Yo soy Espartaco (de Kirk Douglas)

  07 Noviembre 2014

La vieja memoria

yo-soy-espartaco-0El actor Kirk Douglas ya nos había sorprendido hace años con El hijo del trapero, una autobiografía escrita en una época en que pocos publicaban sus memorias y, además, elaborada con esmero y estructurada como una novela, lo que la convertía en una lectura fácil y atractiva.

Ahora nos vuelve a sorprender, escribiendo con 95 años otra autobiografía, pero en esta ocasión centrada (casi) exclusivamente en el proceso de creación de la película Espartaco y lo que supuso no sólo cinematográficamente, sino también a nivel histórico, ya que fue la película que contribuyó a poner fin a la Caza de Brujas del senador McCarthy al figurar por primera vez uno de los diez de Hollywood en los créditos: el guionista Dalton Trumbo.

Confieso mi temor inicial a enfrentarme al libro por dos motivos: primero, soy un fan incondicional de Kubrick y la posibilidad de que Douglas reclamara la autoridad absoluta sobre este título molesta lo suyo… aunque sea el propio director de 2001 quien reniega de Espartaco por no haber tenido la última palabra en cada elemento del film.

Y segundo, ese título apunta a una reivindicación casi anacrónia: Yo soy Espartaco, y más si tenemos en cuenta la escena del film en que se basa el título (todos se levantan para reclamar ese nombre: una identificación plena con su líder, hasta la muerte), y que el prólogo es del progre de moda en Hollywood, George Clooney.

Ambas cirunstancias hacían temer unas memorias selectivas, dirigidas a reivindicar (quizá) innecesariamente el papel de Kirk Douglas en la historia del cine.

Pues bien, me equivoqué.

No sólo es un libro que casi se lee de un tirón, es también una pequeña lección de historia (de esa historia que no gusta recordar a los yanquis: su vergonzosa Caza de Brujas) y, sobre todo, es una modélica lección de estructura, de cómo se crea un texto, cómo se divide, cómo se introduce, cómo se organizan los elementos para resultar interesante.

Si no supiera que es imposible diría que parece escrito por el mismísimo Dalton Trumbo, la estrella coprotagonista de esta función y uno de los mejores guionistas de la historia de Hollywood. Un hombre capaz de escribir un guión de compleja estructura, con abundante diálogo y lecturas entre líneas allá donde todos los demás habían fracasado… incluido el propio autor de la novela, en este caso Howard Fast.

Pero no, no es de Trumbo.

Estas memorias están dictadas a su secretaria personal por un abuelito de 95 años (ojo, ahora tiene 97), tras revisar sus propios archivos y los de la Universal, con algún receso para hablar del presente del libro (es decir, de 2012, cuando Douglas lo dictó) y con breves encabezados en cada capítulo extraídos del propio film

Un encaje de bolillos casi perfecto. De manual, vamos.

Más allá de su esmerada composición, ¿es interesante lo que cuenta el protagonista de Siete días de mayo?

Sí, mucho. Vayamos por partes.

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La trastienda de Hollywood

Decía Jordi Grau en su libro Confidencias de un director de cine descatalogado que le gustaba hablar de la trastienda de sus películas porque era lo que el lector/espectador no sabía y, sin embargo, era fundamental para el resultado final de cada film.

He aquí la trastienda más grande jamás recordada.

Kirk Douglas (protagonista, productor y máximo responsable del film) revisa a fondo su memoria, sus archivos y los de la Universal Pictures para contar el largo y costoso proceso de creación de una película mítica en muchos aspectos, pero histórica sobre todo por uno: fue la primera en incluir en sus títulos de crédito el nombre de uno de los diez de Hollywood, Dalton Trumbo, quien desde hacía una década firmaba su trabajo como guionista con pseudónimos de lo más variados, incluyendo Robert Rich (con el que ganó el Oscar por El bravo… y nadie lo recogió) y Sam Jackson, el que venía utilizando a finales de los 50 más habitualmente.

Esta decisión se convirtió en la punta de lanza que acabó con las listas negras en Hollywood, años después de que teóricamente hubiera finalizado la Caza de Brujas del senador McCarthy.

La vida imitando al cine o la historia se repite, como prefieran.

Porque de la rebelión del esclavo contra Roma que se narra en el film (con notables licencias, para eso es una película, no una clase de historia) pasamos a la rebelión del productor-actor contra el miedo y el poder de Hollywood para censurar ideas y someter a todos.

Tanto no ha cambiado la vida en dos milenios de historia.

Yo soy Espartaco es uno de los momentos más emocionantes e imitados del film, pero no es la única cita que aparece en el libro: cada capítulo comienza con una frase de la película, cada una asignada a un personaje distinto y cada una encaja a la perfección con lo que se nos va a contar en ese capítulo.

La trama principal, ya lo hemos dicho, es el proceso de gestación del film. Pero como en los grandes títulos, hay una subtrama igualmente atractiva, donde anida el tema, la idea que el autor quiere transmitir.

Aquí esa subtrama es la historia de las listas negras, de la persecución de los comunistas… y su abolición cuando Espartaco vio la luz. Aunque no fue la única, en aquellas fechas también Otto Preminger reconoció —al hilo del film de Kubrick— que Dalton Trumbo también había escrito el guión de su film Éxodo, estrenado meses después.

Era el final de una persecución en contra de las ideas. El comité les había reclamado declarar sobre su ideología, algo protegido, por lo que ellos se acogieron al Quinta enmienda. Esto, tan sencillo en apariencia, les costó a los diez de Hollywood meses o años de cárcel… ¡y eso que vivían en la tierra de la gran promesa, en la gran América!

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Estructura, siempre estructura

La clave del éxito del libro está en su estructura: no estamos ante una prosa ingeniosa, ni un lenguaje cultivado, todo es simple y directo, pero, como decía William Goldman (otro maestro del guión), si la estructura funciona, todo funciona.

Yo soy Espartaco parte de los primeros años de Kirk Douglas en Hollywood, no porque quiera volver a contar su biografía, sino porque coinciden con la aparición del Comité de Actividades Anti Norteamericanas (que es como traducen en el libro el HCUA: House Committee of Un-American Activities), con las declaraciones, con las delaciones, con el encarcelamiento de los diez de Hollywood… todo ello mientras su carrera va viento en popa.

Sus incisos le llevan a ofrecer breves datos sobre las trayectorias paralelas en ocasiones (ambos fueron a la cárcel) y separadas finalmente (uno comunista hasta la médula, el otro más atraído por su propio ego) de los otros personajes invitados en Espartaco: el escritor Howard Fast y el guionista Dalton Trumbo.

Las vidas de los tres las conocemos a través de breves pinceladas y una notable documentación, hasta llegar a la preproducción de Espartaco, que es donde el libro comienza a explayarse: las dudas con adaptar un libro de un comunista, la elección de los actores, el ego de cada personaje, las negociaciones políticas, el film de la Universal que será vendida durante la producción del film… todo entrelazado con suficiente elegancia como para no perder de vista el objetivo final, que es a la vez el subtítulo del libro: Rodar una película, acabar con las listas negras.

Un gran texto, con sus puntos álgidos, sus giros, sus personajes malvados (como Sam Norton, amigo que estafó durante años a Kirk Douglas… justo hasta el rodaje de este film), con sus heroínas (Anne Douglas, la esposa del hijo del trapero), con su lucha por salir adelante (se puso en marcha en paralelo con otro film de Martin Ritt, titulado Los gladiadores y protagonizado por Yul Brynner… aunque finalmente éste no llegó a realizarse) y, como todo buen film de Hollywood, con su inevitable final feliz.

Enseñar distrayendo, ser didácticos sin que se note, ofrecer lecciones de historia de forma amena… todo ello se puede aplicar a la película Espartaco y también a este libro de su protagonista.

Pero no se vayan todavía, aún hay más.

Para los amantes de los cotilleos, de las memorias más escabrosas, también hay elementos de interés en esta pequeña obra: desde las luchas de egos entre sus protagonistas (sobre todo Laurence Olivier y Charles Laughton), hasta la lista de escenas censuradas en su momento (destacando la felizmente recuperada de las “ostras y caracoles” que hablaba de la bisexualidad de Oliver frente a Tony Curtis), algún secreto de alcoba (ver la elegancia con que despacha su affaire con Pier Angeli en la página 37… un párrafo antes de conocer a la mujer de su vida: Anne), la búsqueda de una protagonista femenina… y, por supuesto, Kubrick.

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El inevitable Stanley Kubrick

En la memoria de Kirk Douglas, Kubrick ya aparece como el tipo frío y calculador, pero también como el excelente director que luego confirmaría ser.

Un retrato entre respetuoso y desmitificador, entre admirado y crítico, separando al artista de una persona a la que no considera especialmente amiga.

La primera vez que muestra al director de La naranja mecánica en acción es la cruel forma de despedir a la actriz inicialmente prevista, Sabina Bethman, que fue sustituida finalmente por Jean Simmons, acrecienta si cabe la fama de director duro y sin contemplaciones de Kubrick… a la vez que refuerza su ojo crítico, su indudable talento para distinguir un gran intérprete de alguien que no tiene capacidad de transmitir emociones.

Pero, como dice el propio Douglas, “Kubrick siempre tenía razón”.

Y por ello hubo que rodar la batalla final, que en el primer montaje del film no existía, y hacerlo en España, en colaboración con el ejército español, después de aportar un generoso donativo a la “organización no lucrativa” de la esposa del Caudillo.

Incluso, curiosamente, se describe cómo Kubrick se negaba a rodar la que probablemente es la escena más recordada del film, ese momento en que todos los esclavos supervivientes se levantan al grito de “Yo soy Espartaco”. Una escena que a Kubrick le parecía torpe y estúpida… aunque finalmente Douglas se salió con la suya.

O cómo Kubrick se salió con la suya en la forma de fotografiar la película, hasta el punto de que él mismo manejaba en ocasiones la cámara, decidía las luces, las ópticas y los encuadres, mientras el veterano Russell Metty miraba cómo trabajaba ese novato insoportable. ¿Quién tenía razón? Bueno, meses después Espartaco ganó el Oscar a la mejor fotografía… y Metty no tuvo problemas en subir a recogerlo.

Y un detalle para la historia.

Tras convencerle de que se cambiara de vez en cuando de ropa (Stanley no parecía tener tiempo para nada excepto para el rodaje) un día Douglas y Kubrick fueron juntos a un psiquiatra. No es que Stanley llevara a cabo ningún tratamiento, aunque sí aprendió a cambiarse de ropa de vez en cuando, pero en aquella consulta recibió un consejo: debía leer un libro que le ayudaría a llevar un poco mejor el trato con otras personas durante el rodaje.

Ese libro era Relato soñado de Arthur Schnitzler. La recomendación es de 1959. Kubrick lo leyó. En 1999 dirigió su última película basándose en ese libro: Eyes Wide Shut.

Así se escribe la historia.

Escribe Mr. Kaplan

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