Lloviendo piedras (Raining Stones, 1993) de Ken Loach

  15 Junio 2019

 El deseo de Bob

lloviendo-piedrasEl cine de Ken Loach es, sin lugar a dudas, un cine de corte social, lleno de conflictos éticos y políticos. Para plantearlos, Loach ha puesto en el centro de su cinematografía a personajes que cargan con el peso de la mochila socioeconómica neoliberal, tan desigual en el reparto de derechos y de deberes.

Pocas son, sin embargo, las cintas en las que tensiona el arco del conflicto moral al punto de elevarlo a la categoría de drama teológico y, en el acto, bajarlo a la tierra de los afectos y de la comprensión humana.

Lloviendo Piedras (Raining Stones, 1993) pertenece a esta categoría dramática y, al mismo tiempo, a la serie de películas en las que Loach trata de hacer visible los conflictos de una clase trabajadora en permanente estado de subsistencia. La época elegida en esta cinta es la de los recortes thatcherianos, aquellas medidas económicas que la Thatcher impuso a la sociedad británica de los ochenta y que significaron la precarización de una buena parte de los trabajadores: aquellos más desprotegidos socialmente.

La secuencia que nos ocupa es la que comprende, primero, la escena de la riña entre el padre de familia desempleado, Bob (Bruce Jones), y el usurero matonesco, Tansy (Jonathan James); luego, la de la posterior visita de Bob a la casa del padre Barry (Tom Hickey), el sacerdote. La secuencia es un buen ejemplo de representación cinematográfica de lo dicho más arriba. Su mérito, veremos, reside en la capacidad de Loach para articular en pocos minutos un discurso simbólico en el que vemos la disputa entre dos órdenes de valor.

En la primera escena, Bob sigue a Tansey —que camina medio borracho— hasta la oscuridad de un aparcamiento para encararlo y recriminarle las violentas amenazas que hizo a Anne (Julie Brown), su mujer, en presencia de Coleen (Gemma Phoenix), su pequeña hija. Bob le adeuda dinero a Tansey pues este ha comprado a una compañía financiera las deudas de muchas personas, entre ellas la de Bob, para cobrárselas con intereses desmedidos a punta de amenazas y golpizas.

Tansey se dispone a subir a su automóvil. Bob lo encara recriminándole el haber ido a amenazar a su familia. Después, sigue una riña que acaba cuando Tansey echa a andar su auto y termina embistiéndolo contra un pilar. Bob se acerca al coche humeante, ve al usurero sin signos de vida, le saca una libreta en la que tiene anotados los nombres de sus deudores y huye del lugar creyendo haber provocado la muerte del prestamista.

La escena de la riña en el aparcamiento es directa en la intención de reflejar el estado de cautiverio de una parte de la sociedad, producto de una existencia subyugada a las deudas impagadas. La oscuridad y la sensación claustrofóbica que genera el oscuro espacio del aparcamiento —similar al de una cueva-- acentúan el estado anímico del protagonista principal, símbolo de muchos otros que corren la misma suerte.

La segunda escena de la secuencia comienza con la llegada de Bob a la casa del sacerdote. Bob se siente angustiado y culpable de haber, quizás, provocado la muerte del prestamista. El padre Barry lo recibe y lo hace pasar a una pequeña sala de estar en la que vemos aparecer, integrándose sucesivamente al relato, una serie de objetos portadores de una parte de la simbología litúrgica cristiana: un crucifijo, una mesa, un par de sillas, una botella de licor y dos vasos.

La iluminación y el encuadre se vuelven parte importante de la sintaxis fílmica de esta escena, pues son los que se encargan de puntuar y acentuar los símbolos que transmiten, aquí, el peso de la reflexión que subyace tras las dos escenas citadas: lejos de seguir a Bob en sus remordimientos, el padre Barry califica la muerte de Tansey como un accidente y, más aún, como un alivio para muchas familias que viven angustiadas por los intereses que le adeudan. Dicho esto, toma la libreta de deudores y la quema en un gesto que oscila entre la purificación sacramental y la liberación de unas infames cuitas económicas.

El fuego aparece, entonces, como la llama que ilumina y marca la salida del cautiverio de Bob y de todos los que, como él, se indignan y actúan contra el abuso y la injusticia.

Mismo fuego que alimenta el deseo más íntimo de Bob y que fue, al comienzo del filme, el motivo de su endeudamiento, esto es, regalar a Coleen un vestido nuevo para su primera comunión: un gesto insensato para la lógica del ahorro en tiempos de penurias pero, desde otro orden de valor, absolutamente necesario como símbolo del reconocimiento amoroso y del valor de la dignidad de cada ser humano.

Escribe Carlos Novoa Cabello