Uno, dos, tres (One, two, three, 1961) de Billy Wilder

  11 Noviembre 2019

El vértigo de Wilder y los hermanos Marx

uno-dos-tres-1Cuando en 1961 Billy Wilder perpetra esta magnífica comedia, ya lleva sobre sus espaldas otros títulos tan emblemáticos como El crepúsculo de los dioses (1950), Sabrina (1954), La tentación vive arriba (1955), Testigo de cargo (1957), Con faldas y a lo loco (1959) o la oscarizada El apartamento (1960).

Con tamaño bagaje y pericia, Wilder construye una corrosiva comedia con el trasfondo histórico de la Guerra Fría, ubicada en el Berlín ocupado y dividido, pero anterior al muro. Berlín fue el espacio donde el joven Wilder se fajó y se formó, siendo su presencia una constante en su cine que está asociada a la gran Marlene Dietrich. Ésta coprotagonizará tanto Berlín Occidente (1948) como la reseñada Testigo de cargo. Su presencia felina y ambigua serpentea entre las ruinas de un Berlín devastado.

A esos escombros berlineses y a su milagrosa resurrección económica, regresa Wilder en 1961, para no dejar títere con cabeza. Su vitriólica mirada disuelve cualquier atisbo de impostura ideológica, de falsedad espiritual, de apariencia social, ya sea el comunismo del Berlín democrático, el capitalismo globalizador de la Coca-Cola o el presunto éxito de la desnazificación alemana.

Frente a cualquier pose, priman los instintos básicos, las pasiones ancestrales, los vicios y los pecados que constituyen la naturaleza humana. El timing de esta película es tal que no sobra, no ya ninguna secuencia, ni siquiera ningún plano, ningún encuadre. Wilder fragua un guión con un suspense hitchcockiano adobado con el sulfúrico humor marca de la casa.

Un inmenso James Cagney (Mac MacNamara) ejerce de jefe de pista en esta milimetrada historia que discurre a través de una gradación intensificativa y climática, cuya culminación tendrá como escenario las pistas del aeropuerto berlinés. En un nítido homenaje a la mítica secuencia del camarote de los hermanos Marx de Una noche en la ópera (1935, de Sam Wood), Wilder imprime a los cinco últimos minutos de su filme un ritmo todavía más acelerado, frenético y vertiginoso, en paralelo a la verborrea y a las dotes de mando (director de orquesta) de Macnamara (Cagney).

En esta agónica y trepidante secuencia, acompasada por los sones de La danza del sable de Aram Kachaturian (ya aparecida cuando MacNamara utiliza como cebo a su secretaria para engatusar a los comisarios soviéticos), toda una serie de personajes se introducen en el coche de Cagney: su ayudante Schlemmer, un pintor que diseña un emblema heráldico para el nuevo conde y antiguo camarada comunista Otto; la prometida de este Scarlett —sí, toda una ácida ironía para burlarse de la heroína por excelencia del cine hollywoodiense—; su secretaría, un sastre remendando sobre la marcha los pantalones rotos de Otto, toda una ristra de sombreros, el conductor... Todo ello mientras Macnamara hace una relación de gastos que deberá pagar con su nuevo sueldo el converso y bisoño aprendiz de capitalista que es Otto.

Wilder inserta un desplazamiento, un movimiento a la secuencia, enclaustrando a todos sus personajes en el interior de un coche, cuyo recorrido es tan rápido como los diálogos que se cuecen en su interior. En el filme de los hermanos Marx, la cámara se mantiene estática y, no obstante, unos tan parcos como medidos y matemáticos diálogos que juegan con la repetición, a la par que el movimiento esforzado de todo un rosario de personajes en el interior del camarote (manicura, fontaneros, camarera...) acabarán por desbordar el reducido habitáculo en el que se desenvuelven, cuando la puerta sea abierta, dejando salir a borbotones a todas las sardinas allí enlatadas y a todas las carcajadas que, igual que en la secuencia tributaria de Wilder, se han ido acumulando en nuestro agradecido interior.

Qué placer tal liberación humorística. Qué dos inconmensurables secuencias.

Escribe Juan Ramón Gabriel

 

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