Editorial abril 2011

  26 Abril 2011

Recuerdos

alfred-hitchcock-2Fue el 29 de abril de 1980 cuando nos dejó Alfred Hitchcock. Nada menos que hace ahora veintiún años. A pesar del tiempo la sombra de su genio sigue siendo alargada. No solamente en cuanto a la vigencia que siguen teniendo muchos de sus filmes sino por la influencia que su cine ejerció y ejerce sobre películas y directores. No sólo hay que centrarse en los homenajes, copias, referentes o como se prefiera que de su obra existen en el cine de Brian De Palma.

La fuerza del cine del maestro, la excelencia de su método de trabajo es tan grande que sigue contaminado eficazmente la obra de películas muy actuales. Hasta cierto punto la excelente El escritor de Polanski bebe del cine del maestro (el realizador de Repulsión, desde una visión muy personal, casi siempre se ha mirado en Hitch), como también reflejos de su obra aparecen en Buried de Rodrigo Cortés o en Sin identidad de Jaume Collet-Serra, sin olvidar cómo su personal MacGuffin planea (título incluido) en la interesante Código fuente de Duncan Jones.

Aquel año de 1980 en que murió Hitch, fue también cuando en la Universidad Laboral de Cheste, y unido al cineclub que allí inicie (el COUL), lanzamos en papel la revista Encadenados. Editamos 28 números a lo largo de siete años. Mi marcha como profesor de aquel centro docente al CEP (Centro de formación de profesores de Valencia) como asesor de audiovisuales (y todo lo que esa etapa llevó consigo, incluso la co-fundación del Certamen Cinema Jove, pero eso es otra historia) llevó tanto a la desaparición de aquel cineclub que había iniciado en noviembre de 1971 como a la de Encadenados.

Mi marcha del CEP en 1998, harto de la agresividad de ciertos pajarracos marinos, me llevó como profesor a otro instituto y allí, a las primeras de cambio, vio la luz el nuevo Encadenados en formato, desde ese momento, digital: este mismo, que ahora en 2011 cumplirá (en noviembre) 13 años.

Una aventura, la del cineclub, la de la revista en papel, la de esta otra, que es la misma, ahora en la pantalla de su ordenador, posible gracias al trabajo en equipo de algunos profesores que me acompañaron en aquella empresa y también, sobre todo, de varios alumnos, algunos de los cuales siguen siendo hoy parte importantísima de esta revista (Sabín, Luis, Marcial, Ángel Vallejo…).

También, con nosotros, se encuentran amigos venidos de otras historias (Ángel San Martín del festival Cinema Jove, Carlos y Monti de Cinestudio, Barrera de Guía para ver y analizar, Juan de Pablos de seminarios y congresos, Gloria de otros proyectos). Con ellos llegaron los nuevos, muchos jóvenes que formaron (Jordi, Romaguera, Enric, Arantxa…) y forman (Daniela, Milagros, Eva, Marga, Sonia, Ana, Paula, María Paula, Gabriela, Laura, Israel, Juan Ramón, Ferran, Víctor…) nuestra estupenda y gran familia.  

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El Centro Educativo de Cheste (o sea la antigua Universidad Laboral) que llegó a albergar cinco mil estudiantes con su múltiple actividad cinematográfica (diversos cineclubs, rodajes, semanas de cines, clases de imagen a todos los niveles incluido de magisterio) centralizó un imperio que luego, dividido en otros reinos, ha hecho posible que muchos de los alumnos y alumnas que allí, descubrieron y amaron el cine trabajen hoy en otros sitios y lugares, bien en trabajos unidos a la imagen (en otros centros, en televisiones, en departamentos de comunicación) o en diversas actividades artísticas. Por citar un ejemplo de ello, podían ser otros muchos, señalaré a tres estupendos referentes, por distintos caminos, del actual teatro valenciano como son (por orden alfabético): Carles Alberola, Xema Palanca y Santiago Sánchez.

Los ecos del cineclub, de la primitiva revista, en memoria de nuestro querido Hitichcock, traspasaron el ayer. Recuerdos de una etapa que fue posible, deseo recalcarlo nuevamente, a la ayuda de profesores y de una gran cantidad de alumnos y alumnas. Un trabajo en común, única forma de hacerlo posible en tal proporción y extensión.

Aunque, qué le vamos a hacer, algún alegre (y desconocido en aquellas batallas) comunicador, o lo que sea, dejase dicho en algún lugar que con sus once añitos había llevado no se qué cineclub inicial en el citado centro de Cheste. Aprovechados, hinchadores de (falsos) currículum, siempre los habrá. Allá ellos y su (¿existente?) ética.

Otros recuerdos, otras despedidas

paco_llinas-nacional3Hitch no ha sido el único director de cine o intérprete querido que se ha ido desde entonces. Han sido muchos más, demasiados, los que nos han dicho adiós en estos años. En el último, en los últimos meses parecen (al menos así lo sentimos) haber aumentado estas idas en progresión geométrica. Así, Eric Rohmer, Dennis Hopper, Claude Chabrol, Mario Monicelli, Luis Garcia Berlanga o Blake Edwards entre los más grandes. También nos abandonaron, dejándonos más solos, los últimos supervivientes de la generación americana de la televisión primero Arthur Penn y, como quien dice ayer mismo, Sidney Lumet.

Muchos actores también han hecho un mutis definitivo. Se nos marchó no hace mucho el gran secundario que fue Manuel Alexandre. También nos dijeron adiós inolvidables actrices y actores como  Jean Simmons, Patricia Neal, Tony Curtis y ahora a la vuelta de la esquina despedimos a alguna gran actriz (Annie Girardot), a otras y otros menos grandes (Jane Russell, Amparo Muñoz, Farley Granger, quien al menos intervino en dos películas de Hitch, tales como La soga y Extraños en un tren, así como en La muchacha del trapecio rojo de Fleischer), incluso o un monstruo sagrado (Elizabeth Taylor).

Todos esos nombres habrán llenado, en mayor o menor escala, páginas en periódicos y revistas especializadas en papel o digital, y no tan sólo de cine. Incluso, casi, ayer mismito se podía leer alguna referencia a la muerte de Michael Sarrazin que, a pesar de actuar en Danzad, danzad, malditos no merece demasiadas salvas.  

Sin embargo, son escasas las publicaciones (1) en las que se ha reseñado la desaparición de un gran entusiasta del cine, abridor de mil puertas con las que trataba de explicar la importancia o invalidez de aquella u otra corriente, de uno u otro filme o realizador… Se trata de Paco Llinás (Mallorca, 1945), el bueno de Paco, el amigo con el que, en los tres años que viví en Madrid (en los años sesenta) tratando de abrirme paso en el mundo del cine, compartí tantas ilusionadas charlas. Se fue a finales de febrero de este año. Pocas veces, en los últimos años, coincidí con él. La última (auspiciado el re-encuentro por Jesús Arranz, también salido de Cheste, y experto montador de TVE) fue cuando preparaba el libro sobre Patino. Sería a finales de 1995 o comienzos de 1996.  

Creo que conocí a Llinás en las charlas nocturnas que tenían lugar al acabar las últimas sesiones diarias en el festival de cine de Valladolid. Fue en la segunda mitad de los años sesenta. En aquellos momentos no vivíamos en democracia, quizá por ello soñábamos con ella y con otro mundo, ese en el que no se han cumplido varias de aquellas esperanzadoras perspectivas. Esa falta de democracia fue, probablemente, la que permitía una unión amistosa entre críticos que no seguíamos la misma partitura. Nos entendíamos perfectamente. También era indiferente que fuéramos de un lado u otro de la península. Todos nos sentíamos camaradas. Un ejemplo de unidad y cordialidad a pesar de nuestros diferentes puntos de vista.

Comentábamos, en aquellas tertulias nocturnas, no sólo las películas que acabamos de ver o que se estrenaban entre nosotros o aquellas otras que la censura las echaba atrás una y otra vez. También en aquellas charlas se hablaba de la literatura del exilio, de los libros de la editorial Ruedo Ibérico. Eran tiempos donde el silencio iba desapareciendo. No sólo, allí, estábamos críticos de cine, también redactores o colaboradores de revistas culturales que cubrían el festival. Sobre todo de Madrid y Barcelona (de allí, por ejemplo, venía una inquieta terremoto llamada Maruja Torres).

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Paco Llinás, todo un carácter

Paco Llinás fue un luchador. Para algunos su lucha era contra el mundo. Realmente su lucha fue múltiple, ya que diariamente tenía que enfrentarse a su propia enfermedad.

La diabetes ha terminado con él, mermado de fuerza, pues incluso había sufrido la amputación de una pierna. Malhumorado, crítico, mordaz, Llinás dedicó toda su vida al cine, a predicarlo. Impartía enseñanza de la buena sobre lo que era y representaba el arte de las imágenes. Realizó crítica en el apartado de cine de periódicos o revistas como Diario de Mallorca, Posible, Cambio 16, Diario 16, Liberación, La mirada, Viridiana…

Escribió en una de las míticas revistas de cine de la época, Nuestro cine, una publicación más acorde con una ideología de izquierdas que la más bien esteticista (y en manos derechistas) Film ideal o del cajón de sastre (o la jaula de grillos) que significaba Cinestudio (donde yo escribía) y a la que se le colgaba el sambenito de católica por el hecho de ser, en parte, financiada por jesuitas.

Paco Llinás supo distanciarse de sus compañeros de Nuestro cine, como harían otros (al igual que lo hacían otros críticos en las otras revistas respecto a sus líneas editoriales), al no aceptar la oposición que desde allí se clamaba contra cierto cine americano al que se le tachaba de nefasto por su ideología. Sambenito, por ejemplo, que cayó sobre realizadores como John Ford o sobre títulos como Desayuno con diamantes de Blake Edwards.

Tampoco Llinás fue un crítico que siguiera la (lamentable) política de autores recibida como herencia más o menos baziniana. Defendió el cine que creía importante por encima de ideologías o planteamientos silibinos. Prueba de ello es la creación de la revista Contracampo, insólita publicación cinematográfica (2), que  hizo posible merced a una herencia que había recibido. En sus páginas escribieron críticos o estudiosos de diferentes tendencias, planteamientos. Excelentes artículos y estudios (3) en los que participaron, entre otros, Jenaro Talens, Santos Zunzunegui, Juan Miguel Company, Manuel Vidal Estévez, Jose Enrique Monterde, Julio Pérez Perucha, Jesús G. Requena… (4), junto al propio Llinás.  Recordemos, como ejemplo, sus excelentes trabajo sobre Dodge, ciudad sin ley de Michael Curtiz o sobre el cine de Max Ophüls.

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Paco fue, también, miembro del colectivo juvenil radical Marta Hernández que desde una perspectiva de izquierdas unía corrientes tales como el marxismo, la semiótica, el psicoanálisis y el estructuralismo. Un movimiento que trataba de inscribir la crítica y el análisis cinematográficos en un contexto histórico, social y cultural concreto, analizando, además, el cine español con un sentido revolucionario, tanto desde la teoría como desde una praxis específica.

Tradujo dos libros cinematográficos tan importantes como El tragaluz del infinito de Noël Burch y Jerry Lewis de Noël Simsolo. Creó también, exponiendo un dinero que nunca recuperaba, la editorial (minoritaria) Verdoux, donde aparecieron títulos tan significativos como El musical de Hollywood de Jane Feuer, Sombras de Weimar de Vicente Sánchez Biosca, Hollywood: el sistema de los estudios de Douglas Gomery o Erich von Stroheim y Hollywood de Richard Koszarski.

Con todo ello no se cierra su currículum. Hay que añadir sus libros sobre Nieves Conde y Ladislao Vajda, el cortometraje Abrir las puertas del mar (1970), que escribió y realizó, así como su presencia como actor en El desastre de Annual (1970) de Ricardo Franco. El espanto surge de la tumba (1973) de Carlos Aured, Amo mi cama rica (1970) y Lulú de noche (1986), ambas de Emilio Martínez Lazaro, Tirarse al monte (1971) de Alfonso Ungría, Tú estas loco Briones (1980) de Javier Maqua o Nacional III (1986) de José Luis García Berlanga.

Paco, Francisco, Francesc, Llinás, fue un gran tipo, dado a combatir y defender sus pensamiento desde posturas fílmicas e ideológicas de izquierdas. Nunca cambió. Siempre se mantuvo fiel a una forma de pensar y de hacer. Una ética que nunca traicionó. Con su gesto hosco, su enfermedad, su malhumor y su ironía a cuestas, abrió distintas puertas como forma de encontrar novedosas (y más exactas) formas de acercarse al estudio del cine. Fue una estupenda persona. Y sobre todo un sincero amigo.  

Escribe Adolfo Bellido López

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NOTAS

(1)  Pocos artículos Y referencias a su muerte se han encontrado en la prensa o en las revistas. Al menos hasta el momento en que escribo este editorial. Uno de los más completos acercamientos a su figura es el redactado por José Luis López Sangüesa en la página de Internet Kaosenlared.net. También hay que citar el artículo que le dedicó Diego Galán en el diario El Pais o la nota biográfica redactada (casi) de forma idéntica en El blog del festival de San Sebastián y en DirigIDo por… por Quim Casas.

(2)  Contracampo se publicó desde 1979 hasta 1987. Cambió su formato de la primera a la segunda época. La primera abarca hasta el número 37, con un formato de 20x26 cm. Desde ese número hasta su desaparición se editará en formato libro con un número de páginas que pasa, según los números, de 74 a 115. Algunos de ellos están dedicados a temas monográficos.

(3)  La revista lo mismo defenderá la producción independiente Cada ver es de García del Val que entrevista a Jacinto Molina (Paul Naschy) o analiza el cine de terror español y el cine erótico que realizaban Carlos Aured, Enrique Guevara y Jesús Franco. Como tampoco tuvo inconveniente en dedicar un número especial al cine porno, revindicar la obra de Fernando Fernán Gómez o la excelente labor de los buenos directores de fotografía de nuestro cine.

(4)  Un buen estudio analítico sobre la revista ha sido llevado a cabo por dos de sus colaboradores: Jenaro Talens y Santos Zunzunegui. Se trata de Contracampo. Ensayos sobre teoría e historia del cine, que editó Cátedra en 2007.