Editorial diciembre 2010

  06 Diciembre 2010

Críticos borrachos como dioses

El ángel exterminador, de Luis BuñuelSe supone que un crítico es una persona que trata de analizas, desmenuzar, dar a conocer a los otros, a los interesados por la materia sobre la que habla o escribe, lo que es y representa la obra que ha visto o leído.

Me refiero, claro, a un crítico en general, pero como estamos refiriéndonos al mundo del cine, pasaré, desde este momento, a hablar del crítico del cine.

¿De ayer a hoy?

Habría que empezar preguntándonos sobre si un crítico existe, sobre si nace o se hace. Incluso si cualquier persona de cualquier lugar (y en ello incluimos edad, raza o sexo) está capacitada para hacer crítica de cine. Una cosa es que aquél que lo desee pueda hacer sus personales comentarios, otra que eso suponga ser un crítico que escribe en un medio especializado.

Hace años era más difícil que cualquier escribiera de cualquier cosa. No existía este mundo, donde todo es posible, de la Red, donde cualquiera puede poner en marcha su personal blog donde se dedique a escribir sobre lo que le venga en gana. Da igual que nos asesore sobre medicina, plantas o arte. En muchos casos no sabemos quién trata de explicarnos sus buenas, originales o increíbles ideas. Si el que firma es quien dice ser o es otro yo perdido (o que nos trata de perder) entre el ruido informático.

Los escritos de la red, como esos endemoniados adjuntos que tratan de convencernos de mil mentiras, crean adicción. Se creen, se admiten, se elevan a la categoría de verdad absoluta.

Si las propuestas de falsas eminencias pueden resultar (desde las risas de quien las lanza) como mínimo discutibles y en algunas ocasiones peligrosas, ya me dirán lo que pueden suponer las afirmaciones o negaciones dictadas desde páginas (más o menos) profesionales; es decir, aquellas que reafirmadas como estudiosas, analíticas en el campo de cualquier actividad artística, dictan desde el endiosamiento leyes de obligado cumplimiento.

Hoy se dicta desde distintas webs un trasiego de ruidosa comunicación (productora en gran parte de incomunicación) donde la cultura llega incluso a generar (o emitirse desde la) incultura, pero en el ayer la cuestión, desde otro punto de vista, no era muy diferente.

El año pasado en Marienbad, de Alain ResnaisPeriódicos, libros o revistas de cine daban su opinión personal (por lo tanto ni critica, ni de análisis) sobre lo que se veía. Unas impresiones realizadas de forma precipitada (ahora aún más) sin proceder a una recapitulación o reflexión sobre lo visto. El llamado crítico dictaba desde su púlpito su verdad absoluta, que al cabo del tiempo podía volverse contra él.

Recuerdo los estrenos de El año pasado en Marienbad, de algunos títulos de Godard (los pocos que nos llegaban), de las películas de Antonioni (y muy especialmente de El eclipse) y varias de (lo que no eran) las críticas de aquellos filmes.

En vez de tratar de explicar qué había en ellos, de estudiarlos, se lanzaban a sangre y fuego desde sus personales egos a destrozar aquellas bellas obras. Sin demostrar nada derramaban su bilis sobre bellas y sugerentes imágenes que para ellos eran aburridas, estúpidas, insoportables, propias de la decadencia del cine, imposibles de ser premiadas por profesionales de la materia. También Buñuel, sobre todo el gran Buñuel de Él, Ensayo de un crimen, El ángel exterminador… sufrió tales ataques.

Nada explicaban los enemigos de aquellas obras sobre lo visto, sólo eran capaces de lanzar sapos y culebras sobre tales obras.

Vayan a las bibliotecas y busquen periódicos y revistas antiguas y se llevarán más de una sorpresa. Desde la pesadez insoportable de El gatopardo hasta la vulgaridad (que de todo hay en esta viña) del cine de Sergio Leone. Vaya lo uno por lo otro. Incluso algunos aplicados (como hoy ocurre con el cine de Apattow y sus muchachos) vitoreaban las comedias de Doris Day y Rock Hudson como ejemplo de la gran comedia americana o pateaban los (maravillosos) dramones de Douglas Sirk, sin ver más allá que su simple envoltura.

La noche del cazador, de Charles LaughtonRecuerdo como un conocido crítico afirmaba (cuando aún no se había estrenado entre nosotros) que La noche del cazador era el ejemplo más claro para demostrar que un actor nunca debía ser director. Se regodeaba, claro, en su (primitivo no actual) fracaso comercial, que llevó a que su director, Charles Laughton, no volviera a realizar otro filme.

En la juventud (no era el caso de aquel crítico) uno se cree, en general, el amo del mundo, capaz de reconocer dónde está lo bueno y dónde lo malo. Dictador de gustos, de aseveraciones que no pueden ser cambiadas. Es la (tonta) posesión de la verdad absoluta. Cuando hoy leo algunas de esas afirmaciones, de notas sobre algunas películas, me sonrío. Los tiempos han demostrado la equivocación que en aquel momento se tuvo. El que esté libre de culpa… Me incluyo, por supuesto, en la lista de los adivinos del presente, engreídos activistas de batallas incruentas.

Vean cómo la cosa cambia de año a año, de edición en edición. Cuando los hermanos Coen (estudiados en el Rashomon de este mes en nuestro querido Encadenados) comenzaron a hacer cine algunos los consideraron unos farsantes. Mi visión no era muy lejana a eso cuando vi alguna de sus primeras películas. En una celebrada —y muy digna— guía de cine y video, en sus primeras ediciones se podía leer el siguiente final referido al comentario sobre Sangre fácil, el primer título de los dos corrosivos hermanos: (…) Uno de los títulos más inútiles, tediosos e irritantes de nuestros tiempos, incomprensiblemente reputado” (3ª edición ampliada, 1990). Posteriormente se llevan a cabo varias ediciones más, ampliando el número de títulos, incluso el nombre del libro cambia de forma que a partir de 2004 se llama exclusivamente Guía del cine, pues bien (me figuro que todas ellas, pero doy fe de la referida a la 3ª edición de 2009) en ella se deja toda la entrada de Sangre fácil de las ediciones anteriores… ¡pero se suprime totalmente el final indicado!

No quiere decir esto nada contra el autor de esa interesante guía. Simplemente trato de constatar un hecho real, que nos lleva a olvidar dónde estamos y lo que hacemos. Sin duda, varias de las opiniones que lancé en un pasado lejano sobre películas —convertido también en el rey de la selva— también las borraría o las transformaría. Actúe como se suele actuar, con premeditación y alevosía, y no como se debe: desde la objetividad más absoluta, tratando no de valorar o de afirmar, sino de explicar, reflexionar sobre el papel de la obra.

 Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas

…Y llegó la tormenta

La presencia en la cartelera de varias películas no adaptadas a un público acostumbrado a un cine tópico, manierista y simplón ha hecho correr afirmaciones, denuestos y enfrentamientos en los blogs, periódicos y revistas (especializadas o no en cine), tanto en papel como digitales.

La reacción del público (y han pasado años desde entonces y por lo tanto la capacidad de asumir nuevos tipos de cine) ha sido la misma que la de aquéllos que hace años lanzaban denuestos sobre las hermosas imágenes de lugares vacíos en el final de El eclipse. ¿Cómo entender que esas obras aparentemente aburridas, estúpidas e incoherentes puedan ser premiadas en festivales importantes? ¿Qué cuentan en resumidas cuentas títulos como Copia certificada, Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas o Film socialismo?

Algunos, incluso, pueden perdonar la vida a Kiarostami (director del primer título) o a Godard (del último), pero al director tailandés (realizador del segundo) de nombre tan difícil de pronunciar como es Apichatpong Weerasethakul ni pan, vamos. A la hoguera o, acorde con el título, a otra vida. Un despropósito, claro. No es raro que este filme fuera premiado en Cannes por un jurado en el que se encontraba Víctor Erice. A él también le enviaron a la hoguera por alguna de sus películas y en especial por El sol del membrillo.

Apichatpong Weerasethakul En pocas críticas, por llamarlas de alguna manera, se ha tenido la originalidad de evitar decir eso del nombre impronunciable, lo cuál demuestra un cierto desacato hacia el otro. ¿Se ha preguntado alguien lo raro que debe ser para un tailandés pronunciar algunos de nuestros apellidos? ¿Qué me dicen del apellidito de un actor austro-norteamericano como Arnold Schwarzenegger y que nadie ha dicho nada sobre tal dificultad (excepto John McTiernan, que ironizó en una escena de El último gran héroe) o incluso la que a veces se ha encontrado para escribir bien el nombre de Hitchcock?

Hablamos de cine, y no de nombres fáciles o difíciles. Sí de cines de cierta dificultad. No olvidemos que el cine tiene más de cien años y ha ido evolucionando con el tiempo. A la vuelta de la esquina nos podemos encontrar con un cine que da la vuelta al que conocemos, que ponga al crítico contra la espada y la pared. Sus planteamientos a la hora de escribir ya no sirven porque ese cine es otra cosa, su lenguaje nos obliga a plantearnos que nuestra forma de criticar es tan antigua como el cine clásico.

El cine de Weerasethakul (escriban varias veces su nombre y verán que no es tan difícil como parece) es distinto al que vemos, es innovador, mezcla, como el cine de Patino, la estructura de una videoinstalación con los sueños, los recuerdos, el imaginario colectivo. Es un todo formado de partes. El crítico frente a nuevas formas de expresión se siente perdido (y no digamos el espectador medio) y su reacción en muchos casos es la pataleta; es decir, bramar contra lo que tampoco él entiende o admite como cine.

Les recomiendo que se den una vuelta por periódicos y revistas, digitales o no, y lean lo que se dice sobre este director, sobre su última película o sobre alguna de sus obras anteriores. Nada de tratar de explicar, de analizar, sino atacar con hachas de guerras y destrozar desde la rabia más absoluta lo que no han entendido.

Perfecto.

Olvidan que probablemente dentro de unos años querrán borrar lo que dijeron. En éste y en otros casos. Sobre todo porque han olvidado la labor fundamental del crítico: ayudar a comprender una obra, evitar el dar juicios temerarios, el subjetivizar lo visto. Algunos, más listos optan por lavarse las manos y deciden poner tierra por medio tratando simplemente de contar la película (lo cuál resulta bastante irrisorio en un filme cuya narratividad es más que discutible).

(Entre paréntesis: hay algunas muy buenas reflexiones sobre el cine del director tailandés y muy especialmente en el número de diciembre de la revista Cahiers du Cinema España.)

Pienso que en la historia de todas las artes ha ocurrido lo mismo. Las innovaciones sientan muy mal. Nos cambian los esquemas. ¿Qué pasaría el día del estreno —y qué dirían muchos críticos al día siguiente— de la primera obra musical de Schoenberg? ¿O de la lectura del Ulises de Joyce? ¿O de las representaciones de las obras de teatro —en sus diferentes formas y estilos— de Valle Inclán, Bertolt Brecht, Samuel Beckett, Eugene Ionesco? Son unas simples, y pequeñas, referencias.

El cine, su lenguaje, no es algo sujeto a reglas fijas. Ha evolucionado y seguirá haciéndolo. Por el bien y la vida del propio cine. Erice, Godard, Kiarostami o Weerasethakul son ejemplos de ello. Para aquéllos que creen difícil Copia certificada no les vendría mal, como cura de salud, ver Shirin, su anterior filme, que a lo largo de su duración solamente muestra los rostros de unas mujeres viendo una película.

Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas, de Apichatpong Weerasethakul

Calificaciones y más

A veces el crítico, como muchas películas que son juegos cuyas reglas debemos descubrir, juega a poner nota a las películas. También nosotros lo hacemos en la sección Delitos y faltas de nuestra revista Encadenados. Tengo claro, y creo que todos lo tenemos, que es un juego. Con cierta complejidad y riesgo porque al igual que el cine evoluciona también lo hace nuestra capacidad de ver, entender y comprender las cosas.

Es difícil hoy asegurar que un filme es una obra de arte. Varios críticos son dados a estas afirmaciones nada más ver un filme. Difícil de asegurar. El tiempo pondrá las cosas en su lugar. Probablemente dentro de unos años nos preguntaremos cómo dimos esa nota a ese título o a cualquier otro. Es normal que así sea. Fue en el pasado, ocurre en el presente y continuará en el futuro.

Y es que nos gusta jugar. Más cuando la experiencia es corta. Por ejemplo, puedo aceptar el reto de dar diez o doce mejores películas estrenadas aquí durante el año. Eso sí, sin orden. Soy incapaz de asegurar que esa es mejor que algunas otras.

Lo que ya me es imposible es acceder a propuestas sobre cuáles son las diez mejores de una época o las diez mejores de la historia del cine. A lo largo de mi vida he visto muchas películas, pero no todas —ni mucho menos— de las realizadas en los países occidentes y muy pocas, en comparación con las producidas, de las realizadas en los países orientales. ¿Con qué criterio voy a poder escoger las diez mejores de todo el cine, de la década de la historia, realizado en el mundo?

Juegos. Igual que el cine. Maravilloso juego cuya visión es un conjunto de sugerencias, de reflexiones sobre la vida, sobre la imagen, sobre el sueño y el ensueño. Detrás de cada imagen hay todo un mundo. Podemos no entender nada de alguno de los filmes que hemos citado a pesar de lo que de ellos se desprende y rechazarlos por ello. De la misma que podemos gustar de la trama que aparenta La red social sin ser consciente de su enorme complejidad, de los diversos mundos, temas que se abren desde el puzzle que su director nos presenta.

El cine de aquí y de allá y su grandeza, su variedad. Esa que el crítico debe plantearse descubriéndonos sus diferentes aromas, dejando a un lado su posición inquisidora, de trasnochado perseguidor de nuevos formas de pensar, de hacer, abierto a lo nuevo a la creencia en un lenguaje que en sus formas cada vez va más allá desde el recuerdo de las imágenes pasadas.

Escribe Adolfo Bellido López
Director de Encadenados, revista de cine

La red social, de David Fincher