Editorial noviembre 2010

  14 Noviembre 2010

¡Viva siempre Berlanga!

Luis García BerlangaEstaba comenzando a escribir el editorial de noviembre cuando algo imprevisto, pero esperado desde hacía meses, me hizo cambiar la orientación inicial. El editorial debería dar un vuelco respecto a lo previsto.

Nada menos que había fallecido Luis Garcia Berlanga, un enorme luchador desde la ironía, el cinismo y la mala uva contra la injusticia, fustigador de los males que aquejaron y aquejan a nuestra realidad más inmediata. Su cine, con personajes que a veces pueden semejar muñecos falleros, propios de su terruño, aparecen como elementos deformantes y disparatados de una tierra que no es solo la de “las flores, la luz y el amor”, sino la del disparate o la farsa.

La rebeldía presentada y presente en sus últimas obras, disparatadas en su crítica social, son crueles retratos sobre la pérdida de valores, las ilusiones perdidas o la corrupción dominante. No vivimos en paraísos y sí en lugares, donde exponer las vergüenzas al sol que más o menos calienta.

La visita de algunos políticos acudiendo al lugar donde estaba instalado su féretro y las palabras estereotipadas y huecas que pronunciaron, habrá hecho retumbar, con las carcajadas del realizador, el lugar existente o inexistente donde ya se encuentre Berlanga. Lo único que echará en falta es no tener una cámara a mano para contar tamañas (e hipócritas) reverencias. Sólo faltaría que se levantara de su reposo para siempre y señalando a unos y a otros les recomendara, sin dejar de reír, que dejaran los vanos panegíricos y tomaran lección de Todos a la cárcel o de otros de sus estupendos títulos.

Nuestra revista ha dedicado el anterior Rashomon a estudiar casi todas sus películas. Con ese pequeño tributo Encadenados quiere expresar nuestro homenaje a su inmensa e importante obra.

Nuestra revista ha dedicado el anterior Rashomon a estudiar casi todas sus películas. Con ese pequeño tributo Encadenados quiere expresar nuestro homenaje a su inmensa e importante obra

Otros editoriales posibles

Han quedado relegados (o reducidos a la mínima expresión) en este editorial otros asuntos grandes que debíamos tratar, pero la marcha de nuestro Berlanga, los convierte en menores.

Era, por ejemplo, el recuerdo del 25 aniversario de la muerte de ese maravilloso realizador (y muchas más cosas) que fue Orson Welles. Una noticia, aquélla, que nos llegó en plena Mostra de Cinema del Mediterráneo (entonces tenía esa denominación este festival de cine valenciano dedicado hoy a la acción y a la aventura). Era el 10 de octubre de 1985. La Mostra, en aquella ocasión no estuvo fina, no supo o no pudo actuar de inmediato llevando a cabo un acto especial en homenaje al maestro. El festival pasó de ello. No tuvo ni el más mínimo detalle para señalar aquella muerte. Una pena.

Para nosotros, también queda empequeñecida por la noticia de la muerte de Berlanga, la celebración de los doce años de nuestra primera salida en Internet. Sí, Encadenados, una de las más antiguas revistas de cine digital (¿acaso la que más?), inició su andadura en noviembre de 1998.

Desde entonces hemos pasado por muchas etapas, que suponen, cada una de ellas, la evolución de las web digitales, como puede comprobarse en nuestra sección Retorno al pasado, donde se tiene opción de acceder a todo nuestro trabajo a lo largo de estos años. Una sección, la citada, que es toda una maquina del tiempo. En su revisión, nos devuelve a nuestros, casi, risibles comienzos. Una historia de esta historia, en definitiva, del propio mundo digital.

O, en fin, también pudimos hablar sobre el juego de las votaciones de lo mejor… de tal o cual cosa, o sobre la vergüenza de esa casa de cristal, que en forma de Gran Hermano, se ha instalado en Valencia para seguir, a la manera de zoo humano, la vida de una pareja (de desconocidos, para dar más morbo al espectáculo) a lo largo de días y días. Todo ello por un premio que recibirá (la pareja) si logra superar pruebas y aguantar el show de su vida diaria cara a los espectadores. Una historia que es casi como un reflejo del propio cine berlanguiano.

Una parte queda atrás, otra se aparca para tratarse más ampliamente en un próximo futuro. La prioridad en el aquí y en el ahora, en este día de mediados de octubre de 2010, está en esta perdida de otro de los grandes Luises que se cuentan en nuestro cine. No estará sólo en ese misterioso más allá. Berlanga, así, podrá encontrarse con el otro genial Luis, aquél que como él era divertido, ácido en su dulzura y, también, un gran erotómano. Ambos decidirán, en su encuentro, plantearse una divertida eternidad, conversando sobre las mil disparatadas ideas que se les van ocurriendo. Naturalmente ese entrañable amigo es Buñuel.

El túnel del tiempo

Adiós a Luis García Berlanga (foto: El país)A Luis García Berlanga le conocí hace muchos años;  en la década de los años sesenta. Ya había dirigido esas obras maestras que son Plácido y El verdugo.  Daba clases, en aquellos años, en la especialidad de dirección, en la escuela oficial de Cinematografía (EOC).

Para Berlanga, yo era “hombre, claro, el director del cineclub universitario de Salamanca”. Siempre que coincidíamos allí en Madrid o aquí en Valencia me lo recordaba, aunque lógicamente entonces ni siquiera existía nuestro cineclub.

Berlanga, aunque luego, de verdad o en broma, llegase a decir que las conversaciones cinematográficas nacionales organizadas por el cine club Universitario del SEU de Salamanca, supusieran un error, él fue uno de los que mas se significó en ellas junto a su compañero de estudios Juan Antonio Bardem. Berlanga siempre recordó aquellos días salmantinos y al impulsor de las conversaciones y fundador y director del cineclub, Basilio Martín Patino, del que siempre hablaba con cariño.

Como también tuvo amistad con el siguiente director del cineclub, José Luis Hernández Marcos, y luego conmigo, y, sin duda, con aquellos compañeros que me acompañaron durante gran parte de los años sesenta en la aventura de llevar aquel grandioso cineclub y que entonces estudiaban en la escuela de cine. Ellos eran Luciano Valverde, Toti para los amigos, fallecido de forma inesperada hace ya unos años, un grandísimo admirador del director, y Pedro Montero.

Recuerdo cómo, algunas tardes, en un bar cercano al IEC, nosotros tres escuchábamos agradecidos las divertidas historias que Berlanga iba desgranando en aquellos encuentros que se prologaban a lo largo de horas. Berlanga parecía no tener prisa nunca. Era un gran contador de historias.

A mí me decía que no podía entender como me podían interesar por igual tres tipos de películas tan diferentes como Desayuno con diamantes, Crónica familiar o La evasión. Te hablaba de todo tipo de directores, de películas. De pronto te hablaba de Ariane: “no, no la de Wilder, la de Czinner”; o te preguntaba si conocías el cine de Fejös. Algo que no sólo preguntaba en aquellas amigables conversaciones, sino que también preguntaba a los aspirantes a entrar en la EOC en el examen primero y oral, llevado a cabo para conocer si el aspirante a ingresar en la escuela tenía verdadera vocación de cineasta. En aquel tribunal inquisitorial su voz era la cantante. Lo mismo te preguntaba sobre “ese joven escritor llamado Marsé que sobre el arquitecto que había diseñado Brasilia.

De nosotros tres, del grupo de Salamanca, fue Toti el que tuvo una relación más asidua con él, al fin y al cabo fue el único que realizó la carrera de dirección.

Berlanga era divertido, irónico, inesperado e increíble contador de historias interminables. Era una delicia escucharle bonachón, cercano y simpático, pero, ojo, también podía ser demoledor si algo o alguien le resultaba falsificado.

En Cinema Jove y también en alguna Mostra nos volvimos a encontrar, aunque casi siempre nuestras sólo intercambiamos breves palabras. Estaba, claro, de paso, tenía el tiempo justo, pero nunca le faltaba el recuerdo para aquel cineclub salmantino y para (“¿le ves con frecuencia?”) Basilio Martín Patino.

En unas jornadas internacionales sobre imagen que se celebraron en Valencia, estuvo en una mesa redonda en la que también, entre otros, se encontraba Román Gubern. Se habló sobre cine infantil.

Berlanga, en una de sus intervenciones, dijo estar de acuerdo con un texto mío (“debe estar por ahí porque le he saludado al entrar”) en el que escribía que el buen cine infantil, aquel que había visto (y paladeado) cuando era niño, no había sido pensado exclusivamente para niños. Que servía para cualquier tipo de espectador. Eran casos como El cisne negro, El halcón y la flecha, Robín de los bosques, Murieron con las botas puestas

Tomé la palabra, le di las gracias por esa alusión y sí, he seguido defendiendo, frente a la negativa de ciertos puristas fanatizados, tal tipo de cine como necesario y provechoso para los infantes. ¿Cómo ponerse los mayores en lugar de los niños por muchos pedagogos que utilicen en la producción? Una realidad que la práctica nos ha señalado como exacta a aquéllos que hemos trabajado haciendo (y enseñado a ver el) cine a muchos jóvenes y niños a la largo de la vida. Si lo dudan, pueden preguntarle por tal experiencia, por todo lo que ha llevado en sus largos años de dedicación (y no tiene aún muchos) a Sabín, redactor jefe de nuestra querida revista Encadenados, quien ha trabajado muchos años en la enseñanza en la Escuela municipal de cine y en la Emisora municipal de televisión de Puçol, siempre procurando que teoría y práctica fueran de la mano... Una experiencia que le permitió, entre otras satisfacciones, rodar una amplia entrevista-reportaje con el mismísimo Luis García Berlanga, hace ahora veinte años.

Nuestro redactor jefe, Sabín, entrevista a Berlanga para un documental de la Emisora Municipal de Televisión de Puçol

Niños y cine

Hoy día, los niños no aman el cine como lo amó Berlanga, como lo amó mi generación. Tampoco se les concede excesivas facilidades para conocerlo y amarlo. Es muy difícil amar lo que se conoce.

Llevar a los alumnos de los colegios, de los institutos a las sesiones de un festival de cine no dar conocimiento al niño sobre lo que van a ver. En muchos casos su asistencia supone una frustración. Las salas están llenas, pero tal asistencia sólo sirve para inflar los números de asistentes a un festival, a un certamen de cine; lo que no implica que el niño se aficione al cine, incluso puede llegar a odiarlo…

En otros casos se lleva a los alumnos al cine para que escuchen hablar inglés o francés. O sea, se les lleva a ver películas subtituladas que no les importan nada y mucho menos tener que leerlas.

Sí se lleva a unos niños o jóvenes al cine será para enseñarles a ver cine. Hay que trabajar las películas antes de verlas, después se deben comentar. Y además de aprender el lenguaje del cine, se debe enseñar al alumnado cómo deben estar en el cine. Lo contrario no supone más que perder tiempo.

No hace mucho leí un artículo de Diego Galán en el que hacía mención al espacio televisivo El intermedio, que se pasa en la Sexta. En ese programa habían hecho el experimento de llevar a un niño de secundaria a una exposición y a ver una película. En este último caso se le condujo, por medio de las personas participantes en el programa, a la Filmoteca Nacional. Vio La invasión de los cuerpos vivientes de Don Siegel, con subtítulos. Nunca había asistido a tal tipo de películas, como tampoco había visto, al parecer, ninguna en blanco y negro. Al final le preguntaron que le había parecido la película. Sus palabras fueron contundentes: “Un coñazo”. Lo mismo daba que después se le diera para leer (¿leer?) una crítica sobre el filme, que al parecer era bastante incomprensible o que el propio autor de la crítica tratara de convencerle de lo buena que era la película (¿o, acaso, lo extraordinario de su crítica?). Daba igual: la batalla, lógicamente, estaba perdida.

¿Cine para niños? ¿Enseñanzas en las escuelas para la vida?... El último filme que realizó Berlanga fue una bomba, un corto sobre la maestra de Bienvenido Mr. Marshall, que enseñaba con saña, las mil formas de matar. Ejemplar, en su acidez, sobre el funcionamiento de la educación (de unos infantes) en el mundo actual.

El último filme que realizó Berlanga fue una bomba, un corto sobre la maestra de Bienvenido Mr. Marshall, que enseñaba con saña, las mil formas de matar

Hasta siempre, Berlanga

Berlanga amaba el cine, la vida. Decía que era vago por naturaleza. Era una de sus bromas. Alguien que trabajaba las películas como él, hasta la extenuación, con unos planos secuencia tan medidos, con decenas de actores dentro del plano, estaba claro que preparaba las películas hasta el borde de la extenuación.

En este editorial, dedicado al recuerdo de Berlanga, en su parte final he hablado de los niños y cine. Puede ser que poco o nada tenga que ver con el director valenciano. No obstante él, como he dicho, disertó sobre el papel de cine hecho para los niños en un congreso. Y es que él, un maravilloso niño grande, era el más indicado para preparar sus sabrosas, nada ingenuas  bromas. ¿Y es que acaso los niños son realmente inocentes e ingenuos?

El cine de Berlanga lo tendremos siempre en el recuerdo. En honor suyo volvamos a ver alguna de sus maravillosas películas. Como, por ejemplo, Plácido. Ya se sabe la caridad para el mejor postor. Mundo de mundos.

Escribe Adolfo Bellido López

El cine de Berlanga lo tendremos siempre en el recuerdo. En honor suyo volvamos a ver alguna de sus maravillosas películas