Editorial octubre 2018

  26 Octubre 2018

Ahora sí…

Tfirst-manemíamos que la deriva cinematográfica, preocupante, de este año siguiera con el comienzo del curso. Poco destacable, buen cine, habíamos degustado en los primeros seis meses del año. Para contar las películas importantes habíamos visto nos sobraban dedos en una mano. Comandadas por El hilo invisible la lista era tan escasa que parecía que el buen cine, y sobre todo el transgresor, el que intenta abrir nuevos caminos al lenguaje, había decido emigrar, como algunos sostienen, a las series televisivas. Donde, en verdad, hay de todo. Y ofrecido con tal abundancia que resulta imposible seguir.

En el mes de mayo se celebra un festival de cine, el de Cannes, casi cerrando la temporada cinematográfica, entendiendo las temporadas igual que los cursos académicos no concordante con años naturales sino por un periodo que va de septiembre a verano. Cannes aspira a ser la coronación de la temporada, pero a veces es lo contrario porque en realidad es a partir del comienzo de temporada, en septiembre —al igual que ocurre con las setas en este periodo, los festivales aparecen por todas partes— cuando el cine gana en brillantez. 

Venecia abre la temporada, sigue luego San Sebastián y, envolviéndolos ampliamente, multitud de evetos de este tipo aparecen diseminados por todas partes.

En España, como ejemplo, y por citar algunos otros, además de San Sebastián —aunque no son, por supuesto, de su categoría, pero se trata de certámenes de cine— los dedicados al cine fantástico de Sitges, San Sebastián o Madrid; el de cine iberoamericano de Huelva; el europeo de Sevilla; la Seminci de Valladolid; la (recién recuperada) Mostra de Valencia; Abycine de Albacete y… muchos más.

A su lado, muchos otros dedicados únicamente a cortometrajes. Hace dos años en España se contabilizaban unos doscientos certámenes de cine, algunos celebrados en pueblos muy pequeños. En los de cortos se trata de una necesidad para darse a conocer sus autores (para cuya selección final se presentan a gogó: la verdad es que su presencia se repite de uno a otro festival).

El corto no vende, no se exhibe. Una pena. Con lo fácil que sería comenzar las sesiones de cine comerciales con un cortometraje en vez de asestarnos a tráiler y publicidad. Pues no, hay que coger lo que se da: tráiler, anuncios repetidos hasta la más incongruente de las saciedades, algunos de vergüenza total al igual que algunos tráileres: contemplarlos es el mejor antídoto para huir de la película publicitada.

Pues bien, con el comienzo de temporada, con el florecer de los certámenes cinematográficos, parece que el cine, el bueno, está renaciendo. Durante este mes de octubre hemos podido ver películas destacadas donde también el cine español ha sido capaz de sorprendernos. Un cine, el nuestro, que está actualmente en gran ebullición, con muchas películas en cartel, no todas destacables, donde abundan los thrillers y los nuevos realizadores. Si Francia era el país europeo que más películas ofrecía, ahora el cine español probablemente le gane en número aquí y ahora.

La pólvora mojada, lo que impide que esos filmes sean lo que prometían, pone un interrogante sobre nuestro cine: hablamos de Todos lo saben, Yucatán o El reino, sobre todo por la calidad de sus autores. Otras películas han venido, por fortuna, a mostrar que en nuestra filmografía no todo está dicho, ni perdido. Las buenas intenciones de títulos como Carmen y Lola, Animales sin collar, Sin fin… quizá se quedan sólo en eso, pero al fin y al cabo señalan un camino para nuestro cine que, incluso, es capaz de competir y enfrentase a las mejores series televisivas. Ahí están por ejemplo La zona, La peste, Gigantes, El ministerio del tiempo… como prueba de ello.

Si queremos subir un peldaño más deberíamos citar, entre los títulos recientes de nuestro cine, dos interesantes películas. Una, aparentemente simple, pero compleja en la forma de plantear las relaciones personales, el tempo fílmico: habla de soledad, de amor, de distanciamiento y de liberación. Todo ello rodado en prácticamente un único escenario, con dos actrices inmensas y con escasos medios. Me refiero a Viaje al cuarto de una madre, el primer largo de la sevillana Celia Rico (1982). Toda una sorpresa.

petraEl otro título no sorprende tanto, aunque su realizador siempre lo hace, por el tratamiento que da a su filmes. Me refiero a Jaime Rosales y a su última película Petra. Rosales es, probablemente, el director que en el cine español presenta siempre una nueva búsqueda del lenguaje.

Aunque con diferente registro, sigue la estela de Patino, Portabella, Lacuesta, Guerín, Vermut… y Rosales plantea su juego desde diferentes modos. Ahora se trata de dar unas nuevas formas de mirar, construir y al mismo tiempo deconstruir, un género tan desprestigiado como puede ser el folletín (o, para ser más cultos, referenciando las tragedias griegas, al decir de Rosales), pero no un folletín cualquier sino desmelenado al máximo. Y lo hace, yendo más de allá de él, construyendo una película sobre la verdad, la mentira y el arte a modo de capítulos de una novela, pero alterando su orden.

Todo ello con una cámara en constantes movimientos lentos en busca de los personajes o abandonándolos en lugares vacíos. Se permite incluso ciertos toques humorísticos y hasta algún chiste privado: el personaje de Alex Brendemühl le dice (en plan de broma) que lo suyo es matar a mujeres (lo que hacía en el primer largo de Rosales: Las horas del día). Rosales, y eso es lo importante, sigue fuel a sus orígines, a su necesidad de búsqueda, construyendo un cine inteligente y necesario.

También son necesarias las buenas películas que nos vienen de fuera. Abría la buena racha de estrenos en septiembre The rider, que cedió su paso, ya a finales de mes, a la excelente El reverendo, con la que Paul Schrader vuelve a sus temas y a su brillantez. Cruda y reflexiva sobre un personaje atormentado en una especie de mezcla entre el cine de Bresson, Dreyer, Bergman… y el propio Schrader, en cuya última parte parece retrotraerse al personaje de Travis (Robert de Niro) que escribiera para Scorsese, flamante Princesa de Asturias 2018  (1). Aunque también las pesquisas nos llevarían, aparte de otros de sus guiones (el final es idéntico al de Fascinación que escribiera para De Palma) a varias de la buenas y tenebrosas incursiones en mundos ocultos —interiores y exteriores— que él mismo dirigió: American Gigolo; Hardcore, un mundo oculto; Aflicción; Posibilidad de escape…

Este mes sobre todo nos ha regalado una sorprende joyita, First Man, la cuarta película realizada por Damien Chazelle, el director de La ciudad de las estrellas. Toda una sorpresa. Lo que en teoría es una película sobre el papel triunfalista, espectacular, repleta de efectos especiales, queda convertida en algo muy distinto: intimista, reflexión sobre la soledad, las relaciones familiares, la introspección personal y… la muerte.

La hazaña del hombre llegando a la luna se transforma en la historia de un ser amargado, culpabilizado, condenado a vivir el recuerdo, imborrable, de la muerte de su hija. El filme es una elegía a la hija muerta. Y mucho más con un final no romántico como algunos creen y sí coherente con la deriva de un ser encerrado que tampoco en la luna encuentra más que el silencio, la nada.

Los planos finales, en un claro cierre identificativo con el inicio, muestran, desde el símbolo, al hombre sólo, incapacitado incluso para hablar con su mujer: la separación entre ambos, por el cristal del lugar donde Armstrong cumple la cuarentena, va mucho más allá en su significado, muestra la separación de esa pareja que ni siquiera puede hablarse, a pesar de sus intentos de un contacto imposible.

Una sólida película que demuestra que Chazelle es, si no se tuerce, uno de los realizadores americanos (con ascendencia francesa) más interesantes del momento.  Esperemos no le pase como le está ocurriendo a Denis Villeneuve. 

cold-warEspectadores y muchos críticos se sentirán, al contrario, maravillados por los juegos de cámara, los momentos preciosos, y no precisos, de Cold War.

El director polaco, que aprendió el oficio cinematográfico en Inglaterra, quiere contar la historia de amor de los protagonistas enmarcada —y formando parte de ella— en una guerra fría. Lo hace deslumbrando, con secuencias bien rodadas, con un blanco y negro de libro, utilizando las mismas armas que le encumbraron en su anterior Ida, una especie de respuesta a la Viridiana de Buñuel. Una de ellas, reducir al máximo en tiempo de duración utilizando repetidas elipsis.

Mientras en Ida el tiempo narrado era corto, aquí se extiende a lo largo de casi una decena de años. Todo ello en menos de 90 minutos. Eso se nota. El desajuste es grande. El tiempo se puede alargar o acortar cuando se hace de forma consistente. Aquí no siempre se consigue. La buena, casi excelente, primera parte se atranca y se atasca en la segunda para llegar a un buen final —eso sí, rebuscado—, dentro de un pretendido carácter moral.

No quitan sus errores el reconocer secuencias muy bien rodadas aunque se tenga la sensación de que ellas —y la película en sí— han sido realizadas por el director para embobar a unos y a otros desde su (forzada) brillantez, a la que perjudica además el carácter estereotipado de algunos personajes —como el productor—, al contrario de lo que ocurre con la protagonista cuya presentación, en esa especie de casting para formar parte de los coros y danzas polacos, está muy bien dada.

Curiosamente First Man y Cold War encuentran varios puntos de identidad: la utilización de las elipsis como forma narrativa para poder resumir todos los años transcurridos del comienzo al final de la acción, el amor y desamor de la pareja, la soledad… y hasta querer cerrar en la misma línea del comienzo (en el caso de la película polaca sería la iglesia destruida, casual y forzado momento, que encuentra al comienzo el productor y donde al final se prometerá para siempre la pareja protagonista).

El filme polaco (¡qué ocasión perdida de rodar un gran musical!) habrá costado menos dinero que el norteamericano, pero éste, curioso, es más simple y eficaz en una realización que juega, desde una primorosa reconstrucción, con distintos formatos (súper 8, vídeo doméstico, imágenes documentales…) y que contiene un gran tratamiento de su banda sonora. Es como si Cold War hablará a gritos por creerse grande, mientras que First Man lo hiciese en voz baja porque le sobra y basta para ser grande.

Pugilatos como estos son los que nos gustan. Ojala siga así la temporada cinematográfica.

Escribe Adolfo Bellido López


Nota

(1) Fred Vargas, otro de los premios Princesa de Asturias 2018, concretamente el de Letras, también tiene que ver con el cine, al menos en el nombre. Es una escritora de buenas novelas policiacas divididas en series como, la del inspector Adamsberg (hasta ahora 12 títulos) o de los evangelistas (3 títulos), sin que sea obstáculo para que estos, en alguna, se unan al grupo de policías comandados por el inspector. Pues bien, Fred Vargas es el seudónimo de la francesa Frérdérique Audoin-Rouzeau. Su relación con el cine se encuentra en el apellido Vargas, que decidió tomar, al igual que hiciera Joëlle, la hermana gémela, en homenaje al apellido que Ava Gardner ostenta (María Vargas) en La condesa descalza de Mankiewicz.

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