Editorial diciembre 2017

  31 Diciembre 2017

El peso del pasado

columbus-11Está terminando el año 2017, no demasiado optimista frente a la dura realidad que de una forma u otra recorre el mundo. Atisbos esperanzadores que poco a poco van quedando engullidos en absorbentes agujeros negros.

Un reflejo trasladado al cine de hoy mismo. En conjunto ni peor, ni mejor que el de ayer o anteayer. Quizá si demasiadas películas excelentes, vistas este año que está terminando, pero sí con algunas realmente importantes.

El mes de diciembre, del que mucho esperábamos, se ha movido entre la desilusión y el entusiasmo. Frustrante, en gran parte, ha sido la última película de Lanthimos, El sacrificio de un ciervo sagrado. El gran problema del filme se debe a que el director se considera sagrado o consagrado, convencido de su gran valor. De ahí que el filme tenga todos los tics de un cine (falsamente) autoral, lindando, desde la (sin)sorpresa en un tipo de qualité, la que convertiría el filme en un desecho de intelectualismo mal concebido.

Lanthimos ha volcado en un cine industrial los planteamientos propios de su cine anterior pero sin tamizar, lo que ha propiciado el aumento de los errores existentes, y cada vez más acuciantes de su filmografía desde Canino a Langosta. El mal uso del gran angular, la ingenuidad de algunos planteamientos, la sobrecarga de la crítica social con ese momento inicial de gran torpeza en el que los dos médicos hablan de sus maravillosos relojes y, sobre todo, la incidencia en el carácter metafórico y la absorción de la tragedia griega conducen el filme hacia una clara deriva.

La historia, mal hilvanada, difícil de admitir, podría —como Langosta— desde la propia ironía, erigirse en una proclama surrealista. Algunos momentos —el niño llorando sangre— así lo señalan, pero en otros momentos la deriva, el error, es tan grande, que cae en el más despiadado de los ridículos.

Para terminar de arreglar el entuerto, Lanthimos, quizá por no confiar mucho en que se entienda lo contado, aclara, por boca de sus personajes, la dependencia del mito griego de Ifigenia y la utilización de símbolos y metáforas. Vamos que, además, toma al espectador como iletrado e incapaz de saber leer unas imágenes que por elocuentes se derrumban. Quedan apuntes, eso sí, pero en conjunto la película no se sostiene. No sólo eso, hace temer por el futuro de un realizador cuyas primeras obras fueron rompedoras e innovadoras.

En el filme de Lanthimos el pasado, el peso del pasado, tiene gran importancia. Un pasado de sueños y de felicidad que puede ser cortado, o superado, por un presente luminoso o que conduzca a cometer los mismos errores. Los actos, las derivas escogidas, son las que construyen un presente que supone lo que se vive y donde los sueños de grandeza van siendo sepultados por la realidad, o por nuevos actos equivocados, a no ser que se decida a buscar y consolidar otros caminos.

Somos lo que hacemos, nuestros actos condicionan nuestras vidas, es la proclama de algunos de los excelentes títulos que nos han visitado en este último mes del año 2017.

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En primer lugar habrá que citar a Woody Allen, quien ha compuesto una excelente película, Wonder Wheel, la mejor desde Blue Jasmine. Un filme que cuenta con tres grandes monstruos, cada uno genial en lo suyo: uno de los grandes fotógrafos del cine, Vittorio Storaro (nacido en 1949 y con más de setenta títulos en su haber, ya presente en la anterior película de Allen, Café Society y que también ha fotografiado la siguiente, A Rainy Day in New York); Kate Winslet (nacida en 1975 y con más de setenta películas como actriz) y Woody Allen (nacido en 1935, dirigiendo y escribiendo una película por año desde 1982, antes de esta fecha ya había realizado once títulos).

Un filme que no va a gustar a todo el mundo, ni siquiera a todos los que siguen el cine del director neoyorkino. Como en Lanthinos, estamos ante una una tragedia de tintes griegos y pasada por el tamiz de Strindberg y O’Neil, lo que nos lleva claramente a Ingmar Bergman. Sin duda el director sueco no hubiera tenido reparos en acreditar algunos momentos memorables de esta película: los planos de Kate llamando a la pizzería o su plano final cara a la cámara.

Filme sobre el destino, la incapacidad de salir de la mediocridad reinante, la representación de unas vidas monótonas que giran y giran, como la rueda de la fortuna (la noria de Coney Island, Wonder Wheel, título de la película). Nadie se puede librar de un presente moldeado en los errores del pasado.

Un mundo, el señalado en el filme como 1950, que muestra la cruel realidad del momento histórico que vivía el país y donde la delación, el mirar a otro lado, el no hablar o hacerlo en demasía te condenaban o condenaban la existencia de los otros.

Como complemento el más bien simbólico niño pirómano, tratando de quemar/destruir todo lo que existe: el intento de cambiar el mundo, de que el suyo sea otro muy distinto.

El gran Storaro remarca con su luz, impresionante luz, el día, la oscuridad, el crepúsculo no sólo del día sino también un reflejo de unas vidas oscuras, sin salida, condenadas a la vulgaridad de un día a día sin esperanza.

Varios momentos antológicos muestran la sabiduría de Allen, su manera de encauzar una singladura vital. Un filme imposible sin una actriz como Kate Winslet. Sería imperdonable que no se llevase, la chica de Titanic, su segundo Oscar (el primero lo obtuvo por El lector), pero ya se sabe lo que hace la academia.

Allen también ha ganado varios Oscar. Uno como director y tres como guionista. ¿Se acordará la academia de esta excelente película de un joven de 82 años? Muchos nos tememos que no, que le darán la espalda, incapaces de entender el excelente guión que hay en esta enorme película a la que si algo le sobra es la voz del narrador.

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Si Allen realiza una película por año, el coreano Hong Sang-Soo (Seúl, 1960), de vez en cuando, como en 2017, realiza tres a la vez (algo que también había hecho en 2009 y 2011). Sus películas también hablan de recuerdos, de sueños no cumplidos, de esperas que quedarán en eso en espera o quizá lo vivido no sea más que un sueño.

Una playa donde camina una mujer solitaria, como ocurre en la película de Allen, donde no hay encuentros sino maneras de huir de un pasado del cual no se puede huir. Las películas de Sang-Soo a veces se dividen en partes diferentes, en aquí y allá, una historia o dándole la vuelta (Ahora sí, antes no). Personajes solitarios que vagan por calles o distintos lugares. La soledad dominando sus vidas, como le ocurría a la protagonista de la película de Allen.

El título que ahora nos ha llegado es la brillante En la playa sola de noche. Es el último título que ha realizado este año y el único que nos ha llegado. Los otros dos, La cámara de Claire y El último día, esperamos nos lleguen a lo largo del 2018 y podamos verlos.

En todos ellos, y en muchos de los otros, la intérprete es otra excelente actriz, y muy hermosa, Kim Min-hee (coreana, 1982), que fue amante del director para escándalo de la biempensante sociedad coreana que vivió horrorizada ese idilio… adúltero, ya que el director estaba casado.

En varias de sus películas, Sang-soo refleja esa relación y las derivas de la unión y el posterior alejamiento de la pareja. Cine personal, mimético, hermoso, de soledades, renuncias, presunciones, ensueños y mentiras. Reflejos, en definitiva, de una realidad, donde elementos exóticos, surrealistas, se entrecruzan en las imágenes: el hombre que rapta a la mujer en la playa y que es el mismo que lava los cristales de una ventana.

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Para terminar quiero centrarme en una gran sorpresa, un filme tan grande como sencillo, todo un ejemplo de realización. Se trata de Columbus, primer largometraje de Kogonada.

Poco sabemos de él, de su vida. Nació en Corra y de muy joven pasó a Estados Unidos. Y allí, desde una posición independiente viene trabajando en cine a través de videos experimentales sobre Ozu, Bresson, Kubrick, Linklater, Hitchcock, Aronofski, Bergman, Wes Anderson, Godard, el neorrealismo, las diferencias existentes entre el montaje del productor (Selznicck) y el director (De Sica). A los que tengan interés por su trabajo les aconseje busque en internet sus trabajos, accesibles, bien a través de la propia página de Kogonada o en Vimeo y sabrán de que va y lo que interesa a este curioso realizador.

Columbus, como queda dicho, ha sido quizá la gran sorpresa del año. Un filme de encuentros y de ciudades, de pasados impidiendo un respiro que proporciona la vida y el arte, en este caso la arquitectura de una ciudad. Una sencilla historia de un encuentro y de unas tomas de posición frente a la vida y el futuro.

Los lugares vacíos de Ozu, la ciudad y su arquitectura gravitando sobre unos personajes como en Antonioni, un encuentro como en Linklater, la oposición imagen/ruidos godardiana. Sí, todas las influencias que se quieran pero dadas de una visión personal de un realizador que nos transmite toda la carga emocional de sus personajes.

En pocas películas se produce como aquí un diálogo tan conseguido entre personajes y hábitat. Hay que admirar los encuadres precisos, el mimo con el que está compuesto cada plano. Junto a ello una actriz, una más, en estado de gracia, la joven, bella y casi desconocida Harley Lu Richardson (Phoenix, 1995).

Un filme admirable en el que resplandecen varias secuencias como el encuentro entre la joven y el coreano que ha llegado a la ciudad de Columbus, dada en una conversación, rodada en travelling, a lo largo de una verja que separa a ambos personajes, o la explicación de la joven sobre la grandeza arquitectónica de su ciudad a través de sus gestos, ya que ha quedado separada (del espectador) por el cristal de uno de los edificios.

Argumento simple para un diálogo constante sobre la vida, la necesidad de tomar decisiones y sobre la arquitectura, el fuerte de esa pequeña ciudad de Columbus, repletada de bellos edificios modernos que intentan cambiar la fisonomía del lugar y de sus habitantes.

Cuatro títulos distintos, tres logrados y uno fallido, estrenados en este último mes del año y que demuestran la riqueza del cine en su afán de contar, de sugerir, de hablarnos del pasado y del presente como esenciales para conocimiento de la persona, de lo que somos, del mundo en que vivimos. Esa es la grandeza del cine. Su poder. El que sigue teniendo.

Y así, esperamos, seguirá siendo en 2018 desde la polémica, la discrepancia y el reconocimiento.

Escribe Adolfo Bellido López

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