Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons, 1988) de Stephen Frears y Valmont (1989) de Milos Forman

  30 Enero 2020

Los finales

valmont-amistades-0Basadas en la misma historia, bien procedente del texto original o de la adaptación teatral, ambos títulos —realizados muy cercanos en el tiempo— son totalmente distintos. Ya se sabe que incluso si hubieran sido realizadas desde idéntico guión, ambas serían diferentes porque la manera de filmarlos, la forma en que se realizarían, las haría distintas.

Para empezar, ni siquiera son remakes una de la otra. Se entiende mal esto de los remakes. Un remake sería tomar una película en sí misma, y en cierta manera repetirla a partir del guión de la primera. Por lo tanto aquellas películas basadas en textos literarios de las que existe más de un versión no serían remakes sino diferentes adaptaciones. De no ser así, por ejemplo, todas las películas sobre cualquier obra de Shakespeare o, por citar otro caso, de El Quijote, habría considerarlas como remakes de la primera película que utilizó la obra original. Cada autor, director, transformará ese original en su versión dada, insisto, por la forma en que ha sido realizada.

El caso de estas dos películas es, así, significativo. Partiendo del mismo texto las ideas de ambas (no algunos episodios) son totalmente contrarias. Así, mientras la película de Frears es un tratado moral, la de Forman es un apología de la amoralidad. Y mientras la primera es un estudio de personajes, una interiorización de los mismos, la segunda muestra la visión de una época.

Ambas presentan apuestas sobre juegos amorosos, pero en Frears nos centramos en los protagonistas, de ahí la utilización del primer plano como elemento dominante, y en la segunda en la sociedad, y como correspondencia Forman centra todo el filme en planos generales.

El final de ambos filme es la demostración palpable de esa diferencia. En ambas Valmont va a morir. En Las amistades peligrosas la mujer ladina, representada por Glenn Close, y que es quien ha movido las cartas que han llevado al fatal desenlace, delante de un espejo se va desmaquillando (quitando la máscara) y el espejo le devuelve la imagen de una mujer ajada, destruida que llora su ruina.

En Forman no ocurre nada de eso. El plano final sigue en la línea de desmontar una sociedad caduca pero desde la más cruel de las ironías, al no ser consciente de ello, o mejor al seguir dentro de los engaños: la joven que se casa con un viejo noble ante la presencia del rey espera, sin que los asistentes a la boda lo sepan, un hijo del fallecido Valmont. Aquí nadie se quita las máscaras, unos se siguen aprovechando de otros, y aplastando a las clases más débiles representadas por los criados y por el pueblo en general, sin importancia en el filme de Frears.

Injustamente —se estrenó después—, Valmont fue un fracaso; para la mayoría de las personas no tenía sentido una película que acababan de ver hacía muy poco. El error, claro, era total. Una misma historia contada de formas muy diferentes. Juego de máscaras en la primera con final moralizante (la mujer purga sus culpas), representación de una sociedad que desea seguir en sus juegos ignorando al pueblo.

Como alguien escribió sobre el filme de Forman en su estreno: «cuando uno de los criados apaga la luz de una antorcha está anunciado el fin de una época y la llegada de la revolución».

Para Forman lo social domina a lo personal, el fin de un reinado a la microscópica visión de Frears de unos seres que son, desde su inutilidad, hasta capaces de redimirse en su soledad.

Escribe Mister Arkadin