Editorial marzo 2011

  22 Marzo 2011

Academia y académicos

alex-de-la-iglesiaLa Academia del Cine Español cumplió veinticinco años no hace demasiado tiempo. Se creó, sin duda, a imagen de otras instituciones semejantes y fundamentalmente de la más conocida: la Academia de Artes Cinematográficas de Hollywood, garante y depositaria del magno circo de los Oscar.

El contubernio originario se produjo en una comida. Las comidas son importantes para crear grandiosas fundaciones. Se habla, se pacta, se conspira y se redactan normas que luego se enviarán a amigos de unos y enemigos de otros para, después, en magna asamblea aprobar tal entidad. Luego de pasar por algunos procesos inquisitorialmente burocráticos se procederá a la bendición de la nueva asociación en cuya entidad entrarán, se dice, personajes de más o menos enjundia especializados en diferentes oficios fílmicos. Eso sí, se le bendecirá con el sacrosanto nombre de académicos porque esto, no lo olviden, es una Academia.

El propulsor del invento en esta España hambrienta de cine bueno fue el productor Alfredo Matas. La fecha, para la historia, de aquella comida madrileña fue el 12 de noviembre de 1985. El acta de aquel día no nos dice cómo vestían ni lo que comieron ni bebieron los avispados emprendedores. Eso sí, años después, a punto de producirse un cisma academicista, se reunieron diversas personalidad cinéfilas para recordar tal efemérides. Fue, claro, al cumplirse veinticinco años justos. O sea el 12 de noviembre de 2010. 

En veinticinco años la Academia ha sido muy conocida por los premios Goya y por algunas polémicas, tales como si Garci se hace de la Academia o se borra, o si Almodóvar se va con las maletas a otra parte porque no le gusta cómo votan los distintos sectores los premios o vuelve para dar un emotivo abrazo, en vivo y en directo, a un director (ya ex) de la Academia tan listo vendedor como Alex de la Iglesia.

enrique_gonzalez_machoQuizás también sea conocida porque una directora de la Academia llegó a ser  Ministra de Cultura (quién lo diría a la vista de su currículum cinematográfico); época la suya llena de conflictos que siguen coleando (ministeriales, de cánones, de festivales y otros entes). Si no lo creen, dense una vuelta por las redes sociales.

En veinticinco años han pasado muchas cosas. También demasiados directores y directoras de la organización, que también edita (por decir algo) una revista, eso sí, muy lustrosa.

Tomen nota de algunos de los que la han presidido: Fernando Trueba, Giménez Rico, Gerardo Herrero, Mercedes Sampietro, Marisa Paredes, Eduardo Campoy, Ángeles González Sinde, Alex de la Iglesia… Falta alguno más que se ha evadido por los abiertos agujeros negros del ordenador. Todos ellos sumados y divididos por los años en los que la Academia ha existido nos da, más o menos, una media de tres años por persona. Todo un récord.

Ahora, Alex de la Iglesia, el último director, ha decidido irse con baladas ―tristes o alegres― a buscar la esencia de la Coca-Cola con su nueva película La chispa de la vida, que no va de eso sino de un argumento que, entre vueltas y revueltas, entre bestias, payasos y balas, nos lleva a recordar en su argumento ciertas entretelas de El gran carnaval de Billy Wilder. Ya veremos cuando se estrene.

Alex de la Iglesia, un señor muy simpático, muy engreído y muy discutible, siempre empeñado en conseguir una comunidad favorable, ha querido ser protagonista de mil y una aventuras en el poco espacio que ha dirigido la institución. En ese tiempo contó con la ayuda, entre otros, de Icíar Bollaín, que entre otras cosas consiguió que su (más que discutible) También la lluvia fuera la candidata (por la Academia, por supuesto) para representar a España en los Oscar. La lluvia ―y no el viento― se llevaron a la película lejos de aquellos premios.

Hoy la Academia espera impaciente al nuevo director… o directora, porque por vez primera hay tres candidaturas. Han leído bien: tres. Algo insólito realmente. Los protagonistas, dos personas de peso y una (al igual que ocurre en las películas que optan a la mejor película en los Oscar) que se cuela de rondón para ver lo que pasa (o verlas pasar).

bigas_luna-Bambola

Los dos grandes púgiles son el director Bigas Luna y el productor Enrique González Macho. La tapada es Azucena de la Fuente, que se presenta como actriz, guionista y directora. Demasiado realmente si se tiene en cuenta que tan sólo aparece como guionista y directora de un corto llamado Sueño de una mujer despierta, título que, en sí mismo, es toda una proclama. Eso sí, ha trabajado en varias pelis (Los paraísos perdidos, Libertarias, Goya en Burdeos) pero no de protagonista. Seguro que de los tres es la menos conocida.

No hace falta presentar a Bigas Luna. Se presenta sólo aunque vaya acompañado, en esta situación, por una de sus actrices y un productor. Es capaz de cualquier cosa. Mediático como él sólo. Lo mismo hace teatro, reduciendo Las comedias bárbaras valleinclanescas a un soberano espectáculo de duración normal en una amplia nave en Sagunto (Valencia), que regenta en Zaragoza un cabaret para peregrinaje de propios y extraños abierto ―incluso en vísperas y festivos― a las cuatro de la tarde, o que en la misma ciudad de la Pilarica dirige la ceremonia floral a la Virgen. Sin olvidar sus películas de huevos jamoneros, de lunas tetudas o de volaveruntenses Juanis, angustiadas camareras, a la búsqueda de su renacido caniche.

sueno_mujer_despiertaEl apellido del segundo púgil es claro. Es fuerte y hombre como él solo. Es uno de los más grandes y conocidos productores (Alta films) y exhibidores (los cines Renoir) de nuestro sacrosanto cine español. Alguien que se las sabe todas respecto a festivales, subvenciones, derechos y libertades. O lo que es lo mismo, dispuesto a evitar que ocurran cosas (pero ¡qué cosas!) como esa de que un académico (denunciado recientemente) pueda subir a la red una película (flojita, flojita) española. Académico que, para mayor sorpresa, llegó a ganar un Goya. Creo que por un corto o algo así. No investiguemos más, please.

El combate, que se celebra el 10 de abril, será muy reñido. En ambas candidaturas hay un productor, un director-guionista y una actriz. Así en la de Bigas Luna están Leonor Watling y Yousef Bokhari, en la de González Macho tenemos a Marta Etura (Celda 211) y Judit Colell (guionista y directora de Elsa K).

Azucena será árbitro o parte, vaya usted a saber. Lo curioso es que a estas alturas de la historia se ha presentado en solitario, es decir no tiene equipo. Lo cual, como mínimo, es sorprendente.

El espectáculo está asegurado. Mientras tanto, en un año nefasto para el cine español (lo contrario que ocurre en el cine en general) sobre todo desde el punto de vista artístico, la escasamente presentable Torrente 4 ―en 3D, para saborear más su vulgaridad― arrasa en taquilla.

Un filme que, con cierto asombro, es al menos admitido (da igual que sea de forma simple) por cierta crítica, quizá absorbida por la innoble fortaleza del sagaz Santiago Segura o, acaso, por buscar su amparo. Filme para saludar las apariciones de unos y otros, gente conocida auspiciada por la prensa o los programas del corazón (“mira ese, mira esa, anda tú los conocemos son…”).

Lo que podía ser un esperpento nacional se muerde la cola para revolcarse en su propia insipidez y vulgaridad. Un cine que, en definitiva, gusta a los espectadores más soeces, más incultos. Todo un conglomerado de los peores clichés propios y ajenos. No se trata de hacer crítica sino de regodearse en lo más vulgar. Feísmo elevado a la quintaesencia. Segura explota un personaje que ha creado de acuerdo al gusto de la gente. Lo que ocurre es que termina siendo devorado por sí mismo. La cuestión es, o al revés, dónde termina Segura y empieza Torrente.

No estaría mal que la Mostra de Valencia dedicará un estudio a tal fenómeno en vez de centrarse (como lo hará en este mes de abril) a estudiar (a estas alturas) el fenómeno Bond. Algo que ya corresponde al pasado. Esto, Torrente y su fervor, es sin embargo de ahorita mismo. Como para salir corriendo.

Escribe Adolfo Bellido López

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