Editorial junio 2018

  21 Junio 2018

¿Matar al… cine?

twin-peaks¿Es cierto que el cine está en pleno retroceso ante el avance de las series televisivas? ¿El cine actual es peor que el de hace años?

En realidad hoy existe cine maravilloso, igual que ocurría antes, quizá en menor proporción o, quizá, ocurre que el cine medio no tiene la calidad del cine de ayer, del clásico. Sin duda eso se debe a la existencia de unos guiones escritos, al parecer, con una gran rapidez, donde, sin lógica alguna, quienes los firman dan por bueno lo que acontece sin que eso implique ningún tipo de lógica. Sobre todo, eso ocurre en la mayor parte de las películas sobre superhéroes, de catástrofes o franquicias interminables.

Nos preguntamos ante algunas escenas y momentos, cómo es posible tanta dejadez, tanta falta de unidad. Todo es posible y todo es admitido por la dejadez de unos espectadores cómodos, de palomitas de maíz y de coca cola, dominados por el ruido y por la contemplación de batalla tras batalla con entreactos de personajes habladores intentando inútilmente de dar sentido a lo que está ocurriendo.

Películas para ver, si se tiene ganas de ver lo mismo, y para desechar inmediatamente.  Dos de los últimos lamentables ejemplos —diga lo que diga algún crítico, o lo que sea, que parece haber entrado en éxtasis ante tanta tontada— los encontramos en la última (¿será de verdad la última?) de Los vengadores o en la nueva entrega de la adocenada historia de los dinosaurios que a este paso se van a convertir en hermanos, y no gemelos, de los simios dominadores de la Tierra. Espectáculos ambos bochornosos, al igual que la última deriva galáctica para contar la historia de Han Solo. Mientras los espectadores sigan acudiendo embobados —por no se sabe muy bien qué motivos— a ver estas sonrojantes películas, se seguirán manteniendo.

En el polo opuesto, existe un cine de autoría total, tan absoluta que el espectador normal no tiene acceso a su existencia, bien porque no le interesa o bien porque se le niega o reduce su presencia. Ahí están en el primer caso los fracasos mayores o menores de público ante dos títulos como Un sol brillante o Amante por un día. E incluso el escaso interés que despertó el último Allen, Wonder Wheel.

En el segundo, pongan uno detrás de otro los títulos importantes que se han estrenado en Madrid o Barcelona y que no han llegado a muchas ciudades, Valencia incluida. Cantidad. En algunos casos son segundas o terceras partes ignoradas porque las anteriores fueron un enorme fracaso. Basta con el ejemplo de la trilogía del portugués Gomes (autor de la formidable Tabu, 2012), Las mil y una noches, 2015, sobre el Portugal actual, cuyas dos primeras partes sí fueron estrenadas entre nosotros, con una explotación muy reducida, sin que la tercera llegase nunca. Se dijo que era por problemas de exhibición, cuando en realidad se debería haber dicho que era por la mínima asistencia de espectadores que si en la primera fue ya escasa, en la segunda parte no digamos.

Las leyes de la exhibición, salvo una película de ruidos y acción por acción, llevan a suprimir también todos aquellos títulos (como ocurre con algunos rumanos) cuya duración supere las dos horas y pico.

Y es que hoy rodar un filme de gran duración no asusta a los estudios que ruedan en digital. No hay problema en gastar celuloide, salvo efectos especiales, algo que suena a antiguo aunque algunos realizadores —caso de Philippe Garrel, por ejemplo— sigan rodando en soporte no digital, incluso si se tercie a utilizar el 16 mm y el blanco y negro con el fin de conseguir unas texturas determinadas.

Sin embargo, la mayor parte del cine actual, y cualquier director lo acepta, opta por trabajar en formato digital. E incluso hacerlo para plataformas televisivas. La manera de hacer y de ver el cine está cambiando aunque el cine, desde otras perspectivas, siga vivo.

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¿Hay diferencia entre un filme realizado para una productora cinematográfica o uno realizado para Neflix o HBO? En algún festival, incluso, se han llegado a pasar títulos, en principio, realizados para televisión e incluso esas películas se han estrenado en salas de cine, al tiempo que se presentaban en televisión.

Este año, Cannes se cerró a la presencia de películas realizadas por dichas plataformas, aunque no esté muy claro cuál es la línea que separa ambos tipos de producción. Quizá nos estemos moviendo en planteamientos no demasiado lejanos a los que tuvieron lugar a mitad de los años cincuenta cuando se incorporaron realizadores televisivos al mundo del cine. No pasó nada. Más bien su presencia sirvió para la aplicación de métodos vinculados con la rapidez en la filmación. Jean Renoir no tuvo problema alguno en rodar de esa forma El testamento del Doctor Cordelier (1959) o aplicar Hitchcock métodos televisivos en el rodaje de la excelente Psicosis (1960), incluso rodar pequeñas maravillas de menos de media hora para las series televisivas que llevaban su nombre.

No estamos hablando hasta el momento de series televisivas sino de películas (o llámense como quiera) realizadas directamente para televisión. Las series son otra cosa. Y su abundancia empieza a ser tan grande que no sabemos si tal cantidad va a producir un atracón indigesto o va a reventar la industria televisiva. Dense un paseo por cualquiera de las ofertas de series. Y ya me dirán dónde escoger o qué ver. Series a gogo y la mayoría con cantidad de temporadas a la espalda.

Hay dos clases: las series que poseen un determinado título genérico pero cuyos capítulos—adscritos al thriller, al fantástico o a lo que sean— son siempre diferentes, y las series que, a lo largo de muchas temporadas y capítulos, mantienen una línea continuista y que, por ello mismo, apuntan a su propio declive. Ahí tienen como ejemplo Juego de Tronos, Mad Men, The good wife. Y muchos más.

En alguna ocasión la serie, con muchos años desde su comienzo, triunfa en su revival. Es el caso de Twin Peaks, cuya tercera temporada, realizada 27 años después de las anteriores (la segunda temporada llegó a tener más de veinte capítulos) y en la que David Lynch volvió a tomar la batuta responsable, se convirtió en una historia nueva, desde su estructura onírica de siempre, que incluso llevó a revistas de categoría a considerarla la mejor película (no serie, sino película) estrenada en 2017.

Si nos referimos a los directores españoles podemos comprobar que muchos se han incorporado al mundo televisivo con series no muy largas, unas más interesantes que otras, casi todos a través de Movistar. Algunas ya en antena, otras a punto de llegar. Entre los directores responsables de series encontramos a Jorge Sánchez Cabezudo, Enrique Urbizu, Alberto Rodríguez, Mariano Barroso, Cesc Gay, Mar Coll, Juan Cavestani, Álvaro Fernández Armero, Berto Romero y… los nuevos que se incorporen.

Y es que quizá la diferencia entre lo que vemos en televisión y lo que se puede ver en cine no es tan grande cómo puede parecer. ¿O sí lo es?

Escribe Adolfo Bellido López

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