Madame de… (1953), de Max Ophüls (2)

  02 Enero 2020

Clases oprimidas

madame-de-100Se ha llegado a decir en algún momento, por un indocumentado fílmico, que el cine de Max Ophüls sólo cuenta historia banales de amor, que si sus películas (excelentes) no son más que el antecedente de Sissi y de las numerosas películas que a la sombra de ésta se realizaron. Y para mantener o reafirmar tamaño despropósito se recuerda que Ophüls dirigió De Mayring a Sarajevo, Liebelei o, entre otras, Madame De.

Decir eso del realizador de Lola Montes es como afirmar que Hitch hacía policiacos, Ford se dedicaba al western, Chaplin a lo cómico y, por cerrar estos lamentables ejemplos, Stahl o Sirk a realizar vulgares melodramas.

En Ophüls hay mucho más que historia de amor en reinos de opereta; hay descripciones de ambientes, de personajes, en un conglomerado que apunta a una descripción de la sociedad en la que se desarrollan sus películas, sean de época o no.

Personajes principales que forman parte de un decorado general en el que conviven seres de diferentes clases sociales. Unos desde la altura tratan a los otros, los servidores, criados, como seres inferiores a los que ni siquiera se les mira porque para ellos no existen. Personajes engolados que, desde sus actitudes, propiciarán posteriormente la revolución al servicio del pueblo.

En Madame de… hay algunos ejemplos claros del pensamiento y la mirada selectiva de Ophüls sobre la sociedad. El general (Charles Boyer), marido de la protagonista, echa de menos los pendientes que ha regalado a su mujer; se encuentran en el palco del teatro al que asisten (más bien aburridos) a una representación entre destacados miembros de la aristocracia. Representación que lleva a la observación de unos por otros, a las comidillas, flirteos mientras otros duermen sin saber si el teatro está en la escena o en el otro lado.

Los pendientes, algo que el general no sabe, han sido llevados a la casa de empeños por su mujer (Danielle Darrieux), por lo que comienza a buscarlos primero en el propio palco, luego se acercará a otro palco vecino, decidirá volver a su casa para ver si los encuentra, vuelve al teatro y sigue su búsqueda… todo eso sin tener en cuenta a las personas que tiene a su alrededor y a los que les ordena ir y volver a la casa o, indirectamente —uno de los grandes detalles de esta excelente secuencia— a los acomodadores de los palcos que descansan en los sillones esperando que termine la sesión y que, ahora, ante las continuas salidas y entradas del general en un palco o en otro y nuevamente en el suyo mismo, llevan a estos hombres marginados, mayores, cansados, al servicio de los engolados personajes, a levantarse continuamente para abrir las puertas de los palcos, una y otra vez, al furibundo general.

Eso sí, mirándose entre sí, uno a cada lado de la puerta, e incapaces de comprender lo que está pasando, terminan por decidir quedarse sentados o, lo que es mismo, cortar su servilismo en función de las apetencias o caprichos de una clase dirigente a quienes el pueblo trae sin cuidado.

Es un ejemplo, en el filme y en la obra de un director, que permite comprobar que hay bastante más detrás de la historia, con lo que la obra de Ophüls va mucho más allá que la simple atención a los amores agraciados o desgraciados propiciados por los juegos de una clase engreída y embebida en su poder.

Escribe Mister Arkadin

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