Editorial julio 2022

  31 Julio 2022

Luchar contra el fuego con fuego

julio-0-fuego-extremaduraAcaba un mes de julio que se ha derretido entre olas de calor e incendios por todo el hemisferio norte, desde Grecia a California. En nuestro país, particularmente dolorosos han sido los de Zamora, con 20.000 hectáreas quemadas, o los de Extremadura, que alcanzaron el Parque Nacional de Monfragüe, Las Hurdes y el Valle del Jerte.

De este último se sabe que fue intencionado, y uno no puede menos que imaginar qué debe pasar por la mente de quienes ocasionan tales catástrofes ¿Serán como el pirómano interpretado por Donald Sutherland en Llamaradas, la irregular, pero llamativa cinta de Ron Howard en la que el veterano actor solo quería ver el mundo arder? ¿Como Amador Coro, incendiario convicto y confeso que ilumina la magnética Lo que arde, de Óliver Laxe? ¿Acaso simples esbirros que ejecutan órdenes de especuladores inmobiliarios, como sucediera en La caja 507, el estupendo thriller de Enrique Urbizu?

Sea como sea, el fuego produce una mezcla de encanto y terror, una especie de hipnosis sublime que contrasta con el pánico que desata en quienes se ven cercados por él. Héroes que se enfrentan a diario a su temible abrazo así lo atestiguan, pero sus lamentos son algo menos románticos que nuestra elegía; ellos lo dicen muy claramente: el monte está descuidado, no se invierte en limpieza y prevención, se olvidan tradiciones como el pastoreo o incluso técnicas ancestrales como los incendios controlados, que luchan contra el fuego con el fuego.

Ecologismo racional… y desnortado

Desde un punto de vista ecológico deberíamos empezar a postular nuevos —o quizá, por lo visto, muy tradicionales y viejos— planteamientos para acabar con estas catástrofes, porque el resultado de no hacerlo no solo es la destrucción de parajes naturales y la muerte de sus habitantes —que son mayormente fauna salvaje, pero también seres humanos—, sino además las emisiones contaminantes que producen tales incendios, que a veces alcanzan un 25% de lo que produce la industria.

En este sentido el gas, precursor del fuego benefactor, alimento de la industria alemana, plegada ingenua o imprudentemente a los designios del Zar Putin, parece dejar de fluir por los gasoductos del norte.

Ahora se nos sugiere desde la Comisión Europea que nos apretemos el cinturón, y nuestros más ilustres ciudadanos se debaten entre la queja porque los alemanes no parecen tan solidarios cuando los males acechan al sur o el lamento porque los mediterráneos, típica y no siempre justamente considerados derrochadores, no queremos reducir el gasto con tanta alegría como los muy protestantes teutones.

No hay miedo a equivocarse en el vaticinio sobre las preferencias políticas de cada cual si se analiza cada una de las respuestas anteriores, pero dejando de lado esas minucias, es justo preguntarse: ¿Quién tiene razón?

Probablemente ambos o ninguno, como suele suceder en casos dicotómicos.

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Porque la ratonera en que se ha metido Alemania fue excavada sin poner la mirada atrás, arriba o abajo; esta fue fijada tan solo en el interés propio —más concretamente en el de algunos asalariados al oro de Moscú, como Schröder—, o en el orgullo de ser la nación que tomara la delantera en la transición renovable y en la ventaja económica que esto supondría, y en el pánico generado por los más ruidosos próceres de un mal entendido ecologismo que, si fuera por sus postulados absurdos y anticientíficos, acabaría por abrasarnos a todos si no nos asfixiáramos antes.

El incendiario miedo a Chernobyl y Fukushima —detonante del cierre de las nucleares en Alemania—, fue aventado y utilizado de forma torticera para acelerar una —por otro lado necesaria— transición a las renovables ejecutada de modo precipitado. Lo que debió estar listo en 2036, se adelantó a 2022, cuando el desarrollo renovable no estaba maduro para la satisfacción de las necesidades energéticas.

A cambio del átomo se potenciaron la eólica y la fotovoltaica, sí, pero con un respaldo mayoritario de gas y carbón en el país más industrializado de Europa que no hizo más que aumentar sus emisiones contribuyendo al empeoramiento de un cambio climático que pretendía menguar, y aumentando a la vez la dependencia de la satrapía rusa que ahora los tiene encerrados en un puño. Una jugada maestra.

Por otro lado, la propuesta de reducir el gasto nunca parece una mala idea, sobre todo si este es descontrolado y poco fiscalizado. Si uno contempla lo que pasó con los ERE —uno de los muchos casos de corrupción que como un incendio azotaron nuestra geografía en los últimos años y que se ha vuelto a poner de actualidad con la sentencia a Chaves y Griñán—, no puede quitar razón a quienes se quejan del derroche y la subvención desmedida. Lo extraño y lo hipócrita se manifiesta cuando este reproche viene de quienes también estuvieron implicados en similares tramas mafiosas.

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Mafia y famiglia

La cosa es que el pánico y la mafia son dos aliados necesarios. Esta vende «seguridad» azuzando aquel. La gracia está en que el pánico es generalmente provocado por la mafia misma. Un círculo vicioso catastrófico y recurrente.   

Dos ilustres «mafiosos» pasaron a mejor vida en este aciago mes de julio: James Caan, que interpretara a Sonny Corleone en El padrino, y Paul Sorvino, el Paulie Cicero de Uno de los nuestros.

Caan, eterno secundario que también fue protagonista de éxitos como Misery, Rollerball o Jardines de piedra, fue uno de los actores fetiche de Coppola. El italiano lo recuperó de la depresión por una tragedia familiar —la muerte de su hermana— con esta película en la que encarnaba a un sargento de los marines crítico con el desarrollo de la Guerra de Vietnam. Pero sobre todo destacó por haberlo lanzado al estrellato con El padrino, que le valió una nominación al Oscar.

De Paul Sorvino cabe decir que apenas rozó el estrellato como secundario y por haber sido padre de Mira Sorvino, una actriz que tocó la gloria con Woody Allen y fue abrasada por la búsqueda obsesiva de fuegos uterinos de Harvey Weinstein, a quien se resistió para después ser condenada al ostracismo, el típico modus operandi del demonio de Hollywood.

De su padre recordamos películas como La tapadera, de Pollack, o Nixon, de Stone, en el que encarnaba a un convincente Kissinger. Pero sobre todo por ser el patriarca de aquella familia de buenos chicos coprotagonizada por el también recientemente desaparecido Ray Liotta, por Joe Pesci y Robert De Niro.

Crucemos los dedos. Imagino que saben por qué lo digo.

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Olvidadizos y locos

También ha fallecido por arma de fuego Shinzo Abe, el ex primer ministro japonés conocido por sus reformas económicas —las abenomics— que tuvieron un éxito moderado y efímero, pero sobre todo por ser el primer político con altas responsabilidades que nació después de la Segunda Guerra Mundial. Este «desarraigo» histórico le llevó a cuestionar el relato autoculpabilizador de Japón con respecto a su política imperialista y belicista y, sobre todo, a negar evidencias como las de las esclavas sexuales coreanas y chinas durante la Guerra del Pacífico.

Este es un episodio poco tratado por la cinematografía, pero que tiene su plasmación más explícita en Spirits homecoming, una película surcoreana de 2016; Herstory, también coreana de 2018, y más recientemente en Pachinko, una serie de Apple TV basada en la novela de Min Jin Lee.

Pero volviendo a Abe, cabe señalar la paradoja de que el más militarista de los primeros ministros del Japón —se planteó revisar la constitución pacifista nipona y aumentar el gasto del ejército— fuera asesinado por un ex militar.

Del mismo modo que resulta difícil meterse en la cabeza de los pirómanos, parece serlo en la mente de los magnicidas: es algo que hasta el sargento instructor Hartmann renunció a hacer en La chaqueta metálica, cuando puso de ejemplo a Charles Whitmann y Lee Harvey Oswald… por su buena puntería afinada en los campos de tiro de los marines. 

Por nuestra parte lo dejamos aquí. Vamos a tomar un refresco y ponernos a la sombra. Es lo menos que puede hacerse hasta que se suavicen los intensos calores del verano. Lo otro es acudir a un cine al aire libre o a una sala con aire acondicionado. Al final, siempre son las películas las que nos liberan del fuego abrasador.

Escribe Ángel Vallejo

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