Pasión de los fuertes (My darling Clementine, 1946) de John Ford

  19 Marzo 2020

Una luz en la ventana

my-darling-clementine-0Ford y Hitchcock son dos de los más grandes directores que el cine ha tenido. No eran simplemente artesanos, sino enormes creadores que dotaban a sus películas de nuevos planteamientos y de alteraciones narrativas.

A Ford, en una época, cierta crítica, quizá porque en sus films había militares y vaqueros, le consideró un fascista. Quizá desconocieran, por ejemplo, Las uvas de la ira (1940) que podría, incluso, considerase comunista. También decían que era racista (1) y machista y es que aún no había realizado ni El gran combate (1964, absurdo título español para el original, El otoño de los Cheyenes) ni 7 mujeres (1966). 

Pasión de los fuertes es una de las muchas versiones que el cine ha dado del duelo en el O.K. Corral entre los Earp (junto a Doc Hollyday) y los Clanton. El filme de Ford se instala en la leyenda al incluir al personaje de Clementine, como fuente de la balada típica del oeste señalada por su título original, My darling Clementine.

Film grande con personajes inolvidables (el recitador de obras de Shakespeare), replicas maravillosamente absurdas (el barman que a la pregunta sobre si ha estado enamorado contesta que todo su vida ha sido camarero) o esos simples momentos, instantes definitorios del personaje, y de sus estados anímicos, entre los que  se pueden citar: el rostro de Doc Hollyday reflejado sobre el cristal que enmarca su título de doctor en medicina o el pañuelo del mismo personaje colgado, después del duelo, sobre una valla del lugar donde ha tenido el duelo.

Quiero centrarme sólo en otro instante inolvidable que define toda una situación, reflejando el pensamiento de un personaje. Y lo destaco porque, para muchos, quizá, pase desapercibido.

Se trata de un simple plano que dura segundos: Wyatt Earp (Henry Fonda) camina, en la madrugada, hacia el duelo con los Clanton. Ford muestra aislado al personaje en su caminar mediante un contrapicado, mientras pasa por delante del hotel del pueblo. Su cabeza, todo en plano general, gira para posar su mirada en una ventana que está iluminada: la de Clementine.

Un plano que demuestra su amor y en el que también se susurra un recuerdo y quizá, también, un adiós porque puede que muera en el enfrentamiento. Un simple plano, como éste, nos adentra, sin palabras, en el interior del personaje.

Algo que sólo los grandes maestros del cine saben comunicar. Y Ford era una de ellos.

Escribe Adolfo Bellido López  

(1) Los que eso decían probablemente ignoraban que era hermano de sangre de una tribu de navajos, a los que ayudaba económicamente haciendo que trabajaran en sus películas.

 

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