Editorial junio 2011

  29 Junio 2011

Historias más o menos mínimas

columboNo hace mucho nos ha dicho adiós Peter Falk (1927-2011). Ya saben, quien fuera el popular detective televisivo Colombo, pero, realmente, creo que lo saben, Falk fue mucho mas que ese personaje.

Actúo en más de cien películas y por dos de ellas fue nominado al Oscar como mejor actor secundario (El sindicato del crimen, 1960 y Un gángster para un milagro, 1961) y a otros cuantos premios Emmy, de los que ganó cuatro (y un Globo de oro) casi siempre dando vida a Colombo. Aunque interpretó varios filmes de calidad, uno que tiene sus pequeñas o grandes preferencias, le recordará siempre como el ayudante del profesor Fate (Jack Lemmon) en La carrera del siglo de Blake Edwards, aquel divertido homenaje a los géneros cinematográficos que se dedicó a la memoria del gordo y el flaco.

Peter Falk, de ascendencia rusa-polaca, había perdido un ojo a los tres años debido a un tumor maligno. De ahí su celebre ojo de cristal, que le dio fama, pero que también le cerró varias puertas. Harry Cohn, el gran jefe de la Columbia, no quiso contratarle. Le rechazó con unas lamentables palabras: “Por el mismo precio, tengo un actor con dos”.

El personaje que le llevó a la fama, Colombo, estaba pensado para un único telefilme Prescription: Murder emitido en febrero de 1968 por la cadena NBC. El éxito fue tal que daría lugar a una larga serie televisiva, convirtiéndose Peter Falk en un sorpresivo policía tuerto durante los capítulos emitidos a lo largo de varias temporada. Vestido siempre igual, con una gabardina que se ponía de cualquier manera, era la representación contraria de lo que se esperaba fuera un  hábil detective. Colombo lo era.

El actor llegó a trabajar (además de Blake Edwards) con realizadores como John Cassavetes o Wim Wenders. Además de actuar también fue pintor. Y de éxito.

Lo que nunca interpretó, ni falta que le hizo, fue ninguna película en 3-D, un sistema que hoy, al parecer, empieza a mostrar los primeros síntomas de cansancio.

avatar

El cine en tres dimensiones comenzó a experimentarse hace bastantes años. Comercialmente tuvo un periodo de explotación regular y rentable en la primera mitad de los años cincuenta. Un momento en el que surgieron diferentes sistemas de rodaje y proyección como forma de competir con la televisión que estaba quitando espectadores al cine. En ese periodo (como en el posterior de escasa importancia de finales de los setenta y comienzos de los ochenta) la producción de filmes en relieve fue casi exclusivamente norteamericana.

La mayor parte de las películas realizadas en este sistema en uno y otro periodo poseían algunos efectos con los que se trataba de impactar de forma agresiva al espectador. Hitchcock, incluso, ya cuando comercialmente el 3-D iniciaba su decadencia, rodó una película en ese sistema, la cual prácticamente fue exhibida siempre en formato normal. Se trata de Crimen perfecto (1954) cuyo efecto de relieve se reducía prácticamente a las tijeras asesinas saliéndose de la pantalla como tratando de clavarse en los espectadores.

No hace mucho, Avatar (2009) abriría una nueva etapa expectante al sistema. El éxito fue tal que incluso algunas películas, ya rodadas en dos dimensiones, tuvieron que añadir  efectos tridimensionales. El relieve no hace mejor o peor a una película. Tal sistema, una innovación técnica y poco más, puede llegar a cansar a los espectadores debido a la incomodidad de las gafas (aunque sean más adecuadas que las de otras épocas) y al precio excesivo de las localidades.

crimen_perfecto

Por otra parte actualmente las películas en relieve buscan algo más que la agresión visual, aunque algunos títulos siguen empeñados en ello, al centrarse en la búsqueda de una gran profundidad en los fondos. De todas formas esa búsqueda es algo viejo ya que las películas en dos dimensiones llevan buscando y obteniendo desde hace tiempo profundidad en los filmes. Para comprobar tal experimentación basta volver a ver la maravillosa Ciudadano Kane.

De todas formas, por muchos adelantos técnicos que incorpore el cine deberá rendirse a la evidencia: sólo posee dos dimensiones.

Pocos años después de las grandes recaudaciones obtenidas por las películas de tres dimensiones, la polémica sobre su implantación de forma generalizada, vuelve a producirse. En Estados Unidos el público ha comenzado a dar la espalda al viejo-nuevo sistema decantándose por asistir a la misma película proyectada en dos dimensiones. La primitiva sorpresa ofrecida por la renovación del sistema en relieve no da para mucho más. Y eso que los rodajes tridimensionales han saltado esta vez a Europa. En España, sin ir más lejos, ya se han estrenado algunos títulos (incluso Torrente 4 para poder visualizar más claramente el horror que es) mientras otros esperan su turno para ser estrenados. ¿Logrará sobrevivir este juego circense mucho tiempo? ¿Posibilitarán las tres dimensiones que el cine español recaude más?

De momento no es así, el cine español, como se ha demostrado, ha disminuido en ventas y en espectadores dentro y fuera de España. Y es que realmente pocas películas realizadas acá tienen entidad suficiente para ser vendidas fuera con garantía. Tampoco para competir aquí con grandes películas venidas de diferentes lugares. Nadie se extraña si decimos que el cine español de hoy es en su conjunto (salvando muy pocos títulos) bastante flojo. Triste panorama.

torrente4

Como tristes son algunas noticias que nos llegan de la flamante (y sorprendente) Academia del cine español. Bastaría, dejando al lado la polémica por las descargas, con referirnos a la descabellada (y reciente) propuesta por la cual se prevé que los niños no podrán optar a los Goya. Para decidir tan peregrina propuesta se aduce que los ganadores deben ser, según los estatutos, convertidos en académicos. Y que, claro, es una barbaridad que los niños puedan serlo.

Mayor barbaridad es tomar una medida tan injusta como discriminatoria. A este paso sugerimos que la academia dicte unas más estrictas por la que se regulen todos los premios. Para el de los intérpretes se deberá indicar la estatura, el color de los ojos, si deben llevar o no gafas, el color del pelo, peso y otras muchas características de los actores nominados. ¿Para qué nominar? Tales características deben dirigirse exclusivamente hacia el futurible premiado. Incluso, sugerimos, que se pude añadir el nombre y uno de los apellidos (sólo uno ya que apuntar los dos quería demasiado feo) del actor o de la actriz que debe recibir el premio. Lo mismo puede proclamarse para las diferentes categorías.

Habría otras soluciones para resolver la cuestión antes que prohibir a los niños que puedan recibir premios como, por ejemplo, retrasar su ingreso en la Academia hasta que tengan determinada edad. ¿Hay que cambiar, para ello, algunos estatutos? Si ese es el problema, se cambian. Así se evita tan bochornosa decisión. ¿Se imaginan que tal cuestión se debatiera en un importante festival de cine o, por citar, unos premios muy conocidos, en los Oscar? ¿Alguien puede pensar que la gran interpretación realizada por la joven protagonista de Valor de ley de los hermanos Coen fuera desechada por la edad de la muchacha?

En vez de plantearse tamañas tonterías, de enfrentarse a innecesarios encontronazos, a debates afogonados, la Academia del cine español debía estudiar la forma de ayudar al cine español a salir del laberinto en que se encuentra. A ser una institución que sirva para algo más que para sentar a gente en mullidas poltronas.

Escribe Adolfo Bellido López

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