Madame de… (1953), de Max Ophüls

  29 Octubre 2019

 

Unos ejemplos sobre el paso del tiempo

madame-de-0Unos fundidos, unos encadenados o un simple paso directo, por corte, pueden hacer posible mostrar en una película que hemos pasado de un tiempo (e incluso) de un espacio a otro. Formas en muchos momentos rutinarias y aprendidas, en muchos casos, no todos, de forma simple y mimética.

Cuando alguien produce alteraciones narrativas y es capaz de trascender a una técnica tradicional, las nuevas formas expresivas utilizadas nos lo presentan como un realizador diferente, original, innovador en su apertura de nuevos caminos. Y genial.

Entre esos directores se encuentra Max Ophüls, y entre sus variadas obras maestras Madame de… es una de las más grandes. Rodada en Francia después de su etapa americana, es una de sus últimas películas, de las cuatro que dirige en aquel país, y con las que concluye su brillante carrera, ya que muere después de asistir a la desagradable imposición de los productores de alterar el montaje (años más tarde recuperado por su hijo Marcel) de su descomunal Lola Montes y de comenzar a preparar Montparnasse 19, que termina dirigiendo Jacques Becker. Los otros dos filmes que realizó en ese periodo son la inolvidable El placer y la destacable La ronde.

Aunque es difícil la elección, probablemente de las cuatro sea la mejor Madame de… Una historia sobre unos pendientes empeñados por esa mujer sin nombre y que van pasando de mano en mano en la que el arte de Ophüls brilla a gran altura.

Se pueden citar por varias causas muchos momentos y escenas, pero en este caso me voy a ceñir a una secuencia ejemplar: sin corte alguno y a través de los bailes seguidos, en diferentes días y sitios, de la mujer (Danielle Darrieux) y el diplomático amante (Vittorio de Sica), nos va mostrando no sólo el paso del tiempo sino la progresión de su amor vivida ante la ausencia del marido, y que lleva a la tristeza ante la inmediata llegada de éste.

La imagen nos conduce, mediante los bailes, a sus estados de ánimo, pero también a descubrir el mundo en el que se mueven entre parejas ridículas. Los cambios de vestimenta de los protagonistas al son de una música que encadena diferentes sitios y lugares, sirve para guiarnos por el diferente tiempo de la historia, que conduce a uno de los momentos más bellos: la pareja sola en la pista de baile, tratando de apurar al máximo el tiempo que les queda y fuera de la realidad que les rodea (son ellos solos sin que para sí los demás existan), mientras los músicos, cansados de actuar, guardan sus instrumentos y un empleado va apagando (como el amor de los protagonistas) las diferentes velas que iluminan el lugar. El final de esta memorable secuencia alargada en el tiempo sobre una misma situación será inolvidable: un fundido en negro producido por el arpista al guardar el arpa.

Dentro de estos mismos planteamientos sobre la secuencialización del tiempo no quiero dejar sin citar otro de esos grandes momentos de la historia del cine, uno, sin duda de los más hermosos contenidos en esta película: Danielle Darrieux vuelve a la ciudad en un tren; en el vagón rompe la carta enviada por Vittorio de Sica. La rompe en trozos pequeños que arroja por la ventanilla y son arrastrados por el viento. Poco a poco esos diminutos papeles se van convirtiendo en… copos de nieve.

Muchas ideas expuestas en ese sorprendente paso del tiempo: cambio de estación, resolución dramática en el paso al invierno de su vida, distanciamiento… ¿Hay quien lo dé mejor en un simple plano?

Escribe Adolfo Bellido López

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