Editorial noviembre 2011

  13 Noviembre 2011

El diluvio que viene 

melancholia-11.- Dos películas tan dispares en conclusiones pero tan idénticas en formas expresivas como El árbol de la vida y Melancolía, presentadas en el festival de Cannes de 2011, muestran un cine diferente construido sobre —más aparentes que reales— planteamientos innovadores.

Lars Von Trier, dejó sin opción de premio a su película, y a punto de ser eliminada del certamen, por sus innecesarias y peregrinas declinaciones, inscritas, más bien, en la provocativa imagen con la que intenta prolongar (o publicitar) su obra. Sus palabras sobre Hitler se sintieron injuriosas en una Francia que desea olvidar (ya se sabe, eso de huir de la memoria histórica) su acatamiento (por parte de muchos) al gobierno alemán, durante la Segunda Guerra Mundial. Tales declaraciones dejaron el campo libre para que el filme de Malick se llevase el primer premio.

Hoy, ahora mismo, Melancolía es, sin embargo, la película que presenta más nominaciones a los premios europeos de cine. Y con toda justicia, ya que polémicas aparte, el filme del director danés es sorprendente, sugestivo y sugerente.

Ambos títulos citados se adornan con grandilocuentes composiciones sinfónicas (más extendidas en Malick, más concretas en Trier). Su inicio se hace coincidir con la correspondiente obertura y la conclusión con una coda. En Malick la obertura aúna dos partes que concretan (primero) una mirada hacia los hechos que vendrán a continuación y (luego) una visión sobre la creación del universo. En Trier, ese impresionante inicio únicamente, ralentiza o fija momentos de la película desde una perspectiva fundamentalmente simbólica.

En El árbol de la vida, la primera parte, una especie de recuerdo a 2001, se funde con la obertura. Luego la segunda parte, la más extensa, mira (de manera poco ortodoxa desde la narrativa cinematográfica clásica) la vida de una familia americana durante los años 50. La coda final, demasiado larga, muestra una especie de cielo simplón para cantar la grandeza del amor, sobre todo, el familiar.

Es la esperanza (el paraíso prometido) después de la catástrofe (de la muerte). Por supuesto, todo ello, desde un punto de vista discursivamente metafórico: ¿El padre representa, en el filme, una especie de Dios autoritariamente bíblico? ¿Asistimos a la rebelión del hombre contra Dios, en principio, para llegar luego a la reconciliación-perdón final? Sea lo que sea no estamos en el preciso simbolismo representado —en ese mismo aspecto de enfrentamiento a Dios— en la excelente obra de Herman Melville Moby Dick, perfectamente llevada al cine, potenciando su sentido metafórico, por John Huston.

El problema de El árbol de la vida es que, por momentos, sus reflexiones, el sentido grandilocuente, termina convirtiéndose en tan simple como pedante y su forma rebuscada en gratuita y ramplona. En la película la destrucción del entorno de una familia norteamericana es un microcosmos representativo de un macrocosmos donde la rebelión, la angustia, el sufrimiento y el dolor terminan por ceder su paso a una forzada reflexión sobre la potencia, fuerza del amor que todo lo puede.

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Melancolía, por su parte, después de su excelente obertura, da paso a dos movimientos concernientes cada uno, a las dos hermanas de una familia más bien rota. Las dos partes —o movimientos— llevarán el nombre de cada una de las dos hermanas.

En esas partes asistimos también, como en Malick, a la descomposición familiar. En Trier se llega a ello de una forma más realista, en la primera parte, aunque con ligeros toques metafóricos. Una boda, con todo su ritual de (falsa) felicidad va a desencadenar —como en Celebración de Vinterberg (1)—, con la que tantos puntos de contacto tiene, una ruptura con todo el orden establecido. Se produce con la entrada de Justine, la hermana que se casa, al mundo de la melancolía (de la depresión, de la angustia). Ella es la única que se da cuenta, al principio, de la existencia de ese mundo (su mundo), que aparece a lo lejos, en el cielo, como una estrella lejana, acercándose rápidamente a nuestro mundo.

La tercera parte se dedica a Claire, papel interpretado por Charlotte  Gainsbourg (1), la protagonista del anterior filme de Trier, el más que polémico (pero interesante) Anticristo. Ahora el filme se cierra sobre unos pocos personajes, los demás van a desaparecer. Sólo interesa ese microcosmos aislado, significativo del todo, que ve acercarse su fin ante la inminencia del choque del ¿planeta? melancolía con la Tierra.

La coda correspondería, lógicamente, a la conclusión dada por una pantalla en negro que representa a destrucción total: el mundo feliz, las ilusiones, los sueños felices ha sido barrido por el dolor, la tristeza. Aquí, algo contrario a la conclusión de Malick, no hay salvación posible. Sólo desesperanza y ausencia. La nada como destino final.

Dos maneras distintas de acercarse al fin o al principio. Habrá posiciones dispares y encontradas frente a ambos títulos. Cada cual elegirá diversas opciones sobre sus bondades o maldades, las éticas y estéticas existentes.

Personalmente me decanto hacia el filme de Trier, un director capaz de dar lo mejor y lo peor de sí mismo. Sobre el de Malick, reconociendo lo arriesgado de sus propuestas, tengo demasiadas dudas sobre su grandeza, demasiado oscurecida por unos pensamientos (dados en off) dignos de un sermón tan bienintencionado como carente de profundidad. El tiempo dictará el juicio correcto.

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2.- El árbol de la vida y Melancolía son, pues, dos títulos sobre fines, o colisiones, de mundos. Muertes o renacimientos. Destrucciones que acaban con casi todo, acordes con un tiempo de crisis donde el viento se lleva tantas cosas que uno se asusta pensando en lo que aún falta por llevarse. Eso sí, para animarnos, a veces, alguien levanta una copa o realiza un conjuro para recuperar las cosas desparecidas. Tan inútil como el final de Malick, tan infantil como negarse a abandonar el país de nunca jamás.

He aquí un caso significativo. La Mostra de Valencia (como el festival de Teatro Veo de la misma ciudad) han sido barridos por depredadores pajarracos marinos que sin embargo indecentemente mantienen costosos eventos (deportivos) que sólo sirven para enriquecer a unos pocos. Eso es el engorde de los engordados. Para tales, la cultura no son más que migajas para los desheredados de la tierra o, quizá, desde otro punto de vista, piensen que la cultura es peligrosa porque lleva a pensar y a razonar. Para evitarlo lo mejor es proceder a su eliminación.

De todas maneras lo que se fue es mejor dejarlo ir e iniciar otros caminos, otros puntos de fuga o de resistencia.

Como forma de dejar su impronta sobre la (fenecida) Mostra valenciana (no veneciana), unas cuantas personas bastante heterogéneas se juntaron en un acto reivindicativo donde se leyeron adhesiones, se hicieron discursos y casi se cantó aquello de viva la Mostra de mi tierra.

En el acto estuvieron algunos nostálgicos, los que fueron para que no dijeran que no iban, los que tenían que estar, los que fueron a ver qué era aquello y, lo más sorprendente, también, en primera fila, estuvieron algunos de los que apadrinaron con su trabajo, y sus publicaciones, algunas de las últimas, y lamentables, ediciones de la Mostra: son los aprovechados de siempre, los que quieren estar a las duras y a las maduras. Los figurantes que asistieron al acto, enunciado como Mostra Viva, salieron en la foto que es de lo que se trataba. Lo sorprendente es que una gran parte de ellos, reía, parecía muy feliz. Quizá aquel —en realidad— funeral no fuera más que una gran fiesta.

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La idea del acto señalado no pasa de ser una idea. No tiene demasiado sentido intentar, ahora que el mundo de melancolía se siente cercano a nuestras cabezas, reivindicar la Mostra, pedir su retorno, que es como pedir peras al olmo. El camino no es el lloro por lo perdido, sino la búsqueda de nuevas propuestas que sustituyan a aquéllas. Y dándonos cuenta de que uno de los mayores errores, para las celebraciones culturales, consiste (como normalmente se hace) en echarse en brazos de las administraciones ya sean locales, autonómicas o centrales, ya que lo normal es que si ellas cambian de signo, se producirá una gran terremoto que llevará a los pies a convertirse en cabeza o viceversa.

3.- El filme de Trier más que el de Malick aparece, en sus conclusiones, como  profético. El diluvio que se acerca, marcado por la proximidad del (para algunos) interrogativo o terrible 2012, parece que va a ser de órdago.

¿Logrará la lluvia que se avecina terminar con la cultura? ¿Será posible que llegue a coartar las libertades que tanto nos ha costado sacar a flote? A viejos tiempos habrá que presentar nuevas posturas, nuevas actuaciones.

Sí, parece que Melancolía no pasará de largo, pero de nosotros va a depender que se instaure definitivamente en nuestras vidas. Aunque suene a tópico, hay que recordar que mientras haya vida, habrá esperanza.

Escribe Adolfo Bellido López


Más información

Crítica de Melancolía 
Crítica de El árbol de la vida


NOTAS:

(1) Celebración de Vinterberg es uno de los filmes clave del movimiento Dogma. Un movimiento (especie de juego circense) orquestado por Lars Von Trier y Thomas Vinterberg.

(2) En una cartelera valenciana el crítico que habla, por cierto, no demasiado bien del filme, asegura que ese personaje es interpretado por Charlotte Rampling. Ha equivocado a una Charlotte con la otra. Por cierto Charlotte Rampling sí actúa en el filme, pero en el papel de madre (libre, mordaz, sin un pelo en la lengua) de las dos protagonistas.

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