Editorial marzo 2012

  26 Marzo 2012

Siempre hay un camino (más) a la derecha 

la-invencion-de-hugo-2Los académicos americanos, como era de esperar, prefirieron la vacuidad de The artist a la seriedad que emana de esa carta de amor al cine con mayúsculas, La invención de Hugo, una de las pocas película en las que su visión en 3D es necesaria e importante. Era difícil que perdonasen a Scorsese su planteamiento de convocar al viejo continente como punto de partida del cine.

La invención de Hugo se acerca al mundo de los sueños, en un viaje a través del tiempo y el espacio, en busca del primer director-mago que convertiría el nuevo invento en una fábrica de sueños. Un Méliès dolorido y escondido ante el olvido al que el cine le iba condenando. Cine como maquinaria, como juego con el espacio y el tiempo, heredero de unas obras literarias que igualmente nos conducen a las grandes aventuras. Todo eso y más es la película de Scorsese.

The artist, por el contrario, es tópica, tramposa y escasamente original en una propuesta que ni reconoce lo que supuso el cine mundo, ni mucho menos, la revolución que supuso el cine sonoro. Lo que cuenta el filme francés es superado por algunos títulos que toma como punto de partida, como Cantando bajo la lluvia o El crepúsculo de los dioses. Y no sólo.

El injusto, como casi siempre, todopoderoso galardón, se extendió además de la película a otros apartados, uno de los cuales, increíble, se otorgo al intérprete del filme. Nada menos que se le consideró un enorme actor. Qué dislate. Clooney en la interesante Los desdendientes —por citar a alguno de los intérpretes nominados— es muy superior al actor francés.

En el camino, además, han quedado grandes interpretaciones ignoradas, como la estupenda actuación de Ben Kingsley dando vida a un más que convincente Méliès en el filme de Scorsese, que, por cierto, tiene una muy buena aceptación en taquilla. Una lección de historia fílmica, homenaje a películas y autores y no únicamente un sentido y rendido canto de amor a los primeros tiempos del cine. Reproducción además minuciosa de una época por la que caminan junto a Méliès, entre otros, artistas como Joyce o Dalí. ¿Habéis sido capaces de descubrirlos en unos planos del filme?

The-artist

El fracaso de Andrew Stanton

Frente al éxito en taquilla de la hermosa película de Scorsese, el gran fracaso de John Carter, título sorprendentemente impersonal al venir firmado por uno de los grandes hombres de Pixar, Andrew Stanton, director de las excelentes Bichos, Buscando a Nemo y Wall·E.

La industria cinematográfica está incorporando a los más destacables directores del cine de animación al cine de ficción. No se entiende muy bien la razón, a no ser debido a que muchas películas de acción con actores reales parecen, por su dominio de los efectos especiales, de animación.

Andrew Stanton, como los compañeros que le han precedido en ese cambio de rumbo, ha fracasado de forma estrepitosa. Su filme es una mezcla de western galáctico con incrustaciones de cine de romanos a la italiana y con referentes que lo mismo beben en lo más cutre de las series B de los años cuarenta como en diseños —o pretendidas inclusiones— en cualquiera de los títulos de la saga La guerra de las galaxias. Muchos de los filmes americanos, aquellos de destrucciones masivas de jornadas, eran muy superiores al de este calamitoso y malamente tebeístico personaje creado por el autor de Tarzán.

John-Carter

De nuestro Rashomon fin del mundo al fin de muchas cosas

Las destrucciones nos han acompañado los últimos meses en nuestro Rashomon del fin del mundo, incapaz de abarcar todo lo que propiciaba el tema. Muy amplio y muy abierto.

Uno, por citar un significativo título sobre el fin, quisiera citar ese premonitorio terror  en el generado por el ataque de gaviotas, y otras aves, depredadoras en Los pájaros. Esplendoroso filme de Hitchcock que en su carácter metafórico con sus periquitos, su estructura de ir cerrando espacios o la inquietante presencia de una familia dominada por la madre, muestra todo un discurso sobre el encerramiento o claudicación de una mujer. Un fin, el de la película, que ni siquiera aparece en el plano final porque la destrucción sólo ha comenzado.

Como también, ahora, en un comienzo (o final) van desapareciendo o transformándose espacios culturales, series televisivas (sobre todo en TVE1, la paradójicamente conocida como la de todos) y, pronto, la epidemia o el ataque llegará a los telediarios (de la 1 naturalmente). Igualmente se eliminan o —por juegos malabares— se cambia a los responsables de los festivales de cine o se da una nueva orientación o temática a los certámenes fílmicos.

El problema, la mayor parte de las veces, lo que provoca estos cambios, se debe a que para sostener los eventos hay que refugiarse en los paraguas que abren ayuntamientos, diputaciones o, incluso, gobiernos centrales o autonómicos. Y no se andan con chiquitas. Aunque el espacio cultural sea un éxito, si hay cambio político en el organismo que aporte el dinero se procede, por lo general, a eliminar el equipo directivo de la actividad  para sustituirlo por personas adeptas a los colores del equipo de los gobernantes.

Con los partidos hemos topado.

los-pajaros

Semanas de cine espiritual

Y en muchos casos, también con la Iglesia.

Ya se sabe con la única y verdadera. Pues bien el cine (el baile por aquí en los años de exaltación nacional era también motivo de pecado) fue considerado (por la Iglesia) en sus inicios y más tarde como un invento del diablo. ¡Qué inmoralidades se veían allí! Si a eso unimos la oscuridad de la sala, la peligrosidad era tal que se podía arder.

Pues bien, desde hace tiempo (cada vez más) la Iglesia viene utilizando el acercamiento al cine como forma de integrar a los jóvenes, más o menos, en eso que se llaman valores. Así, por ejemplo, desde el 2004 en varias ciudades se vienen llevando a cabo Semanas de Cine Espiritual. La cosa empezó en Barcelona donde incluso la sesión inaugural en algún caso ha corrido a cargo del arzobispo de la ciudad. El éxito en la ciudad condal ha sido tal que la semana se ha convertido o se convertirá allí en Mostra-Semana de cine.

La Iglesia Católica pone en marcha, pues, sus mini festivales de cine como si quiera resucitar, pero de forma multiplicadora, aquel Festival de cine religioso y de valores humanos que a finales de los años cincuenta nació en Valladolid, hoy transformado en la Seminci.

Pues bien estas semanas de cine espiritual actualmente se celebran (dicen) en más de treinta ciudades españoles. Se trata de —según se puede leer en su manifiesto— “una iniciativa destinada a los jóvenes que a través de sus centros educativos profundizan en las competencias digital, comunicativa y espiritual. Los materiales formativos destinados a ellos así como a profesores y presentadores de las películas sirven de base para la profundización a través del cine en temas de contenido existencial con referencia trascendente y perspectiva cristiana”.

Los títulos temáticos de estas siete semanas son claros sobre sus intenciones: Los que todavía esperan; Firmes en la fe; Los caminos de la reconciliación (el misterio del perdón); Los iconos de la bondad; En la debilidad hay fortaleza; Dios en el cine contigo; Vive, reza, perdona, ama.

Los organizadores dejan claro que “no se trata de un Cineforum en sentido estricto, sino de una ayuda a meditar”. En estas semanas extendidas aquí y allá colabora (o al revés colaboran con ella) la Asociación Católica Mundial para la Comunicación. Si a estas espirituales semanas unimos la doctrina que empieza ya a propagarse por la prensa de la derecha —y de más a la derecha— o por cualquier otro medio (radio y televisiones públicas) pronto, en este periodo azul, prietas las filas, recias marciales volveremos a ser un Imperio hacia Dios.

Ahora sólo falta que parte del cine que se haga en España desde ahora tome como modelo el maravilloso cine propagandístico que se inició a principios de los años cuarenta. Será emocionante disfrutar de títulos semejantes a Locura de amor, Alba de América, La guerra de Dios, Agustina de Aragón, Molokay, Lo que nunca muere, La leona de Castilla, El pequeño ruiseñor.

Y es que por muchas vueltas que le den al sendero… siempre Hay un camino a la derecha.

¡Y qué derecha!

Escribe Adolfo Bellido López

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