Editorial junio 2017

  26 Junio 2017

Silencios, dudas y esperanzas

john-hustonNo se sabe por qué pero a veces resulta que uno falla en lo fundamental. Como una película que se presume buena y luego resulta lo que resulta.

Lo fundamental es valorar lo que tenemos, lo que hicimos, agradecer el trabajo de nuestros colaboradores en los diferentes apartados y, entre todos, ese que mimamos de forma especial, lo que no quiere, ni mucho menos decir, que tenga más importancia que cualquier otro espacio de nuestra revista Encadenados.

En este caso me refiero a uno de los apartados más longevos, junto al de la crítica de estrenos. Muchos años han pasado —¿habrá que recordar que nuestro primer número fue en noviembre de 1998?—, pero entre nosotros, aparte de la sección crítica (Sin perdón), se muestra muy activa Rashomom, la sección monográfica que dedicamos al estudio de películas, directores, géneros… desde la amplia perspectiva de todos cuantos hacemos la revista. El número de artículos en cada Rashomon es amplio, oscilando, según el tema propuesto, entre los 15 y 25 trabajos.

Una cosa y otra se emparentan. El cuidado en los trabajos realizados y la elección del tema de acuerdo siempre a una idea base, tanto desde la importancia e interés del tema como del “clasicismo” y lo que ha supuesto del realizador, tema o película en la historia del cine.

Ahora estamos con el estudio de la obra de John Huston, el director que tantas películas hizo sobre los perdedores, quizá porque él mismo formó parte de una generación perdida, navegando entre aguas sin ver claro cómo alcanzar paraísos perdidos o ideas que se adecuaban a cada tiempo. Huston, como Melville, siempre tras la ballena blanca, vieron cómo sus vidas rebeldes o sus ciudades de ensueño morían sin remedio en la misma frontera de alcanzar su sueño.

El anterior Rashomon, motivo de discusión en el consejo de redacción, se dedicó a una película mítica, El silencio de los corderos de un realizador del que se esperó más de lo que dio, Jonathan Demme. La sección fue mucho más de lo esperado, por los artículos y… por la inesperada muerte del realizador que se produjo a finales de abril. Nadie entonces, ni en estos editoriales mensuales, se acordó de dar esa noticia. Máxime, habrá que incidir, cuando en aquellos momentos nuestro monográfico estaba activo.

Un error ese silencio sobre un realizador en algunos momentos notable. Muy especialmente en la segunda película realizada sobre Hannibal Lecter. La primera, dirigida por Michael Mann, siempre moviéndose su cine en la más total de las indefiniciones, era un filme tirando a mediocre, Hunter.

El boom de la saga fue el filme de Demme, digno y, en cierta manera, profundo, sirviendo de base a una nueva manera de enfocar el género, como demostraría con otras historias, otros personajes y una estructura no muy lejana, Seven de David Fincher. Por su parte, Lecter siguió haciendo de las suyas hasta en Bollywood, con Sangharsh pero sin que la calidad impuesta por Demme peligrara. Como tampoco ocurrió con la mediocre Hannibal de Ridley Scott y mucho menos con Hannibal, el origen del mal de Peter Webber.

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Jonathan Demme sí supo trasladar a las imágenes la letra (poco resplandeciente) de la novela de Thomas Harris. A su película fue a la que dedicamos nuestro Rashomon, ignorantes de la enfermedad que padecía y, al parecer, también ignorantes de su fallecimiento en el momento en que nuestra sección seguía añadiendo artículos sobre su película o alrededor de ella.

Hoy, meses después, queremos, porque se lo debemos, recordar a Demme, un polifacético personaje sobre el que dominaba su amor a la música. Tuvo grandes amigos en diferentes países, como Almodóvar, Berlolucci, David Byrne o Neil Young. Nació en Nueva York en 1944. Sus inicios en el mundo del cine, al igual que otros realizadores de su generación, fue con Roger Corman. Para su productora dirigió La cárcel caliente, Tres mujeres peligrosas y Luchando por sus derechos. Algún episodio para televisión de la serie Colombo para intentar acercarse al cine de Hitchcock con El eslabón del Niagara, 1979.

Un año después un filme pequeño, Mevin y Howard ganó dos Oscar, contaba la relación entre un don nadie y el millonario Howard Hughes. En aquellas fechas comenzó, con gran éxito, a realizar vídeos musicales para Talking Heads, UB40, New Order. Y en medio el desastre de una nueva película, Chicas en pie de guerra (1984). Ese mismo año dirige una especie de performance de Talking Heads, Stop Making Sense. En España estuvo en 2015 para presentar este montaje.

En 1986 dirige Algo salvaje, un tipo de comedia que repite en Casada con todos en 1988. En 1991 realiza su obra maestra, El silencio de los corderos. Entre estas películas sigue realizando video musicales y documentales: “Es lo que prefiero, Hollywood provoca demasiado estrés y acorta la vida”, dijo en 2008 cuando presidio el festival de San Sebastián.

testigoCon El silencio de los corderos consiguió los cinco Oscar principales. Gracias al éxito y a los premios obtenidos pudo realizar Philadelphia y hablar del sida (y además conseguir un Oscar para Tom Hanks y otro a la mejor canción), y Beloved sobre la esclavitud. Lo suyo era continuar con los documentales musicales; así, siguió a Neil Young gira tras gira.

Poco importan sus revisiones de películas de éxito como La verdad sobre Charlie (una vuelta más a Charada) o El mensajero del miedo, demasiado poco pudo hacer para oponerse a la buena película de Frankenheimer. En sus últimos años a los documentales musicales unirá otros de tipo político (uno sobre Jimmy Carter) o social. Su última película, que si llegó hasta nosotros, fue Ricky (2015) la historia de una guitarrista de rock interpretada por Meryl Streep, lo suyo fue siempre trabajar con buenas actrices.

Y mientras recordamos a Demme el cine de todos los días sigue llevando productos mediocres o peores a las salas españolas.

Testigo al menos (una traducción horrorosa del original, La mécanique de l’ombre) posee un cierto interés. Este filme, una especie de continuación de la película de Coppola La conversación, tiene muchos errores, sobra algún personaje (la mujer, por ejemplo) e incluso metraje y eso que sólo dura 88 minutos, pero tiene momentos de interés. La ha dirigido un debutante, Thomas Kruithof y posee la dignidad de ese cine francés que sigue sacando pecho en Europa.

Ya que hemos recordado La conversación tendremos que referirnos al, casi, debut de la mujer de Francis Ford Coppola, para que no se diga que hay alguien que sea no cineasta en la familia. Se trata de París puede esperar, la verdad es que su realizadora no podía esperar (la mujer de Coppola, Eleanor) para realizar su primer largometraje ya que tiene 81 años…

Hace tiempo intervino en el documental realizado sobre el rodaje de Apocalypse Now. Su primer largo es un total despropósito que no dignifica la profesión a la que la familia (en el sentido unitario de la trilogía El padrino), de forma colectiva, desea unir su vida. Sí, porque ahí están su hijo y su hija, la horrible actriz de El padrino 3, realizando cine digno o menos digno. Sofia Coppola ha presentado en Cannes La seducción (y se ha llevado el premio a la mejor directora), sobre la misma novela base de El seductor de Siegel.

Veremos qué da de sí, uno de los inminentes estrenos donde las mujeres directoras van a tener un cierto protagonismo. Es el caso de Wonder Woman de Patty Jenkins, la directora de Monster, que viene precedida de muy buenas críticas o el debut de la española Carla Simón, Verano 1993 a puntito de estreno. Y casi al comienzo del verano señalando, ojalá, otro rumbo para el cine que nos llega. Hasta el momento estos seis primeros meses del año no nos han ofrecido muchas grandes películas. Pocas dignas y muchas indignas.

Ojalá el caluroso verano cambie el sin sentido dando sentido y grandeza al buen cine.

Escribe Adolfo Bellido López

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