu de los sesenta

La última película del siempre sorprendente e inclasificable Wes Anderson, Moonrise Kingdom, se desarrolla en el año 1965. No de forma casual ya que es una película que, de forma personal, rinde tributo a aquella época en cuando a libertad expresiva.

Anderson, nacido en 1969, es una persona de esa época. Puede ser que sus películas sean equivocadas, deslavazadas, pero está claro que detrás de ellas existe un camino que le lleva a replantearse el cine en cuanto a una narratividad clásica, puesta constantemente en entredicho.

En una crítica aparecida en Caimán, la anterior Cahiers du Cinema-España, se dice que el filme, en cierta manera, se desarrolla en ese año como forma de recordar Pierrot le fou de Godard —con la que según el crítico tiene varios puntos de contacto—, que también transcurre en 1965: es una posibilidad pero muy lejana.

Eso sí, en el filme resplandecen la libertad y el caos godardiano, donde todo es posible: saltos de ejes, disociaciones de imágenes y sonidos, raccord inexistentes, juegos personales, movimientos de cámara bruscos, primeros planos de personajes enfrentados al espectador, introducción de personajes inconexos, juegos de espacios y tiempos, rupturas narrativas constantes.

Unido, todo ello, además a un planteamiento kitsch tanto en la forma de presentar a los personajes como en cuanto al color, escenografía o vestuario empleado. Los colores utilizados, que en cierta manera pueden recordar al de algunas de las primeras películas de Tim Burton, dibujan una forma muy personal de entender el cine, donde además se esparcen chistes privados (a otros filmes, a los propios, a los mismos actores amigos que aparecen en pantalla) que sirven para crear un sentido de compadreo que se admite o detesta.

Con todo, el cine de Wes Anderson, con los errores que pueblan su obra, es un soplo de aire fresco en un cine adocenado, ese que es capaz de adoctrinarnos, ya sea con una ideología o con otra, a palo seco. Un corto, Hotel Chevalier, aquel unido a su Viaje a Darjeeling, mostraba a las claras su dominio de saber contar en cine.

Hoy que Tim Burton anda perdido en sus vueltas y revueltas —y parece quedar sólo en ese cielo indefinido entre el pop, el comic y el cine—, la figura de Wes Anderson, con sólo siete largometrajes (el primero Ladrón que roba a un ladrón es de 1996) demuestra, ser uno de directores norteamericanos más inquietos y rompedores… si no se pierde en el camino.

Moonrise Kingdom muestra cómo se puede contar de otra manera una historia tan vieja en el arte de la narración oral o escrita (en papel o en cine): una fuga de un niño y una niña tan opuestos como solitarios. El cine de Wes Anderson es un mundo de seres perdidos transitando por la mediocridad de un mundo de escasa felicidad.

El desarraigo en la sociedad de la opulencia.

Escribe Adolfo Bellido López


Nota

(1) Jack Clayton (1921-1995) sólo dirigió entre 1959 y 1987 siete largometrajes. Inconcebible en un realizador que logró títulos como Un lugar en el cumbre, Suspense, A las 9 de cada noche, La solitaria pasión de Judith Hearne

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