Comando del mar de China (Too late the Hero, 1970) de Robert Aldrich y Apocalypto (2006) de Mel Gibson

  21 Mayo 2019

Señuelos humanos

comando-mar-chinaEl brío narrativo y la solidez de la mirada de Robert Aldrich parecen migrar, con más de treinta y cinco anos de diferencia, y posarse en el nervio dramático del que ha hecho gala Mel Gibson. Hay dos secuencias en sendos filmes de ambos directores que responden a una misma causalidad y puesta en escena, siendo el colofón en Aldrich y el catalizador vindicativo en Gibson.

La simetría espacial responde a la superación de un reto vital: un inmenso y desprotegido espacio abierto (una enorme explanada a modo de calvario sin ningún tipo de refugio, de albero sin ningún burladero) se convierte en la última frontera, en la última prueba que los protagonistas han de superar para alcanzar-regresar a la libertad, a su cuartel-patria. Atravesar ese espacio indefenso permite a ambos directores insuflar una tensión añadida a sus relatos.

Aldrich utilizará la secuencia para clausurar su película, amén de aportar un plus de suspense. De los dos soldados que emprenden la frenética carrera en zigzag para evitar el fuego a granel de los japoneses (un cínico e inglés Michael Caine obligado a ejercer un rol épico del que abomina, frente a un teniente norteamericano encarnado por Clif Robertson, que asume su sobrevenida y redentora condición heroica), sólo uno sobrevivirá.

Aldrich filma su agonal carrera (planos generales, gran angular) desde una lejanía incierta, de modo que el espectador no sepa hasta el final quién ha sido el superviviente. Exprime la incertidumbre hasta la última gota. Su resolución obliga al contendiente triunfante a asumir un discurso eṕico y convertir al contrincante muerto en un héroe, emprendiendo el camino de regreso por la mortífera llanura, a pesar de su agotamiento, para recoger el cadáver yaciente y rendirle tributo.

Mel Gibson homenajea y se apropia de esta secuencia para incardinarla en mitad de su filme y propiciar con ella la huida-regreso de su protagonista a su aldea natal, en donde agónicamente también, a lo largo un prolongado suspense que pauta toda la historia, su mujer y su hijo permanecen guarecidos en una hondonada de la que no podrán escapar sin su ayuda.

Utilizados él y sus compañeros como cobayas humanas para que sus captores practiquen y ejerzan sus virtudes cinegéticas, después de haberse salvado in extremis de ser sacrificados en el altar maya, Gibson planifica dos carreras desesperadas, remarcando los efectos sangrientos de las mismas con una cámara casi adosada a los personajes.

Obviamente, en la primera no participará el protagonista y concluirá con la muerte de sus compañeros, pero servirá de aprendizaje cuando aquel inicie la suya, en zigzag por supuesto, y logre mediante la fuerza física y el ingenio zafarse, temporalmente, de sus perseguidores. En esta patética acción fugitiva, para acrecentar el dramatismo, dará muerte al hijo del jefe de la cuadrilla que lo capturó y que, de nuevo, renovadas sus ansias con mayor ahínco (debe vengar la muerte de su hijo), emprenderá una segunda cacería de la que devendrá presa en lugar de cazador.

Entremedias, una desolada planicie y un quiasmo atlético han servido para engarzar dos pruebas cuya superación pone en sordina el componente épico de las hazañas bélicas (Aldrich), o lo afianza y ratifica como  instrumento válido que preserva lo más sagrado para un hombre: su familia (Gibson).

Escribe Juan Ramón Gabriel

 

 

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Comando del mar de China

Apocalypto