Editorial octubre 2010

  13 Octubre 2010

Finales de etapa

Manuel Alexandre interpretando a Franco en uno de sus últimos trabajos para televisiónEstos últimos dos meses están resultando trágicos para el mundo del cine. Nada menos que cuatro grandes (dos directores y dos actores) se han ido, dejándonos un poco más solitarios: Claude Chabrol, Arthur Penn, Tony Curtis y Manuel Alexandre.

Podemos añadir algunos o algunas más si ampliamos el plazo, o si pensamos en otros profesionales quizás no tan grandes como aquellos de los que hablaremos brevemente.

En este segundo grupo, menos importante, estaría Clive Donner que, en cierta manera, aunque relativa, puede considerarse ligado por una parte al joven cine británico de los años sesenta (el de los Reisz, Richardson, Anderson, Clayton…), y por otra, a un cine de honda raíz literaria con Harold Pinter (como guionista) a la cabeza.

Algunas de las películas de Clive Donner fueron Ráfagas de violencia (1962), The caretaker (1963), Fango en la cumbre (1964) o, en otro registro, la disparatada comedia ¿Qué tal Pussycat? (1965).

También podemos citar a una actriz con no demasiada filmografía pero, por muchas razones, intensa, como Patricia Neal. Imposible no recordarla siendo la protagonista de El manantial de King Vidor, viviendo en la pantalla y fuera de ella una apasionada aventura con su partenaire Gary Cooper; o en Desayuno con diamantes, donde hacía de malísima y licenciosa decoradora.

Imposible olvidar, no sabemos a qué se debe ese "olvido" en varias necrológicas, que Patricia Neal también intervino en una película española, Hay que matar a B de José Luis Borau.

Pero vayamos con los cuatro personajes-clave que nos han dejado.

Claude Chabrol

Claude Chabrol

Estas líneas editoriales desean recordar tanto a otros profesionales como a las etapas que cierran en y con su cine en sus respectivos países. De acuerdo a su último mutis citaré en primer lugar a Claude Chabrol.

Su desaparición echa casi el telón al movimiento que tanto supuso para el cine (su nacimiento se tasa en 1959) y que se conoce con el nombre de nouvelle vague. De todo aquel rompedor grupo de hombres y mujeres nos quedan aún cuatro buenos ejemplares. Todos ellos díscolos y rompedores, como son Alain Resnais, Agnes Vardà, Jacques Rivette y (el siempre joven e innovador) Jean Luc Godard que, aunque nació en Suiza, toda su obra (y su vida) se inscribe en Francia.

Violette Noziere, de Claude Chabrol

En general, el movimiento estuvo formado por críticos que miraron el cine de otra manera. Cometieron errores (ese ansía por reafirmar la –más que discutible– política de autor, entre otras cosas) pero sus aciertos y sus juicios descubrieron otra forma de mirar y de hacer cine, que luego fue seguida e imitada por otros países.

Hoy, el cine francés, como el italiano, el inglés y tantos otros están aquejados de una crisis de identidad a la espera de superar una profunda crisis creativa a la hora de hacer y de decir.

Arthur Penn

Arthur Penn

Al adiós del excelente e irónico fustigador de la hipocresía burguesa que fue Chabrol y con el que casi desaparecen los abanderados de la nouvelle vague, sucede la muerte de Arthur Penn.

Su desaparición cierra casi en su totalidad el grupo de la primera generación hollywoodense de los directores procedentes de la televisión que accedieron al mundo del cine. Fue la generación que sustituyó a la llamada maldita y que se corresponde con la de la segunda mitad de los años cincuenta; por tanto es casi coetánea a la aparición del citado movimiento francés.

Sólo queda Sidney Lumet, de todo el grupo de la pequeña pantalla, con muchos años a la espalda, pero activo como el que más, al ritmo de una película por año hasta al menos 2007. De tan gran calidad como su último título Antes que el diablo sepa que has muerto de la que tanto (ideológica y cinematográficamente) tendría que aprender la más que discutible La noche es nuestra, del mismo año que la película de Lumet, dirigida por un director aplaudido por ciertos sectores, James Gray, un realizador que juega desde unos planteamientos conservadores a indagar, por no decir copiar malamente, en el cine clásico como demuestra ese potpurrí de citas que es su última realización por el momento, Two lovers (2008).

Penn fue un director liberal en el más exacto sentido del término. De él se dice que nació la violencia del cine de Peckinpah (algo discutible porque en realidad se inspira más en el cine de Leone) a través de Bonnie and Clyde (curiosamente la iba a dirigir Godard). Lo mismo se puede decir que lo fueron todos sus compañeros de generación, desde sus mejores o más discutibles películas, que van desde Marty de Delbert Mann hasta 12 hombres sin piedad de Sidney Lumet.

Bonnie y Clyde, de Arthur Penn

Entre los realizadores de este grupo, además de Lumet o Ritt, tenemos nombres tan importantes como Robert Mulligan (Matar a un ruiseñor, Verano del 42, El otro, Verano en Louisiana…) o John Frankenheimer (El hombre de Alcatraz, Los temerarios del aire, Yo vigilo el camino, El mensajero del miedo, Siete días en mayo, Plan diabólico…), así como también directores de algunas películas notables. Tal es el caso de Franklin Schaffner (El señor de la guerra, El planeta de los simios…).

Leyendo crónicas escritas sobre Arthur Penn con motivo de su desaparición nos encontramos con cosas curiosas como acusarle de la pasada interpretación de Paul Newman en el papel de Billy, el niño, en la primera obra que realizó el director para el cine (El zurdo). Un filme desmitificador del western tradicional con un pistolero nada ortodoxo y donde Newman está como debe estar. El western también estuvo presente en otras obras de Penn, como Pequeño gran hombre o Missouri, aunque ni Bonnie and Clyde ni La jauría humana se alejen de la estructura propia de los western.

También se ha llegado a escribir que La jauría humana fue maltratada por la crítica (¿también por el público?) cuando se estrenó o que la excelente La noche se mueve era un frustrado thriller. Por cierto en este policial hay una irónica alusión a uno de los hombres de la nouvelle vague: Eric Rohmer. Curiosidades sobre un director (Penn) interesante, gran director de actores, capaz de rodar secuencias con varias cámaras (al estilo televisión) para conseguir más realismo, como ocurrió en la celebre escena de sumisión de Ana Sullivan a mano de su profesora en El milagro de Ana Sullivan. Cine el de Penn y el de sus compañeros televisivos que implantó unos nuevos modelos de trabajo en el clásico modelo de Hollywood. Cambios, como todos, con sus logros y sus errores.

Tony Curtis y Marilyn Monroe... ¿quién dijo que nadie es perfecto?

Tony Curtis

El tercer fallecimiento fue el del actor-dandi-donjuan Tony Curtis. Su muerte cierra casi de forma total la época dorada del Hollywood de los años cincuenta-setenta. Una época que trató de continuar el cine clásico de los grandes directores, de las grandes obras de la monumental industria cinematográfica americana.

Tony Curtis, un heredero del carisma de Cary GrantCurtis tomó como modelo a Cary Grant, pero no supo envejecer como su maestro. Tampoco tuvo tantas oportunidades, desde un registro parejo, de llegar al lugar alcanzado por el protagonista de Con la muerte en los talones. Curtis le imitó en su amplio registro cómico, sobre todo en Con faldas y a lo loco (esa inolvidable escena en que es seducido en el camarote del barco por Marylin Monroe) donde le copìó incluso en la voz. Cary Grant no dudo, en la siguiente película en la que intervino Curtis, en trabajar junto a él para poder entregarle, incluso, en la escena final, el correspondiente testigo. Se trata, claro, de Operación Pacífico de Blake Edwards, un director que supo encontrar y descubrir las buenas dotes interpretativas de éste joven judío nacido en el Bronx neoyorkino. Fue actor principal en varias películas de Edwards, además de la citada (El temible Mr. Cory, Vacaciones sin novia, La carrera del siglo).

El actor, incluso, fue capaz de reírse del papel de guapo-seductor en el que Hollywood le había encasillado desde que, por primera vez, interviniese en 1949 en El abrazo de la muerte de Robert Siodmak. Ahí sólo aparecía en una secuencia: un baile donde hacía de gigoló, pero bastaba ese momento para apreciar lo que este prestidigitador (por algo iba a asumir tal papel en El gran Houdini) podía dar de sí, ya fuera dando vida a un caballero en una película de época (Coraza negra) o un señorito-teniente en un submarino (en la segunda guerra mundial estuvo en un submarino), como en la ya citada Operación Pacífico.

El actor, como digo más arriba, supo carcajearse del papel que le habían asignado de forma general, tanto en su presencia esporádica en Encuentro en París de Richard Quine como en La carrera del siglo de Edwards.

Curtis fue a más, quiso dejar claro que podía ser un gran actor interviniendo, sin dudarlo, en papeles dramáticos. Ejemplo de ello fue su gran interpretación en El estrangulador de Boston de Richard Fleischer, que a pesar de ello, o por ello, supuso su (casi) total desaparición como protagonista en sus posteriores películas.

Conviene recordar que para entonces, cuando intervino en ese trágico personaje, había bordado otros (y no como comediante) en títulos como Chantaje en Broadway de Alexander Mackendrick, Espartaco de Stanley Kubrick o El sexto héroe de Delbert Mann.

Manuel Alexandre

Manuel AlexandreEl último adiós por el momento corresponde a un secundario de oro que ha vivido la época gloriosa del mejor (y en algunos casos también del peor) cine español. Se trata, claro está, de Manuel Alexandre.

Su primer título fue Un cuento para dos (1947) de Luis Lucia, donde también intervenía José Isbert. El último, este mismo año de 2010, Campamento Flipy de Rafa Parbus.

Asiduo de las películas de Berlanga desde Bienvenido Mr. Marshall, será recordado por muchos de sus pequeños, pero grandes, personajes, tales como el inocente y engreído visionario de Los jueves milagro de Berlanga o el amigo para todo de La vida por delante de Fernando Fernán Gómez. En todos y en cada uno de sus papeles (pequeños o grandes) fue un gran actor.

En sus últimos años fue protagonista en Elsa y Fred de Marcos Carnevale y en ¿Y tú quién eres? de Antonio Mercero. Sus papeles no sólo fueron cómicos. Su registro fue muy variado. Así, estuvo tanto en Don Quijote de Gutiérrez Aragón como en Incautos de Miguel Bardem, El caso Almería de Pedro Costa, Fortunata y Jacinta de Mario Camus, La regenta de Fernando Méndez Leite, Madregilda de Francisco Regueiro y… hasta más de doscientas películas en las que ha intervenido.

Manuel Alexandre pertenece a la gran lista de los enormes secundarios de nuestro cine, que ha trabajado junto a los mejores realizadores. Ha sido la memoria de este cine nuestro que parece, en ciertos defectos, repetirse a sí mismo, olvidando a los grandes realizadores que van de Berlanga a Patino, Bardem a Erice, Neville a Regueiro, Vajda a Gutiérrez Aragón… y que ahora parece (nuestro cine, nuestros jóvenes y menos jóvenes realizadores) perdido entre los falsos retratos sociales de León de Aranoa, la verborrea de Julio Medem, el afectado academicismo de Amenábar, la vuelta a las primeras comedias de Trueba, Drove o Colomo que supone, en este caso, un título, más o menos divertido, como Pagafantas de Borja Cobeaga o, lo que es peor, la imitación de títulos de tan escaso interés (a no ser sociológico) como supone Fuera de carta de Nacho Velilla, reflejo de No desearas al vecino del quinto de Ramón Fernandez. Por no citar la más defendible Ocho citas de Peris Romano y Rodrigo Sarogoyen que bebe sin duda de la comedias de Lazaga o Klimovski… O, sin ningún reparo, se dedican a copiar o imitar a otros directores u otras películas: Buried de Rodrigo Cortés se basa en el cine de Hitchcock, Secuestrados de Miguel Angel Vivas en Funny Games de Haneke…

Es curioso, pero se echa en falta ese cine-documento social que suponen títulos como Surcos de Nieves Conde, Calle Mayor de Bardem, Nueve Cartas a Berta de Patino, El buen amor de Regueiro, La caza de Saura, El pisito de Ferreri, El mundo sigue de Fernán-Gómez… Ni siquiera, con tantas películas como se realizan sobre nuestra guerra (in)civil, se ha logrado acercarse a ese retrato sobre el inicio de la paz que supone la terrorífica visión que nos regala la grandiosa El espíritu de la colmena de Erice.

El final, el final

Estas muertes, prácticamente todas, suponen el final de unas etapas, de unos movimientos. No se adivinan, en una época de crisis en todos los sentidos, otros nuevos que conduzcan el cine y el arte a búsquedas, propuestas novedosas hacia el encuentro de la (imposible) perfección.

Y es que como se ha escrito en la tumba de Tony Curtis, de acuerdo a las palabras con las que se cierra Con faldas y a lo loco: “Nadie es perfecto”. Por supuesto Curtis no lo era, como tampoco ninguno de aquéllos que aquí hemos recordado, pero varias de las películas que dirigieron o en las que han intervenido, se han acercado a la querida perfección

Escribe Adolfo Bellido López 

Claude Chabrol