Sweet Country (2017), de Warwick Thornton

  07 Febrero 2020

Territorios inhóspitos

sweet-country-0El western es un viaje hacia el oeste, y ese oeste tiene, en los inicios, una concreción geográfica muy precisa. Los Estados Unidos, aún el far west, el lejano oeste hacia el que se dirige en busca de riqueza el hombre civilizado del este.

Pero poco a poco se va desmaterializando su referencia originaria y se convierte en una categoría cultural capaz de plasmarse en las más diversas ubicaciones, a condición tan sólo de respetar unas señas de identidad que trascienden lo empírico y se aferran a lo conceptual. Cuando los iconos acompañan a las categorías el reconocimiento es más sencillo. Cuando se disocian de ellas puede pasar desapercibido, pero no por ello pierde efectividad.

A fuerza de despojarse de lo accidental el género puede reducirse a dos líneas de fuerza definitorias: La consideración del paisaje, del medio en el que se desarrolla la acción, como un protagonista más, decisivo casi siempre, y la lucha de la civilización contra la barbarie.

En Sweet Country quedan recogidas ambas claves. La acción se ha desplazado a los confines del desierto australiano, donde el homicidio en defensa propia de un hombre blanco cometido por un negro desata las iras de la población. La civilización, el juez, llegará para imponerse a la furia que exige el linchamiento. Y acabará triunfando la racionalidad, al menos en apariencia.

Ese presunto final feliz queda destruido en la última escena, en la que se van a reconstituir las esencias del western.

Sam, el aborigen acusado y finalmente absuelto para decepción de la turba, huye acompañado de su familia y escoltado por la ley hasta los límites del pueblo que lo amenaza, alcanzando un lugar a partir del cual, en teoría, va a encontrarse seguro. Pero no es así.

Cuando el peligro parece haber pasado recibe un disparo que acaba con su vida. De esa manera se deja constancia del triunfo del sinsentido irracional frente a un orden que a pesar de sus esfuerzos, no consigue imponerse, pero lo más interesante es la manera en que se ejecuta ese fatum. No hay nadie que haya realizado el disparo.

Cuando los personajes y la cámara levantan la vista buscando al autor encuentran un espacio vacío, desprovisto incluso de cualquier guarida en la que pudiese encontrar refugio el asesino. En realidad ha disparado el paisaje mismo, constituido de esta forma en un personaje más, un personaje cuya crueldad impregna todo lo que contiene y que no es tan fácil de domeñar como la de los humanos que lo habitan.

Acusación y disculpa a la vez. Puro western.

Escribe Marcial Moreno

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