Ser o no ser (To be or not to be, 1942) de Ernst Lubitsch

  02 Diciembre 2019

Todo es vanidad

ser o no ser-1El inmarcesible éxito de esta película radica en la humanización con la que se arrostra el nazismo en general y la figura de Adolf Hitler en particular. Por supuesto que dicho statu quo ontológico responde a la perspectiva satírica adoptada, si bien la parafernalia nacionalsocialista funciona como mera tramoya, como simple escenografía-telón de fondo que, por sus características innatas (autoritarismo, sumisión y obediencia ciega al líder supremo), se presta a un mayor grado de burla y de ironía.

El mundo entero es un teatro (barroco) y la vida un juego de máscaras y de interpretaciones. De ahí ese título tan shakespeariano para ofrecernos los resortes de la representación, de lo metaficcional, mediante un inconmensurable guion.

La mise en abyme del drama del príncipe de Dinamarca (ese teatro dentro del teatro como instrumento para desmontar la trama y las mentiras que rodean el asesinato del padre de Hamlet) se expande por toda la película de Lubitsch, que convierte la realidad en un escenario en donde, por fin, los miembros de la compañía teatral podrán llevar a cabo la representación de la obra prohibida.

Y será la vanidad de los actores (vanidad inherente a cualquier manifestación artística pero agravada en el universo de la interpretación y de las máscaras), la sátira de sus desmedidos egos y de sus infinitos miedos e inseguridades, el motor que promueve toda una serie de acciones tan heroicas como ridículas.

Los prebostes nazis aparecerán movidos por las más bajas pasiones humanas, pues debajo de todo los atributos con los que se revisten y de todos los ademanes intimidatorios (ese recurrente y paródico saludo: «Heil, Hitler») subyacen unos pequeños hombres movidos por deseos muy humanos.

Por eso el gran, gran Josef Tura (Jack Benny) no soporta que la no menos grande Maria Tura (Carole Lombard) le robe protagonismo. Y así cada uno de los miembros de la compañía moriría por tener su gran momento de lucimiento interpretativo, aun a costa de arriesgar su propia vida.

Lubitsch alcanza el summum del escarnio nazi en la secuencia del interrogatorio a un pequeño cachorro nacionalsocialista, realizado bajo el retrato del Führer (cuyo modelo es el actor de la compañía que lo encarna). Un mero chiste (el humor) puede provocar la defenestración de quien lo comparta, aumentando la hilaridad sobre las bases irracionales del poder y de la intimidación nazi.

El actor modelo del supremo líder está tan metido en el papel que decide hacer sus propias aportaciones con un ególatra saludo: «Heil yo mismo». A renglón seguido, Lubitsch rompe la cuarta pared y nos muestra el escenario (el set) de la escena-secuencia, nos desvela que los resortes del poder se sustentan sobre una representación cuya efectividad depende del grado de convencimiento que ejerza sobre el público-pueblo.

Para desenmascarar los resortes del Poder y la vanidad que lo impregna es necesario el humor fino y sutil, la vanidad conscientemente dirigida y magistralmente controlada por un buen director de escena. Y Lubitsch lo fue. Tanto, que sigue sin ser superado.

Escribe Juan Ramón Gabriel