Editorial febrero 2011

  22 Febrero 2011

Búsquedas y ausencias

valor-de-leyUno de los temas recurrentes utilizados como argumento en el cine nos habla de ausencias y búsquedas, ocupando un lugar destacado, entre ellas, la referida a la ausencia del padre. También a la búsqueda y el encuentro personal con uno mismo. Lo que naturalmente implica un proceso de maduración (o todo lo contrario) que lleve a las personas a dejar atrás su infancia y su juventud.

Varias de las películas que se relacionan con esta temática se centran, pues, en procesos iniciáticos expuestos por medio de conflictivos y apasionantes viajes. Un trayecto, un camino que llevará a la superación o a la destrucción.

Películas de anteayer, de ayer y de hoy mismo (al igual que ocurre en la literatura) señalan claramente esos procesos de encuentros y desencuentros, que en su mayor parte se generan desde la ausencia (desde diferentes perspectivas) del padre orientador, ejemplo y guía para el crecimiento. Una ausencia que puede ser por desaparición (ausencia temporal, muerte) o por la pasividad o tratamiento del padre, pasando de la ausencia física a la ausencia presencial.

Este último caso (madre y padre a la vez) se refleja en la excelente Los cuatrocientos golpes. No es raro que el protagonista, ante una determinada circunstancia, exprese en el colegio que ha faltado a clase porque su madre ha muerto. Y es que realmente para Antoine Doinel su madre, ante el hecho que acaba de contemplar en la calle, ha dejado (para él) de existir. Una propuesta que hemos visto reflejada posteriormente en alguna otra película.

La ausencia paterna obliga a un proceso de maduración para poder admitir y superar tal falta. Varias películas de Spielberg relacionan los traumas y dudas de sus protagonistas con aquellas tormentosas o inexistentes relaciones paternas vividas por el propio realizador. En ese caso, como en el cine de Tim Burton (el padre amenazador, monstruoso, agobiante) tiene mucho que ver con lo vivido por ambos directores. Como le ocurría a Truffaut.

En la mayoría de los filmes que se mueven en estas aguas, los personajes, en su metafórico viaje, suelen buscar, y encontrar, a alguien que simbolice al padre muerto o ausente del que deben aprender el difícil arte de vivir. Unas veces tal sustituto es positivo para ellos, en otros una decepción más. Quiero insistir que esta temática, este tipo de planteamientos, se da no sólo en el cine sino en cualquier obra literaria, como, por ejemplo, el gran clásico de la aventura que es La isla del tesoro o, también, Huracán sobre Jamaica, cuya novela dio lugar a esa enorme película titulada aquí en España Viento en la velas de Mackendrick. Realizador que también habla de ese tema en otra película apreciada como es Sammy, huida hacia el Sur. Mackendrick es uno de los directores que ha sabido retratar con certeza el mundo de la infancia.

Entre los títulos más sobresalientes sobre el tema se encuentra La noche del cazador, una especie de cuento fantasmal en el que se muestra la profunda oscuridad del mundo de la infancia (y de la juventud), sujeta a múltiples engaños adulatorios.

Algunos títulos recientes insisten en este tema eterno. Ahí estén la turca-alemana Miel o las americanas Winter’s bone y Valor de ley, sin duda la mejor de esta triada realmente notable y sugerente

Miel

miel-00Miel es curiosamente el final de una trilogía rodada en sentido contrario a la progresión en edad de su protagonista. El director, Semih Kaplanoglu (nacido en 1963), rodó primero la película sobre la madurez (Huevos), luego la adolescencia (Leche) y finalmente la niñez (Miel) del mismo personaje (Yusuf), un ser de ficción que probablemente debe mucho a la vida del propio realizador.

Entre nosotros normalizadamente únicamente se ha estrenado la última de las tres. En algunas ciudades luego se han estrenado las otras dos. El proceso de realización mostrado por el director, al utilizar este sistema de contar de adelante a atrás, presupone ante todo una reflexión sobre lo que ocurrió. Se es así por lo que se pasó, por aquello que ocurrió en el pasado y que, en este caso concreto, fue la muerte del padre.

De los tres filmes sólo hemos podido ver Miel, el que, ante la ausencia del padre, pone al niño protagonista en el camino de andar hacia delante… solo. Una película que algunos han querido comparar, quizá por el título, con El espíritu de la colmena, pero con el que, realmente, no posee ninguna semejanza.

El espíritu de la colmena, eso sí, hablaba de la niñez, de la dificultad o  dureza que supone el crecimiento, pero para la nada de una ausencia del padre (rizando el rizo habría que decir que en el filme de Erice hablaba de muchas ausencias). Como sí hacen otros muchos títulos.

Miel plantea el dilema de un niño ante la muerte del ser adorado, tomado como referente. Y ahora ¿qué?, parece preguntar la película. ¿Qué futuro me espera? ¿Dónde podré llegar? El filme, desde un exagerado preciosismo ralentizado en una frialdad expresiva-comunicativa, habla de la esperanza de una espera que se romperá en la ausencia para siempre de alguien irremplazable, un defensor en cualquier batalla, animador de cualquier tristeza. Un camino, el que queda, que hay que recorrer en soledad, pero que supone al mismo tiempo la libertad precisa para un (muy duro) crecimiento personal.

Winter’s bone

wintersbone00Winter’s bone propone la búsqueda de un padre al que es preciso encontrar, auque siempre está ausente. La muerte pondrá fin a la búsqueda y al encuentro o reencuentro con otra forma de vida.

Un filme en los límites del cine independiente con aires de western, que muestra la mugre (física y moral), en el hoy, de un país señalado como el no va más en prosperidad, como son los Estados Unidos de América. La búsqueda en el invierno casi perpetuo de una falsa primavera, supone el viaje de una joven, prácticamente mujer, al reencuentro inútil con unos seres de su sangre hundidos en el fango de una existencia sin futuro.

Una película dura que quizá desea ser menos repulsiva envolviéndose en una fotografía preciosista (quizá errónea para conseguir su fin) y en una joven y bella intérprete (de edad real superior a la que refleja en la película) que resulta un (desfasado) contraste con la presencia de los otros personajes. Una especie de (falso) ser angelical en un mundo infernal.

Valor de ley

El infierno está presente, en el viaje más iniciático planteado en el último cine, que es el trayecto vengativo de Valor de ley, el último y excelente trabajo de los hermanos Coen (no siameses aunque lo parezcan).

Hoy día se encuentran en el punto más alto de su creación fílmica. Un camino que contó con obras grandes (Fargo) junto a otras erráticas (Crueldad intolerable) o equivocadas (The Lady killers) pero que a partir de No es país para viejos parecen imparables. Sus últimos filmes, personales, profundos, agudos, brillantes, así lo demuestran (Quemar después de leer, Un tipo serio) y que, por el momento, desembocan en la estupenda Valor de ley, donde de manera clara se explicita el tema de la ausencia-muerte-sustitución del padre, símbolo de un proceso iniciático.

Algunos han hablado de remake al referirse a este filme e identificarlo con la película del mismo título que realizó Hatahaway en 1969. No lo es, si entendemos tal término tan resbaladizo de remake exclusivo de un filme realizado mirando uno anterior.

Sí sería el caso de Funny games, Tú y yo… y en el caso de los Coen, The Lady killers, que nace de El quinteto de la muerte, película de Mackendrick, pero no en el caso que nos ocupa.

valordeley00Valor de ley de los Coen es una determinada lectura de la novela original (1). Más afín incluso a su letra que la película de Hathaway. En ambos títulos se encontrará el proceso por el cual un personaje intenta encontrar otro padre que sustituya al que ha perdido, pero en la primera versión, ni existe en el camino de venganza un proceso iniciático, ni el personaje de la joven (2) aparece enganchada al recuerdo del padre.

La película de Hathaway (de tonos claros, luminosos, incluso en interiores, con escasas escenas nocturnas, al contrario que la de los Coen) no se corresponde con la narración de la protagonista. No opta, por tanto, por su proceso de aprendizaje. Los Coen, fieles a la novela, incluso con voz en off al principio y al final, se centran en el personaje de la niña-adolescente de 14 años (3), convirtiendo su película en un perfecto ejemplo de punto de vista narrativo: no hay una escena en la que no esté la protagonista.

Por otra parte, el camino representa un itinerario simbólico en un proceso de entrada (y conocimiento del) mundo. Un paisaje no idílico, sino fantasmagórico, repleto de espectros o de monstruos (el ahorcado, el oso, los ogros…) señala el mundo mágico de los terrores infantiles. Al final espera el duro despertar que condena a alguien a la soledad más brutal: todo ello pagado a alto precio. De ahí la importancia del cierre del filme de los Coen.

En este sentido la película, como ha recordado más de un crítico, se identifica más que con el filme de Hathaway (4) con La noche del cazador, hasta el punto que la canción evangélica que se escucha en el plano final (y cuyas notas acompañan más de un momento) es la misma que Robert Mitchum cantaba en aquel filme para atraer a los niños. La cabalgada final en la noche en un ambiente tétrico, con las estrellas y los animales como compañía nos lleva a recordar la huida de los hermanos por el río en el filme de Laughton.

Si indagamos más, incluso, encontraríamos, ecos de El hombre que mató a Liberty Valance.

Valor de ley, desde su temática de genero (el western), casi siempre presente en el cine de los Coen, se abre a múltiples reflexiones, prosiguiendo su camino crítico y reflexivo sobre la realidad de una América generada en la violencia y reconvertida en un espectáculo circense donde el dinero es la única ley de cambio. ¿Cuál es el valor y cuál es la ley? ¿La ley de quién?

Un dato curioso para la historia… del cine: John Wayne, en la película de Hathaway, había perdido el ojo izquierdo, sólo podía ver por tanto por el derecho, mientras que Jeff Bridges (5) tiene, en el filme de los Coen, sano el ojo izquierdo y tapado el derecho. ¿Un simple cambio sin intencionalidad alguna?

Películas, estas tres citadas, cercanas. Hablan de un tema eterno desde ópticas distintas, aproximándonos ―como lo hicieran muchas otras en el ayer, y lo harán otras más en el futuro― a lo duro que resulta para un niño o un joven crecer, convertirse en adulto. Cuesta una vida. A veces la muerte.

Escribe Adolfo Bellido López

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NOTAS:

(1) La novela que sirvió de base a ambas películas se publicó un año antes que Hathaway dirigiera su película. Existe también una producción para televisión con los mismos personajes de la novela, realizada en 1978 por Richard T. Heffron. Quiero dejar claro que si una novela o una obra de teatro sirve de punto de partida para diversas películas, cada una de ellas no se trata de un remake en el sentido que damos al término. Si fuera así piénsese en la cantidad de remakes que existirían de Romeo y Julieta o Drácula…

(2) La actriz, Kim Darby, que interpretaba el personaje de Mattie Ross, decía tener en el filme unos diecisiete años, mayor para ciertas acciones o reacciones mostradas en el filme. Para colmo la actriz tenía 22 años cuando lo interpretó.

(3) Una excelente Haille Steinfeld con 14 años, o sea los mismos que tiene en la película la nueva Mattie Ross. Interpretación digna de un Oscar, aunque no se lo den. Al igual que ocurre con Jeff Bridges.

(4) Lógicamente al partir de la misma novela algunos momentos o diálogos se muestran, o escuchan, en ambos filmes, aunque la resolución en ellos es diferente. El ejemplo más claro estaría es la cabalgada final para salvar a la niña.

(5) John Wayne ganó su único Oscar por esa película. Fue inmerecido. Lo debió ganar antes por otras. Su interpretación en el filme de Hathaway era aceptable, no excelente, como sí lo era en Río Bravo, Río Rojo, El hombre que mató a Liberty Valance o en… La legión invencible. Sí es excelente, por el contrario, la interpretación de Jeff Bridges. Como también lo es en el filme de los Coen la de Matt Damon y la de esa estupenda actriz revelación, Haille Steinfeld. Eso sí, Hathaway contó con algún secundario de lujo, como Dennis Hopper y Robert Duvall.

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