Editorial julio 2011

  20 Julio 2011

Un cine distinto

una-mujer-en-africaEn 1959 nació en Francia un movimiento cinematográfico basado en la libertad de hacer películas. Sus directores Y sus técnicos no inventaron prácticamente nada. Simplemente asumieron diversas transgresiones esparcidas a lo largo de las variadas películas con sabor a clásico que admiraban. Sobre todo, a grandes directores americanos. Aquel movimiento conocido como nouvelle vague también se miraba, en general, en el espejo del cine neorrealista italiano al abaratar costes rodando en exteriores.

Si en los años cuarenta Ciudadano Kane de Orson Welles había supuesto un impulso nuevo para el cine, al encerrarse en nuevas formas narrativas, la nouvelle vague siguió caminos parejos.

Al igual que ocurría con el filme de Welles, el movimiento francés ofrecía realmente pocas novedades. Lo que ambos títulos lograron era juntar innovaciones desperdigadas, rupturas narrativas, tratamientos contrapuestos de imagen y sonido. Lo curioso es que aparentaban ser películas estrictamente fílmicas sin ninguna contaminación literaria. Luchaban contra un cine adocenado basado en parlamentos, en literatura que se consideraba de calidad, todo ello lastrado por un falso trascendentalismo de qualité.

La nouvelle vague filmará sensaciones, sentimientos, buscando que sea el espectador el que recomponga, centre o cierre lo que se le está contando. La sugerencia es lo prioritario en unas historias abiertas desde la máxima sugerencia. De cualquier forma, aunque los filmes aparenten lo contrario, no están reñidos con una procedencia —o implicación— literaria.

En ese sentido, uno de los casos más clarificadores es el de Alain Renais, que había realizado estupendos cortometrajes antes de enfrentarse a su primera película, Hiroshima, mon amour, que junto a Al final de la escapada de Godard o Los 400 golpes de Truffaut, abanderaron el movimiento en aquel año que rozaba la década de los sesenta.

Un movimiento el de aquel cine francés, cuya forma innovadora estará más bien en realizadores y producciones concretas que en una generalización de todas las películas realizadas. Uno de los grandes hombres del cine francés de aquellos años fue Resnais.

Si su primer filme y sus cortos eran admirables por su forma de contar, su segundo largometraje señalará un más allá, donde cine y literatura se funden para dar una película extraña y hermosamente laberíntica que nos habla sobre la recuperación de la memoria (algo extensible a casi toda la obra que realice). Se trata de El año pasado en Marienbad, primer filme de Resnais que se estrenó en salas comerciales de España, ya que Hiroshima, mon amour, realizado con anterioridad, tardaría aún algún tiempo en presentarse en salas comerciales y cuando lo hizo fue exclusivamente en versión subtitulada; aunque, eso sí, se había podido ver en algunas sesiones en la Filmoteca Nacional en Madrid (1).

El_ano_pasado_en_MarienbadLa llegada a salas comerciales de aquel filme supuso en los espectadores un brutal shock. No era para menos el encuentro con aquel enigmático jeroglífico mental desarrollado en el fantasmal Marienbad. El espectador se sentía indefenso, perdido, como ocurría en aquellos años frente a las obras de, por ejemplo, Godard o Antonioni. La película se estrenó en España a comienzos de 1964, casi tres años después de su estreno en París, que tuvo lugar en marzo de 1961.

En este año, en 2011, se cumplen, pues, los cincuenta años del estreno del filme de Resnais. Uno más de los grandes que se estrenaron en aquel año. Ha pasado medio siglo desde que se realizó esta importante obra francesa, que exploraba caminos novedosos para el cine al tiempo que explicaba con claridad la unión que debe existir entre fondo y forma, entre lo que se cuenta y la forma de contarlo.

Desde entonces el cine ha seguido, como las otras artes, su camino de progreso (aunque a veces no lo parezca) tratando de encontrar nuevas formas expresivas en su afán de incorporar un lenguaje cada vez más complejo, con el objetivo de conseguir la imposible perfección.

Un camino surcado por grandes películas y grandes realizadores, que, por desgracia, se ha escamoteado en diversas ocasiones al espectador español. Eso sí, a través de festivales, filmotecas o sabrosas ediciones en DVD nos hemos acercado a propuestas difíciles y sorprendentes al tiempo que hemos ido conociendo a realizadores comprometidos, procedentes a veces de cinematografías desconocidas.

De vez en cuando nos ha llegado tal delicatessen de acá o de allá. Sorpresas inolvidables que nos siguen diciendo que el cine está muy vivo. No hace mucho hemos encontrado con títulos tan sugerentemente hermosos como Uncle Boonmee de Weerasethakul o Lola (La abuela) de Brillante Mendoza. Y ahora, como suculento postre, se ha estrenado comercialmente una sorprendente película de una de las grandes —y desconocidas directoras, para el espectador español— del cine actual. Francesa como Resnais y, como él, una aplicada innovadora.

Hablamos de Claire Denis, algunas de cuyas excelentes películas hemos podido ver en la Filmoteca Valenciana y que acaba de estrenar Una mujer en África. Su apreciable carta de presentación. Ha tenido que realizar cerca de 20 filmes (algunos documentales, otros cortometrajes), pasar y ser premiada en diversos certámenes, para que al fin podamos visionar una de sus películas en una sala comercial.

Nacida en 1948 en Paris, vivió muchos años en diversos lugares de África debido a que su padre, funcionario del gobierno francés, cambiaba de lugar cada  poco tiempo. Claire pasó por Burkina Faso, Senegal, Somalia, Camerún, conoció perfectamente la problemática en aquellos países, la relación entre los nativos y los blancos (“Los blancos pensaban que eran intocables, que los problemas de luchas tribales no iban con ellos. Y eso es una forma encubierta de racismo”, asegura).

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Su primera película fue realizada en 1988, Chocolate, está centrada en los años de su niñez, y en ella nos habla de aquel mundo que tan bien conoce. En todos sus filmes, los nativos y la inmigración aparecen de forma destacada.

Ayudante de dirección de realizadores como Wenders, Rivette, Costa-Gavras o Jarmusch, ha sido también actriz. Guionista y realizadores de largos, cortos y documentales, crea un cine nada fácil. Su narrativa (como ocurre con el cine de Weerasethakul, que la directora admira) se centra en sensaciones, en la visión fraccionada de unos hechos como forma de construir una historia. Planos de detalles, miradas y puntos de vista múltiples desplazan sus planteamientos temáticos hacia la representación de multitud de sugerencias como forma de construir la narración.

Una mujer en África, su carta de presentación para el espectador español, como lo era El año pasado en Marienbad, es un filme donde la forma es la expresión del fondo: así, el caos que nos muestra de un país en guerra, se refleja por medio de una estructura caótica dada por los recuerdos (que escapan y vuelven como en el filme de Resnais) con los que se trata de reconstruir un mundo en un afán por entender lo que está sucediendo.

Abierta a diferentes senderos, enmarcada en un itinerario que se bifurca en múltiples caminos, la película de Denis muestra tanto una historia individual (de unos personajes) como colectiva (de un país). Narración de conflictos familiares, sociales, étnicos engarzados unos en otros. Lucha por la vida, la tierra, el sentido y el sinsentido a través de la historia de una mujer que, como una lejana Escarlata O’Hara, trata de aposentarse en una tierra que asevera es suya sin admitir que eso no es más que una falacia.

Bienvenida sea Claire Denis, como bienvenidos fueron en el pasado tantos directores importantes que, con sus imágenes potentes, nos dieron lecciones de arte y vida.

De especial acontecimiento se puede considerar el estreno de este filme cuyo título original, White material, explica más claramente las intenciones de esta interesante realizadora, de la que esperamos seguir viendo sus nuevas obras, así como también en parte, o en su totalidad, las que ha dirigido desde el lejano 1988.

Escribe Adolfo Bellido López

NOTAS

(1) Lo mismo ocurrió con Al final de la escapada de Godard, que antes de su estreno comercial llegó, creo recordar, a los cineclubs (al igual que Jules et Jim y tantos otros títulos), en 16 mm, a través de Instituto Francés.

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