Patton (1970), de Franklin J. Schaffner

  19 Julio 2019

El teatro de la historia

patton-1Los seis minutos iniciales del director de El planeta de los simios (1968) sintetizan perfectamente el posterior discurrir de todo el argumento. Patton es el canto del cisne de un modo de entender no sólo la gloria y el honor militares, sino el patriotismo en general, el servicio a la nación, la vida.

La figura histórica del insigne general es el pretexto para retratar una cosmovisión periclitada del poderío y la fortaleza de los EEUU, arrumbados por el viento de la historia y a los que el cine hollywoodiense había dado carta de naturaleza.

Patton se refiere cronológicamente a la segunda guerra mundial, pero es un síntoma del malestar de la sociedad estadounidense que en realidad remite a la coetánea guerra de Vietnam, que late y porfía entre las bambalinas de la representación. Por ello la grandilocuencia con que es escenificado este potente prólogo.

Un inmenso y escópico teatro, en el que una colosal bandera estadounidense ejerce de intimidatorio telón de fondo, servirá para desplegar el enardecido discurso de un guerrero perteneciente a una épica literaria desfasada, de un héroe homérico que se presta a arengar a unas tropas-espectadores invisibles y sumidos más que en un respetuoso silencio en un inmenso desprecio.

Patton asciende los peldaños del teatro mediante un plano general que destaca su nimiedad personal frente a la omnímoda bandera. La cámara, a través de una serie de planos de detalle (sus anillos en los dedos, sus condecoraciones ocupando toda la pechera, la férula de mando en la mano, las estrellas del generalato sobre su casco, la banda azul con la máxima condecoración, su colt de empuñadura de mármol enfundado, es decir, todos los atributos externos que lo engalanan o lo aproximan a un fantoche) caracteriza en silencio a un guerrero nato, a un Julio César redivivo.

Posteriormente, su exordio se ofrece en un plano americano, mientras el general desgrana una tan vibrante como estéril arenga, apelando a toda una serie de valores que la guerra de Vietnam ha enviado al sumidero de la historia, a la elegiaca plasmación testamentaria en uno de sus últimos, si no el  último, representante:  un militar de raigambre fordiana que apela a la lectura de los clásicos para resucitar y poner en pie una epopeya con la que enfrentarse al Mal Absoluto del nazismo con el soporte de una férrea disciplina en unos tiempos indisciplinados y rebeldes.

El contraste entre sus palabras y la realidad es tan abismal como la diferencia de tamaño entre su nimia figura y la apabullante bandera. Sus palabras grandilocuentes, rudas y sinceras; su bélica retórica castrense sólo tiene cabida en la forma, en el cinemascope donde se refugiará la epopeya. No hay otro lugar mejor, pues el cine la edificó.

Sólo le resta abandonar el escenario de la Historia, como así predice esta ambivalente hagiografía.

Escribe Juan Ramón Gabriel

 

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