Ángel (1937), de Ernst Lubitsch

  26 Febrero 2020

¿Qué ocurre al otro lado de la puerta?

angel-0Lubitsch imprime su toque a las películas, ese que define al director de las puertas. Mary Pickford, actriz de la primera época americana del realizador alemán (Rosita la cantante callejera, 1923) llegó a decir que a Lubitsch no le interesaban los actores, sólo se preocupaba por las puertas.

Es cierto, contabilicen cuántas puertas se abren y se cierran en sus películas o cuántas cosas ocurren, o uno se imagina que ocurren, tras las puertas cerradas. Es el otro lado, eso que no vemos pero que intuimos.

Ángel, en donde el espejo como reflejo de las mentiras de María/Ángel (Marlene Dietrich) posee varios momentos propios de la puerta cerrada, encerrando en una habitación a los protagonistas, es usada de forma maestra como forma de expresar una situación e incluso describir personajes.

No es una puerta la que muestra al principio la casa de la gran duquesa Ana y sus negocios, pero da igual: es un travelling sobre las ventanas de su mansión siguiendo los negocios, habitación en habitación, del citado personaje… desde el silencio del voyeur. Un voyeur que a veces quisiera mirar por el ojo de la cerradura de una serie de puertas para saber, en realidad, lo que ocurre del otro lado, aunque sólo para certificar lo que se imagina.

En Ángel hay uno de los más preciados tesoros, en este aspecto, del cine de Lubitsch: la comida que comparten el marido, su mujer y el amante, siendo anfitriones los primeros.

La secuencia se inicia con la llegada del amante a la casa del antiguo amigo del amante de su mujer, sin que (el amante) sepa que aquella mujer es la desconocida que amó en París. La reconoce en un bello momento, que, de manera perfecta, se le hurta al espectador: el amante mira la foto de la mujer del amigo. Luego será el encuentro del trío. El amante definirá, enunciará sus características, la mujer amada, de la que no sabe ni el nombre, de forma distinta a como es en realidad. El marido no puede adivinar que es su mujer. Pasan al comedor. Y la comida, la tensión de la comida, se refleja… en la cocina.

Primero por las migas que los sirvientes, dicen, ha ido dejando la señora sobre la mesa, después por la forma de llegar los platos a la cocina: el de la mujer sin tocar, el del amante con el filete cortado pero sin haber probado nada y el del marido sin nada en el plato.

Todo ello sujeto a los comentarios de los sirvientes, ignorantes de lo que pasa, y preguntándose si la carne estaba bien o mal hecha. A todo ello, además, se une la llamada telefónica, en la propia cocina, que mantiene el mayordomo con su prometida y en la cual indica su desconfianza hacia ella, algo que ya se había dado en el cierre de la escena del hipódromo.

Representaciones, dudas, engaños, hombres, mujeres y amantes, todo ello se baraja como en un carrusel inmortal en las películas de Lubitsch

Escribe Adolfo Bellido López

 

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