Marnie la ladrona (Marnie, 1964), de Alfred Hitchcock

  18 Febrero 2020

La violación de Marnie

marnie-0La secuencia en que Mark Rutland (Sean Connery) viola en el lecho nupcial, durante la luna de miel, a su mujer Marnie (Tippi Hedren) constituye la culminación y punto sin retorno de la crueldad ejercida sobre las mujeres por parte de los personajes hitchcockianos masculinos normales, es decir, exceptuando el protagonismo de psicópatas como Norman Bates (Psicosis) o Robert Rusk (Frenesí).

Para representar dicha agresión sexual, el avieso Hitchcock no recurrió a sus arquetipos actores masculinos fetiche de la década de los cincuenta (Cary Grant, James Stewart), sometidos a la atracción y ejerciendo el rol de enamorados pasivos frente a los ardides de rubias manipuladoras (Grace Kelly, Eva Marie Saint, Kim Novack), sino que optó por el donjuanesco y aventurero agente 007, a saber, eligió un modelo de hombre de acción, físicamente fornido, viril hasta las cachas, al que Sean Connery prestó su elegancia y magnetismo.

Mark Rutland pretende ejercer de entomólogo cerebral, de distante científico y psicoanalista aficionado para diseccionar a una nueva criatura que ha despertado su atención: la cleptómana Marnie. Por ello, su personaje se reviste de todo ese disfraz intelectual, un mero pretexto (mcguffin) verbal que a la manera del amor cortés provenzal intenta disimular, canalizar y hacer soportables los instintos más primarios.

Pues no de otra cosa habla el cine del maestro del suspense, de las pasiones básicas: sexo y violencia. Si Scottie (James Stewart) intenta hacerle el amor a una muerta (Trías dixit) en Vértigo, mientras es utilizado cual pelele para servir de coartada de un asesinato; si el pusilánime y ambiguo Maxim de Winter no ha soportado la incondicional y libérrima sexualidad de su viuda y fantasmal Rebeca;  si Roger O. Thornhill (Cary Grant) es vapuleado y asediado con la complicidad de una interesada rubia (E. M. Saint), finalmente Rutland-Connery se tomará cumplida venganza de tantas humillaciones…, aunque para materializarla deberá recurrir a la necrofilia que afectó y soportaron sus predecesores protagonistas masculinos.

Después de agotar su paciencia como psicoanalista amateur, en un espacio claustrofóbico, en una jaula de la que no hay escapatoria posible, el camarote de un crucero, Rutland da rienda suelta a su deseo sexual y arrebata el camisón de su mujer en un violento gesto del que luego parece arrepentirse, pero que es la señal de inicio del acoplamiento postergado.

Hitchcock trocea el cuerpo de Marnie mediante planos de detalle que expresen su desnudez y total indefensión, mientras con picados y contrapicados se inicia el imparable cortejo de Mark.

Un primer plano de la mirada de ambos protagonistas —continúa la sinécdoque— nos informa del estado catatónico en que Marnie se encuentra (está muerta, la violación lo será de un cadáver), mecanismo de defensa que activa para evitar lo inevitable, así como de la libidinosa y chispeante mirada de Mark, alegre y gozoso de acceder a su presa carnal.

En un gesto falsamente púdico, la cámara escapa, morosa, por el único punto de fuga posible: el ojo de buey del camarote. Su presencia ya sería superflua. Para compensar dicha ausencia ya está la mente espoleada del espectador.

Escribe Juan Ramón Gabriel