Editorial noviembre 2021

  30 Noviembre 2021

In memóriam

noviembre-coco-0Noviembre parece anunciar, desde su comienzo, el inminente declive del año con el Día de los Fieles Difuntos, una fecha en la que —como ya sugerí en el editorial anterior— se quiere celebrar el recuerdo de los que ya no están con nosotros.

No es poca cosa esto de la memoria de los muertos, y no es extraño que se haya convertido en una expresión cultural de primer orden.

El imaginario católico lo conmemora con un día lúgubre, de recogimiento frente a los camposantos. Pero la globalización —fundamentalmente cinematográfica— nos ha traído Halloween desde los países protestantes y el Día de Muertos desde el muy mágico México, transformándolo en algo jovialmente macabro.

Lo de la expansión de la fiesta mediante la cinematografía no es una boutade: a las películas de Michael Myers —que bien poco invitaban al recogimiento, pero aún menos al festejo— sucedieron las aventuras infantiles, con Pesadilla antes de navidad de Tim Burton o el mismísimo E.T de Spielberg como referentes clásicos. Esta irrupción de lo mágico lúdico, con chuches y sustos por doquier, hizo irresistible la exportación de la fiesta al resto del planeta, con Hollywood manufacturando productos de terror adolescente sin freno ni medida, poniendo toda su industria publicitaria al servicio de una visión edulcorada de la muerte.

Pero pocos podrían sospechar que el vecino pobre del sur le comería la tostada al todopoderoso norteño: últimamente hasta 007 ha sucumbido a los encantos de la celebración mexicana del Día de Difuntos, cuya puesta de largo mundial se dio con ocasión del estreno de El libro de la vida, de Jorge Gutiérrez, y sobre todo con Coco, de Pixar.

Pero estos no son los únicos muertos que suelen aparecerse en noviembre. En el guarismo de su vigésimo día queda como señalada a fuego, en la memoria de los españoles, la muerte del dictador Francisco Franco. También la de José Antonio Primo de Rivera, aparente mentor ideológico del caudillo en los primeros años de su interminable autocracia, fusilado en los inicios de nuestra guerra incivil. Como el destino no parece carecer de ironía, exactamente en la misma fecha falleció Buenaventura Durruti, líder de la contraparte anarquista de la contienda. 

Es difícil sustraerse a esos eventos en un país acostumbrado a recordarlos, no siempre desde la nostalgia y sí muchas veces desde el reproche, cuando no desde la acusación culpable con la que gustamos señalarnos unos a otros. 

Nuestro cine ha sido, con mayor o menor fortuna, una continua llamada a estos recuerdos: muy lejos quedan las películas de rancio heroísmo propiciadas por la dictadura a manos de José Luis Sáenz de Heredia, primo del «ausente» Jose Antonio, y han sido más —y generalmente de mayor calidad— las que dieron voz a los vencidos. Con respecto a esta diferencia cualitativa, quizá quepa señalar que mientras aquellas fueron troqueladas sobre el cartón de la propaganda, estas últimas hubieron de sortear con un cierto esfuerzo intelectual los rigores de la censura.

Las hagiografías de Sáenz de Heredia encontraron su respuesta a finales de los setenta en los documentales Martín Patino, pero ya antes nuestros más atrevidos creadores habían hecho alguna cruda enmienda al franquismo desde las más extrañas alegorías. Valgan como simple botón de muestra muchas de las películas de Buñuel, Bardem o Berlanga, o los dos clásicos de Saura:  La caza, que los censores dejaron pasar indemne por considerar que el populacho no podría comprenderla, o La prima Angélica, por atreverse a ridiculizar el saludo fascista en el brazo roto de Anselmo, interpretado por Fernando Delgado. 

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Toda esta osadía fue transmutada en los años de la democracia por el culto a la memoria. Ya no se trataba de ensalzar o incomodar al franquismo, intentando agitar las conciencias dormidas, sino de reivindicar a los que, habiendo sido vencidos, no tuvieron ocasión de ser honrados.

Sería inútil y fatigoso hacer un recorrido por todas las películas que han pretendido mantener viva esa memoria, primero porque me siento incapaz de citarlas todas —y eso sería una falta de respeto a la mismísima Mnemosine— y segundo porque sin duda habrá algunas que no merezcan ser recordadas. 

Pero es que tampoco es eso lo que esta crónica pretende.

Porque en realidad, todo esto no es más que un preludio para recordar, como acomodándome al espíritu funesto del undécimo mes, a dos personajes que nos han dejado recientemente.

Ambos pueden presumir de haber hecho buen uso de la memoria; ambos, también, pertenecen a lo que tradicionalmente se había denominado «izquierda», si bien parecían hallarse en dos orillas muy distantes de tan amplio y difuso concepto.

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La una, Almudena Grandes, fue una escritora que hizo de la memoria una constante señalización del agravio. Sus novelas querían rescatar del olvido las pequeñas historias cotidianas sepultadas bajo la ominosa sombra del franquismo. Generalmente escribió sin acritud, sin enconados o bajos rencores, pero tampoco pudo evitar —de viva voz, alejada de la serenidad reflexiva de la página en blanco— algún resbalón llamativo frente a la prensa contra la funesta suerte de alguna religiosa, que hasta Muñoz Molina tuvo que afearle. 

Es algo que sucede cuando alguien se sumerge en las historias de dolor: corre el riesgo de reaccionar ante el sufrimiento ajeno como si fuera pesar propio, y es fácil para cualquier arrebato emocional caer en la desmesura y en el desprecio contra quienes —siendo supuestamente enemigos— quizá no lo merezcan.  

Pero aquí estamos para recordar lo que son algunas de sus más exitosas novelas de los últimos años que además han sido llevadas al cine, como Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango, Aunque tú no lo sepas, Atlas de geografía humana y Los aires difíciles

Grandes fue, además, patrona de honor de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España, lo que constituye un honor más que suficiente como para poder figurar en este modesto editorial sobre cine y ser recordada por ello.

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El otro, Antonio Escohotado, uno de nuestros más conocidos filósofos, hizo de la memoria el receptáculo insondable de un saber enciclopédico, enhebrado en los muy diversos telares de la filosofía.

Escohotado podría incluirse entre aquellos que —como Fernando Savater o Félix Ovejero— han sostenido más de una vez, y sin renunciar a sus bermejas raíces ideológicas, que la vieja izquierda habría muerto de éxito; el argumento —bien hallado, aunque cabría discutir su veracidad—, vendría a decir que todos los anhelos de aquella se habían cumplido —como sugiriese Marx— al amparo de la revolución burguesa y el desarrollo de un capitalismo altamente tecnologizado. Aunque según Escohotado y en contra del coautor del Manifiesto comunista, esto sucedería además porque en ciertos países nunca llegó a establecerse la ominosa dictadura del proletariado.

Es fácil ver que el izquierdismo de Escohotado transitaba por vías difíciles, opuestas a la ortodoxia; más que el odio a la riqueza, creía en la justicia social basada en la eliminación de la pobreza, y así lo defendió hasta el día de su muerte.

Esto le acercaba más bien a un liberalismo convenientemente alejado de influjos conservadores. No podía ser menos para quien abominaba de la prohibición de las drogas y no se cansaba de proclamar que la sexual era la única revolución digna de ser llevada a cabo. 

Al filósofo madrileño, devoto de las tierras ibicencas, se lo han disputado la nueva derecha y la nueva izquierda, pues ha sido contertulio de Juan Carlos Monedero o Pablo Iglesias y también de Federico Jiménez Losantos, aunque su primera actuación como tal se diera en La clave de José Luis Balbín, a propósito de un programa sobre las drogas.

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Pero también resuenan, como aviso para navegantes, los ecos de las loas de VOX a su figura, y eso lo convierte en un pensador sospechoso.

Es bien extraño, en primer lugar, porque ciertamente el liberalismo de VOX se parece más a la enharinada pata del lobo que asoma bajo la puerta de los inocentes cabritillos que a las doctrinas de su amado (y también sospechosísimo de haber loado a regímenes autoritarios) Hayek; en segundo, porque el partido de Abascal —al que Escohotado acusó más de una vez de rústico o provinciano— parece haber hecho mejores migas con Gustavo Bueno y sus discípulos, adversarios reconocidos del autor de Los enemigos del comercio

Lo único que parece cierto es que los políticos, ansiosos por disimular su vacuidad intelectual, acaban por arrimarse a los intelectuales, y estos, las más de las veces enclaustrados en sus torres de marfil —o aislados en sus playas de arena fina—, se dejan lisonjear por sus cantos de sirena. 

Ya Platón advirtió sobre este mal, y no quiso que en su República los filósofos dejaran de tomar contacto con la realidad mundana, ayudando a salir a la gente de la oscuridad de la ignorancia.  

Y es que noviembre también celebra el Día Mundial de la Filosofía y del Docente, pero no parece que tales eventos despierten en la mayoría nada más que un vano interés anecdótico: es difícil celebrar algo, en este país, que no genere encendidas controversias. 

Escribe Ángel Vallejo

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