Alemania, año cero (Germania, anno zero, 1947), de Roberto Rossellini

  06 Junio 2019

La corrupción de la inocencia

germania anno zero 1Con este filme, el director italiano evidencia que ese plus —tan esquivo como inaprensible— que dota a una obra del aura de excelencia radica en la convicción, en una cosmovisión o  ideología o fe en cuyo centro se eleve el hombre en toda su grandeza y su (in)finitud.

Un humanismo que impregna cada uno de los ásperos fotogramas con los que Rossellini retrata un universo —paradójicamente— deshumanizado que se concreta en la devastada capital del tercer Reich, por la que deambulará, como un alma en pena, como un navío sin arboladura, un virtuoso joven de doce años sobre cuyos infantiles hombros ha recaído la hercúlea tarea de soportar y apuntalar una familia tan arruinada como los escombros de la ciudad que los cobija.  

Ya la secuencia inicial, de nítido carácter documental, nos conduce al encuentro del joven protagonista, el cual se halla trabajando como un miembro más de una cuadrilla de operarios que se afanan por cavar fosas para enterrar a los numerosos muertos que la ciudad produce.

Esas fosas son preludio y funesto augurio del destino del joven Edmund que, inconscientemente, está cavando la suya propia. Pues la tesis es manifiesta: en mitad de una ciudad que es un esqueleto, cuyos interiores están tan despoblados y corroídos por la destrucción como el alma y la civilización europea; entre los despojos de ese paraje yermo, la inocencia es imposible y a Edmund se le adjudica el papel de chivo expiatorio, de cordero sacrificial último de la hecatombe ética en la que la vieja Europa acaba de darse un festín de sangre y vísceras.

Su inocencia ha intentado ser salvaguardada durante la guerra por su padre, un buen alemán que no se ha dejado arrastrar por la bestia nacionalsocialista, pero que se considera responsable de la situación a que aquella ha conducido a su familia. Rossellini filma el discurso del padre yaciente, su lamento jeremiaco, mientras el joven Edmund prepara el veneno con el que pondrá fin a la agonía paterna.

Ha sido el encuentro casual con su antiguo maestro, el señor Enning, un recalcitrante nazi amén de inconfesado degenerado (más que el arte que combatió el nazismo), un pederasta caricaturizado, suministrador de jóvenes efebos a un viejo general emblema de esa orgullosa y nacionalista alemana, hoy periclitada, quien mediante una soflama de darwinismo social ha conminado al maleable Edmund a llevar a cabo el sacrificio paterno.

Cometido éste, la ponzoña moral atraviesa e invade el joven espíritu de Edmund, que emprende su última travesía, tras el hipócrita rechazo del maestro al que se le comunica y ofrece el crimen como una ofrenda tributaria, en medio de la emponzoñada y cadavérica ciudad.

La cámara acompaña a Edmund en su ontológica soledad, en una derrota que serpentea por entre el mar de escombros, sin refugio posible (un cura toca un órgano, la música que genera no es consuelo), un grupo de niños rechaza a Edmund como compañero de juegos. Edmund se introduce en las tripas de un edificio y se pone a jugar solo, utilizando como revólver figurado el extremo aguzado de un martillo.

Desde las alturas contempla cómo el féretro de su padre es introducido en el furgón funerario. Sin ningún acompañamiento. En inmensa soledad. Un ser humano no puede sobrevivir en medio de ese miasma moral. Un ser humano al que la educación ha corrompido en el último momento, en pleno proceso de desnazificación, cuando ya había terminado la batalla física pero no la de ideas, la filosófica, es consciente de la aberración cometida y es consecuente con el castigo que dicha aberración comporta.

Edmund se convertirá en juez y verdugo de sí mismo, frente a la cobardía que lo circunda y la podredumbre ética y religiosa que lo acogota.

Escribe Juan Ramón Gabriel