Editorial marzo 2020

  25 Marzo 2020

De héroes y heroínas

la-amenaza-de-andromeda-0Hace justo 40 años se estrenaba en España La amenaza de Andrómeda, concretamente el 13 de marzo de 1972, dirigida por Robert Wise, sobre un guión de Michael Crichton, relataba el intento desesperado de unos científicos para intentar evitar la expansión de un mortífero microbio, ya fuera bacteria o virus, que puede acabar con la Tierra.

El incidente (2008), de M. Night Shyamalan, también relataba una extraña infección de origen desconocido. En la misma línea se encuentra la más reciente Contagio (2011), de Soderberg.

Las tres —y no son las únicas— plantean la lucha contra extrañas enfermedades infecciosas que se propagaban rápidamente. Eran, pero al revés, como La guerra de los mundos. Allí los microbios normales terminaban con los alienígenas que no tenían defensas contra ellos.

En estos casos, epidemias desconocidas sustituían a las clásicas tratadas por la literatura y el cine, como podían ser la peste en el Decamerón hasta el bergmaniano El séptimo sello, cuyo actor principal, el caballero era la muerte, interpretada por el gran Max Von Sydow. Por cierto, ha fallecido hace muy poco, como queriendo huir de la peste actual que en la realidad, no en cine, asola a la humanidad, y donde multitud de héroes y heroínas tratan de pararla o de ayudar en múltiples y necesarios oficios el mal y también, incluso, tratan de activizar el enclaustramiento de la población.

Son como esa especie de jefe de sanidad (Richard Widmark) y el capitán de policía (Paul Douglas) tratando de evitar el avance de la enfermedad en Pánico en las calles (1950), de Elia Kazan. Una película por cierto que muy pocos han tratado de enfocarla desde un punto de vista ideológico relacionando ese intento de frenar la epidemia con la caza de brujas, o sea, con la necesidad de parar el mal (simbólico) que llega de fuera (el comunismo) para infectar a los (buenos) americanos.

Curioso que este filme no se haya estudiado en general desde ese punto de vista, cuando fue realizado por Kazan en pleno periodo macartista, que asoló Hollywood (no Brooklyn) con la eliminación de tantas personas de la industria cinematográfica que se habían implicado en movimientos, o actividades, izquierdistas.

Kazan delató a compañeros y su delación —defensa de ella— aparecería expresamente en las posteriores Fugitivos del terror rojo (por cierto, título puesto para su exhibición en España, acorde con aquellos años, cuando el titulo original es Man on a tightrope) o La ley del silencio.

Diversos relatos de ciencia ficción también nos han hablado de un mundo que sucumbe a extrañas infecciones del tipo que sea, algunas convertidas luego en películas, como El último hombre vivo (Soy leyenda) donde el personaje principal se niega a ser contaminado y convertirse en vampiro. O qué decir del relato de Jack Finney convertido en diferentes películas sobre la invasión de los ultracuerpos, con versiones muy interesantes de Siegel (La invasión de los ladrones de cuerpos, 1956) y de Philip Kaufman (La invasión de los ultracuerpos, 1978).

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Siempre en estas películas o relatos está el héroe que lucha contra epidemias, invasiones extrañas, o evita que el mal se propague por el mundo con toda la artillería de Marvel o D.C. Comics en primera línea, sin olvidar a James Bond en su lucha por impedir que Spectra aniquile al mundo. Son en muchos casos héroes con superpoderes, es decir, la mayoría por encima de los poderes normales del ser humano.

Quizá el relato más humano en ese sentido —habla de miedos y de luchas diarias— sea La peste, el excelente libro de Albert Camus llevado al cine en 1992 por Luis Puenzo, y convertido, hoy, en uno de los libros más demandados.

Y es que en el momento actual la realidad se ha impuesto al cine y el mundo se enfrenta a un virus capaz de atacar a cualquiera, independientemente de la edad, sexo, nacionalidad, religión, raza…

Las ciudades se quedan vacías como quedaban en La hora final (1959), de Stanley Kramer, aunque allí no fuera por causa de un microbio sino de la guerra atómica. Y en estos momentos, en la lucha contra esa infección, no tenemos superhéroes, personajes de ficción, sino personas de a pie, esas que nos encontramos en diferentes lugares.

Son personas que están viviendo el peligro porque luchan por combatirlo, como los sanitarios. Y junto a ellos muchas otras exponiéndose por los ciudadanos para que todo siga funcionando: trabajadores en sus puestos, servicios de limpieza, conserjes de fincas, teleoperadores que no pueden realizar su trabajo desde casa, padres y madres que deben estar días y días buscando soluciones para sus hijos pequeños, funcionarios precisos en las administraciones, empresas de productos básicos, vecinos organizados para ayudar a los que más lo necesitan, fuerzas y cuerpos de seguridad, gobernantes y políticos responsables, que no actúan en función de motivos electores, y, muchas más.

Todo cerrado. Ciudades aparentemente fantasmales, pero en las que muchas personas siguen en movimiento, en sus puestos de trabajo. Esos sí son héroes. Grandes héroes de un momento que nadie pensaba que podría ser una realidad.

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Es una guerra, pero no contra las personas, sino para salvarlas de un enemigo invisible, que nos ha demostrado —por si no lo sabíamos— que formamos parte de un mundo global donde cada uno de nosotros forma parte de un todo.

En situaciones como ésta, en verdad, no sólo surge lo mejor de las personas sino también, aunque sea en una minoría, lo peor. Unos son los héroes, otros los villanos. Villanos que parecen no querer saber nada de ese hermanamiento de las personas y que huyen en busca de no se sabe qué salvación. Villanos que se niegan a ayudar con los medios que tienen a su alcance. Los irresponsables e insolidarios habitantes del reino de Spectra.

Nosotros, desde nuestra revista, seguiremos en contacto con nuestros lectores. Por coherencia y necesidad. A nivel modesto nos unimos a los que ofrecen cultura y aprendizaje sobre el mundo del cine. Sobre autores, películas que si no son de hoy son de ayer. Seguimos aquí desde nuestra obligada responsabilidad esperando que pronto toda esta especie de pesadilla haya pasado y el mundo vuelva a su vitalidad, pero mejor, después de haber pasado una dura prueba.

Ojalá al despertar todos hayamos comprendido la lección necesaria de unidad, de semejanza entre unos y otros, y que nuestra existencia tenga ese sentido —dentro de la diversidad— de trabajar por un mundo más justo y solidario.

Hemos encargado a nuestros especialistas en novela negra y de misterio dos investigaciones: primera, saber cuál es el paciente cero, si un habitante de China o un soldado norteamericano (ambos países echan balones fuera, especialmente el innombrable presidente americano, capaz de cambiar cada día de discurso); y segunda, la más importante, descubrir el misterio del acaparamiento de papel higiénico. ¡Qué cosas!

Animo, huir de las noticias falsas, buen humor y a vivir el día a día. 

Escribe Adolfo Bellido López

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